miércoles, 14 de diciembre de 2016

37. Susi tiene Zika



Eran las cuatro de la madrugada cuando Susi se cansó de dar vueltas en la cama del hotel y se levantó para sentarse a leer en el sofá un capítulo de El Castillo, una novela inconclusa de Franz Kafka. 
India, en cambio, se quedó dormida plácidamente después de ducharse y tomarse la melatonina. 
La estancia en la cárcel de mujeres y la espera previa en la cola para entrar en ella, habían cansado de tal manera a Susi, que no se sentía con ánimos para afrontar el viaje de regreso a Santa Ana, así que decidieron entregar el carro alquilado en la agencia y dormir en un hotel.
India ya le había notado algo raro a Susi por la mañana. La veía desganada, poco concentrada y demasiado apática a juzgar por el comportamiento que intentó ocultar sin conseguirlo en varias ocasiones a lo largo de todo el día.
Esperando para entrar en la prisión, hubo un momento en que Susi quiso desistir y tirar la toalla, pero no le dijo nada a India, seguramente mucho más estresada incluso que ella, pero, al fin y al cabo, enferma de la cabeza o los nervios según los médicos, así que no era cuestión de dar mal ejemplo.
Susi tuvo que apartar la vista del libro y dejarlo sobre la mesita que había entre los dos sofás. Notó algo de sofoco y se mareaba. Siempre que le ocurría esto, solía acabar arrastrándose por el suelo afectada por un horrible ataque de ansiedad. Le daban náuseas y vértigo. Pensaba que se iba a morir, y era incapaz de vomitar para poder quedar relajada y aliviada.
Pero no, esta vez no era lo mismo porque tenía fiebre y le comenzaba a doler bastante la cabeza.
Susi dejó el libro definitivamente, y se fijó en cómo iba dibujando la sábana el cuerpo de Inda desde los pies hasta la cintura. El resto estaba al descubierto. India mostraba la espalda, el cuello, la cabellera negra y parte de un seno asomando por debajo del brazo derecho.
Susi temía ser incapaz de llegar nunca a alguna parte, igual que K., el agrimensor y personaje central de El Castillo. De hecho, la entrevista con Martinha no había producido ningún fruto. La mujer solo les había dicho que no tenía constancia de que su hermano hubiera muerto, pero tampoco disponía de indicios que le permitieran afirmar que aún se
encontrara en algún lugar con vida.
Martinha tuvo muy claro, durante la larga conversación, que Almir llegó con vida al hospital tras el accidente, y que de allí salió por su propio pie, aunque nunca supo a dónde. Por qué se marchó aún enfermo antes de tiempo es algo que tampoco le explicó en su última llamada telefónica.
India y Susi querían encontrar a Almir antes de comenzar a buscar el loro y el tesoro, más que nada porque así lo deseaba India para poder andar más ligera por la vida, sin tener que arrastrar una carga tan pesada: no saber si el amor de su vida, la persona que le dijo que volvería algún día, estaba vivo o muerto. 
En el caso de mantenerse con vida y llegar a encontrar a su amado, India sería comprensiva con él, y con los motivos por los cuales Almir tomó la decisión de no volverse a ver nunca más con ella. 
Era normal y lógico que pudiera estar casado, o tener hijos, y hasta nietos. Nada le reprocharía por haber organizado la vida en su país, pues era lógico que lo hiciera no muy lejos del trabajo. Seguro que le resultó muy difícil soportar la soledad, y por eso no le fue suficiente con los besos que le enviaba India en las cartas, ni con los "ven pronto, te necesito" que tantas veces le repetía.
India y Susi no sabían que Almir no estaba muerto, y que, casualmente, a los tres les esperaba el mismo destino. Todos andaban buscando oro, el mismo metal precioso que hacía más de cien años que no relucía al sol, a la luz de una linterna que lo acababa de descubrir, o a los focos de un museo, detrás del grueso cristal de una vitrina.
A veces, Susi dudaba de la existencia del tesoro. Aunque deseaba creer que era verdad lo que India le había contado de Isidoro, su bisabuelo, también pensaba que podía tratarse de una alucinación o una simple mentira con la cual engatusar a Susi para poder viajar a su costa, porque ella no tenía dinero. 
No se debía menospreciar que India había estado muy enferma, y que ello pudo alterar algún recuerdo de su juventud, cuando anduvo investigando sobre sus orígenes. Además, desconfiaba del mismísimo Isidoro. Susi no entendía cómo el bisabuelo de India se pudo marchar para el otro mundo sin decirle a nadie dónde estaban las morocotas de oro, guardadas, según su hija, en un baúl construido con cerne de roble gallego, cortado en el menguante de enero, porque, al parecer, la madera que se tira fuera de tiempo, acaba pudriéndose antes, y, con ella, los vinos, los muebles, el sostén de los tejados o las embarcaciones.
India seguía durmiendo, ajena a las elucubraciones y la desconfianza que en ocasiones tenía Susi de ella, pero se despertó de repente cuando su amiga le pidió ayuda desde el suelo. Al verla tendida sobre la alfombra, con náuseas, se le acercó, puso su cabeza sobre la almohada que tomó de la cama, se levantó y trajo del cuarto de baño una toalla.
Ya de de nuevo a su lado, arrodillada, pudo ver que Susi tenía pequeños puntos enrojecidos en algunas partes del cuerpo, aunque no en la cara.
India, al observarlos atentamente, supo de inmediato que Susi estaba enferma de Zika, ya que también ella se había contagiado hacía un par de años, y de aquella, tuvo los mismos síntomas de la enfermedad, aunque no las arcadas.
India ya le había advertido a Susi, antes de que aterrizara en Caracas, que debía ponerse crema repelente contra los mosquitos por la epidemia de dengue, chikungunya y zika, infecciones que campaban a sus anchas y sin control en Venezuela.
Estas tres virosis son transmitidas por la picadura de zancudos que previamente hayan picado a otra persona enferma. 
Susi tendría que guardar reposo hasta que se le aliviaran los síntomas, porque de lo contrario podrían complicarse las cosas y pasar a mayores. Solo podría tomar medicamentos para el dolor y la fiebre, algún antiviral, y tener mucha paciencia. 

lunes, 12 de diciembre de 2016

36. Por fin encuentran a Martinha en una cárcel de Caracas


Eran las cuatro de la madrugada cuando India y Susi se cansaron de bailar en la fiesta y decidieron irse a la cama. Estaban agotadas del estrés que habían pasado encerradas en el carro, poniendo en riesgo tantas horas sus vidas en medio de la autopista, el escenario preferido por los malandros para cometer los atracos y salir después a toda velocidad.
Por la mañana, India se despertó cuando sonó el celular. Eran las nueve, y Susi siguió durmiendo en la misma cama de India, ajena a las obligaciones que ambas tenían aquel día.  
La operadora de la compañía de alquiler habló por el altavoz con mucha educación y amabilidad. Seguro que ya sabía que podía caerle un chaparrón.
-Buenos días. Le llamamos para avisar que hemos enviado otro vehículo de la empresa que sustituya al averiado. El chofer ya está en el lugar que indicaron con las llaves, pero allí no encontró a nadie.
India le reclamó muy molesta, y le dijo que habían tenido que irse caminando a pedir ayuda a un pueblo cercano. Le dio la dirección de la casa y ni siquiera se despidió antes de colgar el teléfono.
Después despertó a Susi haciéndole cosquillas en la cintura.

-Levántate y apura, perezosa, que ya nos han traído otro carro.
En la casa solo estaban Josefina y sus nietas. Las dos niñas dormían en la otra cama de la habitación. Al ver despiertas a India y Susi, comenzaron a reírse y se escondieron tapando la cabeza con la sábana. Las espiaban por dos pequeñas mirillas para ver cómo se vestían y recogían todo en la pequeña maleta. Las niñas no tendrían más de cinco años, y les hacía gracia ver a las dos mujeres totalmente desnudas, con el culo, las tetas, y los tupidos felpudos al aire.
Se vistieron rápidamente porque alguien golpeó en la puerta de la casa, justo debajo del cuarto que ocupaban. Seguro que era el chofer de la grúa.
El conductor de la compañía venía en el vehículo nuevo, pues ya lo había cambiado por el averiado en la misma autopista.
India tomó las llaves y firmó unos papeles encima del capó. Después, ambas mujeres subieron el equipaje, se montaron en el vehículo y arrancaron nuevamente a Caracas.
Por el camino India le contó a Susi que la cárcel de mujeres a donde iban era un lugar muy feo y peligroso. India nunca había estado ahí, pero tenía conocimiento de las malas condiciones en que se encontraban las detenidas, y también de las peleas que se formaban durante las visitas, por lo que debían tener cuidado y ser muy precavidas.
Cuando llegaron a las inmediaciones de la cárcel, dejaron el carro en un estacionamiento cercano vigilado y se fueron caminando.
Susi se sorprendió mucho al ver la fila que había para entrar al penal. La mayoría de los que esperaban eran mujeres con niños cargadas con bolsas de ropa y comida ya preparada. Con la escasez de alimentos que había en el país, se sabía que las internas pasaban hambre.
Las dos amigas cayeron en la cuenta de que no llevaban nada para Martinha. Compraron una sopa y varias empanadas en un kiosko cercano, y se pusieron en la cola. 

Delante de ellas esperaba también un muchacho que no debía tener más de veinte años. Llevaba una niña agarrada en cada mano y en la espalda una mochila. India y Susi hablaron largo rato con él. Manuel, como así se llamaba, les dijo que su mujer estaba detenida por un robo a mano "armada" cometido con una pistola de juguete. Harta de ver cómo las niñas pasaban hambre, decidió probar suerte en una oficina bancaria. Manuel no se atrevía, y decidieron que lo haría ella porque la condena podría ser menor. Era mujer y tenía dos niñas, un atenuante ante el juez.
Manuel les contó que temió durante el atraco por la vida de su mujer, pero que ahora era mucho peor.
La droga, la extorsión y la violencia estaban a la orden del día en el interior de la prisión de mujeres. Además, dos grupos muy sanguinarios se disputaban con acuchillamientos casi diarios el monopolio del negocio: drogas, alimentos, teléfonos móviles... Se llegaba al extremo, incluso, de amenazar con quitarle a vida a los niños que residían en la cárcel con sus atemorizadas madres, algunas muy jóvenes. 
Luego de esperar tres largas horas en la cola, India y Susi lograron entrar al área de la requisa. 
Una mujer vestida con uniforme de la Guardia Nacional las metió en un cuarto pequeño y les ordenó que dejaran lo que traían sobre la mesa y se desnudaran.
India y Susi se quedaron perplejas. No entendían por qué debían quitarse la ropa.
-Vamos, vamos, que no tengo todo el día -les increpó la mujer.
Las dos amigas se quedaron en sostén y pantaleta.
-¡Les he dicho que se desnuden! -gritó la nerviosa celadora.
India le dijo a Susi que obedeciera, haciéndolo ella también sin volver a rechistar.
-¡Agáchense y salten! ¡Vamos! -les dijo la mujer mientras revisaba las carteras y la bolsa con la comida-. ¿Seguro que no traen droga escondida en la cuchara? -les preguntó.
-No traemos nada -le dijo India-. ¡Esto es un abuso!
-¡O te dejas revisar, o no pasas y te vas de nuevo por donde has venido! -le contestó la mujer.
Susi e India se quedaron quietas mientras la efectivo militar les tocaba la vagina y el ano. Estaban avergonzadas e indignadas.
-Ya pueden vestirse y pasar. Que pase el siguiente -gritó la mujer con cara de mala leche.
El edificio era una construcción prácticamente en ruinas. Las paredes estaban sucias y con la pintura descascarillada. Las reclusas se mezclaban con los visitantes, los niños y las funcionarias de la cárcel, como si de una feria o un mercado se tratara.
Habían varios pabellones con hileras de camas de bloque. Olía mal y el agua escaseaba en los baños. Solo abrían la llave de paso dos veces al día, y las colas eran tan largas como las que se formaban afuera para poder entrar en la prisión.
India y Susi preguntaron a una interna por Martinha Sobrinho, pero no la conocía.
Deambularon por todo el penal más de una hora, hasta que, finalmente, India la reconoció.
-¡Martinha! -gritó India.
-¡Amiga! ¿Qué haces aquí? -le respondió la triste y delgada mujer.
-Te hemos estado buscando en Isla Perlas, pero nos dijeron que te habían detenido y trasladado aquí, así que vinimos a verte. ¡Qué alegría saber que estás bien! -le dijo India con lágrimas en los ojos mientras la abrazaba.

viernes, 9 de diciembre de 2016

35. India y Susi asisten sin querer a una boda de pueblo


La autopista que conduce a Caracas desde el Puerto de San Juan estaba con poco tráfico cuando India y Susi salieron de la posada.
Demorarían unas cuatro horas en el viaje, si no ocurría ninguna cosa imprevista. Apenas estaba amaneciendo y calcularon que tendrían tiempo de llegar a la cárcel de mujeres para poder ver a Martinha.
De repente, a mitad de camino el carro comenzó a fallar. India se pasó al canal lento y de ahí al hombrillo, hasta que el motor se apagó.
-¡Dios! ¿Y ahora qué hacemos? -exclamó India muy preocupada-. Quedarnos en mitad de la autopista es muy peligroso por los malandros.
Miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que estaban en las afueras de un pueblo.
-¡Hostias! -dijo Susi muy molesta-. ¡Cómo nos alquilan un coche averiado! Se supone que debería estar en perfecto estado. Debemos llamar a la compañía. Buscaré el número en los papeles del contrato que nos han dado.
-El carro está bien. Lo que falla es la mierda que le han echado en la última gasolinera. ¿Recuerdas dónde fue? -preguntó India.
-Qué más da dónde la pusieron. El daño ya está hecho. Anda, llama de una vez a la compañía.
Luego de telefonear y dar el punto kilométrico donde estaba parado el vehículo, la operadora de la empresa prometió que enviaría una grúa para auxiliarlas.
Las mujeres se quedaron dentro del carro con las puertas cerradas. Estuvieron esperando hasta que casi anocheció sin que apareciera la grúa por ningún lado. Fue entonces cuando decidieron salir y ponerse a caminar hasta el pueblo donde pedirían ayuda.
Aquel día se celebraba una boda en el núcleo rural al que llegaron tras caminar poco más de un kilómetro entrada ya la noche.
Los vecinos de las parroquias limítrofes comenzaron a llegar a eso de las once de la mañana.
La casa de Javier, el novio, era bastante grande, pero había la costumbre de dejar todos los regalos expuestos afuera: un racimo grande de plátanos verdes, una arroba de garbanzos, un saco de maíz sin desgranar, dos acures vivos en jaulas de rejilla metálica, caraotas negras, yuca, arroz, azúcar, ron, cuatro pollos, dos vivos y dos ya desplumados, tres camisas bordadas, cuatro 
pares de zapatos, una cama de caoba desmontada, media docena de juegos de sábanas...
La ceremonia estaba prevista para el mediodía en la iglesia de adobe, blanqueada unos días antes con una lechada de cal en las paredes exteriores, y luciendo una campana de bronce que se estrenaría ese día dando sus primeros toques a las doce.
La novia llegó a lomos de una yegua blanca con la cola rizada y varias manchas negras en la panza. Sobre ella una mujer todavía virgen, morena y bella, de amplias caderas y lindos pechos para amamantar muchos hijos.
Una muchacha calzada con sus mejores botas de cuero y un pantalón amplio ceñido nada más en la cintura. Sobre el resto de su cuerpo, una camisa blanca bordada que le había regalado una hermana, y un sombrero de ala ancha, muy femenino, comprado en la Feria Anual de Guaca que se celebra el primer domingo de mayo.
Carmín rojo en los labios. Un poco de colorete en las mejillas. La cara con una gran sonrisa mostrando dos hileras de dientes simétricos y perfectos, de color blanco mate, como las dos nubes que tenía sobre su cabeza.
El novio llevaba una camisa roja, un cinturón con chapa bañada en oro y, debajo, pantalón negro tapándole las botas de media caña.
El cinturón fue cosa de su madre. Nunca se lo dejó poner hasta esa fecha tan señalada. Por eso no tenía el cuero cuarteado ni los agujeros dados de sí.
El pantalón no era de su talla y le quedaba algo escaso. Le marcaba en exceso el miembro, como si fuera un torero.
Tras la comida del mediodía ofrecida a los invitados, la fiesta continuó hasta la noche.
India y Susi llamaron en la primera casa que encontraron y le explicaron la situación a una señora que estaba muy atareada.
Las invitó amablemente a pasar, les ofreció un vaso de agua que aceptaron con gusto, y se sentaron en la sala. Les dijo que se llamaba Josefina y, antes que nada, quiso saber sus nombres para dirigirse a ellas.
En la casa había mucha gente ajetreada andando de un lado para el otro. La señora les explicó que era debido a la boda su hijo mayor y les ofreció quedarse hasta que resolvieran su problema. 
Fue así como India y Susi se instalaron en una de las habitaciones de la casa que compartirían con las nietas.
La señora Josefina les contó que para casar a su hijo José habían engordado un puerco con el que prepararon el asado, los chicharrones y las butifarras. Mataron también dos chivos y los picaron menudo en la sopa, y con las caraotas que cosecharon en la finca de la familia cocinaron más de quinientas hallacas.
Eso alcanzaría para dar de comer a todo el pueblo, más los invitados que viajaron de otros poblados aledaños, incluyendo la cena a la que habían sido invitadas también las dos mujeres agregadas.
India y Susi se bañaron en un pequeño recinto improvisado en el patio de la casa, al aire libre. Hacía años que no se usaba. En su interior ataban por los cuernos a las vacas en celo para que el toro las montara. Solo constaba de una manguera y tres tabiques de madera. No tenía puerta.
Con las narices pegadas al cristal de una ventana del corredor superior, un muchacho adolescente miraba sigilosamente cómo se desnudaban las dos mujeres, mientras se la meneaba en la oscuridad.
Iluminadas por un foco adosado a la pared, fueron espiadas desde lo alto hasta que el muchacho eyaculó.
Le había excitado sobremanera que las hembras fueran unas desconocidas que venían de fuera. Dos personas con mucha más edad que él. Le gustaba, mientras se masturbaba, no saber nada de las vidas de aquellas mujeres, ni por qué razón habían llegado allí. Podían ser su madre o incluso su abuela. Podían estar casadas o solteras. Podía tratarse de una pareja, pues se estaban bañando juntas, aunque solo ayudándose a aclararse con la manguera. Era superior a él y a sus instintos ver a dos inocentes viajeras enjabonándose y aclarándose donde un gran toro de parada escanció tanto semen en otro tiempo.
En la plaza sonaba la música del grupo contratado para amenizar la boda. 

Los camareros reclutados entre la familia y los amigos comenzaron a servir el primer plato cuando los novios dieron la señal desde la cabecera de la mesa.
-Vamos, Susi, que nos están esperando. Olvídate del pelo, coño; ya secará él solo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

34. Susi tuvo tentaciones


India y Susi tomaron el ferry de vuelta al continente lo antes posible, luego de recibir la llamada de Yubirí informándoles que Martinha había sido detenida por la policía secreta y trasladada a la cárcel de mujeres de Caracas.
No sabían si podrían verla, pero querían intentarlo.
La mala noticia entristeció a India, y Susi notó que su amiga ya no era la misma desde que se había levantado por la mañana.
Ni siquiera las bromas que le hacía conseguían arrancarle una sonrisa mientras regresaban a la costa venezolana en la misma embarcación oxidada que las había llevado a la isla.
El mar estaba en calma, pero se avecinaba una nueva tormenta según las previsiones. Quizás tan fuerte y violenta como la que tuvieron el día que llegaron, la horrible noche que se fue la luz en el restaurante y se encontraron con Yubirí, un personaje misterioso que a Susi le dio mala espina desde el primer momento que la vio.
-Vuelves a estar triste. Parece que mi compañía no es suficiente para ayudarte a superar tu enfermedad -le dijo Susi a India mientras ambas miraban a lo lejos apoyadas en la gruesa barandilla de la proa.
-La cosa no es tan fácil como tú crees -contestó India manteniendo su mirada clavada en el horizonte-. Si dependiera de mí estar bien... Pero no es así. La cabeza nos gobierna, y su mandato puede ser justo o cruel. Si es generoso, nos deja respirar y vivir en paz aunque, paradójicamente, luchemos contra nuestras flaquezas o los problemas cotidianos.
Pero si su gobierno es despiadado, te oprime y te sume en la más absoluta postración o apatía, o te llena de ansiedad para que no encuentres tranquilidad ni descanso.
No existe batalla más inhumana que aquella en la que debes salir de la trinchera ofreciendo
 los pechos a las balas, sabiendo de antemano que no darás más de diez pasos.
Las bombas hacen mucho daño cuando traen en su interior un racimo escondido: desprecio, olvido, desamor, silencio, incomprensión...
Lo importante son los niños y los jóvenes, como si los mayores o los enfermos tuvieran que apartarse para hacerles sitio, como si haber vivido fuera motivo suficiente para dejar morir a la gente de tristeza, soledad y hastío. Y no se puede llevar la contraria, porque te dirán que es ley de vida y que todo debe seguir su curso natural.
Ley de vida es que no te dejen sola en el último minuto, porque es justamente el único que te queda lleno de pasado, pero sin presente ni futuro, el más volátil. Ya no te asfixias porque no necesitas respirar -dijo India al tiempo que le caían lágrimas.
Susi no supo o no quiso contestar. Prefirió arrimarse a ella y abrazarla, de lado, sin mirarla. Después le dijo:
-Sanarás, te lo aseguro. Y para ya de llorar, no ves que tus lágrimas resultan insignificantes sobre la inmensidad del mar.
Te debes rebelar -dijo Susi.
-¿Enfrentarme contra quién? ¿Levantarme contra mi propia cabeza sin armas? ¿Suplicarle que me gobierne de buena forma? -preguntó India.
-Sí -respondió Susi-. Declararle la guerra.
-¿Cómo puedo hacerlo? -preguntó de nuevo India.
-Si no tienes armamento, búscalo, fabrícalo, o róbaselo cuando esté desprevenida, mientras permanezca medio dormida -aconsejó Susi.
-¿Qué clase de armas? ¿Parecidas a cañones que tiran balas? ¿Algo similar a dejar caer bombas desde los aviones?
-Sí y no. Usa palabras que formen frases. Ideas convertidas en oraciones que vuelen muy alto, tan arriba que no pueda defenderse de ellas con su artillería antiaérea. Una tormenta cargada de pensamientos que descarguen con fuerza sobre ella firmes intenciones, convicciones y fe. 
Una vez desalojadas las ideas recurrentes y los malos pensamientos, podrás ocupar la vivienda tú, y plantar en el huerto árboles que en vez de frutos den palabras de aliento, y así poder defenderte contra el desánimo, la debilidad y la falta de fuerza.
-¿Qué palabras o ideas debo usar para colocar en la cabeza de las balas? -preguntó India.
-Las que quieras. Frases que te obliguen a hacer cosas, listas de tareas, "debo hacer sin falta todo esto", o "no me acostaré sin acabar"...
India se quedó pensando en lo que acababa de decirle Susi... Sustituir los malos pensamientos... Lo mismo que le había comentado su nueva sicólogo. 
El problema era encontrar los buenos pensamientos. Cada vez que leía frases de aliento le parecían vacías frente a los problemas mentales que tenía que enfrentar.
Resulta muy fácil imaginar palabras bonitas cargadas de optimismo. Lo difícil es que sean efectivas al enfrentarse con la cruda y negativa realidad.
Su situación actual era preocupante debido a la depresión y la falta de ánimo. Pero tal vez Susi tuviera razón y su sicólogo también. Debía sacar fuerzas así no quisiera para cambiar la negatividad de su mente y volverse optimista.
Habían muchas personas que estaban peor que ella y sin embargo seguían luchando porque no se dejaban vencer por el pesimismo. Sacaban fuerzas de los buenos pensamientos...
India siguió meditando en las palabras de Susi, hasta que llegaron a la posada Los Corales en Playa Luna del Puerto San Juan, donde pasarían la noche antes de continuar el viaje hacia Caracas.
Esa tarde, antes de la cena, volvió una tormenta que provocó otro corte de energía eléctrica. Al menos la posada tenía generador de electricidad de emergencia. 
Susi no podía relajarse y se metió en la cama de India para poder conciliar el sueño, pero tardó en dormirse. Se acordaba de la noche que habían pasado juntas India e Isabel. Y tuvo la misma tentación. Quiso rozarle la piel de uno de sus pechos con las yemas de los dedos, aunque finalmente no se atrevió.
Por la mañana seguía lloviendo, eso sí, con menor intensidad. El carro encendió a la tercera vuelta de llave. Algo estaba fallando en el vehículo alquilado que estaba casi nuevo. Seguramente la bomba de inyección. 
En Venezuela hace ya tiempo que no se limpian los tanques del  combustible en las gasolineras

domingo, 4 de diciembre de 2016

33. Susi en el país de las maravillas


Susi tuvo la suerte de nacer en un pueblo pequeño cuando a ellos solo llegaba, de vez en cuando, un coche tocando el claxon para hacerse paso entre la gente asombrada que bailaba en la fiesta anual de la patrona, o el ganado que ocupaba el camino y le manchaba su reluciente y recién estrenada chapa. 
A veces, el conductor del vehículo pitaba únicamente para anunciar a bombo y platillo a todos los vecinos su gran estatus, comparándolo con la pobreza y el atraso de quienes aún tendrían que andar muchos años a pie detrás de las vacas.
Fue así como Susi empezó a explorar en su aldea, sin temer al tráfico rodado de las ciudades, sin correr peligro y siendo totalmente libre. Ante sí se extendía un vasto imperio con solo tres años cumplidos.
Cada día se escapaba un poco más lejos, y siempre volvía a casa alegre y satisfecha porque ya era "mayor", y sabía regresar sin la ayuda de mamá, igual que lo hacen las crías una vez que salen por primera vez de la madriguera.
Que pudiera volver a su hogar no significaba que Susi supiera donde estaban el Norte, el Sur, el Este ni el Oeste. Situar correctamente los cuatro puntos cardinales sobre el terreno resultaba una cosa muy compleja para una niña tan pequeña. Lo que hacía Susi era mucho más sencillo. Simplemente recordaba el itinerario de los cuatro caminos que tenía dibujados hasta ese momento en el cuaderno de su cabeza. Asociaba la ruta de la iglesia con girar a la derecha nada más salir de casa, después cruzar la carretera, subir por la cuesta... en ese y no en otro orden espacial y cronológico. 
Pero sus cuatro rutas tenían unos límites que nunca debía traspasar para no perderse. Así podría regresar antes que la atrapara el frío, el hambre, el miedo o la noche. Dichas fronteras solían ser un puente, la vía del tren, una gran charca formada durante el invierno que le impedía el paso, o la excesiva altura de las ramas más cercanas al suelo del árbol donde quería construir su primera cabaña. 
Pero, a medida que pasaba el tiempo, era capaz de memorizar mejor los nuevos caminos recién descubiertos, o incluso hacer algo arriesgado como desplazar sus límites establecidos unos pocos pasos más allá, después de bordear la charca, cruzar la carretera prohibida por mamá o gatear un metro hacia arriba en el mismo roble que también tiene los pollos recién nacidos en un nido.
El lugar donde el agua del canal de riego pasaba a través de un sifón por debajo del camino, era el espacio de exploración preferido de Susi. Más allá no se atrevía a ir, por ahora, porque se quedaba sin referencias en medio de las huertas de verduras y hortalizas, principalmente de tomate y pimiento rojo; los extensos viñedos, los campos secos o los laberintos de chopos todos iguales.
Pasado el canal de riego todavía tendría que auxiliarla su hermana, o incluso su mamá yanomami. En esa zona había muchos cruces y desvíos, todos a la derecha, porque del lado izquierdo corrían pegadas al camino las aguas planas y mansas del río. A veces, onduladas cada ciertos metros debido a los cantos rodados más grandes que sobresalen del lecho.
La canalización y el sifón la atraían porque corrían por ellos muchas vidas de diferentes especies y tamaños, gracias a la fuerza que traía el agua de riego procedente de un pantano cercano: tritones, sapos y ranas, alguna sabandija despistada, culebras...  

A Susi le parecía interesante y bello todo aquello. Para ella era magia que, de repente, aquella corriente de agua se sumergiera y desapareciera bajo la tierra, volviendo a aparecer de nuevo al otro lado del camino con la misma fuerza. Un milagro de la naturaleza que Susi aún no entendía porque el fenómeno físico se producía solo, y no podía interrumpirlo por más que metiera sus manitas dentro de la acequia, o intentara obstruir el pequeño canal con torrones, ramas o pequeñas piedras que podía transportar de una pared cercana.
Para comprobar que el agua pasaba de un lado a otro y era la misma, Susi botaba en el canal toda clase de cuerpos flotantes. Sabía que se comportarían como submarinos al ser absorbidos por la fuerza de las aguas que se creaba en el interior del sifón. Palos pequeños, cortezas de los árboles... o tripulantes vivos atados con hierbas a las embarcaciones: saltamontes, cigarras, lagartijas, grillos... cualquier asustado e inocente animalito que lo llevara la corriente, aunque se ahogara, para así experimentar más emoción, a costa de su inocente crueldad.
Susi tenía que ser muy ágil y rápida para observar cómo se cumplía la Ley Hidrostática de los Vasos Comunicantes. No entendía nada de física, pero le parecía que todo era un milagro, y le gustaba hasta el punto de estar preguntándole siempre a su mamá cuándo volvían a abrir las compuertas del canal para regar. 
Una vez cruzado el camino de forma rápida para ver cuántos y cuáles submarinos llegaban al otro vaso del sifón, Susi estaba muy atenta para intentar recuperar el máximo número de ellos, así como a los valerosos buzos que hacían de tripulantes. 
Casi ninguno se había ahogado, o eso le parecía a Susi al comprobar que seguían moviéndose tras la corta pero arriesgada travesía. Como mucho estaban heridos, y valdrían para afrontar una nueva inmersión.
Al otro lado del sifón no había fuerzas telúricas que producían inexplicablemente remolinos y succión, sino todo lo contrario, presión hacia el exterior, algo de espuma y constantes borbotones expulsando el aire. 
Muchos animalitos vivos que no eran arrastrados por la corriente, serían utilizados de nuevo para repetir el experimento, una vez tras otra, hasta que mamá yanomami la llamaba para comer o ir por la tarde a la escuela.
-Susiiiii, Susiiiii... ven -gritaba su madre mientras ella se apresuraba a guardar una diminuta ranita de San Antonio en el frasco de cristal de las medicinas que traía en un bolsillo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

32. Isla Perlas fue algún día Cuba del Sur


El ferry de las seis de la mañana pronto partiría de San Juan a Isla Perlas con India y Susi a bordo. Era una nave vieja y corroída por el óxido que tuvo mejores tiempos, y que ahora mostraba la desidia y los embates de la crisis.
Cuando se iban acercando a la isla, en el horizonte se veían a lo lejos muchas edificaciones de gran tamaño, con diseños arquitectónicos modernos, pero que al mirarlos más de cerca se podía comprobar que estaban vacíos y en completo abandono.
India sintió pena de ver el deterioro que había sufrido Perlas en tan pocos años, y sintió nostalgia.
Al desembarcar, las dos mujeres se dirigieron a la posada El Salar ubicada a la orilla de Playa Arenas, a unos veinte kilómetros de Perlamar, la capital.
Durante el recorrido vieron que las calles estaban sucias y llenas de baches, las fachadas de los antes lujosos hoteles en ruinas, y la mayoría de las tiendas cerradas y destartaladas.
Se instalaron en su habitación, dejaron el equipaje y salieron a recorrer la isla hasta que Yubirí se comunicara con ellas para ir al encuentro con Martinha.
Las playas de Perlas no habían perdido su belleza, pero donde antes se levantaban restaurantes de lujo a orillas del mar, solo habían ahora ranchos y kioscos donde vendían pescado frito cocinado en fogones a la vista del público, en un aceite de dudosa calidad debido al aspecto y al olor que desprendía.
India y Susi se sentaron en las sillas de plástico enmohecidas y desayunaron.
Posteriormente siguieron recorriendo la vía que bordea el mar. La mayoría de los hoteles y restaurantes habían sido demolidos o convertidos en casinos ilegales o prostíbulos. En ellos se traficaba además toda clase de drogas con la anuencia de las autoridades que exigían parte de los beneficios obtenidos en el negocio.
Isla Perlas es un estado venezolano orientado casi en dirección norte-sur que tiene 1.400 kilómetros de largo y 247 en su parte más ancha.
En el extremo más septentrional roza casi las costas de Jamaica, Cuba, y Haití. Ninguno de los tres países caribeños se encuentran a más de veinte kilómetros de su costa. Su parte más merdional solo se encuentra a doce kilómetros de distancia de la Venezuela continental, formando ambas un estrecho similar al de Gibraltar por el que pasan miles de embarcaciones al año procedentes del Canal de Panamá.
Esta posición geoestratégica y otras razones motivaron un largo conflicto armado de quince años entre Cuba y Venezuela. 

La guerra se saldó con el lanzamiento de un par de bombas atómicas, la tercera y cuarta de la historia. Fue el primer experimento, previamente negociado, entre las dos superpotencias para poner a prueba el funcionamiento de su diplomacia y su armamento estratégico.
Ambas naciones deseaban montar un escenario de conflicto nuclear real a pequeña escala para obtener información sobre diversas aspectos de ese tipo de enfrentamiento
, aunque esa situación no se produjo hasta enero de 1975, tras década y media de conflicto armado entre lo que se dio en llamar Cuba del Norte y del Sur.
Por expreso acuerdo secreto entre EEUU y la Unión Soviética, solo estallaron dos bombas de escasa potencia en el corazón del Caribe, una en la ciudad norteña de Calta, a 1.200 km de Perlamar, y la otra en Guano, en el extremo sur de Cuba.
Las explosiones provocaron varios miles de muertos y dos nubes radioactivas que afectaron a cinco naciones: Jamaica, Cuba, Haití, República Dominicana y Venezuela.
Una vez que el Comandante Delfi entró victorioso en La Palma, la capital cubana, se inicia el desembarco en una playa del norte de Isla Perlas, concretamente el siete de marzo de 1960 en Bahía de Los Cocos. No hubo demasiada resistencia debido a que nadie se esperaba que Delfi tuviera también planes revolucionarios ocultos para la isla. 

Una vez establecida la cabeza de playa, el avance ya fue imparable hacia el sur, aunque tuvieron que parar a veintidós kilómetros de Perlamar.
El conflicto estuvo estancado hasta enero del 71, fecha en que los comunistas deben replegarse hacia el norte en un territorio que ya había bautizado el nuevo gobierno autoritario con el nombre de Cuba del Sur.
Las fuerzas militares venezolanas, con el apoyo decidido de Estados Unidos, van ganando poco a poco territorio y haciéndose paso en medio de la tupida selva. Finalmente logran llegar a las puertas de Calta, la capital comunista de Perlas hasta 1975. Este año terminará el conflicto tras el lanzamiento de las dos bombas atómicas y la firma de un acuerdo de paz. En el documento ambas partes aceptan que esa zona del Caribe será desnuclearizada y que las fuerzas cubanas abandonarán el territorio de Isla Perlas y futuras intenciones anexionistas.
Según algunos historiadores, la retirada de Estados Unidos de Vietnam del Sur estuvo motivada por el interés en solucionar lo antes posible el conflicto de Isla Perlas, o incluso por una permuta pactada entre ambas potencias, no sin antes provocar un escenario atómico real a pequeña escala. Dicho desenlace arrojaría información sobre las consecuencias en las relaciones internacionales y las reacciones de la opinión pública ante ese tipo de enfrentamiento bélico que no se había producido nunca hasta el momento.
Pero lo que no se preveía ni se pensaba en aquellas fechas es que en la actualidad, Cuba y Venezuela están manteniendo conversaciones secretas para crear la República Socialista de Venecuba, y que existe también un proyecto para enlazar a corto plazo la isla cubana y Venezuela con un oleoducto. Esta estratégica infraestructura solo tiene que cruzar el mar en los estrechos de Venezuela (12 km) y de Calta (18 km) para llegar a la mismísima La Palma.
Aparte de construir un oleoducto de cerca de tres mil kilómetros, la República Socialista de Venecuba también quería establecer un peaje obligatorio en el estrecho de Venezuela a los barcos que se dirigían a Europa o África procedentes del Canal de Panamá, aunque esto era algo que nunca le permitiría la comunidad internacional.
De toda esta historia hablaron India y Susi antes de volver de nuevo a la posada mientras recorrían la carretera que lleva al norte de la isla. 
Circulando por ella vieron cómo las lanchas voladoras descargaban drogas y tabaco a plena luz del día, mientras las veloces embarcaciones de la Guardia Costera permanecían amarradas en el puerto de Perlamar.
La costa oeste de la isla era muy apropiada e ideal para las descargas porque tenía playas pequeñas y desiertas, y la carretera iba siempre muy pegada a ellas.
Susi e India sintieron miedo a que las vieran mientras se producían los desembarcos de cocaína, hachís y tabaco rubio. 

El nivel de deterioro de la isla las había impresionado, y decidieron devolverse a la posada a esperar la llamada de Yubirí para que las condujera hasta donde se escondía Martinha. 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

31. Yubirí tiene enfisema y está enganchada a las drogas, la zoofilia y el juego


Yubirí llevaba más de una hora en el interior del carro camuflado, un Toyota gris metalizado con los cristales ahumados.
Estaba esperando a que entraran en el edificio varios miembros no fichados de la organización opositora de derechos humanos. No se había maquillado, y se le veía la cicatriz que le quedó tras una reyerta callejera entre bandas.
De joven perteneció en su barrio a una de ellas, compartiendo a partes iguales el mando con un hombre. Después se amansó, se casó y tuvo dos niñas. Pero pronto dejó a su marido y a partir de ahí fue un completo desastre. Oficialmente trabajaba de relacionista pública, pero algunos desconfiaban de que eso solo era una tapadera para ocultar su verdadera y turbia profesión.
Yubirí fumaba un cigarrillo tras otro con la ventanilla derecha abierta. Le importaba un coño de la madre que estuviera lloviendo y que se mojaran el tapizado de la puerta, el asiento del acompañante o la alfombra sintética del suelo.
Fumaba mucho y tenía frecuentes ataques de tos. Tan fuertes que los superiores decidieron inhabilitarla en muchas operaciones en las que era necesario guardar el más absoluto silencio.
A Yubirí ya no le gustaban los hombres, y dependía de manera extrema del tabaco, las drogas, la zoofilia y el juego.
El abuso del tabaco lo pagaba con el enfisema pulmonar que la acabaría matando si no lo hacía antes un cáncer fulminante. Y también con la caída de la mitad de los dientes.
En cuanto al juego continuado, lo mantenía gracias a la extorsión una vez que se agotaba el sueldo, que solía ser por norma general tres o cuatro días después de cobrar la nómina. La aberrante atracción por los animales la había llevado más de una vez al hospital, por una coz o heridas infectadas.
El carro de Yubirí estaba pendiente de ir al autolavado porque olía a vómito y orina, restos que un adolescente había dejado en el amplio maletero hacía algo más de una semana.
Los servicios secretos solían transportar a los detenidos de esa manera cuando no disponían de un furgón especial, mucho más grande y sin ventanillas. Primero les colocaban las esposas y después les inyectaban un tranquilizante.
Pero ese día no se necesitaría para nada el carro de Yubirí. Como se sabía cuántos miembros de la organización iban a pescar con Martinha, estaba ya estacionada en el sótano del edificio contiguo una camioneta para poder trasladar a los detenidos al continente.
Yubirí daría desde su vehículo la orden de asalto cuando ya estuvieran reunidos los activistas.
El primer carro llegó a las cuatro de la madrugada en punto. Solo traía las luces de posición encendidas. De él se bajaron dos mujeres y un hombre.
Siete minutos más tarde apareció el resto de los invitados.
En total entraron en el edificio tres varones y dos féminas por la puerta pequeña del sótano a través de la cual se accede al garaje.
Algunos de ellos emplearon en el pasillo interior diminutas linternas de llavero.
El bloque de apartamentos
 no tenía luz y, por tanto, tampoco funcionaba el ascensor, así que subieron todos a pie hasta el quinto piso, donde se escondía Martinha.
A las cuatro y treinta y seis minutos, Yubirí transmitió la orden de detención a los agentes especiales de asalto después de tirar por la ventanilla un cigarillo a medio fumar.
Seguía lloviendo.
Al cabo de un rato, Yubirí recibió la llamada esperada en su celular.
- Yubi, ¿estás ahí?
- Sí, te oigo. Cuéntame. ¿Ha salido todo bien? -respondió Yubirí.
- No ha habido problemas. Puedes ordenarle al conductor que acerque la camioneta. No estaban armados y tampoco ofrecieron resistencia alguna -contestó el jefe de la operación de asalto.
- Okey, ahorita mismo lo llamo.
No hubo tiros ni derramamiento de sangre. Después de abrirse la puerta de cartón tras recibir 
un par de patadas bien dadas, los activistas solo tuvieron tiempo a gritar y levantarse de las sillas, con la intención de esconderse en las habitaciones o debajo de la mesa, pero no les dio tiempo a hacerlo.
En el preciso instante en que comenzaron a salir los detenidos ya esposados por la puerta del sótano, Yubirí prendió otro cigarrillo con el que aún tenia encendido. No le importaba un coño que se agujereara la moqueta o el revestimiento del asiento debido a las diminutas brasas que caían al chocar los dos cigarrillos, uno de ellos, como siempre, sin acabar de fumar de todo. Lo único que le importaba en ese momento era la partida que aún le daría tiempo a jugar a las seis de la mañana en uno de los casinos clandestinos abiertos en Isla Perlas.
Yubirí
 solo estaba interesada en eso y en la orgía que tenían organizada ella y otras dos mujeres con diversos animales al día siguiente, antes de entrevistarse con Susi e India en el puerto.
Tiró la colilla encendida tan lejos como si la hubiera lanzado con un tirachinas, y giró la llave de contacto del carro.
El motor encendió a la segunda y la ventanilla del acompañante continúó abierta mientras seguía lloviendo.
Yubirí estacionó delante del Marfú, un club en el que todas las putas la conocían. Entró y pidió al camarero una copa de ron. Con el vaso en la mano, se dirigió a la habitación donde dormía el encargado del negocio. Abrió sin llamar y encendió la luz.
-¡Despierta huevón, es casi de día! -le gritó una vez que estaba ya sentada en el sofá.
Al ver que seguía durmiendo y no le hacía caso, le dio un plazo de varios segundos. Después, Yubirí se levantó, se acercó a la cama, quito la sábana de un solo tirón, y le agarró bien fuerte la polla y los huevos. Los ojos le saltaban de las órbitas y la cicatriz resaltaba como nunca lo había hecho en medio de aquella cara enrojecida por la ira.
-Si no te levantas ahora mismo y abres la caja fuerte, te arranco esto y te lo meto en tu pestilente boca para que lo mastiques y te lo tragues, y después te tomas un Alcaselser, ¿de acuerdo?
Yubirí salió de Marfú con más de tres millones de bolívares en el bolsillo, suficientes para  enfrentarse con algún pez gordo venido de fuera de la isla. En general, gente que había medrado con la nueva coyuntura y estaba haciendo mucho dinero en el mercado negro de las medicinas y los alimentos, agentes de la banca compinchados para quedarse con las pensiones que no se enviaban al extranjero, comisionistas, importadores de aparatos electrónicos y telefonía móvil, funcionarios corruptos, gigolós de alto estanding, traficantes de drogas, extorsionadores como Yubirí, propietarios de cadenas de prostíbulos y alguna que otra puta joven, rica y dueña de su propio negocio.

Pero a la isla también venían del continente jugadores con mucha menos plata para gastarla en las ligas inferiores, en campos más peligrosos, y locales a veces bastante cochambrosos. En esos tugurios se consumía alcohol de barril que cualquiera puede adquirir al por mayor en el puerto, sin ningún tipo de precinto ni de control sanitario. 
La segunda división de jugadores está compuesta por empleados, comerciantes y pequeños empresarios tan enganchados al juego como los profesionales, jóvenes menores de dieciocho años, primerizos que salen siempre desplumados, o simplemente aquellos que juegan una vez por probar y no vuelven a hacerlo nunca más.


lunes, 28 de noviembre de 2016

30. Susi vuelve a tener la misma pesadilla


Luego de desayunar en la playa, India y Susi reposaron un rato en las tumbonas a la sombra de las palmeras mientras conversaban.
-¿Cómo fue que viniste a vivir a Perlas hace treinta años? - preguntó Susi una vez que se acostó de lado igual que India para poder hablar cara a cara.
-En esa época yo me había graduado de la secundaria y debía seguir una carrera universitaria. Mi padre era muy estricto conmigo, y yo era muy rebelde, a raíz del maltrato que sufría de su parte. Quise irme lejos y escogí estudiar biología marina en Isla Perlas.
Eran otros tiempos. La isla fue declarada puerto libre de impuestos, se convirtió en una zona pujante económicamente, además de que sus playas son hermosas y su gente cordial y muy atenta.
Los mejores años de mi vida los pasé allá. Aunque también tuve experiencias fuertes porque aún era una niña que no sabía nada de nada ni lo que quería.
-¿Y por qué te maltrataba tu padre?
-La verdad es que siempre fui muy llorona de pequeña porque mis padres tuvieron unos años que no se llevaban bien. Mi padre abusaba mucho del alcohol y mi madre intentaba por todos los medios que dejara la bebida, sin llegar a lograrlo nunca.
Discutían a diario, y a mí me afectaba mucho eso.
De niña llorona pasé a rebelde adolescente, y me escapaba sin permiso a casa de mis amigas, iba a fiestas, tomaba y fumaba.
Mi padre no encontró otra manera de corregirme  que no fuera a golpes, y me humillaba metiéndome en la ducha con toda la ropa puesta.
Aquellos años fueron muy tristes para mí, pero pude librarme al irme a vivir lejos de la casa familiar.
En la isla pasé momentos felices y tristes también. La primera noche que me quedé en la habitación que mis padres alquilaron en casa de unos españoles canarios, lloré tres horas seguidas extrañando a mis amigos de Santa Ana.
Pero también aprendí a hacerme responsable de mí misma, y conocí gente buena que me ayudó mucho. Todavía conservo amistades de esa época -comentó India finalmente antes de levantarse.
-Vamos a darnos un baño -dijo Susi tomándola de la mano.
Llegaron agarradas hasta el agua. Estaba tibia, serena y transparente.
Después se separaron, nadaron y disfrutaron el resto del día soleado. Almorzaron en la playa un delicioso pescado frito, y se volvieron a bañar hasta el atardecer.
Llegada la noche se fueron a la habitación, y se ducharon para
cenar en el restaurant.
Cuál no sería su sorpresa al ver que también estaba sentada en una mesa Yubirí. Había vuelto. La invitaron a cenar y le preguntaron el motivo de su nueva visita.
Yubirí les acabó diciendo que necesitaba saber con certeza el motivo por el cual buscaban a Martinha.
India lo pensó unos instantes y decidió contarle toda la historia de Almir. Incluso fue a la habitación a buscar una carta y su foto para convencerla.
Al mostrarle las pruebas, Yubirí les creyó la historia y les confesó que también trabajaba para la oposición. Las invitó a formar parte de su organización  clandestina, pero India y Susi le respondieron que no podían porque estaban dedicadas a buscar a Almir. Tampoco quisieron hablarle del tesoro por discreción.
Se despidieron al acabar de cenar, y parece que Martinha quedó convencida y satisfecha.
-Nos vemos pasado mañana en la isla -dijo Martinha mientras se iba alejando.
Al acostarse, Susi presentía que volvería a tener una nueva pesadilla. No estaba tranquila. Yubirí no tenía buena pinta y le daba mala espina; le parecía un personaje extraño, que ocultaba algo y, en cambio, quería saber demasiado.
Susi estaba a punto de quedarse dormía en su cama, a un metro escaso de la de India, en la misma habitación. Eso le producía tranquilidad porque sabía que en cualquier momento podía llamarla, e incluso, acostarse con ella, como ya lo había hecho la noche anterior.
Gracias a ello cerró los ojos, se quedó inconsciente y comenzó una nueva pesadilla, el segundo capítulo de la historia terrorífica que había visualizado con todo detalle la noche anterior en La Tumba, donde nadie te escucha por mucho que grites, y a la que nunca llega la luz del día. El que entra en ella solo logra salir dentro una bolsa de plástico y una maleta, reducido a cenizas.
La Tumba tiene quirófano, piscina, gimnasio con toda clase de pesas y aparatos, perrera y horno crematorio. En ella trabajan día y noche más de veinte agentes incluidos los médicos especialistas. Un siquiatra, dos cirujanos, un dermatólogo, un neurólogo y un traumatólogo.
Todos contratados para provocar el dolor más intenso e irresistible posible, administrado en forma de cóctel, como algunos medicamentos. 
El traumatólogo le disloca un brazo al terrorista o el opositor, sea del bando que sea, a un defensor de los derechos humanos o un militante de la derecha, a un izquierdista... todo depende de quien detente el poder. Sabe muy bien cómo hacerlo mientras el neurólogo pincha al mismo tiempo un ojo, o donde aun hace más daño, en el sitio que se juntan la piel y las uñas.
El dermatólogo sabe mucho sobre las lesiones producidas con ácidos u otros productos químicos. El cirujano...
De La Tumba no sale vivo nadie. Declare o no declare, sea culpable o inocente, hombre o mujer, niño o anciano.
En ella también entran  personas con sus adorables mascotas, porque el siquiatra sabe que muchas veces produce más dolor el hierro rojo en la carne del perro que en la de su dueño, especialmente si este no tiene familia ni amigos.
En La Tumba ingresan a veces madres con sus hijos pequeños o incluso recién nacidos, parejas de novios y matrimonios.
Los gritos de unos calientan los músculos y las mentes de los que les toca entrar de nuevo en las salas para los suplicios.
Las celdas donde se pasa el tiempo de los intermedios, solo tienen cuatro paredes, un agujero en el suelo y una cisterna eléctrica de botón, sin cadena. Carecen a propósito de un simple vaso de plástico con el que poder reciclar la orina. Los que quieren bebérsela para no morirse de sed antes de la cuenta, se contorsionan, o simplemente la toman en el cuenco de sus manos.
Algunos no lo soportan y prefieren deshidratarse, dándole menos trabajo al del horno crematorio.
En La Tumba nadie duerme. Cuando el reo está rendido, a punto de desplomarse, se espabila debido al miedo que tiene a rozar el anillo eléctrico que le rodea a unos centímetros toda la cintura. Pero eso, a la larga, no le servirá de nada. Más bien multiplicará y aumentará el tormento, igual que el sudor que le corre por el cuerpo cuando este recibe la descarga de electricidad.
El ser humano es el único animal que tortura para ocasionarles dolor a los semejantes. El único que lo hace con intencionalidad, llegando incluso al extremo de retrasar al máximo la muerte para que el suplicio sea más lento y prolongado.
Susi despertó de nuevo, como la noche anterior, pero esta vez no le pidió permiso a India para meterse en la cama.
Simplemente apartó un poco la sábana y, en silencio, se abrazó a ella. 


sábado, 26 de noviembre de 2016

29. India y Susi se entrevistan sin saberlo con un agente de los servicios secretos


Una vez sorteados varios atascos de tráfico en la autopista, finalmente India y Susi llegaron a Puerto San Juan, donde se encontrarían en la Posada Los Corales de Playa Luna con Yubirí, la amiga común de India y Martinha, esta última la hermana de Almir.
Habían quedado por teléfono que cenarían las tres juntas esa noche.
Al instalarse en la cabaña a orillas del mar, ya les habían informado en la recepción que Yubirí se encontraba en la posada.
Luego de darse una ducha y arreglarse, fueron al encuentro de Yubirí, que estaba esperándolas en el restaurante desde cuyo interior se podía sentir como rompían las olas y ver la linea de farolas que iluminaban toda la playa.
Era noche de luna nueva y el mar embravecido por una tormenta tropical impactó a Susi. Los truenos resonaban con fuerza en el recinto y, de pronto, se apagó todo. El amplio local se quedó a oscuras. Los relámpagos mostraban las siluetas de las embarcaciones ancladas cerca de la orilla dando tumbos de arriba a abajo debido al 
fuerte oleaje. El viento movía con fuerza implacable los cocoteros. Las farolas de la playa también se apagaron tras caer otra chispa a poca distancia.
Susi se estremeció y se quedó quieta. India se acercó casi a tientas a una de las mesas más apartadas donde sabía que estaba la mujer que buscaba, porque allí la vio antes de que se cortara la luz. Al activarse el generador de emergencia, India pudo comprobar que era Yubirí, aunque mucho más vieja y acabada por el paso de los años.
Al reconocerla, India la llamó por su nombre y, emocionada, se aproximó a su amiga para abrazarla, pero Yubirí ni siquiera se levantó de la silla.
La recibió fría y distante, dejándose abrazar sentada en la silla, como si no tuvieran años sin verse y no la extrañara en lo más mínimo.
India se percató de que ocultaba una cicatriz debajo del maquillaje de la mejilla derecha, pero no quiso inoportunarla. Le presentó a Susi. El saludo que recibió de Yubirí fue todavía más seco: un apretón de manos simplemente.
Una vez instaladas en la mesa, luego de ordenar la comida al camarero acompañada de batidos de frutas naturales, comenzaron a hablar.
India le preguntó si recordaba a Martinha, la hermana de su novio Almir, el que se fue de la isla Perlas hace más de treinta años, y le confirmó lo que le había dicho por teléfono, que necesitaba encontrarse con ella.
Yubirí mostró curiosidad, quería saber para qué buscaban a Martinha. Pero India no quiso decirle el motivo por temor a que no le creyera la historia de Almir, y que después de tanto tiempo quisiera buscar sus restos para darles una digna sepultura.
Le comentó simplemente que deseaba reencontrarse con su amiga Martinha, a quien tenía mucho tiempo sin verla.
Lo que India no sabía era que durante todos esos años, la vida de Yubirí había dado un vuelco. Ahora pertenecía a uno de los colectivos armados que apoyan el régimen dictatorial de Nicolás Maduro, además de haber sido reclutada para el Servicio Secreto de Inteligencia Militar como camarada cooperante.
Tampoco sabían que ya Yubirí sospechaba de ellas, pero les explicó que sabía dónde encontrar a Martinha, y que debían ser cautelosas porque estaba escondida en un viejo edificio deshabitado de Isla Perlas, luego de que la buscara la justicia por estar imputada como desestabilizadora del gobierno.
Les dijo que Martinha formaba parte de una organización de derechos humanos, en la que realizaba actividades como activista.
Acordaron que se encontrarían dentro de tres días en Isla Perlas y que les diría donde se escondía, luego de contactarse por teléfono. Esa espera les caía bien, porque así, India y Susi tendrían tiempo de descansar en Playa Luna.
Cenaron y se despidieron.
Por la  noche la tormenta no amainó, e incluso fue a mayores. Al acostarse en la cabaña tan cercana al mar, Susi tuvo miedo. Desconocía cómo eran las tormentas tropicales en Venezuela. En las costas de Galicia también las sufrían, pero no tan impetuosas y virulentas.
Susi se acostó desvelada en su cama ya entrada la madrugada, mientras India ya dormía desde hacía mucho rato en la cama contigua a la suya.
Soñó que Martinha, India y ella eran torturadas en un calabozo en Isla Perlas. Encerradas sin agua ni comida por tres días, con las luces encendidas y agentes militares que las interrogaban y amenazaban con matarlas.
Como no aportaban información alguna, las mojaban con agua helada y les daban una golpiza con bates envueltos en almohadas para que no les quedaran moratones y otras marcas visibles.
Susi no aguantaba más. Lloraba y gritaba. Al estar en un sótano cinco pisos por debajo de la superficie, en la llamada Tumba, nadie podía escucharla.
Muy asustada, Susi se despertó llorando y se acercó a la cama de India, quien enseguida se levantó y le preguntó qué le pasaba. Susi le contó la pesadilla que había tenido y le pidió por favor que la dejara dormir con ella. Se acostaron las dos. India la abrazó hasta que se quedaron dormidas, como si fueran hermanas.
A la mañana siguiente, despertaron todavía abrazadas, pero ya la tormenta había dejado paso a un sol radiante, y el mar, por fin, estaba en calma. No había olas y el agua parecía la de una gran piscina. India y Susi se pusieron los trajes de baño y salieron de la cabaña corriendo dispuestas a darse un chapuzón. Después, desayunaron bajo una sombrilla en la arena.
Susi se fijó en los enormes edificios que se veían a lejos en Isla Perlas.
En uno de ellos, totalmente vacío debido a la crisis del petróleo y el ladrillo, se escondía Martinha.

viernes, 25 de noviembre de 2016

28. Papá, los chorizos asados, el cable y la papilla de plátano


India  y Susi continuaban avanzando en la autopista hacia el norte en busca de la hermana de Almir, a la que esperaban encontrar para que les diera alguna pista sobre el paradero de su hermano minero afectado por la fiebre del oro.
El primer embotellamiento fue largo.
Estaban en la cola y escucharon por la radio una estación que avisaba sobre el estado del tráfico en esa autopista.
Anunciaban que una poblada había invadido la vía para intentar saquear dos gandolas de cervezas y otras con alimentos.
Hacían un llamado a las autoridades porque esa muchedumbre también podría atracar a quienes estaban en los carros detenidos.
India y Susi escondieron casi todo el dinero y los celulares, dejaron algo en las carteras para entregarlo a los asaltantes y así librarse de que les robaran todo lo que llevaban pistola en mano.
Llegó la Guardia Nacional y persiguieron a los delincuentes. La poblada ya había saqueado un camión de cervezas y otro de harina de maíz. Los Guardias no daban abasto y disparaban al aire. Los saqueadores corrieron.
Una vez recuperadas del susto, India y Susi comenzaron a hablar de nuevo sobre sus cosas, con el auto parado. El asunto parece que iba para rato. Tenían que esperar a que retiraran un camión averiado tras el asalto, y recoger su mercancía esparcida por el asfalto.
No tenían prisa. Aunque llegaran tarde, solo debían recoger las llaves en la recepción y abrir la cabaña reservada en pleno Mar Caribe, a tan solo doce kilómetros de lsla Perlas.
-Ya me has comentado alguna vez que no tienes buenos recuerdos de tu infancia -le dijo India a Susi esperando que le continuara contando.
-Los malos son muchos más.
Yo soy la menor de dos hermanas. Nacimos y estuvimos viviendo nuestros primeros años en una cuenca minera de carbón.
A esos polos de actividad acudieron muchos gallegos en la década de los sesenta, casi todos aquellos que en la primera fase del éxodo no se marcharon a Madrid, al País Vasco, Cataluña, Francia, Suiza, o Alemania -dijo Susi acordándose de aquella gran avalancha migratoria.
Extraer carbón nunca fue rentable en España debido a su baja calidad y a los elevados costes de la perforación subterránea.
Pero la industria siempre estuvo subvencionada por varias razones a lo largo de la historia.
Al principio eran los propios políticos los propietarios de las minas, y después, fue el Estado quien tenía miedo a desmantelarlas por las revueltas y protestas que se podían desatar contra el régimen franquista.
-Mis padres se establecieron en una cuenca minera porque en ella corría más de dinero que en la aldea atrasada y aislada de montaña en la que se conocieron y casaron.
En poco tiempo levantaron una casa de planta y piso de dos aguas. Trajeron del pueblo las vigas de castaño 
y compraron el resto de los materiales en almacenes diferentes, para poder respirar un poco y espaciar así los pagos.
Criaban y sacrificaban  todos los años un cerdo, como en casi todas las casas vecinas -dijo Susi sin que la interrumpiera India durante un buen rato.
El padre de Susi trabajaba de empleado donde podía. Cargó grava en el río y amasó cemento en la central térmica. Al mismo tiempo arreglaba zapatos en un pequeño alpendre contiguo a la cuadra donde se cebaba el puerco, ambos en el patio trasero de la casa.
A Susi le gustaban con locura los martillos y las puntas. Jugar con ellas y clavarlas en las patas de la mesa de trabajo mientras el zapatero hacía que no veía.
Quería a su padre y sentía por él gran devoción. Cuando la llevaba a la huerta en el manillar de la  bicicleta era la niña más feliz del mundo.
Pero esos paseos se terminaron pronto al emigrar el padre de Susi a Alemania.
Aunque quedaban con ella su madre y su hermana, la niña de tan solo cinco años no superó esa separación, y tampoco recuperó el amor y el cariño paternos que le habían faltado durante tantos años.
-El cariño perdido en la infancia nunca se recupera como si fuera la cola de una lagartija, aunque sí se puede secar la herida acompañando a nuestros padres los últimos años de sus vidas, cuando ellos pasan a ser los niños.
Mi papá se marchó a Alemania cuando yo solo tenía cinco añitos -dijo Susi reprimiendo a duras penas las lágrimas.
En la estufa de la zapatería, el padre de Susi asaba a veces un par o tres de chorizos entre las brasas.
Primero los rociaba con un poco de vino para que no se quemaran envueltos en un papel de saco o de periódico. Después los tapaba con ceniza y encima les ponía las brasas. De esta manera no se carbonizaban.
Cuando el padre de Susi dejó de asar embutido y llevarla en el manillar de la bici a la huerta, la niña, aunque quedaba acompañada, supo lo que era la  soledad.
A mayores de eso, recordaba con gran exactitud muchas cosas. Una de ellas, la más terrible, es la imagen que conservaba de su hermana revolcándose en una charca, presa por un cable de la luz caído del tendido.
Fue una tarde fría y oscura de invierno. Llovía mucho y el viento había tirado un hilo al camino.
Su hermana venía corriendo de la escuela con la cartera de cuero sobre la cabeza; mirando nada más hacia el suelo.
Cuando se dio cuenta, ya tenía las manos pegadas a la verga del látigo eléctrico. No había remedio. O alguien la sacaba, o moriría allí tirada en la charca enlodada.
Debido al fuerte viento, la linea tensaba y aflojaba el cable caído, y la niña, inconsciente, llegaba incluso a separase del suelo cada vez que hacía contacto con el agua. Las mujeres gritaban y gritaban sin ser capaces de hacer otra cosa mejor, hasta que llegó un hombre, el ángel de la guarda de mi hermana, y se quitó la chaqueta para estirar de ella con el forro seco de la prenda.
La niña de seis año se salvó, pero su vida cambió a raíz del accidente. Se hizo más vulnerable, insegura y miedosa durante muchos años, hasta que se recuperó.
El sabor de la papilla de plátano es uno de los mejores recuerdos que guarda Susi de la primera etapa de su infancia, cuando vivió en la gris y sucia cuenca minera. La naranja y el plátano estaban muy caros a principios de los sesenta en España.
Susi recuerda que su madre le daba esa rica papilla a la hora de la merienda y, como mucho, una vez a la semana: galleta tostada, plátano y zumo de naranja, todo bien esmagado con el tenedor.
-Es una pena que ahora ya no sepan y huelan las cosas tan bien como antes, como la merienda que me daba mi madre. Además, creo que tenemos  demasiadas; habría que hacer un poco de limpieza -le dijo Susi a India mientras ponían de nuevo el carro en marcha-. Por cierto, ¿sabías que la primera vez que me subieron a un coche la experiencia me pareció un milagro?
-¿Porque? -pregunto India.
-Era tan pequeña que no alcanzaba a ver nada por la ventanilla e iba  sentada en el asiento trasero. Más o menos sabía la distancia que habíamos recorrido, pero me pareció una cosa imposible haberlo hecho en tan poco tiempo, algo increíble.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

27. La Bestia


Almir tuvo suerte. Solo fue una rama del árbol la que le golpeó en el cráneo, pero no por la parte más gruesa, porque si así fuera, si coincidiera el impacto por la zona que está cercana al tronco, el trancazo resultaría mortal de necesidad, igual que la cogida que tuvo su compañero en la mina; rápida, sin prácticamente piar ni decir ¡ay!, sin sufrimiento ni dolor; un golpe seco y fulminante, casi como una decapitación o la desintegración que sufre desprevenido el cuerpo humano dentro de un avión al estallar en pleno vuelo.
Echado sobre la cama, Almir imaginó una muerte con el cuello sobre el cepo de madera. Y, para poder experimentarlo, se metió en la cabeza del reo desde que se había separado del cuerpo. 
La morbosidad lo llevaba a pensar cómo serían esos segundos en que los ojos ven el mundo desde otro ángulo tras rodar por el suelo la cabeza que los alberga en las órbitas, o cómo viviría decapitada indefinidamente, conectada con unos tubos a una bomba de sangre, oxigenada y purificada con un pulmón y un riñón artificiales. Una cabeza con el cuello encajado en un florero, ajena a cualquier reuma, dolor de estómago o de espalda. 
El amputado ser no tendría prácticamente gasto energético, y serían suficientes unas pocas calorías al día para mantenerlo con vida. Seccionado el cuello a la altura apropiada, hasta podría hablar, y registrarse en el libro de los récords como la persona más enana del mundo.
Esa sería una de las torturas más horribles a las que se puede someter a un ser humano, obligarlo a tener todas las facultades mentales intactas y privarlo de casi todas las físicas.
Almir pensó en todo ello porque creía que había tenido mucha suerte de no quedar tetrapléjico tras el golpe que le había propinado la rama del árbol en la mina. Acabar como una cabeza seccionada por el cuello reposando sobre un florero, o incluso sin cabeza ni cuerpo, convertido de por vida en un vegetal, no era algo que le agradara mucho siendo tan activo y vital.
Almir padecía amnesia parcial desde el día del accidente.
Recordaba cosas de la infancia y lo que le habían dado de comer el día anterior, pero había una zona muy borrosa y oscura en su vendada cabeza, el cajón donde se almacenaban los recuerdos de una larga etapa de su vida. En él también estaba el retrato, las palabras, y las caricias de India.
Almir no volvería a la mina porque ya sabía que lo buscaba la justicia y la policía. Además, debía dejar pronto el hospital para que tampoco lo detuvieran en él. 
Estaba casi todo decidido. De Brasil volaría ilegalmente a Colombia en avioneta, pues ya sabía cómo podía hacerlo,  y de la selva colombiana continuaría camino a la frontera sur de México.
Sería en ese país donde se subiría a La Bestia, el tren de la muerte, la extorsión, el secuestro, la violación o las amputaciones ocasionadas por los accidentes que se producen al caer en las vías.
Lo único que no tenía claro Almir era si cruzaría a pie el Desierto de Sonora o en bote hinchable el Río Bravo, en el improbable caso de que alcanzara la frontera. Esta última era la ruta más corta, pero también la más peligrosa para poder entrar en Texas por el estado de Tamaulipas.
Almir se llevaría con él, hasta donde pudiera, unas cuantas pepitas de oro escondidas en los tacones de las botas, o en el estómago y las tripas, en el caso de que las cosas se pusieran muy feas.
Durante su travesía, lo más peligroso que enfrentaría Almir sería el camino a pie por el sur de México, y luego viajar en el tren de la muerte o La Bestia. Miles de centroamericanos utilizan esta ruta para cruzar el país mexicano desde el sur hasta la frontera con los Estados Unidos. Así evitan las patrullas antimigración y la posterior deportación a sus países de origen, pero se corren grandes peligros. 
En la ruta de La Bestia, existen bandas criminales organizadas que los asaltan, además de enfrentarse a mafias que les cobran por viajar en el tren, y si no tienen con qué pagar los lanzan fuera, pudiendo morir descuartizados por las ruedas, o quedar con miembros amputados, sin contar que no reciben ninguna o poca ayuda una vez heridos en las vías férreas. 
Además, estos migrantes, en su gran mayoría, son secuestrados y vendidos a organizaciones ilegales de trata de personas para cobrarle rescate a sus familiares, prostituir a las mujeres o usarlos como transporte de drogas a los Estados Unidos. 
Es por todo esto que no llevan ninguna documentación ni datos de su familia, lo cual dificulta su identificación en caso de fallecer. Los muertos nadie los reclama y son enterrados en los alrededores de los cementerios mexicanos, sin nada que los identifique. Mientras tanto, sus familiares los buscan desesperadamente sin dar con ellos. 
El ochenta por ciento de las mujeres que viajan en La Bestia son violadas, o se unen a algún otro migrante ofreciendo sus servicios como prostitutas a cambio de seguridad. Eventualmente, abordan el tren niños y adolescentes que viajan solos y son víctimas de toda clase de penurias y abusos. 
Quienes se arriesgan a viajar en este ferrocarril de carga, saben los peligros a los que se enfrentan, pero la situación en sus países es tan precaria y peligrosa que se ven obligados a ello. La pobreza y la crisis económica los lleva a buscar mejores horizontes, pues temen por sus vidas al tener que decidir si se unen a los "maras", grupos armados criminales, o huir para mantenerse con vida.  
La crisis migratoria de Centroamérica es más grave que la europea, pero como no existen datos de su magnitud, se ignora. Poco o nada hacen los gobiernos para proteger los derechos de los migrantes; solo algunas organizaciones no gubernamentales se ocupan de prestarles apoyo y denunciar la grave situación ejerciendo presión en la opinión pública.  
A todo esto tendrá Almir que hacer frente si quiere llegar a los Estados Unidos.

martes, 22 de noviembre de 2016

26. Viaje a Isla Perlas y la primera noche con Almir


Una vez instalada en la casa de India, ella y Susi pasaron muchas horas conversando sobre Almir, la historia del bisabuelo de India y de los ancestros yanomami de Susi.
Se dieron cuenta de que necesitaban toda la información posible para localizar los restos de su amado en Brasil, en el supuesto caso de que hubiera fallecido, y la única persona que podía darles datos precisos era Martinha, una de las tres hermanas de Almir, quien vivió en Isla Perlas.
Debían viajar hasta allá para intentar localizarla.
Irían en un carro alquilado que les llevaría a Puerto San Juan donde abordarían el ferry de las seis.
Antes reservarían una hermosa cabaña frente al mar en la Posada Los Corales, en Playa Luna, donde podrían disfrutar de la naturaleza con seguridad, gracias a que tendrían vigilancia privada.
Era un hecho que la isla había cambiado mucho desde hacía más de treinta años, cuando Almir e India vivieron allí. Ahora, había tanta delincuencia en ella como en el resto del país.
El trayecto por tierra les llevaría seis horas de camino, si no encontraban colas. Sin embargo, por mucho que se retrasaran, no tendrían suficiente tiempo para conversar sobre todo lo que querían contarse una a la otra.
Transcurridos cinco días desde su llegada a Venezuela, ya acostumbrada al nuevo horario, Susi deseaba viajar lo antes posible a Isla Perlas. Empacó solo lo que necesitaría para andar cómoda en un lugar donde la temperatura puede llegar hasta los 43 grados centígrados, y se marcharon juntas en un discreto vehículo casi nuevo, con aire acondicionado.
India conducía muy bien, y lo hacía segura y confiada.
-¿Desde cuándo no viajas a Isla Perlas? - quiso saber Susi.
-Hace varios años que no voy, pero sigo manteniendo contacto con algunos de mis amigos de la universidad. Yubirí, una buena amiga, vive allá todavía. Se casó con el profesor de matemáticas y tienen dos hijas. Ella conoce muy bien el ambiente de la isla porque trabaja como relacionista pública de uno de los mejores hoteles de la ciudad de Perlamar, la capital de la provincia.
India también le contó a Susi cuando iban por el camino, que ya había logrado comunicarse con su amiga Yubirí, y le pidió que ubicara a Martinha. Ambas se habían conocido hacía muchos años por intermedio de India, y con seguridad lograría encontrarla.
De pronto, cuando iban por la autopista llena de baches, encontraron el tráfico detenido. Pasaron los seguros de las puertas y siguieron conversando, esta vez sobre Almir.
-India, ¿cómo se podían comunicar entre ustedes si Almir hablaba brasileño y tú español?
-Ya Almir había aprendido algo de español, pues no es tan difícil, y además se empeñó en enseñarme brasileño. Sin embargo, pasados tantos años, es poco lo que logro recordar. Decía que parecía bahiana, del nordeste del Brasil, por mi manera de hablar. Aunque considero que el lenguaje más hermoso que no necesita traducción es el del amor verdadero, y ese ya lo hablábamos ambos cuando nos enamoramos.
-Cuéntame cómo fue la primera vez que estuvisteis juntos en la cama, India.
-Fue una noche muy especial. El día anterior habíamos ido a la playa con el grupo de los amigos brasileños de Almir para viajar en bote hasta unos islotes que están muy cerca de la isla, pero el mar estaba muy picado.
Cuando abordamos y partimos, la pequeña embarcación se ladeaba de allá para acá, y caía con fuerza entre ola y ola.
En una de esas, la hijita de una de las parejas se soltó de los brazos de Almir, quien la sujetaba, se golpeó fuerte contra el borde de madera del bote, y comenzó a llorar. Se le inflamó la frente, donde se había golpeado, y decidimos devolvernos y cancelar el viaje.
Cuando desembarcamos, nos quedamos a disfrutar el día en una playa cercana. Almir se fue a dar un paseo a pie y no lo volví a ver hasta la noche.
Estaba apenado con sus amigos por lo que había pasado con la niña. Ellos no aceptaban que Almir se sintiera responsable, y la única manera de convencerlos de que lo perdonaran fue que aceptáramos una invitación a cenar en su casa al día siguiente.
Y allí estábamos a la hora fijada.
La casa era una especie de cabaña situada en una loma desde donde se divisaba el mar.
En la noche la luna se veía reflejada sobre las olas y el agua brillaba.
Cenamos todos a la luz de las velas un delicioso estofado de pescado con vegetales.
Luego de acostar a la niña accidentada, nos sentamos en el balcón a disfrutar de la vista y la brisa nocturnas tomando caipiriñas, una bebida brasileña a base de cachaza de caña, azúcar y limón.
Estábamos todos sobre la gran alfombra del balcón y unos cojines grandes que hacían las veces de los muebles. Habían velas encendidas a nuestro alrededor.
Ya la pareja de amigos se había ido a su habitación y nos invitaron a quedarnos en el cuarto de huéspedes. Permanecimos un rato más en el exterior, donde sonaba una música sensual y melodiosa, creándose así un ambiente propicio para que nos abrazáramos con cariño y ternura.
Pero, de pronto, Amir se tuvo que levantar a cambiar la música, y al regresar nos abrazamos nuevamente y no pudimos evitar besarnos.
Fueron muchos besos, como si supiéramos que nos íbamos a separar pronto y no quisiéramos desperdiciar ni  un solo segundo. Besos delicados y tiernos que fueron convirtiéndose poco a poco en deseo.
Nos fuimos a la habitación. La luz de la luna entraba por la ventana y lo iluminaba todo de forma tenue. Y comenzó un baile amoroso y sutil mientras nos quitábamos la ropa el uno al otro, sin prisa. Teníamos toda la noche para los dos.
Ya desnudos, Almir acariciaba todo mi cuerpo, y yo también le  acariciaba su piel en medio de la penunbra. Después, me cogió en brazos y me acostó sobre la cama y seguimos haciendo el amor... hasta que mi cuerpo y su miembro alcanzaron todo su esplendor.
-India, ¡qué noche más romántica! -le dijo Susi con sincera admiración.
-¡Almir era tan gentil, amoroso y tierno! Creo que nunca he conocido a nadie igual -le contestó India a Susi con lágrimas en los ojos.
Lo que más recordaba India de Almir cuando hacían el amor, es que decía cada poco: "¡Qué bom! ¡Qué bom!"

sábado, 19 de noviembre de 2016

25. El abrazo


India  estaba muy emocionada esperando que por fin llegara Susi del largo viaje desde España hasta Santa Ana.
Ansiaba el momento de poder ver de nuevo a su amiga, después de tanto tiempo transcurrido desde que se habían conocido personalmente en el Pico Espejo, en Mérida, y de haber compartido largas conversaciones durante meses.
India ya le había dado las instrucciones por teléfono al chofer del taxi que la traía del aeropuerto de Maiquetía en Caracas para llegar hasta la casa.
Solo era cuestión de minutos para poder abrazarla y planear juntas los viajes en búsqueda de Almir y del loro catarú en el que habría podido reencarnar su bisabuelo Isidoro.
India estaba sentada en un sillón sobre el alto porche y Leo en el piso, recostado a su lado y con sus patas delanteras cruzadas una sobre la otra, como acostumbra a hacer cuando se siente relajado y feliz.
De repente, India estiró el cuello y vio que un taxi se había estacionado frente a la casa y una mujer descendía de él.
-¡Es Susi! -le dijo a Leo.
India, seguida por el perro, se levantó y corrió escaleras abajo al encuentro de su amiga luego de abrir la reja que da hacia la calle.
La llamó desde lejos por su nombre varias veces sin poder creer que era ella. Y,  al acercarse, la abrazó poniéndole los brazos alrededor del cuello, riendo y llorando de la emoción.
India la apretó muy fuerte contra el cuerpo y comenzó a dar pequeños saltos, repitiendo una y otra vez su nombre, hasta que quedó suspendida, abusando de una confianza que no le permitía por ahora cometer tales excesos.
India notó su olor agradable y también que no llevaba perfume ni colonia. Olía simplemente a un largo viaje y a una casi imperceptible fragancia del jabón del avión con el que se había lavado la cara. Así de fino tenía el sentido del olfato India, quizás para contrarrestar otras muchas carencias, como la de uno de sus oídos.
Fue un largo abrazo; muy sentido y muy emocionado. No la quería soltar para que no terminase ese conmovedor momento. Leo les ladraba contagiado de la situación.
El chofer, que había bajado del taxi, miraba la escena sonriendo, despreocupado porque la tarifa seguía aumentando.
India, después de abrazarla de aquella manera, temía que Susi no reaccionara bien, o incluso que la apartara porque invadía su espacio personal, pero era tanta su emoción que la miró a la cara y la volvió a abrazar; ahora envolviendo con los brazos su espalda, no queriendo dejarla escapar, demostrándole todo su cariño y agradecimiento.
Susi no pudo evitar ponerse colorada como una brasa, aunque India no se dio cuenta de ese detalle.
La verdad, no esperaba aquella reacción tan explosiva de una persona adulta, más propia de una niña de internado desbocada cruzando el pequeño espacio que la separa de los brazos de sus padres recién llegados del extranjero.
Cuando vio aquel cuerpo colgado por completo de su largo cuello, Susi ya no pudo reaccionar, ni siquiera disimular su profundo desconcierto.
Se quedó como una fría estatua, incapaz de moverse, asediada por un organismo vivo de sangre caliente que reía y lloraba a la vez, acosada por una persona a la que no le importaba en absoluto mostrar sus emociones, ronzando incluso el límite de la incompostura y la falta de buena educación.
India había traspasado la frontera de su espacio íntimo sin avisar previamente con un apretón de manos o dos besos en las mejillas.
India no sabía algunas cosas. Si las conociera, actuaría con más tiento, delicadeza, prudencia y también paciencia, porque habría otros momentos para mostrar sus emociones.
Pero a India le daba igual. Por eso seguía colgada de su cuello con los pies despegados del suelo. Cuerpo a cuerpo. Vientre con vientre y seno con seno, aunque con una asimetría vertical de casi veinte centímetros, la altura que Susi le sacaba a India.
Mientras tanto, el taxista seguía esperando con las puertas abiertas y el maletero lleno de paquetes; el maletero y el asiento trasero.
Y Leo, el perrito vagabundo adoptado por India, dando vueltas, quizás celándose sin motivo de una fría e inmóvil estatua que tenía los brazos caídos y los ojos clavados en una de las ventanas de la casa familiar, la que le quedaba justo enfrente.
Cinco segundos eternos, hasta que el femenino pedazo de mármol comenzó a resucitar.
Pero Susi no lo hizo de repente, sino a cámara lenta, mientras India seguía sollozando y riendo al mismo tiempo sobre sus pequeños pechos, sin importarle nada que estuviera manchándole la camiseta a Susi con el carmín de los labios y una poca de pintura diluida en sus lágrimas, de la que se puso innecesariamente para realzar la belleza de sus ojos.
Sí, India se arregló como mejor pudo para recibir a su amiga. Mucho más que para cualquier fiesta en la que siempre pasaba desapercibida como una cenicienta, o repelida porque creían que  estaba medio loca, o simplemente porque la consideraban un cero a la izquierda en un país hecho mierda, también al borde de la quiebra social y económica.
Pero India poco podía hacer en el armario ropero. En su interior no había mucha ropa y calzado donde elegir. Y la cosa se complicaba aún más al haber adelgazado tanto.
Se dijo incluso a sí misma que debía haber dejado antes de fumar y ahorrar para la ocasión. Dejó el tabaco hacía pocos días con la intención de poder abrazarse a Susi y no oler a humo.
En el pequeño armario solo había un par de zapatos que podían servir, unos mocasines sin tacón;  pero el pie derecho tenía una pequeña mancha, por fortuna casi invisible ante los ojos de una persona que no lo supiera.
Colgada del cuello de Susi, los pantalones de India parecían mucho más escasos de lo que realmente eran.
Al estar suspendida unos segundos y quedar embutida en ellos, se marcó mucho más el perímetro de su cintura, sus caderas y sus voluptuosas nalgas, las que tanto acarició Perico Metralleta o el Cid Puyador.
Se marcaron las curvas de la carne y también las bragas, prenda íntima que estaba casi a punto de caer al estrecho precipicio.
Cuando la estatua de mármol comenzó a reaccionar, India posó los pies en la tierra y la abrazó poniendo ahora sus manos y sus antebrazos en la espalda de Susi.
Y siguió apretando muy fuerte con su cabeza apoyada de lado.
A Susi se le descongelaron los brazos, y al fin pudo moverlos. Pero no supo al principio dónde ponerlos.
Ahora ya notaba plenamente el cuerpo a cuerpo. De arriba abajo. Sus grandes senos, su vientre, sus caderas y sus piernas. Y la camiseta mojada en la zona donde caían las lágrimas de India, porque Susi no lloraba, y aunque llegara a hacerlo, al ser más alta que India, sus lágrimas verterían en los hombros o la espalda de su compañera.
Finalmente, Susi tuvo que rendirse y fue incapaz de apartarse de la querida amiga, algo que le estaba permitido hacer con cierta delicadeza y que no debía parecerle mal a India.
Susi, al comenzar a apretar tanto o más que India,  comenzó a llorar mientras le acariciaba la espalda con las manos abiertas.
-¡Tranquila, Salvajita mía, tranquila, que ya estoy aquí para animarte y protegerte! -le dijo Susi sollozando.
Tras estas palabras de ánimo, caminaron abrazadas de lado hacia la puerta abierta de la casa, olvidando por completo que debían descargar su equipaje, pagarle al conductor del taxi, y hacerle algo de caso al pobre Leo, ya que el perrito seguía ladrando y, quizás, celándose  del nuevo invitado.