(Relato por entregas) Marisol Pajuelo Loreto (Venezuela) y Jesús García Juanes (España)
miércoles, 18 de enero de 2017
46. India y Susi roban dos mulas burreras y se meten en el Sacacorchos
Mientras Susi curioseaba entre los galpones donde fabricaban las drogas ilícitas sin ser escuchada gracias al ruido de la planta eléctrica, ya entrada la noche, se le ocurrió la idea de llevarse dos mulas de una vez y así pasar desapercibida por las mujeres y los niños que estaban trabajando dentro.
Tuvo que ir con mucho cuidado para no asustar a todo el grupo de animales. Las dos bestias estaban todavía ensilladas y Susi las llevó de ramal sigilosa y lentamente hasta el lugar donde se encontraba India escondida en la maleza.
-Ya podemos irnos -dijo Susi.
-Tengo miedo de montar -le respondió India.
-Venga mujer, que esto es más seguro que navegar por el río abajo de noche. Las mulas conocen el camino y resulta más seguro desplazarse con ellas.
-Ve tú adelante que yo te sigo, y muy despacio -le rogó India.
-No tengas miedo, que no va a pasarnos nada -dijo Susi intentando tranquilizar a su compañera.
Las dos mujeres montaron en las bestias y emprendieron la cabalgata. Las mulas encontraron el camino ellas solas en medio del bosque, y comenzaron a bajar lentamente la cuesta, como lo hacían casi todos los días del año.
El sendero era estrecho, pero las ramas de los árboles y la maleza no llegaban a golpearlas o arañarlas, ni siquiera en las piernas o la cabeza, las dos zonas del cuerpo más expuestas cuando se va de a caballo en zonas con mucha vegetación.
Como Susi ya tenía experiencia en eso de cabalgar de noche con el cielo cubierto, o totalmente a oscuras en el medio de un bosque, al poco de iniciarse la marcha supo que los animales no eran espantadizos, pero sí obedientes, mansos y nobles, es decir, las llevarían a buen puerto hasta que amaneciera, momento en que tendrían que desmontar, ponerlas mirando hacia arriba, en sentido contrario al que bajaron, y darles un golpecito en las ancas para que se marcharan por donde vinieron hasta el lugar en el que fueron secuestradas.
Eran dos mulas burreras, o burdéganos, hijas de caballo y burra, muy apreciadas en la zona por ser de menor tamaño y más fáciles de alimentar y de montar. Su altura desde el suelo a la cintura no era mucho mayor que la de un asno, y tenían la piel más peluda y dura que la de los mulos procreados por una yegua y un burro.
En el caso de que hubieran "tomado prestados" dos mulos, tendrían que estar capados, porque así son más dóciles y menos bravos.
Durante el largo trayecto, solo desmontaron en una ocasión para beber agua y proporcionarles algo de descanso a los dos animales, los cuales también bebieron y comieron hiedras que parasitan y acaban matando los árboles.
Por fin, al comenzar a clarear el día, vieron que se estaban acercando a un gran precipicio a través de un sendero que cruzaba un campo despejado y que parecía llevarlas al abismo. Una vez que vieron la pendiente y dónde terminaba, se quedaron heladas, pero no de frío. El estrecho camino serpenteaba unos kilómetros pegado a las paredes verticales y después desaparecía del mapa sin dejar rastro. Abajo de todo, la llanura y el mar Caribe.
Se dieron cuenta entonces que las canoas no hubieran sido una buena opción ya que solo debían emplearse para realizar un tramo del recorrido, o para remar río arriba y bajar la mercancía ilegal.
La situación habría sido realmente peligrosa. Una vez dentro de la embarcaciones, no serían capaces de pararlas debido a la corriente, y se precipitarían por la impresionante cascada que ya se sentía rugir desde lejos.
El ruido comenzó a ser ensordecedor, pero las dos mulas no se inquietaron ni se inmutaron y continuaron igual de tranquilas su camino. Estaban acostumbradas, y no le hicieron caso al ruido del agua ni al imán del precipicio.
Susi padecía vértigo a raíz de un transtorno auditivo, así que cerró los ojos y se encomendó a la experiencia y la sangre fría de las mulas.
Su pierna derecha rozaba a veces contra la pared, y la izquierda iba totalmente sobre el vacío. Susi cayó entonces en la cuenta de que solo era posible transportar dos bidones de mercancía en cada viaje, uno en el lomo del animal y el otro pegado a ambos lados de la barriga, dependiendo del sentido de la marcha.
A India le temblaba una pierna y los dientes como efecto secundario de uno de los medicamentos que tomaba para su enfermedad. El movimiento era involuntario y se le agudizaba cuando se ponía nerviosa.
El espectáculo era impresionante. Enfrente, la gran cascada y abajo, a escasos kilómetros en línea recta, el Mar Caribe de nuevo.
Se veía gran parte de Cuba del Sur y diminutos barracones donde seguramente se envasaban y etiquetan las drogas y medicamentos falsos.
Cada vez se acercaban más a la cascada. Cuando solo estuvieron a unos cincuenta metros, descubrieron que el sendero desaparecía y lo engullía la boca de un agujero negro.
Ninguna de las dos mujeres hicieron ademán de querer parar o bajarse de las mulas. No había suficiente espacio ni valor para desensillar. Igual que si estuvieran sobre las aguas de un río arrastradas por la corriente, se dejaron llevar y volvieron a confiar plenamente en el sano comportamiento de las dos mulas burreras.
El túnel perforado por la mano del hombre era suficientemente alto y ancho, aunque las mujeres bajaron la cabeza al entrar en él por precaución.
India no pudo encender la linterna porque la batería se había agotado la noche anterior.
De repente, notaron que el terreno se inclinaba y los animales herrados resbalaban sobre la roca húmeda y lisa.
Las mujeres se asustaron y se agarraron fuerte a las sillas temiendo caerse de bruces hacia adelante. No sabían a dónde conducía el pasadizo y el tiempo que permanecerían en su interior.
La humedad era casi absoluta y, de vez en cuando, les caían gotas de agua en la cabeza.
También había murciélagos. Susi notó en su piel las corrientes de aire que provocaban al pasar. Seguramente eran vampiros, unos bichos aprovechados con cara de pocos amigos que las pobres mulas conocían muy bien.
-Tranquila, Susi, no se meterán con nosotras aunque, por si acaso, pégales un manotazo si ves que quieren pegarse a la piel.
India también le dijo a Susi que había muchos en Cuba del Sur, principalmente los que tienen las alas blancas.
-Estos deben ser "patas peludas", dijo India mientras intentaba apartarlos como podía de su cara.
lunes, 16 de enero de 2017
45. Sierra Pastilla
Susi insistió en que India entrara a la cueva.
-No te imaginas lo que te encontrarás ahí dentro -le dijo.
-¿Qué hay? -contestó India muy extrañada.
-Es una sorpresa. Entra, yo espero afuera. Toma la linterna. ¿Has encontrado algo para comer? -preguntó Susi sabiendo que la respuesta sería afirmativa, ya que India conocía muy bien todos los frutos y cosas comestibles del bosque.
-Sí. He dejado un par de mangos al lado de la fuente. Tienes que lavarlos antes de comerlos -respondió India.
-Mira la cueva y nos vamos. Te espero abajo. Yo no entro porque me excita demasiado ver lo que hay dentro -le dijo Susi.
-¿Por qué te has incomodado? -interrogó India.
-No preguntes. Tú entra y ya hablaremos. ¿Tienes miedo?
-¿Miedo yo? -contestó India haciéndose la valiente y ocultando su temor al mismo tiempo.
La mujer entró al fin en la cueva y permaneció en ella casi media hora. Mientras tanto, Susi lavó los dos mangos y se los comió. Estaban ricos de verdad, en su punto justo de acidez, y no excesivamente maduros. Al ser de "hilacha", tenían mucha más fibra que otras variedades, y eso le iba muy bien a Susi, que solía padecer estreñimiento.
-¡Susi! -gritó India desde dentro-. ¡Es increíble!
La mujer entró al fin en la cueva y permaneció en ella casi media hora. Mientras tanto, Susi lavó los dos mangos y se los comió. Estaban ricos de verdad, en su punto justo de acidez, y no excesivamente maduros. Al ser de "hilacha", tenían mucha más fibra que otras variedades, y eso le iba muy bien a Susi, que solía padecer estreñimiento.
-¡Susi! -gritó India desde dentro-. ¡Es increíble!
Susi no la oía desde la fuente y las palabras de India se ahogaron dentro de la cueva.
La mujer nunca antes había escuchado o leído de este tipo de pinturas primitivas en Venezuela, si es que realmente pertenecían a esa etapa de la historia. Susi, en cambio, conocía muchos casos en Europa y en el resto del mundo, aunque no entendía porqué no había mujeres representadas en las paredes y el techo de la cueva.
India y Susi charlaron un rato sobre el tema mientras caminaban, hasta que India cortó la conversación porque, la verdad, no le interesaba mucho lanzar hipótesis sobre algo que desconocía.
-Bueno Susi, puede que tengas razón, pero ahora debemos concentrarnos en salir de este bosque para evitar tener que pasar otra noche al raso.
-No diremos a nadie lo que hemos visto -dijo Susi.
-Está bien -contestó India.
Susi siguió insistiendo y le preguntó a India si le habían producido excitación las imágenes pornográficas de la cueva, principalmente la de la serpiente.
-No me han excitado. Me han llamado la atención -respondió India.
La persecución las había desviado mucho a la derecha de la autopista, tanto que ya se encontraban en la vertiente norte de la Sierra, de unos dos mil metros de altitud. Cualquier río que tomaran las llevaría al mar, aunque no disponían de embarcación.
Esa zona tenía fama por albergar entre la vegetación pequeños laboratorios clandestinos de falsas drogas de diseño y medicamentos en general, de ahí que la llamaran Sierra Pastilla.
De los galpones con techos de chapa oxidada salían millones de aspirinas o cápsulas de antibióticos fabricados con harina o azúcar coloreados.
En el negocio trabajaban familias enteras. Las que no disponían de troqueladoras para las pastillas, les compraban cápsulas vacías a los chinos y las rellenaban con toda clase de contenidos, la mayoría de ellos harinas fruto de la molienda.
Del resto se encargaban los envasadores y falsificadores de prospectos, quienes compraban los "medicamentos" a precios irrisorios. La escasez de bienes y la inoperancia de la instituciones existentes en Venezuela les facilitaba el trabajo a ellos y a quienes finalmente comercializaban los productos en la red, siendo esta última fase del negocio la más lucrativa.
Cuando bajaban la montaña siguiendo un río que los llevaría al mar, India y Susi se encontraron con uno de los laboratorios clandestinos donde vieron también varias canoas amarradas.
-Bueno Susi, puede que tengas razón, pero ahora debemos concentrarnos en salir de este bosque para evitar tener que pasar otra noche al raso.
-No diremos a nadie lo que hemos visto -dijo Susi.
-Está bien -contestó India.
Susi siguió insistiendo y le preguntó a India si le habían producido excitación las imágenes pornográficas de la cueva, principalmente la de la serpiente.
-No me han excitado. Me han llamado la atención -respondió India.
La persecución las había desviado mucho a la derecha de la autopista, tanto que ya se encontraban en la vertiente norte de la Sierra, de unos dos mil metros de altitud. Cualquier río que tomaran las llevaría al mar, aunque no disponían de embarcación.
Esa zona tenía fama por albergar entre la vegetación pequeños laboratorios clandestinos de falsas drogas de diseño y medicamentos en general, de ahí que la llamaran Sierra Pastilla.
De los galpones con techos de chapa oxidada salían millones de aspirinas o cápsulas de antibióticos fabricados con harina o azúcar coloreados.
En el negocio trabajaban familias enteras. Las que no disponían de troqueladoras para las pastillas, les compraban cápsulas vacías a los chinos y las rellenaban con toda clase de contenidos, la mayoría de ellos harinas fruto de la molienda.
Del resto se encargaban los envasadores y falsificadores de prospectos, quienes compraban los "medicamentos" a precios irrisorios. La escasez de bienes y la inoperancia de la instituciones existentes en Venezuela les facilitaba el trabajo a ellos y a quienes finalmente comercializaban los productos en la red, siendo esta última fase del negocio la más lucrativa.
Cuando bajaban la montaña siguiendo un río que los llevaría al mar, India y Susi se encontraron con uno de los laboratorios clandestinos donde vieron también varias canoas amarradas.
Estaba anocheciendo.
Las dos mujeres permanecieron ocultas entre la vegetación porque se dieron cuenta de que algo extraño se cocinaba en el interior de los galpones de chapa. Era la oportunidad de salir de allí usando una de la embarcaciones. Pero Susi quiso curiosear antes.
-Quédate aquí escondida, India. Como puedes comprobar, esto no es un pueblo. Me da que aquí se realiza alguna actividad ilícita. No hay huertos, cosechas, ni animales domésticos. Solo bidones de plástico y demasiadas mulas de carga.
Susi estaba en lo cierto. En las tres cabañas se estaban rellenando cápsulas con una mezcla de harinas comestibles y colorantes naturales. Los "medicamentos" en cuestión se venderían en la red a mitad de precio, y aunque solo tendrían un efecto placebo, por lo menos no causarían efectos secundarios adversos en el organismo.
Susi se acercó con mucho sigilo a una ventana y estiró el cuello para ver lo que había dentro. En el exterior, un generador de gasolina transformaba en corriente eléctrica la gasolina. Ese ruido impedía que nadie se percatase de los movimientos de Susi.
En el interior del galpón trabajaban sentados tres mujeres y seis menores formando una cadena sobre una larga mesa.
Los niños colocaban las cápsulas en diminutas "hueveras" de madera perforadas con un taladro y las mujeres las rellenaban usando mangas pasteleras hechas con papel de periódico. Una vez rellenas con las harinas, pasaban de nuevo por las manos de los niños, quienes las tapaban con el capuchón y las metían en bolsas transparentes, y estas, a su vez, en contenedores herméticos de plástico.
Susi regresó de su incursión y habló con India sobre qué tomar prestado, si sería mejor bajar en una canoa o a lomos de dos mulas.
Las dos mujeres permanecieron ocultas entre la vegetación porque se dieron cuenta de que algo extraño se cocinaba en el interior de los galpones de chapa. Era la oportunidad de salir de allí usando una de la embarcaciones. Pero Susi quiso curiosear antes.
-Quédate aquí escondida, India. Como puedes comprobar, esto no es un pueblo. Me da que aquí se realiza alguna actividad ilícita. No hay huertos, cosechas, ni animales domésticos. Solo bidones de plástico y demasiadas mulas de carga.
Susi estaba en lo cierto. En las tres cabañas se estaban rellenando cápsulas con una mezcla de harinas comestibles y colorantes naturales. Los "medicamentos" en cuestión se venderían en la red a mitad de precio, y aunque solo tendrían un efecto placebo, por lo menos no causarían efectos secundarios adversos en el organismo.
Susi se acercó con mucho sigilo a una ventana y estiró el cuello para ver lo que había dentro. En el exterior, un generador de gasolina transformaba en corriente eléctrica la gasolina. Ese ruido impedía que nadie se percatase de los movimientos de Susi.
En el interior del galpón trabajaban sentados tres mujeres y seis menores formando una cadena sobre una larga mesa.
Los niños colocaban las cápsulas en diminutas "hueveras" de madera perforadas con un taladro y las mujeres las rellenaban usando mangas pasteleras hechas con papel de periódico. Una vez rellenas con las harinas, pasaban de nuevo por las manos de los niños, quienes las tapaban con el capuchón y las metían en bolsas transparentes, y estas, a su vez, en contenedores herméticos de plástico.
Susi regresó de su incursión y habló con India sobre qué tomar prestado, si sería mejor bajar en una canoa o a lomos de dos mulas.
A Susi no le hacían gracia los rápidos que pudiera haber en el río ni que se espantaran los animales por culpa de una rana o una serpiente.
jueves, 12 de enero de 2017
44. Sexo en la cueva
India y Susi pasaron la noche bien porque no había llovido.
Lo primero que hicieron después de levantarse, fue ir de nuevo a la fuente para beber.
El caudal del manantial había aumentado un poco, pero esta vez ya no se estiraron boca abajo en el suelo.
India conocía bastante todas las plantas, y buscó rápido un tallo hueco para convertirlo en una caña y poder chupar.
La mayoría de los animales están diseñados para elevar el agua a través de sus largos esófagos. Una muestra de ello es la jirafa. En otros casos, la evolución les ha dotado de eficientes herramientas para sorber, como la trompa de un elefante.
Pero los humanos se están acostumbrando a beber de pie, y eso provoca cierta atrofia de los músculos implicados en dicha función mecánica. Por eso les resultaba incómodo beber a las dos mujeres en la pequeña fuente que manaba del suelo, a menos que se echaran cuerpo a tierra, como ya lo hicieron la noche anterior, manchándose toda la ropa en la tierra y el barro.
Mientras India buscaba algún fruto en el bosque, Susi volvió a visitar la oquedad en la que se escondieron.
Estaba situada en un alto y solo se podía entrar en ella subiendo por un pequeño terraplén que no era peligroso, pero sí muy fácil de bloquear desde la entrada de la cueva.
Esto le hizo pensar a Susi que el refugio pudo ser aprovechado para vivir en él en otro tiempo. Y así le pareció de nuevo al ver el tipo de entrada que tenía la cueva, escondida entre la vegetación y las lianas que caían de más arriba.
La gruta comenzaba al principio con dos metros de alto y uno de ancho aproximadamente. Pero, después de entrar, Susi apreció que la sala era muy grande y que, incluso, pudo haber sido excavada por la mano del hombre, ya que el terreno parecía compacto y firme, pero de poca densidad.
El suelo era prácticamente plano, y varios esqueletos de animales estaban diseminados por toda la sala, animales enfermos que seguramente vinieron a morir en ella para estar más tranquilos.
La cavidad no tenía otras entradas, pasillos o galerías a diferentes niveles, por eso Susi descartó que fuera una cavidad geológica excavada por el agua.
La linterna que llevaba Susi era poco potente, de ahí que al entrar y realizar la primera inspección, la mujer fuera incapaz de ver las maravillas que habían pintadas en el techo y las paredes de la cueva. Pero cuando se acercó un poco más, se quedó con la boca abierta, estupefacta.
-¡Ohhhhhh! -exclamó Susi-. No me lo puedo creer. Esto que estoy viendo no puede ser real. ¡Qué maravilla! -dijo Susi acercándose más a las imágenes y enfocándolas de muy cerca con la linterna.
Susi tocó las pinturas para poder demostrarse a sí misma que aquello no era una alucinación, y que las coloridas formas estaban pegadas a un soporte físico.
No había imágenes de caza ni de mujeres, pero su cantidad era tan grande que no supo por dónde comenzar.
Aquella caverna -ahora sí podía Susi llamarla así- era una especie de escuela, una gran pizarra con un claro objetivo pedagógico.
Las figuras representadas parecían ser varones jóvenes adoptando diferentes posturas contorsionistas. En todas ellas lograban practicar la autofelación: sentados en el suelo con las piernas estiradas o cruzadas, de espalda sobre cojines vegetales, y en postura fetal.
Otras imágenes correspondían a hombres más adultos que adoptaban las mismas posturas, y en alguna de ellas se podía apreciar el momento en que se producía la eyaculación.
Susi se quedó perpleja cuando fue descubriendo más imágenes que representaban, todas ellas, diferentes maneras de practicar la masturbación, incluida la anal.
En las paredes de la cueva había también figuras claramente zoofílicas, pero en la caverna no aparecía ni una sola mujer representada. Esto le hizo pensar mucho a Susi. ¿Acaso la sociedad de aquellos pintores tenía un porcentaje bajísimo de hembras en su población? ¿Eran las pinturas una expresión del culto al onanismo masculino y las relaciones sexuales con animales mitológicos?
Al fondo de la cueva, enfrente mismo de la entrada, había representada una serpiente multicolor, mucho mayor que cualquier otra figura.
Susi creía que presidía toda la sala, de ahí su papel e importancia.
El reptil era de un tamaño menor al de Ikala, y en lugar de una afilada cuchilla ósea en la punta de la cola, tenía en el mismo lugar un falo.
En la boca no se le veían dientes, aunque sí una lengua que terminada en un anillo cerrado.
Susi comprendió rápidamente qué le podía hacer la serpiente a los hombres con aquella cola, aquella boca y aquella forma de la lengua.
De hecho, lo vio representado en las paredes de la cueva varias veces, y llegó incluso a pensar que la extraña serpiente se alimentaba del semen de los hombres, y los hombres del semen de los reptiles, absorbido por el recto.
-¡Susiiiiiiiiiii! -gritó India desde el exterior.
-Ya voy -contestó Susi.
India no podía imaginar que Susi había encontrado el "Jardín de las Delicias", pintado miles de años antes de que lo hiciera El Bosco.
miércoles, 11 de enero de 2017
43. La persecución
Luego de dos semanas, la fiebre y el dolor abdominal habían cedido y ya Susi estaba casi completamente recuperada del Zika. El reposo y los cuidados de India surtieron sus efectos, aunque también había influido en el rápido restablecimiento, la salud general de Susi antes de que los mosquitos le transmitieran el virus.
India siempre insistió en que guardara suficiente reposo hasta que sanara para evitar complicaciones que podrían ser mortales. Un amigo suyo había fallecido hacía poco de esa enfermedad.
Las dos amigas decidieron el día anterior que India hiciera las gestiones en el hotel para alquilar un carro y regresar a Santa Ana. De esa forma podrían preparar el viaje a Mato Grosso en Brasil, para ir tras la pista de Almir.
India y Susi se levantaron temprano, recogieron todo el equipaje, desayunaron en el restaurante del hotel y salieron en el carro que la recepcionista había conseguido a través de una empresa de alquiler.
Les tomó casi una hora salir de Caracas por las colas. Cuando entraron en la autopista había poco tráfico. Las dos amigas conversaban animadamente hasta que India le dijo a Susi que un vehículo las venía siguiendo desde hacía un rato.
-¿Estás segura de que nos persiguen? -preguntó Susi un poco nerviosa.
-Sí, es ese carro azul y esos dos tipos. Diría que uno de ellos se parece al que me siguió en Caracas y habló conmigo en la cola de la farmacia, pero no estoy completamente segura.
India aceleró la marcha, pasó a varios camiones y se colocó entre dos gandolas en la vía lenta. El chofer del vehículo perseguidor hizo lo mismo, pero se quedó más atrás.
-¿Viste que sí nos están siguiendo? -le dijo India a Susi-. Intentaré tomar la vía alterna a la autopista para tratar de perderlos.
India tomó la vía rápida, aumentó la velocidad antes de llegar a la rampa de salida de la autopista y la tomó velozmente, tanto que estuvieron a punto de volcar en la curva.
El conductor del carro azul hizo lo mismo, aunque menejaba mucho mejor que India, y no tuvo problemas para repetir la maniobra de la mujer.
El vehículo alquilado por India y Susi quedó situado tres camiones por delante de los perseguidores. Y así se mantuvieron varios minutos, hasta que Susi vió por el retrovisor exterior que estaban avanzando una posición. India nada pudo hacer para evitarlo, ya que seguía viniendo mucho tráfico de frente.
De repente, India le dijo a Susi que se agarrara bien y después dió un volantazo para tomar un camino de tierra lleno de baches y de piedra suelta. El carro daba cada vez más saltos, y al golpear en el suelo parecía que se iba a romper por el medio en cualquier momento, igual que una tiza. India perdía a veces el control por tratarse de un carro de solo tracción delantera, no apto para ese tipo de caminos.
De pronto, sintieron que les disparaban a las ruedas desde una ventanilla, así que India aceleró aun más y se agarró con fuerza al volante, al tiempo que las dos bajaban todo lo que podían las cabezas.
El conductor del vehículo azul también apretó más el pedal, pero en una curva perdió el control y se salieron de la vía.
India pudo adelantar un largo trecho del camino, hasta encontrar un descampado donde poder estacionarse. Le dijo a Susi que agarrara las carteras, los teléfonos y una linterna que había en la guantera. Tan pronto lo hicieron, salieran rápido del carro y corrieron hacia el monte, dejando las puertas abiertas.
India y Susi se internaron en el frondoso bosque corriendo todo lo que podían sin mirar atrás. Las afiladas hojas de algunas plantas les arañaban y cortaban la piel al apartarlas para seguir avanzando.
Susi corría más rápido que India y tenía que aminorar la marcha para no perderla de vista.
Habían caminado y corrido tanto tiempo, que ya India no daba más. Fue entonces cuando Susi descubrió entre la maleza la entrada de una cueva. Se introdujeron en ella y guardaron silencio, aunque no pudieron evitar seguir jadeando en medio de la oscuridad.
Los dos hombres se estaban acercando. Lo supieron porque hacían ruido al apartar las ramas bajas de los árboles con los brazos y al pisar la vegetación rastrera del suelo.
Afortunadamente, aquellos malintencionados no vieron la entrada de la cueva y se fueron alejando en medio de la espesura del bosque. India y Susi se quedaron escondidas en la cueva hasta que anocheció. Estaban sedientas y salieron a buscar agua con la ayuda de la linterna. Una vez que la encontraron, saciaron la sed tirándose boca abajo en el suelo, ya que la fuente era muy poco abundante.
Después regresaron a la cueva, pero prefirieron dormir fuera, sobre un colchón de hojas y restos de vegetación que juntaron entre las dos.
Susi vivaqueaba por primera vez en un bosque húmedo de Sudamérica, aunque ya lo había hecho muchas veces en el altiplano.
India siempre insistió en que guardara suficiente reposo hasta que sanara para evitar complicaciones que podrían ser mortales. Un amigo suyo había fallecido hacía poco de esa enfermedad.
Las dos amigas decidieron el día anterior que India hiciera las gestiones en el hotel para alquilar un carro y regresar a Santa Ana. De esa forma podrían preparar el viaje a Mato Grosso en Brasil, para ir tras la pista de Almir.
India y Susi se levantaron temprano, recogieron todo el equipaje, desayunaron en el restaurante del hotel y salieron en el carro que la recepcionista había conseguido a través de una empresa de alquiler.
Les tomó casi una hora salir de Caracas por las colas. Cuando entraron en la autopista había poco tráfico. Las dos amigas conversaban animadamente hasta que India le dijo a Susi que un vehículo las venía siguiendo desde hacía un rato.
-¿Estás segura de que nos persiguen? -preguntó Susi un poco nerviosa.
-Sí, es ese carro azul y esos dos tipos. Diría que uno de ellos se parece al que me siguió en Caracas y habló conmigo en la cola de la farmacia, pero no estoy completamente segura.
India aceleró la marcha, pasó a varios camiones y se colocó entre dos gandolas en la vía lenta. El chofer del vehículo perseguidor hizo lo mismo, pero se quedó más atrás.
-¿Viste que sí nos están siguiendo? -le dijo India a Susi-. Intentaré tomar la vía alterna a la autopista para tratar de perderlos.
India tomó la vía rápida, aumentó la velocidad antes de llegar a la rampa de salida de la autopista y la tomó velozmente, tanto que estuvieron a punto de volcar en la curva.
El conductor del carro azul hizo lo mismo, aunque menejaba mucho mejor que India, y no tuvo problemas para repetir la maniobra de la mujer.
El vehículo alquilado por India y Susi quedó situado tres camiones por delante de los perseguidores. Y así se mantuvieron varios minutos, hasta que Susi vió por el retrovisor exterior que estaban avanzando una posición. India nada pudo hacer para evitarlo, ya que seguía viniendo mucho tráfico de frente.
De repente, India le dijo a Susi que se agarrara bien y después dió un volantazo para tomar un camino de tierra lleno de baches y de piedra suelta. El carro daba cada vez más saltos, y al golpear en el suelo parecía que se iba a romper por el medio en cualquier momento, igual que una tiza. India perdía a veces el control por tratarse de un carro de solo tracción delantera, no apto para ese tipo de caminos.
De pronto, sintieron que les disparaban a las ruedas desde una ventanilla, así que India aceleró aun más y se agarró con fuerza al volante, al tiempo que las dos bajaban todo lo que podían las cabezas.
El conductor del vehículo azul también apretó más el pedal, pero en una curva perdió el control y se salieron de la vía.
India pudo adelantar un largo trecho del camino, hasta encontrar un descampado donde poder estacionarse. Le dijo a Susi que agarrara las carteras, los teléfonos y una linterna que había en la guantera. Tan pronto lo hicieron, salieran rápido del carro y corrieron hacia el monte, dejando las puertas abiertas.
India y Susi se internaron en el frondoso bosque corriendo todo lo que podían sin mirar atrás. Las afiladas hojas de algunas plantas les arañaban y cortaban la piel al apartarlas para seguir avanzando.
Susi corría más rápido que India y tenía que aminorar la marcha para no perderla de vista.
Habían caminado y corrido tanto tiempo, que ya India no daba más. Fue entonces cuando Susi descubrió entre la maleza la entrada de una cueva. Se introdujeron en ella y guardaron silencio, aunque no pudieron evitar seguir jadeando en medio de la oscuridad.
Los dos hombres se estaban acercando. Lo supieron porque hacían ruido al apartar las ramas bajas de los árboles con los brazos y al pisar la vegetación rastrera del suelo.
Afortunadamente, aquellos malintencionados no vieron la entrada de la cueva y se fueron alejando en medio de la espesura del bosque. India y Susi se quedaron escondidas en la cueva hasta que anocheció. Estaban sedientas y salieron a buscar agua con la ayuda de la linterna. Una vez que la encontraron, saciaron la sed tirándose boca abajo en el suelo, ya que la fuente era muy poco abundante.
Después regresaron a la cueva, pero prefirieron dormir fuera, sobre un colchón de hojas y restos de vegetación que juntaron entre las dos.
Susi vivaqueaba por primera vez en un bosque húmedo de Sudamérica, aunque ya lo había hecho muchas veces en el altiplano.
martes, 10 de enero de 2017
42. Sábanas con olor a campo
Se levantó de la cama a las nueve de la mañana y se acercó a la pared donde estaban los tres cuadros, dos ligeramente desnivelados. Los colocó perfectamente paralelos al suelo, y después los examinó atentamente a una distancia de dos cuartas.
Eran unos acrílicos pintados de manera fresca y sincera. Tres escenas nocturnas muy parecidas de una playa solitaria.
Todas con un cielo estrellado centelleante.
Las tres firmadas por Marisol.
Susi tocó los cuadros con las yemas de los dedos y leyó con su piel las arrugas de la espuma de las olas, y la arena moldeada por el vaivén del agua.
Después Susi palpó una estrella, girando circularmente, en el sentido de las agujas del reloj, suavemente, sin prisa, igual que le acariciaron una vez a ella su sensible clítoris, mientras la miraban fijamente a los ojos. Una sola vez le hicieron eso al mismo tiempo que se sentía amada de verdad. Ocurrió con el hombre que la seguía esperando en España, un caballero que tenía solo estudios primarios, muy sencillo, de comportamiento instintivo, fiel, carente de celos, sensible, natural, desinteresado por los pensamientos transcendentales y existenciales que tanto preocupaban a India, e incapaz de engendrar hijos debido a una enfermedad.
Manuel era un tipo único y excepcional, alguien a quien resultaba totalmente imposible hacerle daño o engañarlo.
Susi no se había enamorado de él cuando lo conoció. Pero lo quería cada vez más porque, a medida que pasaba el tiempo, iba descubriendo que sus grandes virtudes se mantenían y nunca se desinflaban, y compensaban ampliamente sus defectos, los cuales no engordaban ni aumentaban en número, o incluso se corregían.
Manuel esperaba pacientemente a Susi cuando ella se marchaba a escalar una montaña o remar sola en alta mar.
Susi se había hecho famosa por ser la primera persona que le había dado la vuelta al mundo en kayak-trimarán propulsado mediante pedales y hélice. Además, empleó en esa gran travesía un equipaje muy limitado. No había usado teléfono satelital ni desaladora, aunque sí un sistema de geolocalización que le permitía emitir una señal de emergencia para poder ser rescatada.
En la vuelta al mundo había decidido voluntariamente no transmitir ni recibir ningún tipo de información mientras navegaba, para poder experimentar así cómo fueron las travesías marítimas de los exploradores pioneros. Con Manuel sí se comunicaba cuando tocaba tierra, pero siempre lo hacía con cartas manuscritas que redactaba sobre papel de calco en alta mar, y formaban parte de su cuarderno de bitácora.
Eran unos acrílicos pintados de manera fresca y sincera. Tres escenas nocturnas muy parecidas de una playa solitaria.
Todas con un cielo estrellado centelleante.
Las tres firmadas por Marisol.
Susi tocó los cuadros con las yemas de los dedos y leyó con su piel las arrugas de la espuma de las olas, y la arena moldeada por el vaivén del agua.
Después Susi palpó una estrella, girando circularmente, en el sentido de las agujas del reloj, suavemente, sin prisa, igual que le acariciaron una vez a ella su sensible clítoris, mientras la miraban fijamente a los ojos. Una sola vez le hicieron eso al mismo tiempo que se sentía amada de verdad. Ocurrió con el hombre que la seguía esperando en España, un caballero que tenía solo estudios primarios, muy sencillo, de comportamiento instintivo, fiel, carente de celos, sensible, natural, desinteresado por los pensamientos transcendentales y existenciales que tanto preocupaban a India, e incapaz de engendrar hijos debido a una enfermedad.
Manuel era un tipo único y excepcional, alguien a quien resultaba totalmente imposible hacerle daño o engañarlo.
Susi no se había enamorado de él cuando lo conoció. Pero lo quería cada vez más porque, a medida que pasaba el tiempo, iba descubriendo que sus grandes virtudes se mantenían y nunca se desinflaban, y compensaban ampliamente sus defectos, los cuales no engordaban ni aumentaban en número, o incluso se corregían.
Manuel esperaba pacientemente a Susi cuando ella se marchaba a escalar una montaña o remar sola en alta mar.
Susi se había hecho famosa por ser la primera persona que le había dado la vuelta al mundo en kayak-trimarán propulsado mediante pedales y hélice. Además, empleó en esa gran travesía un equipaje muy limitado. No había usado teléfono satelital ni desaladora, aunque sí un sistema de geolocalización que le permitía emitir una señal de emergencia para poder ser rescatada.
En la vuelta al mundo había decidido voluntariamente no transmitir ni recibir ningún tipo de información mientras navegaba, para poder experimentar así cómo fueron las travesías marítimas de los exploradores pioneros. Con Manuel sí se comunicaba cuando tocaba tierra, pero siempre lo hacía con cartas manuscritas que redactaba sobre papel de calco en alta mar, y formaban parte de su cuarderno de bitácora.
Susi quería enfrentarse a la verdadera soledad, una situación en la que nadie hay a tu lado para que te escuche, y con nadie puedes hablar, exceptuando los animales, Dios, el mar, el cielo, las estrellas, contigo mismo...
Los dos flotadores laterales del trimarán tenían un total de diez depósitos independientes con los que se podían transportar hasta doscientos litros de agua dulce. Entre el cuerpo central de la embarcación y los laterales, dos plataformas acanaladas se encargaban de recoger el agua de lluvia cuando las reservas bajaban de los sesenta litros, cantidad con la que Susi podía aguantar un mes de travesía. Los primeros litros caídos no se aprovechaban, ya que su concentración salina era muy alta al lavar el agua las superficies acanaladas de las plataformas de recogida.
Los dos flotadores laterales del trimarán tenían un total de diez depósitos independientes con los que se podían transportar hasta doscientos litros de agua dulce. Entre el cuerpo central de la embarcación y los laterales, dos plataformas acanaladas se encargaban de recoger el agua de lluvia cuando las reservas bajaban de los sesenta litros, cantidad con la que Susi podía aguantar un mes de travesía. Los primeros litros caídos no se aprovechaban, ya que su concentración salina era muy alta al lavar el agua las superficies acanaladas de las plataformas de recogida.
Esa vuelta al mundo fue una dura prueba para Susi y Manuel. Aunque no tenían hijos ni otras responsabilidades familiares en ese momento, a Manuel le costaba entender que Susi renunciara a su compañía para estar durmiendo en alta mar tantos meses seguidos, con la piel llena de heridas provocadas por el sol, la sal, y una higiene deficiente.
Manuel no entendía que a Susi le gustara descansar o dormir solo un par de horas cada cuatro de navegación, mientras la mujer soñaba con las caricias, los besos y el sexo de Manuel, algo a lo que había renunciado sabiendo que lo echaría de menos.
Y, la verdad, tampoco Susi entendía porqué ella se podía separar tanto tiempo de él. Al mismo tiempo que pedaleaba cuando el mar estaba tranquilo y el cielo estrellado, Susi sentía el olor a sábanas recién recogidas de los alambres del prado. El sol y el viento se encargaban de secarlas; y las esencias del bosque, las plantas y flores, o la hierba recién cortada; de perfumarlas.
Susi y Manuel nunca usaban suavizante porque así sentían en el lecho esas fragancias naturales. Les gustaban las sábanas un poco ásperas, para notar el placentero masaje del tejido embravecido los dos primeros días una vez hecha la cama con ellas.
Susi quería alejarse de vez en cuando para estar cerca de Manuel. Quería no verlo durante un tiempo para después apreciarlo y disfrutarlo tal cual es. Soñar con él. Poder convertir ese sueño en una bella y palpable historia real.
Susi quería despedirse de él en el puerto, en la estación de tren o autobús, en los aeropuertos... porque así se puede amar y abrazar con mayor intensidad, pasado un tiempo, al regresar.
sábado, 7 de enero de 2017
41. A vueltas con la existencia
Con lo ocupada que estaba India entre cuidar de Susi y tratar de comunicarse infructuosamente con su abogado, había olvidado comentarle lo del misterioso sujeto que anduvo detrás de ella el día anterior.
-Ayer, cuando salí a la farmacia y a comprar comida, vi a un hombre que me seguía. Luego se colocó en la cola justo detrás de mí, y me abordó. Yo me asusté porque me dio mala espina. Me perseguía, y creo que no traía buenas intenciones -le dijo India a Susi.
-¡Pero mujer! ¿No será que estás nerviosa por andar caminando sola por las calles de Caracas? -le respondió Susi.
-No. Te he dicho que vi a ese hombre siguiéndome por el boulevard. Había algo extraño en él, no era un simple ladrón que vigila a una mujer sola. Creo que se trata de alguien que sabe bien quién soy. Es mi percepción.
-A ver, India, en esta ciudad viven casi seis millones de personas y todas van caminando unas detrás de otras -argumentó Susi, tratando de calmarla-. Si fuera de noche, en una calle solitaria, no habría lugar a dudas; pero a mediodía, en medio de tanta gente, es difícil observar si alguien te sigue o no.
-Bueno, ojalá sea así. Espero que no nos estén siguiendo debido a la fortuna que dejó enterrada mi bisabuelo Isisoro.
-Quédate tranquila, mujer -le dijo Susi-. Por cierto, hoy no te veo muy bien, India.
-No me siento como otros días. Estoy nerviosa. Pero tú ya tienes bastante con tu enfermedad.
-¿Qué te preocupa?
-La existencia, Susi, mi existencia.
-¿Por qué? India.
-Si Dios era la Nada y se transformó en el universo, atravesándose el pecho con la espada del tiempo; como tú me has dicho alguna vez; Dios se ha convertido, entonces, en una mierda de mundo.
-Así es. Ese fue su gran error, construir un universo imperfecto que dio lugar a este mundo tan injusto y feroz.
-Y sin esperanzas de que mejore. Vamos cada vez peor, teniendo en cuenta que la tecnología permite producir a cada punto mucho mejor.
-Quizás existan otras civilizaciones no tan torpes como la nuestra -añadió Susi-. Menos egoístas e insolidarias.
-Nunca lo sabremos.
-Por supuesto que no, India.
-Nos autodestruiremos.
-Ya lo estamos haciendo -añadió Susi.
-Si -afirmó India.
-Dios sabía que en la Tierra habría más pobres que ricos. Y que todos no cabríamos en las tierras de clima benigno, porque hay desiertos abrasadores, estepas frías, hielos estériles...
La aparición del ser humano ha sido un tropiezo de la naturaleza, un callejón sin salida cada vez más pendiente y resbaladizo que nos lleva al precipicio. Nos comemos a los animales, pero también matamos a nuestros iguales. Una de cal y una de arena. Investigamos en el laboratorio, al mismo tiempo, una vacuna y una bomba -comentó Susi.
-¡Qué imperfectos y débiles somos! -dijo India suspirando.
-Tenemos miedo a morir de hambre y por eso acaparamos.
-Si, no pensamos en el otro. Y, además, los que creemos que somos buenos, también estamos en el bando de los malos -destacó India.
-Todos somos insolidarios, unos más que otros. Yo sueño con viajar en vez de ayudar, por ejemplo, en un comedor social. Soy mala por omisión -dijo Susi.
-Yo también. No ayudo a nadie -se autoculpó India.
-¡Pero si a veces apenas puedes ayudarte a ti misma! -dijo Susi-. Por lo menos mientras no sanes del todo.
-Siempre me preocupa la existencia y mi situación.
-Yo tengo solucionada mi situación, pero no encuentro una respuesta a la existencia -dijo Susi.
-Yo tampoco.
-No entiendo por qué hemos evolucionado para ser más conscientes de nuestro dolor. Dios se ha convertido en algo imperfecto, y después se ha lavado las manos.
-Sí. ¡Qué desgracia!
-Yo le llamo Dios, pero no es el mismo que el tuyo.
-Yo creo que sí es el mismo.
-Para mí es lo que explica lo inexplicable. El que hizo el injusto milagro de convertirse en algo bello y feo a la vez, fiero y tierno, casi perfecto y grotesco al mismo tiempo..
A veces tengo miedo de desequilibrarte porque yo soy un perfecto desastre, siempre indagando, interrogando, preocupándome por lo que no tiene cura ni solución -dijo Susi.
-No puedes desequilibrarme porque ya lo estoy -respondió India.
-Y, tú, ¿logras entender la existencia en este mundo? Si el tiempo es ahora infinito, y casi incontable el número de personas que nacerán y morirán ¿cómo me ha tocado a mí?
-No puedes desequilibrarme porque ya lo estoy -respondió India.
-Y, tú, ¿logras entender la existencia en este mundo? Si el tiempo es ahora infinito, y casi incontable el número de personas que nacerán y morirán ¿cómo me ha tocado a mí?
-Te ha tocado porque eras nada y te convertiste en algo, respondió India. Apareciste como parte del milagro de la existencia, de ese algo, y volverás a la nada.
-Te seré sincera. Me gusta la vida. Nunca he pensado en quitármela, aunque un día al mediodía me tropecé con esa opción al entrar en un cuarto poco iluminado por la luz exterior. A veces estoy triste. A veces siento cosas bellas. Pero hubiera preferido no haber pasado por aquí... solo para no tener que estar hurgando en búsqueda de una respuesta que no tengo a la existencia.
-¿Compensa no tener que pasar por aquí para esquivar esa pregunta?
-Sí.
-Y qué me dices de la música, la poesía, las montañas, las caricias, los senderos de los bosques, los amaneceres, la playa, el primer beso... ¿te los perderías?
Pues yo ahora dudo. ¿Cambiarías no venir, por estar ahora con Almir y ser feliz?
-Me haces dudar.
-¿No vendrías aunque supieras que tendrías una vida normal mejor?
-No, porque no se trata de mí sino de la humanidad. La imperfección es de la humanidad. El mundo es demasiado malo. Involucionamos.
-Pero podrías aceptar venir para intentar cambiarlo, o para ayudar a quien sí desea vivir sin tanto dolor o hambre.
-No se puede.
-¿Aceptarías venir solo para ayudar a los demás y despreocuparte de tu yo, de tu estómago, y de tu sexo? Me olvidaba de que precisamente eso intentaste en esta vida antes de quererle ponerle tú el punto final.
-Sí.
-Y por eso estás como estás...
-Sí.
-¿Cómo ves mis manchas? ¿Crees que estoy curando?
-Ya están desapareciendo. Has mejorado, Susi.
-¿Nos podemos ir mañana?
-Creo que sí. Haré las gestiones para alquilar un carro -concluyó India al tiempo que apagaba la luz de la habitación.
-Sí.
-Y qué me dices de la música, la poesía, las montañas, las caricias, los senderos de los bosques, los amaneceres, la playa, el primer beso... ¿te los perderías?
Pues yo ahora dudo. ¿Cambiarías no venir, por estar ahora con Almir y ser feliz?
-Me haces dudar.
-¿No vendrías aunque supieras que tendrías una vida normal mejor?
-No, porque no se trata de mí sino de la humanidad. La imperfección es de la humanidad. El mundo es demasiado malo. Involucionamos.
-Pero podrías aceptar venir para intentar cambiarlo, o para ayudar a quien sí desea vivir sin tanto dolor o hambre.
-No se puede.
-¿Aceptarías venir solo para ayudar a los demás y despreocuparte de tu yo, de tu estómago, y de tu sexo? Me olvidaba de que precisamente eso intentaste en esta vida antes de quererle ponerle tú el punto final.
-Sí.
-Y por eso estás como estás...
-Sí.
-¿Cómo ves mis manchas? ¿Crees que estoy curando?
-Ya están desapareciendo. Has mejorado, Susi.
-¿Nos podemos ir mañana?
-Creo que sí. Haré las gestiones para alquilar un carro -concluyó India al tiempo que apagaba la luz de la habitación.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
40. Almir se escapa del hospital
Almir tenía todo preparado para escapar del hospital aquella noche y no arriesgarse durante más tiempo a ser detenido y encarcelado. Le daba igual que tuviera la cabeza abierta como una sandía madura, y todas las ideas y los recuerdos revueltos; algunos extraviados para siempre después del fatal golpe que llevó en el cráneo y el raspazo que le cercenó de cuajo una de sus pequeñas orejas. Incluidos en el conjunto de esos recuerdos perdidos, estaban la bella cara de India, su voz melosita, sus caricias, sus advertencias sobre los peligros que le acecharían en Brasil, y sus repetidos, a veces llorando, "no te vayas, te lo suplico", "presiento que no volverás", "regresa pronto, mi amorcito."
La raja del cráneo seguro que cerraría pronto porque sus bordes, a punto de soldarse, estaban regados por sangre joven, vigorosa, y restañadora.
Pero Almir se preocupaba mucho por haber perdido el pabellón auditivo de su lado izquierdo. La falta casi absoluta del cartílago sería un handicap cuando intentara pasar desapercibido en los pasos fronterizos, las tiendas, las posadas y los bares de carretera. En el hospital figuraba escrito el diagnóstico: "Traumatismo craneal y amputación accidental de la oreja izquierda." Y la policía tendría acceso al historial, aunque fuera ilegal.
Almir debía dejarse el cabello largo antes de partir, para así eludir mejor los controles que no pudiera esquivar. Ello no era tarea rápida, ya que lo tenía rizo, y el pelo, cuanto más enroscado y encaracolado, más tarda en tapar las orejas, a diferencia de aquellos que son lacios y distendidos, y están siempre haciendo cosquillas o dándole calor al hélix de los pabellones auditivos en zonas de clima benigno.
Brasil es un país muy grande, casi tan enorme como los Estados Unidos o cuarenta países europeos diferentes juntos. Y eso constituiría una ventaja para él. Cuanto más extensa es una nación, más complicado y difícil es el control de sus fronteras o la búsqueda de un fugitivo. Si a ello se le agrega la exuberante vegetación, Brasil constituye el país idóneo para que uno no sea encontrado nunca si se lleva una vida exenta de actividad social.
Pero el objetivo de Almir no era convertirse en un ermitaño, o vivir como un indígena, escapando u ocultándose siempre.
Almir quería llegar a Norteamérica e iniciar una vida nueva. Tenía mucho tiempo por delante e ilusión suficiente para poner en marcha un gran proyecto.
Deseaba buscar oro, sí, pero de una manera diferente a la minera, tal como lo había hecho durante los últimos cinco años. Quería descubrir dónde estaba oculto el metal precioso, pero un oro con mayor valor añadido: monedas, joyas, objetos antiguos, imágenes religiosas, sarcófagos, y hasta construcciones ocultas bajo tierra, todos ajenos a la luz y el paso del tiempo, al ataque de los elementos y los saqueadores, a la podredumbre y la oxidación que padecen otros metales y aleaciones no tan nobles como el bronce o el cobre.
Pero el objetivo de Almir no era convertirse en un ermitaño, o vivir como un indígena, escapando u ocultándose siempre.
Almir quería llegar a Norteamérica e iniciar una vida nueva. Tenía mucho tiempo por delante e ilusión suficiente para poner en marcha un gran proyecto.
Deseaba buscar oro, sí, pero de una manera diferente a la minera, tal como lo había hecho durante los últimos cinco años. Quería descubrir dónde estaba oculto el metal precioso, pero un oro con mayor valor añadido: monedas, joyas, objetos antiguos, imágenes religiosas, sarcófagos, y hasta construcciones ocultas bajo tierra, todos ajenos a la luz y el paso del tiempo, al ataque de los elementos y los saqueadores, a la podredumbre y la oxidación que padecen otros metales y aleaciones no tan nobles como el bronce o el cobre.
Almir quería escapar porque, en un intento de arrebatarle las pepitas de oro que tenía escondidas en su cabaña, pensó que había dejado casi heridos de muerte a dos peruanos con su machete. Aunque no quiso matarlos, esquivando con la reluciente y afilada hoja la cabeza y el tronco de los dos ladrones, las heridas en las extremidades fueron graves, y mucha la sangre que iban derramando en el suelo al escapar.
Almir pensó que podrían denunciarlo, y casi seguro, que intentarían algo mucho peor, vengarse pagándoles a otros con más experiencia para que le dieran una buena paliza y, después, muerte.
Si no fuera por el accidente que tuvo, cuando lo pilló desprevenido el árbol, dos días después del intento de robo, seguramente hubieran dado con él en la cabaña, y esa vez no sería solo para llevarse el oro, sino para dejarlo muerto de verdad sobre la hamaca, o en el suelo, con un par de tiros bien metidos en el corazón o en el cráneo.
No le quedaba más remedio que marchar. Si no lo hacía tendría que rendir cuentas ante la justicia, o mucho peor, delante de los cañones de un par de matones. Esos que no se andan nunca con miramientos ni con rodeos. Los sicarios van directos al grano. Preguntan por la plata o por el oro, y si la respuesta no los conduce hasta ellos en pocos minutos, o simplemente no les parece muy convincente, vuelven a dar otra oportunidad; pero ya con la pistola pegada a la sien, y el dedo en el gatillo, presionándolo ligeramente, igual que se le hace al pedal del embrague cuando descansa el pie sobre él; aplicando nada más la fuerza justa para que el reo vea, de reojo, que la maniobra no es solo intimidatoria, y que el peligro de muerte es tan real como la imagen amenazante del verdugo. Los sicarios apretan el gatillo, pero sin pasarse, no vaya a ser que el pájaro se marche sin cantar al otro barrio.
Almir pensó que podrían denunciarlo, y casi seguro, que intentarían algo mucho peor, vengarse pagándoles a otros con más experiencia para que le dieran una buena paliza y, después, muerte.
Si no fuera por el accidente que tuvo, cuando lo pilló desprevenido el árbol, dos días después del intento de robo, seguramente hubieran dado con él en la cabaña, y esa vez no sería solo para llevarse el oro, sino para dejarlo muerto de verdad sobre la hamaca, o en el suelo, con un par de tiros bien metidos en el corazón o en el cráneo.
No le quedaba más remedio que marchar. Si no lo hacía tendría que rendir cuentas ante la justicia, o mucho peor, delante de los cañones de un par de matones. Esos que no se andan nunca con miramientos ni con rodeos. Los sicarios van directos al grano. Preguntan por la plata o por el oro, y si la respuesta no los conduce hasta ellos en pocos minutos, o simplemente no les parece muy convincente, vuelven a dar otra oportunidad; pero ya con la pistola pegada a la sien, y el dedo en el gatillo, presionándolo ligeramente, igual que se le hace al pedal del embrague cuando descansa el pie sobre él; aplicando nada más la fuerza justa para que el reo vea, de reojo, que la maniobra no es solo intimidatoria, y que el peligro de muerte es tan real como la imagen amenazante del verdugo. Los sicarios apretan el gatillo, pero sin pasarse, no vaya a ser que el pájaro se marche sin cantar al otro barrio.
jueves, 22 de diciembre de 2016
39. Susi sigue enferma en Caracas
India y Susi llevaban ya más de dos días en el hotel.
La habitación, que al entrar parecía un escenario sin estrenar pulcro e inmaculado, se fue convirtiendo, poco a poco, en un espacio cotidiano y familiar, en una estancia con signos de haber sido usada por otros, e incluso, pasada de moda, con algunos detalles de la decoración desfasados, aunque no vulgares, chabacanos o de mal gusto estético.
Susi, desde la cama, tuvo tiempo suficiente para buscarle muchos defectos a una habitación de cien euros que no debería tenerlos justamente por su precio, o al menos, que debían ser corregidos; no todos, pero sí aquellos que estaban relacionados con la falta de limpieza profunda o el correcto mantenimiento de las instalaciones y el mobiliario.
Dos de los tres cuadros que había colgados enfrente, suspendidos con alcayatas atornilladas en la pared blanca, estaban ligeramente desnivelados, uno vertiendo a la derecha, y el otro hacia el lado contrario. Al estar mal colocados, de forma simétrica, el efecto visual provocaba mucha más desazón en Susi, quien no tenía ganas de levantarse para corregir aquel desaguisado.
Los tres estaban situados a la misma altura del suelo y también eran del mismo tamaño, unos veinte por treinta centímetros. Tenían los marcos muy sencillos y todos de color marrón. Representaban tres playas de forma divina. Arena, agua y cielo superpuestos. Escenas nocturnas con las olas perfectamente pintadas para que pudieran convertirse en un significante comodín: nieve sobre las montañas lejanas, alumbrado de pequeños pueblos diseminados por toda la sierra, o espuma blanca haciendo equilibrios sobre las olas.
Los tres óleos apaisados eran evocadores y bellos, y los firmaba la misma pintora, una tal Marisol, alguien que seguro trabajó a destajo poco antes de inaugurarse el hotel vendiendo su obra a peso. Nada menos que doscientos cuadros originales repartidos en las cuarenta habitaciones y los pasillos de la tercera planta.
Algunos ya los habían robado. Sus medidas eran idóneas para meterlos en la maleta o debajo de la chaqueta. En su lugar, colocaban otros, siempre del mismo tamaño, pero ya eran simples fotos de obras pictóricas famosas, o cuadros de autores anónimos como Marisol, aunque de escasa calidad pictórica y carentes de toda emoción o sentimiento.
Resultaba mucho más económico sustituir un cuadro que pintar toda la habitación para borrar las marcas blancas que dejaban en la pared los cuadros que se habían llevado.
En el hotel había una persona encargada exclusivamente de limpiar las "manchas" que quedaban una vez sustraídas las obras; espacios protegidos, casi siempre con forma rectangular, que no habían sufrido los efectos de los agentes "externos" como la suciedad en general, el humo del tabaco, la iluminación interior, las micropartículas del aire acondicionado, o el vapor de las comidas que se servían calientes.
Le llamaban "Tapablancos", y no daba abasto. Dieciséis plantas, multiplicado por una media de cincuenta, resultaba la friolera de unos ochocientos cuadros, y no había día que no robaran dos o tres, de diferente temática, técnicas variadas, tamaños desiguales y marcos con todo tipo de molduras: muy sencillas hechas con listones de madera, barrocas, metálicas...
El trabajo resultaba engorroso porque no se podían eliminar de cualquier manera aquellas marcas rectangulares blancas que descubrían diariamente los empleados de la limpieza. Si todas las obras de una habitación eran óleos realistas de paisajes, no pegaba una acuarela abstracta, ni tampoco una fotografía de un Picasso cubista. Y lo mismo ocurría con el tamaño, que solía ser el mismo en cada habitación o pasillo. Un cuadro pequeño no tapaba una marca grande, ni pegaba en medio de los cuadros de mayor tamaño. Y algo similiar pasaba cuando faltaba uno pequeño.
Susi también se fijó en más defectos de la habitación.
Las rejillas de la ventilación tenían mucho polvo y carbonilla acumulados. Ello indicaba que nunca se habían limpiado los conductos que transportaban el aire acondicionado.
La mesita de noche ocultaba unas rayas, aunque había que levantar la lámpara y el tapete para poder verlas. El garabato parecía ser obra de niños. Estaba realizado con poco acierto formal, quizás con una llave, u otro utensilio puntiagudo.
La moqueta del suelo tenía diminutos cráteres ocasionados por las brasas desprendidas de los cigarrillos en un descuido. Eran huellas de otros tiempos, cuando se podía fumar casi en cualquier lugar, incluidos los colegios y los hospitales.
El tabaco también había dejado sus huellas en el cuarto de baño sobre las superficies que estaban fabricadas con algún tipo de plástico, aunque las habían pulido convenientemente para quitarles, por lo menos, el color torrado.
Las paredes alicatadas del baño tenían un azulejo roto, aunque solo una pequeña esquina, detrás del bidé, bastante difícil de ver.
El moho comenzaba a adueñarse de las juntas que estaban más expuestas al agua y la humedad, principalmente alrededor de la bañera y el lavamanos. Era evidente que necesitaban un poco de Baldosín desde hacía ya tiempo.
El techo de escayola del baño parecía recién pintado, pero comenzaba a escascarillar, aunque aún no habían reventado las pequeñas ampollas que se habían formado. Seguramente los operarios no rasparon la superficie correctamente, o emplearon una pintura demasiado barata para ahorrar, o quizás no era debido a ninguna de las dos cosas. Aquello estaba así porque había una pequeña fuga de agua oculta, o incluso, detectada por el encargado de mantenimiento, anotada en la lista de pendientes, y olvidada para siempre.
Susi se dió cuenta de lo que le había ocurrido al entrar en la habitación: deslumbrada por la primera impresión de las cosas, no fue capaz de fijarse en el resto, porque así funciona el cerebro: siempre quiere emitir un juicio o una conclusión de manera inmediata, para no moverse en el pantanoso terreno de la duda, en la tupida selva de los tonos grises, y en la insoportable y molesta espera. Atacar o escapar, entrar o salir, reír o llorar, amar u odiar...
domingo, 18 de diciembre de 2016
38. India y Susi están siendo espiadas
Susi le dijo a India que no quería ir al médico y que prefería reposar en el hotel un par o tres días, hasta que le pasara la fiebre y estuviera en condiciones de regresar a Santa Ana. Le encargó varias cosas de la farmacia, las mismas que había tomado ella cuando padeció la enfermedad, y continuó leyendo El Castillo, metida en la cama.
La habitación del hotel estaba totalmente alfombrada en el suelo y tenía las paredes pintadas. Constaba de dos camas que compartían mesita, dos sofás individuales, una mesa pequeña, nevera, televisión y servicio de wifi gratuito. El cuarto de aseo era amplio y completo, con bañera y bidé.
Desde el gran ventanal se podía ver casi toda la avenida Libertador, abarrotada de coches en las horas punta.
En el precio de la habitación estaba incluido un variado y abundante desayuno, y el aire acondicionado no tenía fallos, como cabía esperar en una habitación de cien euros.
En la recepción les habían asignado la 314. La noche que la alquilaron, al llegar, India le dijo a la recepcionista que quería la 313. Tenía curiosidad por saber si realmente existía. Le contestó que no, y fue entonces cuando India le pidió la 213, a lo cual le volvió a responder lo mismo la joven, que esa habitación tampoco estaba disponible porque en las dieciséis plantas del edificio se saltaba de la doce a la catorce.
-Deme entonces una doble en la planta trece -le dijo India.
-Tiene que perdonarnos, pero esa planta no existe -le contestó la recepcionista.
-¿Cómo que no existe? -preguntó India muy extrañada y asombrada.
-La tenemos, sí, pero está vacía.
-Perdone, pero no lo entiendo.
-Es muy fácil de comprender. Nadie se aloja en ella.
-¿Y qué hay entonces?
-Nada. Ni siquiera tiene tabiques, ni instalación eléctrica, o tuberías; solamente las columnas que soportan al resto del edificio, a la vista.
-Comprendo que nadie quiera dormir en ella, pero podían aprovecharla para el planchador, o el almacén de los muebles y trastos viejos que están esperando para ser recogidos y reciclados -dijo India.
-Nadie querría entrar y trabajar en ella, ni aunque les doblaran el sueldo. Lo hemos podido comprobar en otro hotel que tenemos en Maracay.
Finalmente, India aceptó la habitación 314 en la tercera planta.
Mientras Susi estaba convaleciente, India aprovecharía para tratar de hablar con el abogado que llevaba su caso de despido ilegal en el tribunal.
Llamó por teléfono a su bufete y le informaron que ya Díaz no trabajaba con ellos. Intentó localizarlo llamándolo a su celular, pero no contestaba. Dejó mensajes de voz y de texto que tampoco fueron respondidos. Decidió entonces intentarlo más tarde.
Como Susi debía guardar reposo en el hotel, tendrían que escoger entre el restaurante del hotel o comprar comida para llevar en algún local cercano.
El restaurante del hotel tenía prestigio de preparar buenos platos, así que prefirió pedir que subieran el almuerzo a la habitación.
Susi estaba desganada y casi no probó bocado. Apenas tomó unas cuantas cucharadas del caldo de patas de gallina que India mandó a preparar especialmente para ella en el restaurante. Este tipo de sopa es la que le dan a los enfermos para que se alivien pronto, pero a Susi no le gustaba para nada la idea de comerlo por temor a que estuviera hecha con más pluma que pata del ave.
En la tarde, India hizo otra vez el intento de comunicarse con el abogado sin lograrlo.
Hacía meses que trataba de contactarlo sin resultado alguno.
Por casualidad, pudo hablar una vez con él por teléfono desde Santa Ana, y se enteró de que habían ganado el caso, pero el abogado le dijo a India que estaba a la espera de que el juez emitiera la ejecución de la sentencia y ordenara al ministro correspondiente a acatarla.
De eso hacía casi un año, sin contar los cinco que demoró el caso en las dos instancias en las que fue juzgado.
Tal vez India tendría que esperar otro tanto más hasta que, finalmente, le reconocieran sus derechos, le cancelaran los salarios caídos, las incidencias laborales y el bono de alimentación, además de jubilarla.
Al día siguiente volvió a marcar el número de teléfono de Díaz. Le contestó una mujer y le dijo que el abogado estaba en una audiencia y le era imposible hablar con él. India le pidió que por favor anotara su número para que le devolviera la llamada en cuanto se desocupara. La mujer le respondió que le daría su mensaje, colgó el teléfono y ni siquiera se despidió por cortesía.
India estuvo todo el día esperando la llamada sin que sonara el teléfono.
Susi seguía empeorando. Se le habían acentuado los síntomas, y casi no podía levantarse de la cama por el dolor que sentía en los órganos internos del abdomen. Tenía muchas náuseas y pocas ganas de comer desde que llegaron al hotel.
India le trajo algunos antojos a Susi de un restaurante tradicional sencillo, pero muy aseado, que quedaba cerca del hotel.
Salió caminando hacia allá y creyó notar que alguien, un hombre, la seguía de lejos. Entró en una farmacia para comprar más analgésicos y un medicamento contra las náuseas, y se dio cuenta que el misterioso personaje estaba en la cola detrás de ella.
Tenía la piel curtida por el sol, alto, de contextura fuerte, de unos cuarenta años. Vestía pantalones de mezclilla y camisa a cuadros. No parecía de la ciudad, sino venido del campo.
-Buenas tardes -saludó a India.
-Buenas -respondió ella algo cortada.
-En este país todo escasea. ¿Qué viene a comprar?
-Analgésicos y algo para las náuseas. Es para una amiga que tiene zika -le respondió India.
-¿Vive aquí en Caracas? -interrogó el hombre.
-No, estamos de paso. Vinimos por un asunto legal de una demanda que intenté contra el Estado.
-¿Y la ganó?
-Sí, pero no la han ejecutado. ¿Y usted es de Caracas?
-No, también he venido a hacer unas diligencias -dijo el hombre terminando así la charla cuando le tocó el turno a la mujer.
India se dirigió caminando al restaurante, pues quedaba cerca; miró a su alrededor y ya el desconocido no estaba por ningún lado.
India no lo sabía, pero se trataba de un buscador de tesoros de El Tocuyo, ciudad donde vivía el yerbatero a quien ella le confió la historia de las morocotas enterradas por su bisabuelo Isidoro en la hacienda. Ya no era un secreto que las dos mujeres iban a por el tesoro, y ahora las seguían para dar con él.
Finalmente, India aceptó la habitación 314 en la tercera planta.
Mientras Susi estaba convaleciente, India aprovecharía para tratar de hablar con el abogado que llevaba su caso de despido ilegal en el tribunal.
Llamó por teléfono a su bufete y le informaron que ya Díaz no trabajaba con ellos. Intentó localizarlo llamándolo a su celular, pero no contestaba. Dejó mensajes de voz y de texto que tampoco fueron respondidos. Decidió entonces intentarlo más tarde.
Como Susi debía guardar reposo en el hotel, tendrían que escoger entre el restaurante del hotel o comprar comida para llevar en algún local cercano.
El restaurante del hotel tenía prestigio de preparar buenos platos, así que prefirió pedir que subieran el almuerzo a la habitación.
Susi estaba desganada y casi no probó bocado. Apenas tomó unas cuantas cucharadas del caldo de patas de gallina que India mandó a preparar especialmente para ella en el restaurante. Este tipo de sopa es la que le dan a los enfermos para que se alivien pronto, pero a Susi no le gustaba para nada la idea de comerlo por temor a que estuviera hecha con más pluma que pata del ave.
En la tarde, India hizo otra vez el intento de comunicarse con el abogado sin lograrlo.
Hacía meses que trataba de contactarlo sin resultado alguno.
Por casualidad, pudo hablar una vez con él por teléfono desde Santa Ana, y se enteró de que habían ganado el caso, pero el abogado le dijo a India que estaba a la espera de que el juez emitiera la ejecución de la sentencia y ordenara al ministro correspondiente a acatarla.
De eso hacía casi un año, sin contar los cinco que demoró el caso en las dos instancias en las que fue juzgado.
Tal vez India tendría que esperar otro tanto más hasta que, finalmente, le reconocieran sus derechos, le cancelaran los salarios caídos, las incidencias laborales y el bono de alimentación, además de jubilarla.
Al día siguiente volvió a marcar el número de teléfono de Díaz. Le contestó una mujer y le dijo que el abogado estaba en una audiencia y le era imposible hablar con él. India le pidió que por favor anotara su número para que le devolviera la llamada en cuanto se desocupara. La mujer le respondió que le daría su mensaje, colgó el teléfono y ni siquiera se despidió por cortesía.
India estuvo todo el día esperando la llamada sin que sonara el teléfono.
Susi seguía empeorando. Se le habían acentuado los síntomas, y casi no podía levantarse de la cama por el dolor que sentía en los órganos internos del abdomen. Tenía muchas náuseas y pocas ganas de comer desde que llegaron al hotel.
India le trajo algunos antojos a Susi de un restaurante tradicional sencillo, pero muy aseado, que quedaba cerca del hotel.
Salió caminando hacia allá y creyó notar que alguien, un hombre, la seguía de lejos. Entró en una farmacia para comprar más analgésicos y un medicamento contra las náuseas, y se dio cuenta que el misterioso personaje estaba en la cola detrás de ella.
Tenía la piel curtida por el sol, alto, de contextura fuerte, de unos cuarenta años. Vestía pantalones de mezclilla y camisa a cuadros. No parecía de la ciudad, sino venido del campo.
-Buenas tardes -saludó a India.
-Buenas -respondió ella algo cortada.
-En este país todo escasea. ¿Qué viene a comprar?
-Analgésicos y algo para las náuseas. Es para una amiga que tiene zika -le respondió India.
-¿Vive aquí en Caracas? -interrogó el hombre.
-No, estamos de paso. Vinimos por un asunto legal de una demanda que intenté contra el Estado.
-¿Y la ganó?
-Sí, pero no la han ejecutado. ¿Y usted es de Caracas?
-No, también he venido a hacer unas diligencias -dijo el hombre terminando así la charla cuando le tocó el turno a la mujer.
India se dirigió caminando al restaurante, pues quedaba cerca; miró a su alrededor y ya el desconocido no estaba por ningún lado.
India no lo sabía, pero se trataba de un buscador de tesoros de El Tocuyo, ciudad donde vivía el yerbatero a quien ella le confió la historia de las morocotas enterradas por su bisabuelo Isidoro en la hacienda. Ya no era un secreto que las dos mujeres iban a por el tesoro, y ahora las seguían para dar con él.
miércoles, 14 de diciembre de 2016
37. Susi tiene Zika
Eran las cuatro de la madrugada cuando Susi se cansó de dar vueltas en la cama del hotel y se levantó para sentarse a leer en el sofá un capítulo de El Castillo, una novela inconclusa de Franz Kafka.
India, en cambio, se quedó dormida plácidamente después de ducharse y tomarse la melatonina.
La estancia en la cárcel de mujeres y la espera previa en la cola para entrar en ella, habían cansado de tal manera a Susi, que no se sentía con ánimos para afrontar el viaje de regreso a Santa Ana, así que decidieron entregar el carro alquilado en la agencia y dormir en un hotel.
India ya le había notado algo raro a Susi por la mañana. La veía desganada, poco concentrada y demasiado apática a juzgar por el comportamiento que intentó ocultar sin conseguirlo en varias ocasiones a lo largo de todo el día.
Esperando para entrar en la prisión, hubo un momento en que Susi quiso desistir y tirar la toalla, pero no le dijo nada a India, seguramente mucho más estresada incluso que ella, pero, al fin y al cabo, enferma de la cabeza o los nervios según los médicos, así que no era cuestión de dar mal ejemplo.
Susi tuvo que apartar la vista del libro y dejarlo sobre la mesita que había entre los dos sofás. Notó algo de sofoco y se mareaba. Siempre que le ocurría esto, solía acabar arrastrándose por el suelo afectada por un horrible ataque de ansiedad. Le daban náuseas y vértigo. Pensaba que se iba a morir, y era incapaz de vomitar para poder quedar relajada y aliviada.
Pero no, esta vez no era lo mismo porque tenía fiebre y le comenzaba a doler bastante la cabeza.
Susi dejó el libro definitivamente, y se fijó en cómo iba dibujando la sábana el cuerpo de Inda desde los pies hasta la cintura. El resto estaba al descubierto. India mostraba la espalda, el cuello, la cabellera negra y parte de un seno asomando por debajo del brazo derecho.
Susi temía ser incapaz de llegar nunca a alguna parte, igual que K., el agrimensor y personaje central de El Castillo. De hecho, la entrevista con Martinha no había producido ningún fruto. La mujer solo les había dicho que no tenía constancia de que su hermano hubiera muerto, pero tampoco disponía de indicios que le permitieran afirmar que aún se
encontrara en algún lugar con vida.
Martinha tuvo muy claro, durante la larga conversación, que Almir llegó con vida al hospital tras el accidente, y que de allí salió por su propio pie, aunque nunca supo a dónde. Por qué se marchó aún enfermo antes de tiempo es algo que tampoco le explicó en su última llamada telefónica.
India y Susi querían encontrar a Almir antes de comenzar a buscar el loro y el tesoro, más que nada porque así lo deseaba India para poder andar más ligera por la vida, sin tener que arrastrar una carga tan pesada: no saber si el amor de su vida, la persona que le dijo que volvería algún día, estaba vivo o muerto.
En el caso de mantenerse con vida y llegar a encontrar a su amado, India sería comprensiva con él, y con los motivos por los cuales Almir tomó la decisión de no volverse a ver nunca más con ella.
Era normal y lógico que pudiera estar casado, o tener hijos, y hasta nietos. Nada le reprocharía por haber organizado la vida en su país, pues era lógico que lo hiciera no muy lejos del trabajo. Seguro que le resultó muy difícil soportar la soledad, y por eso no le fue suficiente con los besos que le enviaba India en las cartas, ni con los "ven pronto, te necesito" que tantas veces le repetía.
India y Susi no sabían que Almir no estaba muerto, y que, casualmente, a los tres les esperaba el mismo destino. Todos andaban buscando oro, el mismo metal precioso que hacía más de cien años que no relucía al sol, a la luz de una linterna que lo acababa de descubrir, o a los focos de un museo, detrás del grueso cristal de una vitrina.
A veces, Susi dudaba de la existencia del tesoro. Aunque deseaba creer que era verdad lo que India le había contado de Isidoro, su bisabuelo, también pensaba que podía tratarse de una alucinación o una simple mentira con la cual engatusar a Susi para poder viajar a su costa, porque ella no tenía dinero.
No se debía menospreciar que India había estado muy enferma, y que ello pudo alterar algún recuerdo de su juventud, cuando anduvo investigando sobre sus orígenes. Además, desconfiaba del mismísimo Isidoro. Susi no entendía cómo el bisabuelo de India se pudo marchar para el otro mundo sin decirle a nadie dónde estaban las morocotas de oro, guardadas, según su hija, en un baúl construido con cerne de roble gallego, cortado en el menguante de enero, porque, al parecer, la madera que se tira fuera de tiempo, acaba pudriéndose antes, y, con ella, los vinos, los muebles, el sostén de los tejados o las embarcaciones.
India seguía durmiendo, ajena a las elucubraciones y la desconfianza que en ocasiones tenía Susi de ella, pero se despertó de repente cuando su amiga le pidió ayuda desde el suelo. Al verla tendida sobre la alfombra, con náuseas, se le acercó, puso su cabeza sobre la almohada que tomó de la cama, se levantó y trajo del cuarto de baño una toalla.
Ya de de nuevo a su lado, arrodillada, pudo ver que Susi tenía pequeños puntos enrojecidos en algunas partes del cuerpo, aunque no en la cara.
India, al observarlos atentamente, supo de inmediato que Susi estaba enferma de Zika, ya que también ella se había contagiado hacía un par de años, y de aquella, tuvo los mismos síntomas de la enfermedad, aunque no las arcadas.
India ya le había advertido a Susi, antes de que aterrizara en Caracas, que debía ponerse crema repelente contra los mosquitos por la epidemia de dengue, chikungunya y zika, infecciones que campaban a sus anchas y sin control en Venezuela.
Estas tres virosis son transmitidas por la picadura de zancudos que previamente hayan picado a otra persona enferma.
Susi tendría que guardar reposo hasta que se le aliviaran los síntomas, porque de lo contrario podrían complicarse las cosas y pasar a mayores. Solo podría tomar medicamentos para el dolor y la fiebre, algún antiviral, y tener mucha paciencia.
lunes, 12 de diciembre de 2016
36. Por fin encuentran a Martinha en una cárcel de Caracas
Eran las cuatro de la madrugada cuando India y Susi se cansaron de bailar en la fiesta y decidieron irse a la cama. Estaban agotadas del estrés que habían pasado encerradas en el carro, poniendo en riesgo tantas horas sus vidas en medio de la autopista, el escenario preferido por los malandros para cometer los atracos y salir después a toda velocidad.
Por la mañana, India se despertó cuando sonó el celular. Eran las nueve, y Susi siguió durmiendo en la misma cama de India, ajena a las obligaciones que ambas tenían aquel día.
La operadora de la compañía de alquiler habló por el altavoz con mucha educación y amabilidad. Seguro que ya sabía que podía caerle un chaparrón.
-Buenos días. Le llamamos para avisar que hemos enviado otro vehículo de la empresa que sustituya al averiado. El chofer ya está en el lugar que indicaron con las llaves, pero allí no encontró a nadie.
India le reclamó muy molesta, y le dijo que habían tenido que irse caminando a pedir ayuda a un pueblo cercano. Le dio la dirección de la casa y ni siquiera se despidió antes de colgar el teléfono.
Después despertó a Susi haciéndole cosquillas en la cintura.
-Levántate y apura, perezosa, que ya nos han traído otro carro.
En la casa solo estaban Josefina y sus nietas. Las dos niñas dormían en la otra cama de la habitación. Al ver despiertas a India y Susi, comenzaron a reírse y se escondieron tapando la cabeza con la sábana. Las espiaban por dos pequeñas mirillas para ver cómo se vestían y recogían todo en la pequeña maleta. Las niñas no tendrían más de cinco años, y les hacía gracia ver a las dos mujeres totalmente desnudas, con el culo, las tetas, y los tupidos felpudos al aire.
Se vistieron rápidamente porque alguien golpeó en la puerta de la casa, justo debajo del cuarto que ocupaban. Seguro que era el chofer de la grúa.
El conductor de la compañía venía en el vehículo nuevo, pues ya lo había cambiado por el averiado en la misma autopista.
India tomó las llaves y firmó unos papeles encima del capó. Después, ambas mujeres subieron el equipaje, se montaron en el vehículo y arrancaron nuevamente a Caracas.
Por el camino India le contó a Susi que la cárcel de mujeres a donde iban era un lugar muy feo y peligroso. India nunca había estado ahí, pero tenía conocimiento de las malas condiciones en que se encontraban las detenidas, y también de las peleas que se formaban durante las visitas, por lo que debían tener cuidado y ser muy precavidas.
Cuando llegaron a las inmediaciones de la cárcel, dejaron el carro en un estacionamiento cercano vigilado y se fueron caminando.
Susi se sorprendió mucho al ver la fila que había para entrar al penal. La mayoría de los que esperaban eran mujeres con niños cargadas con bolsas de ropa y comida ya preparada. Con la escasez de alimentos que había en el país, se sabía que las internas pasaban hambre.
Las dos amigas cayeron en la cuenta de que no llevaban nada para Martinha. Compraron una sopa y varias empanadas en un kiosko cercano, y se pusieron en la cola.
Delante de ellas esperaba también un muchacho que no debía tener más de veinte años. Llevaba una niña agarrada en cada mano y en la espalda una mochila. India y Susi hablaron largo rato con él. Manuel, como así se llamaba, les dijo que su mujer estaba detenida por un robo a mano "armada" cometido con una pistola de juguete. Harta de ver cómo las niñas pasaban hambre, decidió probar suerte en una oficina bancaria. Manuel no se atrevía, y decidieron que lo haría ella porque la condena podría ser menor. Era mujer y tenía dos niñas, un atenuante ante el juez.
Manuel les contó que temió durante el atraco por la vida de su mujer, pero que ahora era mucho peor.
La droga, la extorsión y la violencia estaban a la orden del día en el interior de la prisión de mujeres. Además, dos grupos muy sanguinarios se disputaban con acuchillamientos casi diarios el monopolio del negocio: drogas, alimentos, teléfonos móviles... Se llegaba al extremo, incluso, de amenazar con quitarle a vida a los niños que residían en la cárcel con sus atemorizadas madres, algunas muy jóvenes.
Luego de esperar tres largas horas en la cola, India y Susi lograron entrar al área de la requisa.
Una mujer vestida con uniforme de la Guardia Nacional las metió en un cuarto pequeño y les ordenó que dejaran lo que traían sobre la mesa y se desnudaran.
India y Susi se quedaron perplejas. No entendían por qué debían quitarse la ropa.
-Vamos, vamos, que no tengo todo el día -les increpó la mujer.
Las dos amigas se quedaron en sostén y pantaleta.
-¡Les he dicho que se desnuden! -gritó la nerviosa celadora.
India le dijo a Susi que obedeciera, haciéndolo ella también sin volver a rechistar.
-¡Agáchense y salten! ¡Vamos! -les dijo la mujer mientras revisaba las carteras y la bolsa con la comida-. ¿Seguro que no traen droga escondida en la cuchara? -les preguntó.
-No traemos nada -le dijo India-. ¡Esto es un abuso!
-¡O te dejas revisar, o no pasas y te vas de nuevo por donde has venido! -le contestó la mujer.
Susi e India se quedaron quietas mientras la efectivo militar les tocaba la vagina y el ano. Estaban avergonzadas e indignadas.
-Ya pueden vestirse y pasar. Que pase el siguiente -gritó la mujer con cara de mala leche.
El edificio era una construcción prácticamente en ruinas. Las paredes estaban sucias y con la pintura descascarillada. Las reclusas se mezclaban con los visitantes, los niños y las funcionarias de la cárcel, como si de una feria o un mercado se tratara.
Habían varios pabellones con hileras de camas de bloque. Olía mal y el agua escaseaba en los baños. Solo abrían la llave de paso dos veces al día, y las colas eran tan largas como las que se formaban afuera para poder entrar en la prisión.
India y Susi preguntaron a una interna por Martinha Sobrinho, pero no la conocía.
Deambularon por todo el penal más de una hora, hasta que, finalmente, India la reconoció.
-¡Martinha! -gritó India.
-¡Amiga! ¿Qué haces aquí? -le respondió la triste y delgada mujer.
-Te hemos estado buscando en Isla Perlas, pero nos dijeron que te habían detenido y trasladado aquí, así que vinimos a verte. ¡Qué alegría saber que estás bien! -le dijo India con lágrimas en los ojos mientras la abrazaba.
viernes, 9 de diciembre de 2016
35. India y Susi asisten sin querer a una boda de pueblo
La autopista que conduce a Caracas desde el Puerto de San Juan estaba con poco tráfico cuando India y Susi salieron de la posada.
Demorarían unas cuatro horas en el viaje, si no ocurría ninguna cosa imprevista. Apenas estaba amaneciendo y calcularon que tendrían tiempo de llegar a la cárcel de mujeres para poder ver a Martinha.
De repente, a mitad de camino el carro comenzó a fallar. India se pasó al canal lento y de ahí al hombrillo, hasta que el motor se apagó.
-¡Dios! ¿Y ahora qué hacemos? -exclamó India muy preocupada-. Quedarnos en mitad de la autopista es muy peligroso por los malandros.
Miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que estaban en las afueras de un pueblo.
-¡Hostias! -dijo Susi muy molesta-. ¡Cómo nos alquilan un coche averiado! Se supone que debería estar en perfecto estado. Debemos llamar a la compañía. Buscaré el número en los papeles del contrato que nos han dado.
-El carro está bien. Lo que falla es la mierda que le han echado en la última gasolinera. ¿Recuerdas dónde fue? -preguntó India.
-Qué más da dónde la pusieron. El daño ya está hecho. Anda, llama de una vez a la compañía.
Luego de telefonear y dar el punto kilométrico donde estaba parado el vehículo, la operadora de la empresa prometió que enviaría una grúa para auxiliarlas.
Las mujeres se quedaron dentro del carro con las puertas cerradas. Estuvieron esperando hasta que casi anocheció sin que apareciera la grúa por ningún lado. Fue entonces cuando decidieron salir y ponerse a caminar hasta el pueblo donde pedirían ayuda.
Aquel día se celebraba una boda en el núcleo rural al que llegaron tras caminar poco más de un kilómetro entrada ya la noche.
Los vecinos de las parroquias limítrofes comenzaron a llegar a eso de las once de la mañana.
La casa de Javier, el novio, era bastante grande, pero había la costumbre de dejar todos los regalos expuestos afuera: un racimo grande de plátanos verdes, una arroba de garbanzos, un saco de maíz sin desgranar, dos acures vivos en jaulas de rejilla metálica, caraotas negras, yuca, arroz, azúcar, ron, cuatro pollos, dos vivos y dos ya desplumados, tres camisas bordadas, cuatro pares de zapatos, una cama de caoba desmontada, media docena de juegos de sábanas...
La ceremonia estaba prevista para el mediodía en la iglesia de adobe, blanqueada unos días antes con una lechada de cal en las paredes exteriores, y luciendo una campana de bronce que se estrenaría ese día dando sus primeros toques a las doce.
La novia llegó a lomos de una yegua blanca con la cola rizada y varias manchas negras en la panza. Sobre ella una mujer todavía virgen, morena y bella, de amplias caderas y lindos pechos para amamantar muchos hijos.
Una muchacha calzada con sus mejores botas de cuero y un pantalón amplio ceñido nada más en la cintura. Sobre el resto de su cuerpo, una camisa blanca bordada que le había regalado una hermana, y un sombrero de ala ancha, muy femenino, comprado en la Feria Anual de Guaca que se celebra el primer domingo de mayo.
Carmín rojo en los labios. Un poco de colorete en las mejillas. La cara con una gran sonrisa mostrando dos hileras de dientes simétricos y perfectos, de color blanco mate, como las dos nubes que tenía sobre su cabeza.
El novio llevaba una camisa roja, un cinturón con chapa bañada en oro y, debajo, pantalón negro tapándole las botas de media caña.
El cinturón fue cosa de su madre. Nunca se lo dejó poner hasta esa fecha tan señalada. Por eso no tenía el cuero cuarteado ni los agujeros dados de sí.
El pantalón no era de su talla y le quedaba algo escaso. Le marcaba en exceso el miembro, como si fuera un torero.
Tras la comida del mediodía ofrecida a los invitados, la fiesta continuó hasta la noche.
India y Susi llamaron en la primera casa que encontraron y le explicaron la situación a una señora que estaba muy atareada.
Las invitó amablemente a pasar, les ofreció un vaso de agua que aceptaron con gusto, y se sentaron en la sala. Les dijo que se llamaba Josefina y, antes que nada, quiso saber sus nombres para dirigirse a ellas.
En la casa había mucha gente ajetreada andando de un lado para el otro. La señora les explicó que era debido a la boda su hijo mayor y les ofreció quedarse hasta que resolvieran su problema.
La novia llegó a lomos de una yegua blanca con la cola rizada y varias manchas negras en la panza. Sobre ella una mujer todavía virgen, morena y bella, de amplias caderas y lindos pechos para amamantar muchos hijos.
Una muchacha calzada con sus mejores botas de cuero y un pantalón amplio ceñido nada más en la cintura. Sobre el resto de su cuerpo, una camisa blanca bordada que le había regalado una hermana, y un sombrero de ala ancha, muy femenino, comprado en la Feria Anual de Guaca que se celebra el primer domingo de mayo.
Carmín rojo en los labios. Un poco de colorete en las mejillas. La cara con una gran sonrisa mostrando dos hileras de dientes simétricos y perfectos, de color blanco mate, como las dos nubes que tenía sobre su cabeza.
El novio llevaba una camisa roja, un cinturón con chapa bañada en oro y, debajo, pantalón negro tapándole las botas de media caña.
El cinturón fue cosa de su madre. Nunca se lo dejó poner hasta esa fecha tan señalada. Por eso no tenía el cuero cuarteado ni los agujeros dados de sí.
El pantalón no era de su talla y le quedaba algo escaso. Le marcaba en exceso el miembro, como si fuera un torero.
Tras la comida del mediodía ofrecida a los invitados, la fiesta continuó hasta la noche.
India y Susi llamaron en la primera casa que encontraron y le explicaron la situación a una señora que estaba muy atareada.
Las invitó amablemente a pasar, les ofreció un vaso de agua que aceptaron con gusto, y se sentaron en la sala. Les dijo que se llamaba Josefina y, antes que nada, quiso saber sus nombres para dirigirse a ellas.
En la casa había mucha gente ajetreada andando de un lado para el otro. La señora les explicó que era debido a la boda su hijo mayor y les ofreció quedarse hasta que resolvieran su problema.
Fue así como India y Susi se instalaron en una de las habitaciones de la casa que compartirían con las nietas.
La señora Josefina les contó que para casar a su hijo José habían engordado un puerco con el que prepararon el asado, los chicharrones y las butifarras. Mataron también dos chivos y los picaron menudo en la sopa, y con las caraotas que cosecharon en la finca de la familia cocinaron más de quinientas hallacas.
Eso alcanzaría para dar de comer a todo el pueblo, más los invitados que viajaron de otros poblados aledaños, incluyendo la cena a la que habían sido invitadas también las dos mujeres agregadas.
India y Susi se bañaron en un pequeño recinto improvisado en el patio de la casa, al aire libre. Hacía años que no se usaba. En su interior ataban por los cuernos a las vacas en celo para que el toro las montara. Solo constaba de una manguera y tres tabiques de madera. No tenía puerta.
Con las narices pegadas al cristal de una ventana del corredor superior, un muchacho adolescente miraba sigilosamente cómo se desnudaban las dos mujeres, mientras se la meneaba en la oscuridad.
Iluminadas por un foco adosado a la pared, fueron espiadas desde lo alto hasta que el muchacho eyaculó.
Le había excitado sobremanera que las hembras fueran unas desconocidas que venían de fuera. Dos personas con mucha más edad que él. Le gustaba, mientras se masturbaba, no saber nada de las vidas de aquellas mujeres, ni por qué razón habían llegado allí. Podían ser su madre o incluso su abuela. Podían estar casadas o solteras. Podía tratarse de una pareja, pues se estaban bañando juntas, aunque solo ayudándose a aclararse con la manguera. Era superior a él y a sus instintos ver a dos inocentes viajeras enjabonándose y aclarándose donde un gran toro de parada escanció tanto semen en otro tiempo.
En la plaza sonaba la música del grupo contratado para amenizar la boda.
Los camareros reclutados entre la familia y los amigos comenzaron a servir el primer plato cuando los novios dieron la señal desde la cabecera de la mesa.
-Vamos, Susi, que nos están esperando. Olvídate del pelo, coño; ya secará él solo.
La señora Josefina les contó que para casar a su hijo José habían engordado un puerco con el que prepararon el asado, los chicharrones y las butifarras. Mataron también dos chivos y los picaron menudo en la sopa, y con las caraotas que cosecharon en la finca de la familia cocinaron más de quinientas hallacas.
Eso alcanzaría para dar de comer a todo el pueblo, más los invitados que viajaron de otros poblados aledaños, incluyendo la cena a la que habían sido invitadas también las dos mujeres agregadas.
India y Susi se bañaron en un pequeño recinto improvisado en el patio de la casa, al aire libre. Hacía años que no se usaba. En su interior ataban por los cuernos a las vacas en celo para que el toro las montara. Solo constaba de una manguera y tres tabiques de madera. No tenía puerta.
Con las narices pegadas al cristal de una ventana del corredor superior, un muchacho adolescente miraba sigilosamente cómo se desnudaban las dos mujeres, mientras se la meneaba en la oscuridad.
Iluminadas por un foco adosado a la pared, fueron espiadas desde lo alto hasta que el muchacho eyaculó.
Le había excitado sobremanera que las hembras fueran unas desconocidas que venían de fuera. Dos personas con mucha más edad que él. Le gustaba, mientras se masturbaba, no saber nada de las vidas de aquellas mujeres, ni por qué razón habían llegado allí. Podían ser su madre o incluso su abuela. Podían estar casadas o solteras. Podía tratarse de una pareja, pues se estaban bañando juntas, aunque solo ayudándose a aclararse con la manguera. Era superior a él y a sus instintos ver a dos inocentes viajeras enjabonándose y aclarándose donde un gran toro de parada escanció tanto semen en otro tiempo.
En la plaza sonaba la música del grupo contratado para amenizar la boda.
Los camareros reclutados entre la familia y los amigos comenzaron a servir el primer plato cuando los novios dieron la señal desde la cabecera de la mesa.
-Vamos, Susi, que nos están esperando. Olvídate del pelo, coño; ya secará él solo.
jueves, 8 de diciembre de 2016
34. Susi tuvo tentaciones
India y Susi tomaron el ferry de vuelta al continente lo antes posible, luego de recibir la llamada de Yubirí informándoles que Martinha había sido detenida por la policía secreta y trasladada a la cárcel de mujeres de Caracas.
No sabían si podrían verla, pero querían intentarlo.
La mala noticia entristeció a India, y Susi notó que su amiga ya no era la misma desde que se había levantado por la mañana.
Ni siquiera las bromas que le hacía conseguían arrancarle una sonrisa mientras regresaban a la costa venezolana en la misma embarcación oxidada que las había llevado a la isla.
El mar estaba en calma, pero se avecinaba una nueva tormenta según las previsiones. Quizás tan fuerte y violenta como la que tuvieron el día que llegaron, la horrible noche que se fue la luz en el restaurante y se encontraron con Yubirí, un personaje misterioso que a Susi le dio mala espina desde el primer momento que la vio.
-Vuelves a estar triste. Parece que mi compañía no es suficiente para ayudarte a superar tu enfermedad -le dijo Susi a India mientras ambas miraban a lo lejos apoyadas en la gruesa barandilla de la proa.
-La cosa no es tan fácil como tú crees -contestó India manteniendo su mirada clavada en el horizonte-. Si dependiera de mí estar bien... Pero no es así. La cabeza nos gobierna, y su mandato puede ser justo o cruel. Si es generoso, nos deja respirar y vivir en paz aunque, paradójicamente, luchemos contra nuestras flaquezas o los problemas cotidianos.
Pero si su gobierno es despiadado, te oprime y te sume en la más absoluta postración o apatía, o te llena de ansiedad para que no encuentres tranquilidad ni descanso.
No existe batalla más inhumana que aquella en la que debes salir de la trinchera ofreciendo los pechos a las balas, sabiendo de antemano que no darás más de diez pasos.
Las bombas hacen mucho daño cuando traen en su interior un racimo escondido: desprecio, olvido, desamor, silencio, incomprensión...
Lo importante son los niños y los jóvenes, como si los mayores o los enfermos tuvieran que apartarse para hacerles sitio, como si haber vivido fuera motivo suficiente para dejar morir a la gente de tristeza, soledad y hastío. Y no se puede llevar la contraria, porque te dirán que es ley de vida y que todo debe seguir su curso natural.
Ley de vida es que no te dejen sola en el último minuto, porque es justamente el único que te queda lleno de pasado, pero sin presente ni futuro, el más volátil. Ya no te asfixias porque no necesitas respirar -dijo India al tiempo que le caían lágrimas.
Susi no supo o no quiso contestar. Prefirió arrimarse a ella y abrazarla, de lado, sin mirarla. Después le dijo:
-Sanarás, te lo aseguro. Y para ya de llorar, no ves que tus lágrimas resultan insignificantes sobre la inmensidad del mar.
Te debes rebelar -dijo Susi.
-¿Enfrentarme contra quién? ¿Levantarme contra mi propia cabeza sin armas? ¿Suplicarle que me gobierne de buena forma? -preguntó India.
-Sí -respondió Susi-. Declararle la guerra.
-¿Cómo puedo hacerlo? -preguntó de nuevo India.
-Si no tienes armamento, búscalo, fabrícalo, o róbaselo cuando esté desprevenida, mientras permanezca medio dormida -aconsejó Susi.
-¿Qué clase de armas? ¿Parecidas a cañones que tiran balas? ¿Algo similar a dejar caer bombas desde los aviones?
-Sí y no. Usa palabras que formen frases. Ideas convertidas en oraciones que vuelen muy alto, tan arriba que no pueda defenderse de ellas con su artillería antiaérea. Una tormenta cargada de pensamientos que descarguen con fuerza sobre ella firmes intenciones, convicciones y fe.
Lo importante son los niños y los jóvenes, como si los mayores o los enfermos tuvieran que apartarse para hacerles sitio, como si haber vivido fuera motivo suficiente para dejar morir a la gente de tristeza, soledad y hastío. Y no se puede llevar la contraria, porque te dirán que es ley de vida y que todo debe seguir su curso natural.
Ley de vida es que no te dejen sola en el último minuto, porque es justamente el único que te queda lleno de pasado, pero sin presente ni futuro, el más volátil. Ya no te asfixias porque no necesitas respirar -dijo India al tiempo que le caían lágrimas.
Susi no supo o no quiso contestar. Prefirió arrimarse a ella y abrazarla, de lado, sin mirarla. Después le dijo:
-Sanarás, te lo aseguro. Y para ya de llorar, no ves que tus lágrimas resultan insignificantes sobre la inmensidad del mar.
Te debes rebelar -dijo Susi.
-¿Enfrentarme contra quién? ¿Levantarme contra mi propia cabeza sin armas? ¿Suplicarle que me gobierne de buena forma? -preguntó India.
-Sí -respondió Susi-. Declararle la guerra.
-¿Cómo puedo hacerlo? -preguntó de nuevo India.
-Si no tienes armamento, búscalo, fabrícalo, o róbaselo cuando esté desprevenida, mientras permanezca medio dormida -aconsejó Susi.
-¿Qué clase de armas? ¿Parecidas a cañones que tiran balas? ¿Algo similar a dejar caer bombas desde los aviones?
-Sí y no. Usa palabras que formen frases. Ideas convertidas en oraciones que vuelen muy alto, tan arriba que no pueda defenderse de ellas con su artillería antiaérea. Una tormenta cargada de pensamientos que descarguen con fuerza sobre ella firmes intenciones, convicciones y fe.
Una vez desalojadas las ideas recurrentes y los malos pensamientos, podrás ocupar la vivienda tú, y plantar en el huerto árboles que en vez de frutos den palabras de aliento, y así poder defenderte contra el desánimo, la debilidad y la falta de fuerza.
-¿Qué palabras o ideas debo usar para colocar en la cabeza de las balas? -preguntó India.
-Las que quieras. Frases que te obliguen a hacer cosas, listas de tareas, "debo hacer sin falta todo esto", o "no me acostaré sin acabar"...
India se quedó pensando en lo que acababa de decirle Susi... Sustituir los malos pensamientos... Lo mismo que le había comentado su nueva sicólogo.
-¿Qué palabras o ideas debo usar para colocar en la cabeza de las balas? -preguntó India.
-Las que quieras. Frases que te obliguen a hacer cosas, listas de tareas, "debo hacer sin falta todo esto", o "no me acostaré sin acabar"...
India se quedó pensando en lo que acababa de decirle Susi... Sustituir los malos pensamientos... Lo mismo que le había comentado su nueva sicólogo.
El problema era encontrar los buenos pensamientos. Cada vez que leía frases de aliento le parecían vacías frente a los problemas mentales que tenía que enfrentar.
Resulta muy fácil imaginar palabras bonitas cargadas de optimismo. Lo difícil es que sean efectivas al enfrentarse con la cruda y negativa realidad.
Su situación actual era preocupante debido a la depresión y la falta de ánimo. Pero tal vez Susi tuviera razón y su sicólogo también. Debía sacar fuerzas así no quisiera para cambiar la negatividad de su mente y volverse optimista.
Habían muchas personas que estaban peor que ella y sin embargo seguían luchando porque no se dejaban vencer por el pesimismo. Sacaban fuerzas de los buenos pensamientos...
India siguió meditando en las palabras de Susi, hasta que llegaron a la posada Los Corales en Playa Luna del Puerto San Juan, donde pasarían la noche antes de continuar el viaje hacia Caracas.
Esa tarde, antes de la cena, volvió una tormenta que provocó otro corte de energía eléctrica. Al menos la posada tenía generador de electricidad de emergencia.
Resulta muy fácil imaginar palabras bonitas cargadas de optimismo. Lo difícil es que sean efectivas al enfrentarse con la cruda y negativa realidad.
Su situación actual era preocupante debido a la depresión y la falta de ánimo. Pero tal vez Susi tuviera razón y su sicólogo también. Debía sacar fuerzas así no quisiera para cambiar la negatividad de su mente y volverse optimista.
Habían muchas personas que estaban peor que ella y sin embargo seguían luchando porque no se dejaban vencer por el pesimismo. Sacaban fuerzas de los buenos pensamientos...
India siguió meditando en las palabras de Susi, hasta que llegaron a la posada Los Corales en Playa Luna del Puerto San Juan, donde pasarían la noche antes de continuar el viaje hacia Caracas.
Esa tarde, antes de la cena, volvió una tormenta que provocó otro corte de energía eléctrica. Al menos la posada tenía generador de electricidad de emergencia.
Susi no podía relajarse y se metió en la cama de India para poder conciliar el sueño, pero tardó en dormirse. Se acordaba de la noche que habían pasado juntas India e Isabel. Y tuvo la misma tentación. Quiso rozarle la piel de uno de sus pechos con las yemas de los dedos, aunque finalmente no se atrevió.
Por la mañana seguía lloviendo, eso sí, con menor intensidad. El carro encendió a la tercera vuelta de llave. Algo estaba fallando en el vehículo alquilado que estaba casi nuevo. Seguramente la bomba de inyección.
Por la mañana seguía lloviendo, eso sí, con menor intensidad. El carro encendió a la tercera vuelta de llave. Algo estaba fallando en el vehículo alquilado que estaba casi nuevo. Seguramente la bomba de inyección.
En Venezuela hace ya tiempo que no se limpian los tanques del combustible en las gasolineras
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