miércoles, 30 de noviembre de 2016

31. Yubirí tiene enfisema y está enganchada a las drogas, la zoofilia y el juego


Yubirí llevaba más de una hora en el interior del carro camuflado, un Toyota gris metalizado con los cristales ahumados.
Estaba esperando a que entraran en el edificio varios miembros no fichados de la organización opositora de derechos humanos. No se había maquillado, y se le veía la cicatriz que le quedó tras una reyerta callejera entre bandas.
De joven perteneció en su barrio a una de ellas, compartiendo a partes iguales el mando con un hombre. Después se amansó, se casó y tuvo dos niñas. Pero pronto dejó a su marido y a partir de ahí fue un completo desastre. Oficialmente trabajaba de relacionista pública, pero algunos desconfiaban de que eso solo era una tapadera para ocultar su verdadera y turbia profesión.
Yubirí fumaba un cigarrillo tras otro con la ventanilla derecha abierta. Le importaba un coño de la madre que estuviera lloviendo y que se mojaran el tapizado de la puerta, el asiento del acompañante o la alfombra sintética del suelo.
Fumaba mucho y tenía frecuentes ataques de tos. Tan fuertes que los superiores decidieron inhabilitarla en muchas operaciones en las que era necesario guardar el más absoluto silencio.
A Yubirí ya no le gustaban los hombres, y dependía de manera extrema del tabaco, las drogas, la zoofilia y el juego.
El abuso del tabaco lo pagaba con el enfisema pulmonar que la acabaría matando si no lo hacía antes un cáncer fulminante. Y también con la caída de la mitad de los dientes.
En cuanto al juego continuado, lo mantenía gracias a la extorsión una vez que se agotaba el sueldo, que solía ser por norma general tres o cuatro días después de cobrar la nómina. La aberrante atracción por los animales la había llevado más de una vez al hospital, por una coz o heridas infectadas.
El carro de Yubirí estaba pendiente de ir al autolavado porque olía a vómito y orina, restos que un adolescente había dejado en el amplio maletero hacía algo más de una semana.
Los servicios secretos solían transportar a los detenidos de esa manera cuando no disponían de un furgón especial, mucho más grande y sin ventanillas. Primero les colocaban las esposas y después les inyectaban un tranquilizante.
Pero ese día no se necesitaría para nada el carro de Yubirí. Como se sabía cuántos miembros de la organización iban a pescar con Martinha, estaba ya estacionada en el sótano del edificio contiguo una camioneta para poder trasladar a los detenidos al continente.
Yubirí daría desde su vehículo la orden de asalto cuando ya estuvieran reunidos los activistas.
El primer carro llegó a las cuatro de la madrugada en punto. Solo traía las luces de posición encendidas. De él se bajaron dos mujeres y un hombre.
Siete minutos más tarde apareció el resto de los invitados.
En total entraron en el edificio tres varones y dos féminas por la puerta pequeña del sótano a través de la cual se accede al garaje.
Algunos de ellos emplearon en el pasillo interior diminutas linternas de llavero.
El bloque de apartamentos
 no tenía luz y, por tanto, tampoco funcionaba el ascensor, así que subieron todos a pie hasta el quinto piso, donde se escondía Martinha.
A las cuatro y treinta y seis minutos, Yubirí transmitió la orden de detención a los agentes especiales de asalto después de tirar por la ventanilla un cigarillo a medio fumar.
Seguía lloviendo.
Al cabo de un rato, Yubirí recibió la llamada esperada en su celular.
- Yubi, ¿estás ahí?
- Sí, te oigo. Cuéntame. ¿Ha salido todo bien? -respondió Yubirí.
- No ha habido problemas. Puedes ordenarle al conductor que acerque la camioneta. No estaban armados y tampoco ofrecieron resistencia alguna -contestó el jefe de la operación de asalto.
- Okey, ahorita mismo lo llamo.
No hubo tiros ni derramamiento de sangre. Después de abrirse la puerta de cartón tras recibir 
un par de patadas bien dadas, los activistas solo tuvieron tiempo a gritar y levantarse de las sillas, con la intención de esconderse en las habitaciones o debajo de la mesa, pero no les dio tiempo a hacerlo.
En el preciso instante en que comenzaron a salir los detenidos ya esposados por la puerta del sótano, Yubirí prendió otro cigarrillo con el que aún tenia encendido. No le importaba un coño que se agujereara la moqueta o el revestimiento del asiento debido a las diminutas brasas que caían al chocar los dos cigarrillos, uno de ellos, como siempre, sin acabar de fumar de todo. Lo único que le importaba en ese momento era la partida que aún le daría tiempo a jugar a las seis de la mañana en uno de los casinos clandestinos abiertos en Isla Perlas.
Yubirí
 solo estaba interesada en eso y en la orgía que tenían organizada ella y otras dos mujeres con diversos animales al día siguiente, antes de entrevistarse con Susi e India en el puerto.
Tiró la colilla encendida tan lejos como si la hubiera lanzado con un tirachinas, y giró la llave de contacto del carro.
El motor encendió a la segunda y la ventanilla del acompañante continúó abierta mientras seguía lloviendo.
Yubirí estacionó delante del Marfú, un club en el que todas las putas la conocían. Entró y pidió al camarero una copa de ron. Con el vaso en la mano, se dirigió a la habitación donde dormía el encargado del negocio. Abrió sin llamar y encendió la luz.
-¡Despierta huevón, es casi de día! -le gritó una vez que estaba ya sentada en el sofá.
Al ver que seguía durmiendo y no le hacía caso, le dio un plazo de varios segundos. Después, Yubirí se levantó, se acercó a la cama, quito la sábana de un solo tirón, y le agarró bien fuerte la polla y los huevos. Los ojos le saltaban de las órbitas y la cicatriz resaltaba como nunca lo había hecho en medio de aquella cara enrojecida por la ira.
-Si no te levantas ahora mismo y abres la caja fuerte, te arranco esto y te lo meto en tu pestilente boca para que lo mastiques y te lo tragues, y después te tomas un Alcaselser, ¿de acuerdo?
Yubirí salió de Marfú con más de tres millones de bolívares en el bolsillo, suficientes para  enfrentarse con algún pez gordo venido de fuera de la isla. En general, gente que había medrado con la nueva coyuntura y estaba haciendo mucho dinero en el mercado negro de las medicinas y los alimentos, agentes de la banca compinchados para quedarse con las pensiones que no se enviaban al extranjero, comisionistas, importadores de aparatos electrónicos y telefonía móvil, funcionarios corruptos, gigolós de alto estanding, traficantes de drogas, extorsionadores como Yubirí, propietarios de cadenas de prostíbulos y alguna que otra puta joven, rica y dueña de su propio negocio.

Pero a la isla también venían del continente jugadores con mucha menos plata para gastarla en las ligas inferiores, en campos más peligrosos, y locales a veces bastante cochambrosos. En esos tugurios se consumía alcohol de barril que cualquiera puede adquirir al por mayor en el puerto, sin ningún tipo de precinto ni de control sanitario. 
La segunda división de jugadores está compuesta por empleados, comerciantes y pequeños empresarios tan enganchados al juego como los profesionales, jóvenes menores de dieciocho años, primerizos que salen siempre desplumados, o simplemente aquellos que juegan una vez por probar y no vuelven a hacerlo nunca más.


lunes, 28 de noviembre de 2016

30. Susi vuelve a tener la misma pesadilla


Luego de desayunar en la playa, India y Susi reposaron un rato en las tumbonas a la sombra de las palmeras mientras conversaban.
-¿Cómo fue que viniste a vivir a Perlas hace treinta años? - preguntó Susi una vez que se acostó de lado igual que India para poder hablar cara a cara.
-En esa época yo me había graduado de la secundaria y debía seguir una carrera universitaria. Mi padre era muy estricto conmigo, y yo era muy rebelde, a raíz del maltrato que sufría de su parte. Quise irme lejos y escogí estudiar biología marina en Isla Perlas.
Eran otros tiempos. La isla fue declarada puerto libre de impuestos, se convirtió en una zona pujante económicamente, además de que sus playas son hermosas y su gente cordial y muy atenta.
Los mejores años de mi vida los pasé allá. Aunque también tuve experiencias fuertes porque aún era una niña que no sabía nada de nada ni lo que quería.
-¿Y por qué te maltrataba tu padre?
-La verdad es que siempre fui muy llorona de pequeña porque mis padres tuvieron unos años que no se llevaban bien. Mi padre abusaba mucho del alcohol y mi madre intentaba por todos los medios que dejara la bebida, sin llegar a lograrlo nunca.
Discutían a diario, y a mí me afectaba mucho eso.
De niña llorona pasé a rebelde adolescente, y me escapaba sin permiso a casa de mis amigas, iba a fiestas, tomaba y fumaba.
Mi padre no encontró otra manera de corregirme  que no fuera a golpes, y me humillaba metiéndome en la ducha con toda la ropa puesta.
Aquellos años fueron muy tristes para mí, pero pude librarme al irme a vivir lejos de la casa familiar.
En la isla pasé momentos felices y tristes también. La primera noche que me quedé en la habitación que mis padres alquilaron en casa de unos españoles canarios, lloré tres horas seguidas extrañando a mis amigos de Santa Ana.
Pero también aprendí a hacerme responsable de mí misma, y conocí gente buena que me ayudó mucho. Todavía conservo amistades de esa época -comentó India finalmente antes de levantarse.
-Vamos a darnos un baño -dijo Susi tomándola de la mano.
Llegaron agarradas hasta el agua. Estaba tibia, serena y transparente.
Después se separaron, nadaron y disfrutaron el resto del día soleado. Almorzaron en la playa un delicioso pescado frito, y se volvieron a bañar hasta el atardecer.
Llegada la noche se fueron a la habitación, y se ducharon para
cenar en el restaurant.
Cuál no sería su sorpresa al ver que también estaba sentada en una mesa Yubirí. Había vuelto. La invitaron a cenar y le preguntaron el motivo de su nueva visita.
Yubirí les acabó diciendo que necesitaba saber con certeza el motivo por el cual buscaban a Martinha.
India lo pensó unos instantes y decidió contarle toda la historia de Almir. Incluso fue a la habitación a buscar una carta y su foto para convencerla.
Al mostrarle las pruebas, Yubirí les creyó la historia y les confesó que también trabajaba para la oposición. Las invitó a formar parte de su organización  clandestina, pero India y Susi le respondieron que no podían porque estaban dedicadas a buscar a Almir. Tampoco quisieron hablarle del tesoro por discreción.
Se despidieron al acabar de cenar, y parece que Martinha quedó convencida y satisfecha.
-Nos vemos pasado mañana en la isla -dijo Martinha mientras se iba alejando.
Al acostarse, Susi presentía que volvería a tener una nueva pesadilla. No estaba tranquila. Yubirí no tenía buena pinta y le daba mala espina; le parecía un personaje extraño, que ocultaba algo y, en cambio, quería saber demasiado.
Susi estaba a punto de quedarse dormía en su cama, a un metro escaso de la de India, en la misma habitación. Eso le producía tranquilidad porque sabía que en cualquier momento podía llamarla, e incluso, acostarse con ella, como ya lo había hecho la noche anterior.
Gracias a ello cerró los ojos, se quedó inconsciente y comenzó una nueva pesadilla, el segundo capítulo de la historia terrorífica que había visualizado con todo detalle la noche anterior en La Tumba, donde nadie te escucha por mucho que grites, y a la que nunca llega la luz del día. El que entra en ella solo logra salir dentro una bolsa de plástico y una maleta, reducido a cenizas.
La Tumba tiene quirófano, piscina, gimnasio con toda clase de pesas y aparatos, perrera y horno crematorio. En ella trabajan día y noche más de veinte agentes incluidos los médicos especialistas. Un siquiatra, dos cirujanos, un dermatólogo, un neurólogo y un traumatólogo.
Todos contratados para provocar el dolor más intenso e irresistible posible, administrado en forma de cóctel, como algunos medicamentos. 
El traumatólogo le disloca un brazo al terrorista o el opositor, sea del bando que sea, a un defensor de los derechos humanos o un militante de la derecha, a un izquierdista... todo depende de quien detente el poder. Sabe muy bien cómo hacerlo mientras el neurólogo pincha al mismo tiempo un ojo, o donde aun hace más daño, en el sitio que se juntan la piel y las uñas.
El dermatólogo sabe mucho sobre las lesiones producidas con ácidos u otros productos químicos. El cirujano...
De La Tumba no sale vivo nadie. Declare o no declare, sea culpable o inocente, hombre o mujer, niño o anciano.
En ella también entran  personas con sus adorables mascotas, porque el siquiatra sabe que muchas veces produce más dolor el hierro rojo en la carne del perro que en la de su dueño, especialmente si este no tiene familia ni amigos.
En La Tumba ingresan a veces madres con sus hijos pequeños o incluso recién nacidos, parejas de novios y matrimonios.
Los gritos de unos calientan los músculos y las mentes de los que les toca entrar de nuevo en las salas para los suplicios.
Las celdas donde se pasa el tiempo de los intermedios, solo tienen cuatro paredes, un agujero en el suelo y una cisterna eléctrica de botón, sin cadena. Carecen a propósito de un simple vaso de plástico con el que poder reciclar la orina. Los que quieren bebérsela para no morirse de sed antes de la cuenta, se contorsionan, o simplemente la toman en el cuenco de sus manos.
Algunos no lo soportan y prefieren deshidratarse, dándole menos trabajo al del horno crematorio.
En La Tumba nadie duerme. Cuando el reo está rendido, a punto de desplomarse, se espabila debido al miedo que tiene a rozar el anillo eléctrico que le rodea a unos centímetros toda la cintura. Pero eso, a la larga, no le servirá de nada. Más bien multiplicará y aumentará el tormento, igual que el sudor que le corre por el cuerpo cuando este recibe la descarga de electricidad.
El ser humano es el único animal que tortura para ocasionarles dolor a los semejantes. El único que lo hace con intencionalidad, llegando incluso al extremo de retrasar al máximo la muerte para que el suplicio sea más lento y prolongado.
Susi despertó de nuevo, como la noche anterior, pero esta vez no le pidió permiso a India para meterse en la cama.
Simplemente apartó un poco la sábana y, en silencio, se abrazó a ella. 


sábado, 26 de noviembre de 2016

29. India y Susi se entrevistan sin saberlo con un agente de los servicios secretos


Una vez sorteados varios atascos de tráfico en la autopista, finalmente India y Susi llegaron a Puerto San Juan, donde se encontrarían en la Posada Los Corales de Playa Luna con Yubirí, la amiga común de India y Martinha, esta última la hermana de Almir.
Habían quedado por teléfono que cenarían las tres juntas esa noche.
Al instalarse en la cabaña a orillas del mar, ya les habían informado en la recepción que Yubirí se encontraba en la posada.
Luego de darse una ducha y arreglarse, fueron al encuentro de Yubirí, que estaba esperándolas en el restaurante desde cuyo interior se podía sentir como rompían las olas y ver la linea de farolas que iluminaban toda la playa.
Era noche de luna nueva y el mar embravecido por una tormenta tropical impactó a Susi. Los truenos resonaban con fuerza en el recinto y, de pronto, se apagó todo. El amplio local se quedó a oscuras. Los relámpagos mostraban las siluetas de las embarcaciones ancladas cerca de la orilla dando tumbos de arriba a abajo debido al 
fuerte oleaje. El viento movía con fuerza implacable los cocoteros. Las farolas de la playa también se apagaron tras caer otra chispa a poca distancia.
Susi se estremeció y se quedó quieta. India se acercó casi a tientas a una de las mesas más apartadas donde sabía que estaba la mujer que buscaba, porque allí la vio antes de que se cortara la luz. Al activarse el generador de emergencia, India pudo comprobar que era Yubirí, aunque mucho más vieja y acabada por el paso de los años.
Al reconocerla, India la llamó por su nombre y, emocionada, se aproximó a su amiga para abrazarla, pero Yubirí ni siquiera se levantó de la silla.
La recibió fría y distante, dejándose abrazar sentada en la silla, como si no tuvieran años sin verse y no la extrañara en lo más mínimo.
India se percató de que ocultaba una cicatriz debajo del maquillaje de la mejilla derecha, pero no quiso inoportunarla. Le presentó a Susi. El saludo que recibió de Yubirí fue todavía más seco: un apretón de manos simplemente.
Una vez instaladas en la mesa, luego de ordenar la comida al camarero acompañada de batidos de frutas naturales, comenzaron a hablar.
India le preguntó si recordaba a Martinha, la hermana de su novio Almir, el que se fue de la isla Perlas hace más de treinta años, y le confirmó lo que le había dicho por teléfono, que necesitaba encontrarse con ella.
Yubirí mostró curiosidad, quería saber para qué buscaban a Martinha. Pero India no quiso decirle el motivo por temor a que no le creyera la historia de Almir, y que después de tanto tiempo quisiera buscar sus restos para darles una digna sepultura.
Le comentó simplemente que deseaba reencontrarse con su amiga Martinha, a quien tenía mucho tiempo sin verla.
Lo que India no sabía era que durante todos esos años, la vida de Yubirí había dado un vuelco. Ahora pertenecía a uno de los colectivos armados que apoyan el régimen dictatorial de Nicolás Maduro, además de haber sido reclutada para el Servicio Secreto de Inteligencia Militar como camarada cooperante.
Tampoco sabían que ya Yubirí sospechaba de ellas, pero les explicó que sabía dónde encontrar a Martinha, y que debían ser cautelosas porque estaba escondida en un viejo edificio deshabitado de Isla Perlas, luego de que la buscara la justicia por estar imputada como desestabilizadora del gobierno.
Les dijo que Martinha formaba parte de una organización de derechos humanos, en la que realizaba actividades como activista.
Acordaron que se encontrarían dentro de tres días en Isla Perlas y que les diría donde se escondía, luego de contactarse por teléfono. Esa espera les caía bien, porque así, India y Susi tendrían tiempo de descansar en Playa Luna.
Cenaron y se despidieron.
Por la  noche la tormenta no amainó, e incluso fue a mayores. Al acostarse en la cabaña tan cercana al mar, Susi tuvo miedo. Desconocía cómo eran las tormentas tropicales en Venezuela. En las costas de Galicia también las sufrían, pero no tan impetuosas y virulentas.
Susi se acostó desvelada en su cama ya entrada la madrugada, mientras India ya dormía desde hacía mucho rato en la cama contigua a la suya.
Soñó que Martinha, India y ella eran torturadas en un calabozo en Isla Perlas. Encerradas sin agua ni comida por tres días, con las luces encendidas y agentes militares que las interrogaban y amenazaban con matarlas.
Como no aportaban información alguna, las mojaban con agua helada y les daban una golpiza con bates envueltos en almohadas para que no les quedaran moratones y otras marcas visibles.
Susi no aguantaba más. Lloraba y gritaba. Al estar en un sótano cinco pisos por debajo de la superficie, en la llamada Tumba, nadie podía escucharla.
Muy asustada, Susi se despertó llorando y se acercó a la cama de India, quien enseguida se levantó y le preguntó qué le pasaba. Susi le contó la pesadilla que había tenido y le pidió por favor que la dejara dormir con ella. Se acostaron las dos. India la abrazó hasta que se quedaron dormidas, como si fueran hermanas.
A la mañana siguiente, despertaron todavía abrazadas, pero ya la tormenta había dejado paso a un sol radiante, y el mar, por fin, estaba en calma. No había olas y el agua parecía la de una gran piscina. India y Susi se pusieron los trajes de baño y salieron de la cabaña corriendo dispuestas a darse un chapuzón. Después, desayunaron bajo una sombrilla en la arena.
Susi se fijó en los enormes edificios que se veían a lejos en Isla Perlas.
En uno de ellos, totalmente vacío debido a la crisis del petróleo y el ladrillo, se escondía Martinha.

viernes, 25 de noviembre de 2016

28. Papá, los chorizos asados, el cable y la papilla de plátano


India  y Susi continuaban avanzando en la autopista hacia el norte en busca de la hermana de Almir, a la que esperaban encontrar para que les diera alguna pista sobre el paradero de su hermano minero afectado por la fiebre del oro.
El primer embotellamiento fue largo.
Estaban en la cola y escucharon por la radio una estación que avisaba sobre el estado del tráfico en esa autopista.
Anunciaban que una poblada había invadido la vía para intentar saquear dos gandolas de cervezas y otras con alimentos.
Hacían un llamado a las autoridades porque esa muchedumbre también podría atracar a quienes estaban en los carros detenidos.
India y Susi escondieron casi todo el dinero y los celulares, dejaron algo en las carteras para entregarlo a los asaltantes y así librarse de que les robaran todo lo que llevaban pistola en mano.
Llegó la Guardia Nacional y persiguieron a los delincuentes. La poblada ya había saqueado un camión de cervezas y otro de harina de maíz. Los Guardias no daban abasto y disparaban al aire. Los saqueadores corrieron.
Una vez recuperadas del susto, India y Susi comenzaron a hablar de nuevo sobre sus cosas, con el auto parado. El asunto parece que iba para rato. Tenían que esperar a que retiraran un camión averiado tras el asalto, y recoger su mercancía esparcida por el asfalto.
No tenían prisa. Aunque llegaran tarde, solo debían recoger las llaves en la recepción y abrir la cabaña reservada en pleno Mar Caribe, a tan solo doce kilómetros de lsla Perlas.
-Ya me has comentado alguna vez que no tienes buenos recuerdos de tu infancia -le dijo India a Susi esperando que le continuara contando.
-Los malos son muchos más.
Yo soy la menor de dos hermanas. Nacimos y estuvimos viviendo nuestros primeros años en una cuenca minera de carbón.
A esos polos de actividad acudieron muchos gallegos en la década de los sesenta, casi todos aquellos que en la primera fase del éxodo no se marcharon a Madrid, al País Vasco, Cataluña, Francia, Suiza, o Alemania -dijo Susi acordándose de aquella gran avalancha migratoria.
Extraer carbón nunca fue rentable en España debido a su baja calidad y a los elevados costes de la perforación subterránea.
Pero la industria siempre estuvo subvencionada por varias razones a lo largo de la historia.
Al principio eran los propios políticos los propietarios de las minas, y después, fue el Estado quien tenía miedo a desmantelarlas por las revueltas y protestas que se podían desatar contra el régimen franquista.
-Mis padres se establecieron en una cuenca minera porque en ella corría más de dinero que en la aldea atrasada y aislada de montaña en la que se conocieron y casaron.
En poco tiempo levantaron una casa de planta y piso de dos aguas. Trajeron del pueblo las vigas de castaño 
y compraron el resto de los materiales en almacenes diferentes, para poder respirar un poco y espaciar así los pagos.
Criaban y sacrificaban  todos los años un cerdo, como en casi todas las casas vecinas -dijo Susi sin que la interrumpiera India durante un buen rato.
El padre de Susi trabajaba de empleado donde podía. Cargó grava en el río y amasó cemento en la central térmica. Al mismo tiempo arreglaba zapatos en un pequeño alpendre contiguo a la cuadra donde se cebaba el puerco, ambos en el patio trasero de la casa.
A Susi le gustaban con locura los martillos y las puntas. Jugar con ellas y clavarlas en las patas de la mesa de trabajo mientras el zapatero hacía que no veía.
Quería a su padre y sentía por él gran devoción. Cuando la llevaba a la huerta en el manillar de la  bicicleta era la niña más feliz del mundo.
Pero esos paseos se terminaron pronto al emigrar el padre de Susi a Alemania.
Aunque quedaban con ella su madre y su hermana, la niña de tan solo cinco años no superó esa separación, y tampoco recuperó el amor y el cariño paternos que le habían faltado durante tantos años.
-El cariño perdido en la infancia nunca se recupera como si fuera la cola de una lagartija, aunque sí se puede secar la herida acompañando a nuestros padres los últimos años de sus vidas, cuando ellos pasan a ser los niños.
Mi papá se marchó a Alemania cuando yo solo tenía cinco añitos -dijo Susi reprimiendo a duras penas las lágrimas.
En la estufa de la zapatería, el padre de Susi asaba a veces un par o tres de chorizos entre las brasas.
Primero los rociaba con un poco de vino para que no se quemaran envueltos en un papel de saco o de periódico. Después los tapaba con ceniza y encima les ponía las brasas. De esta manera no se carbonizaban.
Cuando el padre de Susi dejó de asar embutido y llevarla en el manillar de la bici a la huerta, la niña, aunque quedaba acompañada, supo lo que era la  soledad.
A mayores de eso, recordaba con gran exactitud muchas cosas. Una de ellas, la más terrible, es la imagen que conservaba de su hermana revolcándose en una charca, presa por un cable de la luz caído del tendido.
Fue una tarde fría y oscura de invierno. Llovía mucho y el viento había tirado un hilo al camino.
Su hermana venía corriendo de la escuela con la cartera de cuero sobre la cabeza; mirando nada más hacia el suelo.
Cuando se dio cuenta, ya tenía las manos pegadas a la verga del látigo eléctrico. No había remedio. O alguien la sacaba, o moriría allí tirada en la charca enlodada.
Debido al fuerte viento, la linea tensaba y aflojaba el cable caído, y la niña, inconsciente, llegaba incluso a separase del suelo cada vez que hacía contacto con el agua. Las mujeres gritaban y gritaban sin ser capaces de hacer otra cosa mejor, hasta que llegó un hombre, el ángel de la guarda de mi hermana, y se quitó la chaqueta para estirar de ella con el forro seco de la prenda.
La niña de seis año se salvó, pero su vida cambió a raíz del accidente. Se hizo más vulnerable, insegura y miedosa durante muchos años, hasta que se recuperó.
El sabor de la papilla de plátano es uno de los mejores recuerdos que guarda Susi de la primera etapa de su infancia, cuando vivió en la gris y sucia cuenca minera. La naranja y el plátano estaban muy caros a principios de los sesenta en España.
Susi recuerda que su madre le daba esa rica papilla a la hora de la merienda y, como mucho, una vez a la semana: galleta tostada, plátano y zumo de naranja, todo bien esmagado con el tenedor.
-Es una pena que ahora ya no sepan y huelan las cosas tan bien como antes, como la merienda que me daba mi madre. Además, creo que tenemos  demasiadas; habría que hacer un poco de limpieza -le dijo Susi a India mientras ponían de nuevo el carro en marcha-. Por cierto, ¿sabías que la primera vez que me subieron a un coche la experiencia me pareció un milagro?
-¿Porque? -pregunto India.
-Era tan pequeña que no alcanzaba a ver nada por la ventanilla e iba  sentada en el asiento trasero. Más o menos sabía la distancia que habíamos recorrido, pero me pareció una cosa imposible haberlo hecho en tan poco tiempo, algo increíble.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

27. La Bestia


Almir tuvo suerte. Solo fue una rama del árbol la que le golpeó en el cráneo, pero no por la parte más gruesa, porque si así fuera, si coincidiera el impacto por la zona que está cercana al tronco, el trancazo resultaría mortal de necesidad, igual que la cogida que tuvo su compañero en la mina; rápida, sin prácticamente piar ni decir ¡ay!, sin sufrimiento ni dolor; un golpe seco y fulminante, casi como una decapitación o la desintegración que sufre desprevenido el cuerpo humano dentro de un avión al estallar en pleno vuelo.
Echado sobre la cama, Almir imaginó una muerte con el cuello sobre el cepo de madera. Y, para poder experimentarlo, se metió en la cabeza del reo desde que se había separado del cuerpo. 
La morbosidad lo llevaba a pensar cómo serían esos segundos en que los ojos ven el mundo desde otro ángulo tras rodar por el suelo la cabeza que los alberga en las órbitas, o cómo viviría decapitada indefinidamente, conectada con unos tubos a una bomba de sangre, oxigenada y purificada con un pulmón y un riñón artificiales. Una cabeza con el cuello encajado en un florero, ajena a cualquier reuma, dolor de estómago o de espalda. 
El amputado ser no tendría prácticamente gasto energético, y serían suficientes unas pocas calorías al día para mantenerlo con vida. Seccionado el cuello a la altura apropiada, hasta podría hablar, y registrarse en el libro de los récords como la persona más enana del mundo.
Esa sería una de las torturas más horribles a las que se puede someter a un ser humano, obligarlo a tener todas las facultades mentales intactas y privarlo de casi todas las físicas.
Almir pensó en todo ello porque creía que había tenido mucha suerte de no quedar tetrapléjico tras el golpe que le había propinado la rama del árbol en la mina. Acabar como una cabeza seccionada por el cuello reposando sobre un florero, o incluso sin cabeza ni cuerpo, convertido de por vida en un vegetal, no era algo que le agradara mucho siendo tan activo y vital.
Almir padecía amnesia parcial desde el día del accidente.
Recordaba cosas de la infancia y lo que le habían dado de comer el día anterior, pero había una zona muy borrosa y oscura en su vendada cabeza, el cajón donde se almacenaban los recuerdos de una larga etapa de su vida. En él también estaba el retrato, las palabras, y las caricias de India.
Almir no volvería a la mina porque ya sabía que lo buscaba la justicia y la policía. Además, debía dejar pronto el hospital para que tampoco lo detuvieran en él. 
Estaba casi todo decidido. De Brasil volaría ilegalmente a Colombia en avioneta, pues ya sabía cómo podía hacerlo,  y de la selva colombiana continuaría camino a la frontera sur de México.
Sería en ese país donde se subiría a La Bestia, el tren de la muerte, la extorsión, el secuestro, la violación o las amputaciones ocasionadas por los accidentes que se producen al caer en las vías.
Lo único que no tenía claro Almir era si cruzaría a pie el Desierto de Sonora o en bote hinchable el Río Bravo, en el improbable caso de que alcanzara la frontera. Esta última era la ruta más corta, pero también la más peligrosa para poder entrar en Texas por el estado de Tamaulipas.
Almir se llevaría con él, hasta donde pudiera, unas cuantas pepitas de oro escondidas en los tacones de las botas, o en el estómago y las tripas, en el caso de que las cosas se pusieran muy feas.
Durante su travesía, lo más peligroso que enfrentaría Almir sería el camino a pie por el sur de México, y luego viajar en el tren de la muerte o La Bestia. Miles de centroamericanos utilizan esta ruta para cruzar el país mexicano desde el sur hasta la frontera con los Estados Unidos. Así evitan las patrullas antimigración y la posterior deportación a sus países de origen, pero se corren grandes peligros. 
En la ruta de La Bestia, existen bandas criminales organizadas que los asaltan, además de enfrentarse a mafias que les cobran por viajar en el tren, y si no tienen con qué pagar los lanzan fuera, pudiendo morir descuartizados por las ruedas, o quedar con miembros amputados, sin contar que no reciben ninguna o poca ayuda una vez heridos en las vías férreas. 
Además, estos migrantes, en su gran mayoría, son secuestrados y vendidos a organizaciones ilegales de trata de personas para cobrarle rescate a sus familiares, prostituir a las mujeres o usarlos como transporte de drogas a los Estados Unidos. 
Es por todo esto que no llevan ninguna documentación ni datos de su familia, lo cual dificulta su identificación en caso de fallecer. Los muertos nadie los reclama y son enterrados en los alrededores de los cementerios mexicanos, sin nada que los identifique. Mientras tanto, sus familiares los buscan desesperadamente sin dar con ellos. 
El ochenta por ciento de las mujeres que viajan en La Bestia son violadas, o se unen a algún otro migrante ofreciendo sus servicios como prostitutas a cambio de seguridad. Eventualmente, abordan el tren niños y adolescentes que viajan solos y son víctimas de toda clase de penurias y abusos. 
Quienes se arriesgan a viajar en este ferrocarril de carga, saben los peligros a los que se enfrentan, pero la situación en sus países es tan precaria y peligrosa que se ven obligados a ello. La pobreza y la crisis económica los lleva a buscar mejores horizontes, pues temen por sus vidas al tener que decidir si se unen a los "maras", grupos armados criminales, o huir para mantenerse con vida.  
La crisis migratoria de Centroamérica es más grave que la europea, pero como no existen datos de su magnitud, se ignora. Poco o nada hacen los gobiernos para proteger los derechos de los migrantes; solo algunas organizaciones no gubernamentales se ocupan de prestarles apoyo y denunciar la grave situación ejerciendo presión en la opinión pública.  
A todo esto tendrá Almir que hacer frente si quiere llegar a los Estados Unidos.

martes, 22 de noviembre de 2016

26. Viaje a Isla Perlas y la primera noche con Almir


Una vez instalada en la casa de India, ella y Susi pasaron muchas horas conversando sobre Almir, la historia del bisabuelo de India y de los ancestros yanomami de Susi.
Se dieron cuenta de que necesitaban toda la información posible para localizar los restos de su amado en Brasil, en el supuesto caso de que hubiera fallecido, y la única persona que podía darles datos precisos era Martinha, una de las tres hermanas de Almir, quien vivió en Isla Perlas.
Debían viajar hasta allá para intentar localizarla.
Irían en un carro alquilado que les llevaría a Puerto San Juan donde abordarían el ferry de las seis.
Antes reservarían una hermosa cabaña frente al mar en la Posada Los Corales, en Playa Luna, donde podrían disfrutar de la naturaleza con seguridad, gracias a que tendrían vigilancia privada.
Era un hecho que la isla había cambiado mucho desde hacía más de treinta años, cuando Almir e India vivieron allí. Ahora, había tanta delincuencia en ella como en el resto del país.
El trayecto por tierra les llevaría seis horas de camino, si no encontraban colas. Sin embargo, por mucho que se retrasaran, no tendrían suficiente tiempo para conversar sobre todo lo que querían contarse una a la otra.
Transcurridos cinco días desde su llegada a Venezuela, ya acostumbrada al nuevo horario, Susi deseaba viajar lo antes posible a Isla Perlas. Empacó solo lo que necesitaría para andar cómoda en un lugar donde la temperatura puede llegar hasta los 43 grados centígrados, y se marcharon juntas en un discreto vehículo casi nuevo, con aire acondicionado.
India conducía muy bien, y lo hacía segura y confiada.
-¿Desde cuándo no viajas a Isla Perlas? - quiso saber Susi.
-Hace varios años que no voy, pero sigo manteniendo contacto con algunos de mis amigos de la universidad. Yubirí, una buena amiga, vive allá todavía. Se casó con el profesor de matemáticas y tienen dos hijas. Ella conoce muy bien el ambiente de la isla porque trabaja como relacionista pública de uno de los mejores hoteles de la ciudad de Perlamar, la capital de la provincia.
India también le contó a Susi cuando iban por el camino, que ya había logrado comunicarse con su amiga Yubirí, y le pidió que ubicara a Martinha. Ambas se habían conocido hacía muchos años por intermedio de India, y con seguridad lograría encontrarla.
De pronto, cuando iban por la autopista llena de baches, encontraron el tráfico detenido. Pasaron los seguros de las puertas y siguieron conversando, esta vez sobre Almir.
-India, ¿cómo se podían comunicar entre ustedes si Almir hablaba brasileño y tú español?
-Ya Almir había aprendido algo de español, pues no es tan difícil, y además se empeñó en enseñarme brasileño. Sin embargo, pasados tantos años, es poco lo que logro recordar. Decía que parecía bahiana, del nordeste del Brasil, por mi manera de hablar. Aunque considero que el lenguaje más hermoso que no necesita traducción es el del amor verdadero, y ese ya lo hablábamos ambos cuando nos enamoramos.
-Cuéntame cómo fue la primera vez que estuvisteis juntos en la cama, India.
-Fue una noche muy especial. El día anterior habíamos ido a la playa con el grupo de los amigos brasileños de Almir para viajar en bote hasta unos islotes que están muy cerca de la isla, pero el mar estaba muy picado.
Cuando abordamos y partimos, la pequeña embarcación se ladeaba de allá para acá, y caía con fuerza entre ola y ola.
En una de esas, la hijita de una de las parejas se soltó de los brazos de Almir, quien la sujetaba, se golpeó fuerte contra el borde de madera del bote, y comenzó a llorar. Se le inflamó la frente, donde se había golpeado, y decidimos devolvernos y cancelar el viaje.
Cuando desembarcamos, nos quedamos a disfrutar el día en una playa cercana. Almir se fue a dar un paseo a pie y no lo volví a ver hasta la noche.
Estaba apenado con sus amigos por lo que había pasado con la niña. Ellos no aceptaban que Almir se sintiera responsable, y la única manera de convencerlos de que lo perdonaran fue que aceptáramos una invitación a cenar en su casa al día siguiente.
Y allí estábamos a la hora fijada.
La casa era una especie de cabaña situada en una loma desde donde se divisaba el mar.
En la noche la luna se veía reflejada sobre las olas y el agua brillaba.
Cenamos todos a la luz de las velas un delicioso estofado de pescado con vegetales.
Luego de acostar a la niña accidentada, nos sentamos en el balcón a disfrutar de la vista y la brisa nocturnas tomando caipiriñas, una bebida brasileña a base de cachaza de caña, azúcar y limón.
Estábamos todos sobre la gran alfombra del balcón y unos cojines grandes que hacían las veces de los muebles. Habían velas encendidas a nuestro alrededor.
Ya la pareja de amigos se había ido a su habitación y nos invitaron a quedarnos en el cuarto de huéspedes. Permanecimos un rato más en el exterior, donde sonaba una música sensual y melodiosa, creándose así un ambiente propicio para que nos abrazáramos con cariño y ternura.
Pero, de pronto, Amir se tuvo que levantar a cambiar la música, y al regresar nos abrazamos nuevamente y no pudimos evitar besarnos.
Fueron muchos besos, como si supiéramos que nos íbamos a separar pronto y no quisiéramos desperdiciar ni  un solo segundo. Besos delicados y tiernos que fueron convirtiéndose poco a poco en deseo.
Nos fuimos a la habitación. La luz de la luna entraba por la ventana y lo iluminaba todo de forma tenue. Y comenzó un baile amoroso y sutil mientras nos quitábamos la ropa el uno al otro, sin prisa. Teníamos toda la noche para los dos.
Ya desnudos, Almir acariciaba todo mi cuerpo, y yo también le  acariciaba su piel en medio de la penunbra. Después, me cogió en brazos y me acostó sobre la cama y seguimos haciendo el amor... hasta que mi cuerpo y su miembro alcanzaron todo su esplendor.
-India, ¡qué noche más romántica! -le dijo Susi con sincera admiración.
-¡Almir era tan gentil, amoroso y tierno! Creo que nunca he conocido a nadie igual -le contestó India a Susi con lágrimas en los ojos.
Lo que más recordaba India de Almir cuando hacían el amor, es que decía cada poco: "¡Qué bom! ¡Qué bom!"

sábado, 19 de noviembre de 2016

25. El abrazo


India  estaba muy emocionada esperando que por fin llegara Susi del largo viaje desde España hasta Santa Ana.
Ansiaba el momento de poder ver de nuevo a su amiga, después de tanto tiempo transcurrido desde que se habían conocido personalmente en el Pico Espejo, en Mérida, y de haber compartido largas conversaciones durante meses.
India ya le había dado las instrucciones por teléfono al chofer del taxi que la traía del aeropuerto de Maiquetía en Caracas para llegar hasta la casa.
Solo era cuestión de minutos para poder abrazarla y planear juntas los viajes en búsqueda de Almir y del loro catarú en el que habría podido reencarnar su bisabuelo Isidoro.
India estaba sentada en un sillón sobre el alto porche y Leo en el piso, recostado a su lado y con sus patas delanteras cruzadas una sobre la otra, como acostumbra a hacer cuando se siente relajado y feliz.
De repente, India estiró el cuello y vio que un taxi se había estacionado frente a la casa y una mujer descendía de él.
-¡Es Susi! -le dijo a Leo.
India, seguida por el perro, se levantó y corrió escaleras abajo al encuentro de su amiga luego de abrir la reja que da hacia la calle.
La llamó desde lejos por su nombre varias veces sin poder creer que era ella. Y,  al acercarse, la abrazó poniéndole los brazos alrededor del cuello, riendo y llorando de la emoción.
India la apretó muy fuerte contra el cuerpo y comenzó a dar pequeños saltos, repitiendo una y otra vez su nombre, hasta que quedó suspendida, abusando de una confianza que no le permitía por ahora cometer tales excesos.
India notó su olor agradable y también que no llevaba perfume ni colonia. Olía simplemente a un largo viaje y a una casi imperceptible fragancia del jabón del avión con el que se había lavado la cara. Así de fino tenía el sentido del olfato India, quizás para contrarrestar otras muchas carencias, como la de uno de sus oídos.
Fue un largo abrazo; muy sentido y muy emocionado. No la quería soltar para que no terminase ese conmovedor momento. Leo les ladraba contagiado de la situación.
El chofer, que había bajado del taxi, miraba la escena sonriendo, despreocupado porque la tarifa seguía aumentando.
India, después de abrazarla de aquella manera, temía que Susi no reaccionara bien, o incluso que la apartara porque invadía su espacio personal, pero era tanta su emoción que la miró a la cara y la volvió a abrazar; ahora envolviendo con los brazos su espalda, no queriendo dejarla escapar, demostrándole todo su cariño y agradecimiento.
Susi no pudo evitar ponerse colorada como una brasa, aunque India no se dio cuenta de ese detalle.
La verdad, no esperaba aquella reacción tan explosiva de una persona adulta, más propia de una niña de internado desbocada cruzando el pequeño espacio que la separa de los brazos de sus padres recién llegados del extranjero.
Cuando vio aquel cuerpo colgado por completo de su largo cuello, Susi ya no pudo reaccionar, ni siquiera disimular su profundo desconcierto.
Se quedó como una fría estatua, incapaz de moverse, asediada por un organismo vivo de sangre caliente que reía y lloraba a la vez, acosada por una persona a la que no le importaba en absoluto mostrar sus emociones, ronzando incluso el límite de la incompostura y la falta de buena educación.
India había traspasado la frontera de su espacio íntimo sin avisar previamente con un apretón de manos o dos besos en las mejillas.
India no sabía algunas cosas. Si las conociera, actuaría con más tiento, delicadeza, prudencia y también paciencia, porque habría otros momentos para mostrar sus emociones.
Pero a India le daba igual. Por eso seguía colgada de su cuello con los pies despegados del suelo. Cuerpo a cuerpo. Vientre con vientre y seno con seno, aunque con una asimetría vertical de casi veinte centímetros, la altura que Susi le sacaba a India.
Mientras tanto, el taxista seguía esperando con las puertas abiertas y el maletero lleno de paquetes; el maletero y el asiento trasero.
Y Leo, el perrito vagabundo adoptado por India, dando vueltas, quizás celándose sin motivo de una fría e inmóvil estatua que tenía los brazos caídos y los ojos clavados en una de las ventanas de la casa familiar, la que le quedaba justo enfrente.
Cinco segundos eternos, hasta que el femenino pedazo de mármol comenzó a resucitar.
Pero Susi no lo hizo de repente, sino a cámara lenta, mientras India seguía sollozando y riendo al mismo tiempo sobre sus pequeños pechos, sin importarle nada que estuviera manchándole la camiseta a Susi con el carmín de los labios y una poca de pintura diluida en sus lágrimas, de la que se puso innecesariamente para realzar la belleza de sus ojos.
Sí, India se arregló como mejor pudo para recibir a su amiga. Mucho más que para cualquier fiesta en la que siempre pasaba desapercibida como una cenicienta, o repelida porque creían que  estaba medio loca, o simplemente porque la consideraban un cero a la izquierda en un país hecho mierda, también al borde de la quiebra social y económica.
Pero India poco podía hacer en el armario ropero. En su interior no había mucha ropa y calzado donde elegir. Y la cosa se complicaba aún más al haber adelgazado tanto.
Se dijo incluso a sí misma que debía haber dejado antes de fumar y ahorrar para la ocasión. Dejó el tabaco hacía pocos días con la intención de poder abrazarse a Susi y no oler a humo.
En el pequeño armario solo había un par de zapatos que podían servir, unos mocasines sin tacón;  pero el pie derecho tenía una pequeña mancha, por fortuna casi invisible ante los ojos de una persona que no lo supiera.
Colgada del cuello de Susi, los pantalones de India parecían mucho más escasos de lo que realmente eran.
Al estar suspendida unos segundos y quedar embutida en ellos, se marcó mucho más el perímetro de su cintura, sus caderas y sus voluptuosas nalgas, las que tanto acarició Perico Metralleta o el Cid Puyador.
Se marcaron las curvas de la carne y también las bragas, prenda íntima que estaba casi a punto de caer al estrecho precipicio.
Cuando la estatua de mármol comenzó a reaccionar, India posó los pies en la tierra y la abrazó poniendo ahora sus manos y sus antebrazos en la espalda de Susi.
Y siguió apretando muy fuerte con su cabeza apoyada de lado.
A Susi se le descongelaron los brazos, y al fin pudo moverlos. Pero no supo al principio dónde ponerlos.
Ahora ya notaba plenamente el cuerpo a cuerpo. De arriba abajo. Sus grandes senos, su vientre, sus caderas y sus piernas. Y la camiseta mojada en la zona donde caían las lágrimas de India, porque Susi no lloraba, y aunque llegara a hacerlo, al ser más alta que India, sus lágrimas verterían en los hombros o la espalda de su compañera.
Finalmente, Susi tuvo que rendirse y fue incapaz de apartarse de la querida amiga, algo que le estaba permitido hacer con cierta delicadeza y que no debía parecerle mal a India.
Susi, al comenzar a apretar tanto o más que India,  comenzó a llorar mientras le acariciaba la espalda con las manos abiertas.
-¡Tranquila, Salvajita mía, tranquila, que ya estoy aquí para animarte y protegerte! -le dijo Susi sollozando.
Tras estas palabras de ánimo, caminaron abrazadas de lado hacia la puerta abierta de la casa, olvidando por completo que debían descargar su equipaje, pagarle al conductor del taxi, y hacerle algo de caso al pobre Leo, ya que el perrito seguía ladrando y, quizás, celándose  del nuevo invitado.



jueves, 17 de noviembre de 2016

24. El encuentro



Al abrirse la puerta de la casa familiar, Susi apreció que India estaba algo gordita debido a los medicamentos que tomaba para intentar mantener a raya su enfermedad, y descubrió también su oculto carácter alegre y sus bellos rasgos físicos. 
India tiene la esencia del continente en el iris de sus ojos. Y es bajita, pues casi todos los indios de Suramérica en general son de cuerpos no demasiado esbeltos y con amplias caderas las mujeres. Su piel tiene un aspecto aterciopelado que le da un brillo especial a su color moreno, pues sus vellos son muy cortos, casi imperceptibles. Su cabellera es lisa y lacia, muy brillante, de color oscuro.
Aunque India se pone muy nerviosa a veces, su caminar es lento y tranquilo, no exteriorizando ese estado de ánimo. La redondez de su cara la comparte con sus ancestros. India tiene cejas poco pobladas, nariz algo ancha y orejas pequeñas. Su sonrisa es amplia, y muestra una dentadura muy blanca casi perfecta que contrasta con el rosa oscuro de sus labios algo gruesos. Los ojos se entrecierran cuando sonríe y muestra un carácter alegre bajo su aparente tristeza. India tiene una voz melodiosa y un hablar cálido y fuerte, por sus problemas de audición. Los brazos y manos son pequeños, de gestos casi infantiles, como si jugara con ellos mientras habla. Rasgos todos, en general, que pudieron cruzar el Estrecho de Bering antes de asentarse en el continente, aunque esta teoría contrasta con la aislacionista o evolucionista, consistentes en afirmar que los pueblos de América estaban ya en el continente y evolucionaron en el mismo. Para demostrar esto, los investigadores afirman que los cultivos americanos no se dan en otros lugares del mundo.
En cuanto a Susi, su mamá fue adoptada de muy niña. Se llamaba Akira y quedó huérfana tras la muerte repentina de su madre ocasionada por la mordedura de una serpiente.
Recién destetada, el padre yanomamo de Akira la entregó en adopción a una familia española residente en el pueblo donde vivía el padre de Susi, aún niño.
Ambos se conocieron mientras jugaban por las tardes en la ribera del río. Cazaban ranas de vistosos colores, organizaban peleas a muerte entre arañas, saltamontes y alacranes,  o construían pequeñas cabañas con cualquier cosa que encontraran; piedra pizarra, paja, retama...  A veces, acababan prendiéndoles fuego simulando un ataque de una tribu enemiga, o todo lo contrario, las reconstruían tras una fuerte tormenta o las peleas y juergas que los perros organizaban dentro de ellas.
Y, al final, con tanto juego, descubrieron sin querer las partes prohibidas de sus cuerpos, acurrucados en las cabañas mal techadas, intentando evitar las goteras y el frío. Y se casaron.
Fruto de la unión nacieron dos niñas.
Mientras vivió, la madre de Susi nunca sintió demasiada atracción por estudiar o retornar a sus raíces.
Al ser adoptada con tan poca edad, no hubo trauma alguno en su infancia.
Aprendió el idioma en España y fue a la escuela sin ningún tipo de problema, ya que nunca llegó a hablar el dialecto de los yanomamo.
Pero el caso de Susi fue diferente.
Aparte de querer encontrar el loro como India, Susi deseaba conocer todo sobre sus orígenes, y ahora tenía la oportunidad de poder hacerlo en la selva donde nació su madre.
Susi era bastante más alta que India, lo cual se vio claramente al ponerse las dos frente a frente antes de abrazarse. Su cabeza y su cara eran muy extrañas y en ellas se mezclaban caracteres contrapuestos fruto del mestizaje. Susi era rubia y al mismo tiempo tenía rasgos fenotípicos mongoloides. 
India y Susi se abrazaron y lloraron. Y Leo ladró al tiempo que movía el rabo.

martes, 15 de noviembre de 2016

23. Lo que le espera a Susi en Venezuela


India estaba preocupada porque ahora que su amiga Susi ya había llegado a Venezuela, tendría que vivir en carne propia el martirio de las colas para hacer cualquier cosa.
Muchas colas y largas esperas para todo a altas horas de la madrugada. Susi debería incluso pasar la noche entera en la calle guardando el puesto para no perderlo.
En el supermercado la gente guarda fila desde la tarde anterior para tratar de comprar los pocos alimentos y productos de primera necesidad con precio regulado. Pero como hay prohibición del gobierno de estar toda la noche esperando, y puedes ir detenido a pesar de no estar cometiendo ningún delito contemplado en el Código Penal, las personas ignoran sus derechos y aceptan esa situación sin que los organismos públicos, como la Defensoría del Pueblo, haga nada para defenderlas.
A cualquier hora de la madrugada, la gente que se encuentra esperando su turno tienen que salir corriendo y esconderse para evitar ser privados de su libertad ilegalmente.
Eso solo sucede en los países donde no hay control judicial de las actuaciones del poder ejecutivo, tal como está sucediendo en Venezuela actualmente.
En los bancos las cosa se pone más difícil. El ejecutivo ha nacionalizado las principales entidades y las ha fusionado haciéndolas poco funcionales. Demasiados clientes para tan pocas agencias y tan poco personal. Por esto tienen su cuota de personas que serán atendidas cada día, y antes de abrir sus puertas, un trabajador del banco recoge las cédulas de identidad de los que podrán hacer sus operaciones bancarias ese día.
Ello obliga a los clientes a esperar de pie desde la madrugada a las puertas de las instituciones. Si la persona llega después de que se ha acabado el cupo diario, ya no tiene ninguna oportunidad.
Lo que más pena da es ver a las personas de la tercera edad con sus caras taciturnas y sin haber dormido. Algunos en sillas de ruedas, con sus bastones o andaderas, o
sentados en el piso esperando su turno para poder tener la suerte de cobrar su pensión. Muchos de ellos no saben o no confían en las operaciones con tarjetas de débito por los elevados índices de estafas que se producen a diario, y prefieren sacar su dinero directamente en el banco.
Se ven cientos de ancianos en la calle dando lástima, y esto sucede principalmente en la banca estatal.
Se ha generalizado a tal punto esta práctica, que hasta en los consultorios médicos hay que hacer largas colas. Y ni qué decir del resto de las instituciones. No hay un solo organismo público al que se pueda ir y ser atendido inmediatamente.
Para recibir atención sanitaria en alguna institución de salud pública, también debes hacer la fila, esperar tu turno, y si no hay insumos médicos, puedes morir, como le sucedió a un amigo de India que llegó al hospital con un infarto al corazón y murió esperando. 
Por todo ello, India le recomendó a Susi que firmara una póliza de seguro médico internacional en España antes de viajar.
En las farmacias la situación no escapa de este mal. Primero debes tomar un ticket y esperar de pie que te llamen por tu número, pides el medicamento, y si por suerte lo hay, vuelves a hacer otra cola en la caja para cancelar. En caso contrario, debes ir a otra farmacia y repetir el mismo procedimiento. Nada les importa que el medicamento lo necesite el paciente con urgencia y su vida dependa de él.
Se supone que en el año 1999 este gobierno promulgó una nueva Constitución que establece el derecho a una atención de calidad para los ciudadanos. Eso es letra muerta.
El sistema de control social que ha implantado el ejecutivo y el resto de los poderes, se caracteriza por la ineficacia y la inoperancia de los servicios públicos. Y ese mecanismo ha permeado a la sociedad como un cáncer que lo impregna todo. Si el pueblo está ocupado haciendo cola para obtener lo más básico, no tendrá tiempo para protestar y, lo que es peor, se acostumbrará a ser ultrajado, denigrado y pisoteado, y una vez habituado a esa situación, quedará inmunizado contra la protesta. 
La última novedad son las filas para comprar el pan. Ahora, si no se llega a tiempo, ese alimento tan importante y esencial se acaba.
Un país atrasado no  puede continuar de esta manera mucho tiempo. La ineficacia lo paraliza, mientras el resto de las naciones siguen progresando y copando los mercados.
Susi tendrá que aprender a tener paciencia, más aun si cabe al venir de España, un país que, por ahora, sigue disfrutando relativamente de unos buenos servicios públicos.

lunes, 14 de noviembre de 2016

22. Almir tiene un accidente en la mina


India esperaba en el sofá a que Susi llegara desde Maiquetía, y se quedó medio dormida. Imaginó que los zancudos, la humedad y el calor sofocante de la selva no dejaban dormir al pobre Almir.
Y, efectivamente, así era. Su piel estaba llena de picaduras que le causaban escozor. En la noche se escuchaban los ruidos de los animales que pululaban alrededor de las barracas de los garimpeiros, y también sus ronquidos, lamentos o pesadillas. Muchos estaban enfermos porque la empresa no realizaba revisiones ni controles sanitarios periódicos, y la mayoría, cuando tocaba uno obligatorio del gobierno, no acudía a la consulta por temor a ser despedido tras detectársele alguna enfermedad.
Almir pensaba en India noche y día, y nunca la había extrañado tanto.
Cuando estuvieron juntos en Perlas, ella era tan cariñosa que a veces él prefería apartarla porque lo invadía con su insistencia. Siempre quería besarlo, acariciarlo, hacerlo reir con sus ocurrencias, y, ahora que estaban tan lejos, deseaba estar con ella y abrazarla.
¡Qué no daría por uno de sus apasionados besos!
Almir ya se estaba acostumbrando a dormir en malas condiciones, soportando el calor, la humedad y los pesados e incansables mosquitos que siemopre lograban pincharlo tras dar con un pequeño roto de la mosquitera. La hamaca le parecía un lujo debido a lo cansado que se sentía al final del día. Cuando se dormía finalmente, soñaba con India y su mirada ingenua. Escuchaba su risa intempestiva, podía sentir su olor excitante
, percibir su piel suave de las manos recorriendo todo el cuerpo y buscando los lugares exactos del mapa donde más placer producen las caricias.
Muchas veces Almir despertaba en mitad de la noche entristecido por extrañarla tanto.
Ya había transcurrido un año desde que salió de la isla y pensó que más temprano que tarde estaría de nuevo con ella. Había reunido una cantidad importante de dinero.
Almir despertaba y volvía a quedarse dormido de nuevo debido al cansancio. Tenía que reponer fuerzas para la dura jornada que le esperaba.
Un día se levantó al amanecer, se bañó, se vistió y se fue a la barraca donde estaba la cocina.
Desayunó abundantemente y se dirigió a su puesto asignado en la mina, a tan solo 300 metros de la explotación.
Era buzo minero. Un trabajo por el que le pagaban más pero que entrañaba mucho peligro.
Ese día, mientras destapaba la boca de una manguera obstruída con palos y piedras, de pronto escuchó un fuerte crujir y sintió un golpe. Había caído un árbol por el reblandecimiento de la tierra, y una de las ramas lo había golpeado. En principio no era nada grave, aunque quedó inconciente y sus compañeros tuvieron que sacarlo del agua antes de que se ahogara.
Otro compañero no había tenido tanta suerte. El enorme tronco del árbol lo había aplastado y había muerto.

A Almir se lo llevaron al hospital y quedó ingresado. A raíz del accidente perdió parte de la memoria y fue India una de las cosas que dejaron espacio a otras en esa habitación donde se guardan los recuerdos. 
¡Cuántas penurias había tenido que soportar Almir por su fiebre de oro! 
Ella se conformaría si lo tuviera a su lado, aunque vivieran en la más absoluta pobreza. Dormirían tranquilos abrazados el uno al otro, y Almir jugaría con sus senos como solía hacerlo cada vez que, al despertar en el lecho, notaba que había a su lado una mujer a la que amaba y algún día amamantaría a sus hijos.
Cuando el sol asomara sus primeros rayos, harían el amor como nunca antes lo habían hecho. 
Una vez lograra la visa de residente, Almir comenzaría a buscar trabajo enseguida. Conseguiría que Pedro, un amigo de India, le diera un puesto como vendedor exclusivo de ropa que importaba directamente de una famosa marca brasileña, algo de lo que ya hablaron antes de separase.
El negocio sería
 muy rentable y Almir pronto podría alquilar una modesta casa amueblada cerca de la playa a la que se mudarían los dos.
India se imaginaba  el primer día que guisaría para él en la pequeña pero cómoda cocina, con una ventana llena de flores.  Sería feliz. Siempre quiso tener una ventana con flores desde donde mirar el mar. 
En fin, India lo tendría todo para sentirse tranquila y bien. Almir la amaba y ella a él. Se encontrarían cada atardecer al regresar de la ciudad y saldrían a la playa a pasear hasta que anocheciera.
Regularmente se reunirían con el grupo de amigos brasileños para compartir paseos, cenas en casa de algunos de ellos y viajes a tierra firme o a las islas cercanas. De repente sonó el timbre e India recordó que ya Susi estaba detrás de la puerta. 
Deseaba ver a la amiga que tanto la había acompañado y ayudado en momentos difíciles.
La quería y ansiaba su llegada para abrazarla y conversar con ella en persona. Tenían muchos planes juntas. Uno de ellos, buscar a Almir, su príncipe amado, para dignificar su memoria. Otro, hallar a su bisabuelo Isidoro en la selva del Orinoco reencarnado en loro catarú, y encontrar la manera de llegar al tesoro que estaba enterrado en algún lugar de la hacienda de sus ancestros.
¡Menuda tarea les esperaba!

sábado, 12 de noviembre de 2016

21. La venganza de Ikala, la serpiente más temible del Orinoco


Mientras viajó de Caracas a Santa Ana, Susi pensó mucho en los bichos y las pestes que la acecharían en el Alto Orinoco. Zika, casi seguro; dengue, chikungunya, malaria, hepatitis, mal de Chagas, leishmaniasis, sarna, parásitos intestinales...
Pero lo que más la asustaba eran los diablos, los animales mitológicos, las bestias sagradas o las bichas de las leyendas; en general, todos los monstruos imaginarios de la selva. Susi creía que contra ellos no se podía luchar de ninguna manera aunque se usaran las armas más sofisticadas. Esos seres la impresionaban tanto como las arañas ponzoñosas, las víboras venenosas o las aguas paradas del río infectadas de caimanes asesinos o pirañas que devoran como limas. Susi tenía tantos temores a todos esos indeseables e irreales animales porque eran verdaderamente mortíferos cuando los humanos se encuentran afectados por los delirios y las fiebres propias de las enfermedades de la selva.
Una de esas bichas, quizás la más temible y sanguinaria, es la serpiente Ikala.
No se trata de un reptil de mucho tamaño, pero despliega una fuerza extraordinaria cuando oprime  con su cuerpo en forma de espiral.
Las tribus le tienen pánico.
Dicen sobre ella que no es una serpiente, sino la bella yanomami que sufrió desprecio por parte de un explorador europeo.
Tras yacer juntos y engendrar un precioso niño, Ikala fue abandonada sin previo aviso de la noche a la mañana.
Ese mismo día, la joven mujer
se marchó a la selva, y no se volvió a saber nada de ella; hasta que cayó preso el primer varón mientras pescaba envenenando con timbó las aguas poco profundas de una charca, en la que estaba oculta y totalmente sumergida Ikala. Un indígena inocente que ningún daño había hecho a la mujer abandonada, pero, al fin y al cabo, también varón, fue el primero que pagó las culpas de la ofensa.
El procedimiento y ritual que Ikala empleaba, y aún emplea con la presa, resulta muy refinado, ya que la tortura no es propia de los animales irracionales, sino de la retorcida y vengativa  mente humana que llevaba la serpiente en su cabeza.
Ikala nunca apretaba en exceso a sus víctimas para que respiraran y no se ahogaran.
Lo primero que hacía era colgarlas con su cuerpo de una fuerte rama para que quedaran boca abajo, a solo un palmo del agua. De esta forma los ojos de los condenados veían  todo el suplicio reflejado.
A continuación,  los excitaba mentalmente con una pequeña dosis de su propio veneno, la suficiente para que estuvieran siempre conscientes y no sobreviniera el desmayo debido al dolor. La sustancia inyectada era al mismo tiempo un potente relajante muscular, de tal forma que el suplicio resultaba perfecto. Locura brutal en la cabeza e inmovilidad de la pieza mientras permanecía colgada de una pierna como un conejo.
Una vez que todo el cuerpo se había relajado y destensado, procedía a levantarle con sumo cuidado la tapa de los sesos, sin verter ni una sola gota de sangre ni llevarse pegada tampoco en el hueso ninguna neurona del cerebro.
El reo, totalmente desnudo, veía todo reflejado sobre las aguas.
El siguiente paso consistía en extirparle los testículos, uno a uno, porque del interior de esa glándula humana salió el humor viscoso causante del embarazo y la ofensa. Y ello casi sin dejarle incisión y sin derramar una sola gota de sangre para que no se tiñiera el espejo y no muriera pronto la piltrafa humana colgante. Aunque la superficie del agua se tintaba finalmente de rojo, aún quedaban las pupilas de la serpiente para servirle de espejo al reo.
Tras enseñarle los testículos a la pobre víctima, Ikala los engullía, cosa que también hacía con los globos oculares una vez extirpados de sus órbitas.
A partir de ese momento, el indígena ya solo sentía con su descapotado cerebro lo que Ikala le hacía, y el suplicio era, quizás, mucho más horrible.
Ikala es la única serpiente de la selva que tiene un apéndice en la cola con la forma de una afilada navaja. Con ese bisturí Ikala continuó haciendo justicia en la masa abdominal, y por todo el resto del cuerpo hasta que, pasadas unas horas, el reo murió tras una pérdida muy lenta de sangre, similar al goteo del aguardiente cuando lo están haciendo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

20. La impresionate y peligrosa travesía hasta Santa Ana


Susi tomó al fin un taxi en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, a 30 km de Caracas, pero por las colas que se forman subiendo, se demora una hora o más en llegar.
Enseguida que entró en la autopista dejó atrás el mar, ese Mar Caribe tropical que la impresionó por su belleza.
Otra cosa que le llamó la atención fue la luz de la tarde, una luz fuerte que daba más color a las montañas que circundaban la autopista.
De pronto, desapareció el verdor y comenzó a ver los ranchos; casas sin frisar de distintos materiales, latas de zinc, latón, vallas con parte de los anuncios, bloques, cartón, troncos, palos; todo lo que sirviera para levantar paredes, pero, sobre todo, esos bloques rojos desnudos, sin pintar, roídos por el tiempo, sucios de hollín, ennegrecidos por el humo de los carros y autobuses de la autopista. Y mientras más lejos miraba, más ranchos se veían; miles, millones de ranchos cubrían las laderas de las montañas surcadas por intrincadas carreteras de tierra.
Los más cercanos se percibían construidos unos encima de otros en contra de toda lógica arquitectónica, los de abajo más pequeños que los de arriba, sujetos por el azar y a punto de desplomarse y caer. Susi se imaginó el desastre que ocurriría si se repetía un terremoto como el de 1957, pero esta vez habría muchísimas más víctimas de los ranchos mal construidos que no lo resistirían. 
Desde la autopista se distinguían las escaleras interminables de miles de peldaños que llevaban hasta lo más alto en la cumbre del cerro. También se divisaban los chorrerones por donde bajaban las aguas servidas, las aguas negras que llegaban hasta el espumoso y contaminado río Guaire, muy abajo.
A Susi le llamó la atención cómo gran cantidad de autobuses pequeños descargaban personas del otro lado de la autopista, los trabajadores que volvían de Caracas a sus casas. Algunas mujeres con varios niños, hombres de distintas edades con la pena en el rostro, carcomidos por el cansancio y la ignominia.
Mucho ruido de vehículos y buses, mucha contaminación que comenzaba a pintar arreboles en el cielo, todo eso lo observaba Susi mientras esperaba pacientemente en la cola de los carros que subían a Caracas y aguardaban para acceder al túnel.
Una vez entraron en él, la cola se paró de nuevo, justo en medio de ese oscuro y contaminado agujero apenas alumbrado por las luces de los vehículos y autobuses. Susi sintió muchas ganas de vomitar, pues ya estaba mareada con el tufillo de los gases que olían distinto a los de España y, de imprevisto, tuvo que abrir la puerta, sacar la cabeza y arrojar varias veces. Estaba intoxicada con ese humo desagradable. Pero el chofer la conminó a cerrar con seguro la puerta para evitar ser asaltados por los motorizados.
Al fin salieron de los túneles y lograron cruzar la ciudad de Caracas sin contratiempos, hasta alcanzar la salida hacia la autopista que va hacia Maracay.
Se observaba por todos lados la dicotomía de los rascacielos en el valle contra los ranchos con sus escaleras infinitas, aguas negras, basura que se acumula desde la cumbre hasta la base de los cerros, perros callejeros junto a gente hurgando en la basura, escenas dantescas de suciedad, todo en ruinas y destruido.
Al mismo tiempo se veían por todas partes deslumbrantes anuncios gigantescos con fotos de Chávez, de Bolívar y del presidente Maduro junto a frases rimbombantes que contradecían lo que se observaba en la calle: “Chávez vive, la revolución sigue”, “Haremos de Venezuela una potencia mundial”, “Hemos logrado derrotar la pobreza”, “Pobreza cero”, “Estamos ganando la guerra económica”, “Más alimentos para el pueblo”.
Ya anocheciendo, comenzaron a encenderse las luces de los miles de ranchos de los cerros que parecían un pesebre viviente, hermosas lucecitas que escondían una penosa realidad.
El viaje por la autopista estuvo lleno de colas de incluso hasta tres horas. El chofer explicó a Susi que es la principal vía para salir hacia el oeste del país, y no hay sino otra carretera alterna en malas condiciones, por lo que debían permanecer en ésa, exponiéndose a ser asaltados por los atracadores mientras se encontraban parados.
Al fin tomaron la Autopista Regional del Centro hasta Morón, no sin antes tener que detenerse varias veces largo tiempo en las colas de los peajes y alcabalas de la Guardia Nacional.
En una de ellas les hicieron bajar todo el equipaje y los Guardias Nacionales hurgaron entre las cosas de Susi hasta que el chofer les sugirió que “le dieran algo para comprar refrescos”, es decir, un soborno para que los dejaran ir sin quitarles nada.
Ya entrada la madrugada, lograron entrar a Santa Ana, la ciudad donde los esperaba India. Se comunicaron por teléfono para que India le indicara al chofer el camino hasta su casa.
Y, por fin, se encontraron de nuevo las dos amigas después de compartir tantas historias a siete mil kilómetros de distancia.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

19. Susi aterriza en Caracas


El vuelo procedente de Santiago de Compostela (España) tomó tierra a las 16 horas en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, Caracas, tan solo 15 minutos más tarde del horario previsto.
Aunque aún no se habían abierto las compuertas para poder acceder por el túnel a la zona de recogida de las maletas, Susi ya notó desde el interior el ambiente pegajoso de un país tropical.
Eso, mezclado con las llamadas de la oposición a la desobediencia, le provocaron una extraña e incómoda sensacion.
Susi sabía qué día entraba en el convulso país, pero no cuando regresaría al suyo.
Incluso temía por su vida en el caso de que las manifestaciones de protesta se convirtieran en revuelta general, y los disturbios fueran cebados desde el extranjero con armamento.
Si la cosa empeoraba, se podían levantar barricadas en las entradas de las ciudades, o intentar cortar las comunicaciones terrestres mediante sistemas empleados por la guerra de guerrillas.
Pero Susi temía mucho más por la vida y el destino de India.
Susi, al fin y al cabo, podía correr cerca de 100 km al día y ayunar al tiempo que realizadaba ejercicio.
Pero ella, la desamparada India, tendría que conformarse con abandonar la ciudad caminando, quizás integrada en una larga columna de gente desplazada. O, incluso, deportada, pisando barro y cargando un pesado fardo en la espalda, en cuyo interior no suele llevarse comida, sino ropa que solo sirve para pasar la noche y proteger algún frágil recuerdo de los golpes en el camino.
Al levantarse del asiento para salir del avión,  cuyas turbinas aún seguian girando, Susi comprendíó que afrontaba una gran aventura.
Debía buscar el único loro que quedaba de una especie ya extinta,  en un país al borde del caos y la extrema miseria. Al mismo tiempo también tenía que  ayudar a India a superar su enfermedad. Y, previamente al viaje por el Orinoco, ambas tendrían que volar a Brasil para dejar cicatrizada la herida de Almir, su príncipe desaparecido y dado por muerto.
Todo ello era lo que le esperaba a Susi afuera del avión, en un país al que viajaba por primera vez y al que habían cancelado los vuelos casi todas las compañías aéreas internacionales más importantes.
Además, debía correr el riesgo de que le abrieran la maleta y le requisaran toda la comida liofilizada que llevaba para la expedición por el Alto Orinoco.
Los sobres de alimento deshidratado y unos chorizos de la matanza que llevaba para que los comiera India, solo ella.
Afortunadamente, a Susi no le abrieron la descomunal y abultada maleta.
Ahora tocaba cambiar los euros en el mercado negro y llamar un taxi para el largo viaje. Y con mucho tiento.
No quería que le pasara lo mismo que hacía años en Bolivia cuando se encargó de buscar el vehículo que la llevaría a ella y a unos amigos hasta la falda del Illimani para escalarlo.
De aquella quiso ahorrar unas monedas y cometió el error de contratar un trasto viejo al mando de un tipo que no tenía ni un centavo en los bolsillos. Y así les fue a todos.
Al final fueron tres paradas en los talleres del camino, 10 o 12 atascos del carburador, solucionados sobre la marcha en el trayecto. Un mínimo de seis repostajes de un máximo de unos tres litros cada uno.
Y, lo que es peor, todo con la cara y la ropa llena de polvo que entraba por las puertas y la zona del cristal trasero, donde el coche solo llevaba un plástico precintado con cinta americana.
Parecían negritos con los ojos y los dientes blancos destacando sobre el fondo de las caras maquilladas con una mezcla de sudor y polvo marrón del altiplano.
Gerardo se meaba de risa cada vez que Javier le recriminaba a Susi su actitud ahorrativa. Y cuánto más se mofaba, más le relucía su envidiable y ordenada dentadura en medio de aquella tiniebla de polvillo y fuerte olor a gasolina procedente del motor.