jueves, 2 de marzo de 2017

51. Una noche horrible de verdad


Faltaban pocos minutos para que se apagara la vela y las dos mujeres se acostaron juntas porque Susi ya estaba temblando de miedo.
Susi no le quiso contar a India que en el gran armario empotrado de la estancia había unas escaleras estrechas que subían al desván. Las vió antes de acostarse, mientras fisgoneaba, porque, la verdad, no necesitaban el ropero para nada desde que tuvieron que abandonar todo su equipaje en el vehículo alquilado.
El descubrimiento de Susi significaba que estarían toda la noche a merced de cualquier horrible ser que viviera en los bajos y sobre ellas.
Susi pensaba que los fantasmas o los animales del sótano podían tener un origen marino, debido a que el edificio estaba asentado sobre terreno calizo, y en ese tipo de suelo puede haber también cuevas o simas conectadas con el mar. Además, la habitación tenía un pulpo labrado en los cuarterones de la puerta, cosa que le hizo desconfiar mucho más.
La llama de la vela, por fin, se estaba ahogando en su propio vómito mientras se desintegraba el último milímetro de la mecha.
-¿Sabías, India, que hay personas que interpretan la forma en que arde una vela?
-Sí. Extraño sería que no hubiera algún nicho de negocio sin explotar en este mundo -respondió India de forma irónica.
Una vez que la mortecina luz desapareció, ya nada podían hacer las dos mujeres para ver.
Las pilas de la linterna se habían agotado la noche que durmieron en la selva, y las normas del hotel eran muy estrictas: no habría energía eléctrica hasta el amanecer.
La oscuridad era total porque Susi quiso cerrar la única y pequeña ventana de la amplia habitación para no escuchar el rumor de las olas. Exceptuando la música de una fiesta lejana, el murmullo de los pasillos de un hospital, y alguna situación más; a Susi la ponían de los nervios los ronquidos, los tic tac de los relojes, el goteo de los grifos, el romper de las olas y el ruido de las aguas cercanas de un río cuando intentaba dormir.
Al poco de apagarse la vela, Susi buscó una mano de India con la suya, y se arrimó un poquito más. Las dos estaban cara arriba y los primeros segundos se hicieron eternos. El humo desprendido por la vela, fruto de su agonía final, impregnó el ambiente de un olor característico que pronto desapareció diluido en la atmósfera de la habitación.
-¿Quieres vivir el doble, el triple o mucho más aun? -le preguntó Susi a India.
-No entiendo por qué me preguntas eso ahora. -le increpó India.
-Si cuentas segundos vivirás miles de años, pero hay un pequeño problema.
-¿Cuál? -quiso saber India.
-Solo podrás dedicarte a eso; únicamente a contar segundos. En lo que dejes de hacerlo, volverá a volar el tiempo.
-¡Ah! Ya veo.
-No puedes ver. Estamos a oscuras, ¡jajaja!
-Quiero decir que "ya entiendo" -aclaró India dándole un golpecito con un codo a su amiga en el muslo.
-¿El tiempo existe? -preguntó Susi.
-Sí, pero es relativo -contestó India.
-¿Y qué pruebas tienes de ello? Nadie envejece porque pasa el tiempo, sino porque pasan cosas.
-Claro que envejecemos con el paso del tiempo.
-No. Envejecemos porque se gastan las piezas de nuestros cuerpos. De ahí el futuro de los trasplantes y la robótica. Cuando la mente y la consciencia de una persona puedan vivir dentro de una máquina, seremos eternos. No pasará el tiempo. 
¿Tú puedes tocar el tiempo?
-No -contestó India.
-¿Lo puedes meter en una jaula o una botella?
-No -repitió de nuevo.
-¿Entonces? Las manillas de un reloj se mueven, pero no porque exista el tiempo... 
¿Has escuchado? -preguntó Susi.
-¿Qué cosa?
-Alguien está pisando en las tablas del techo. Me ha caído polvo en la cara que se ha colado por las juntas. Ello significa que el ruído no es fruto de mi imaginación.
-No escucho nada. Recuerda que estoy medio sorda y que no existe diferencia alguna entre un sonido o una sensación irreal sobre la piel de tu cara.
-¿Lo escuchas ahora? -insistió Susi.
-No -repitió India de nuevo.
-¿Sabías que hay unas escaleras en la habitación que suben al piso de arriba?
-No sabía. ¿Dónde están? -preguntó India.
-No te lo dije para no asustarte. Arrancan en el interior del armario empotrado. Son muy estrechas pero por ellas pasa bien un bicho grande o una persona muy corpulenta.
India... alguien está caminando encima de nosotras. Me ha caído polvo otra vez en los ojos.  ¿De verdad que tú no escuchas nada?
-Nada de nada -dijo India.
-¡Estás más sorda que una tapia! Alguien camina en el desván, y ahora lo hace sin ningún sigilo.
-No te preocupes, es para asustarnos -le dijo India a Susi.
- Claro que es para intimidarnos. 
¿Nos podemos tapar con la sábana?
-Hace mucho calor, Susi. Contrólate un poco que me pones nerviosa.
-Tengo que taparme para protegerme. ¿Tú no tienes miedo? -preguntó Susi muy asustada.
-No. La sábana no nos protegerá de nada.
-La avestruz se protege escondiendo su cabeza. ¿No es cierto?
-Eso no la protege -argumentó India.
-Sí que la protege del miedo, como a mí la sábana.
-Te irá mejor si te tranquilizas.
-La sábana por lo menos me protegerá la nuca o la espalda de su aliento. Puede ser un violador, un asesino, un vampiro, un okupacerebros...
India aceptó al final taparse con la sábana, pero le advirtió a Susi que no se fuera a tirar un pedo.
-Con el miedo que tengo puedo hacer cualquier cosa sin querer, así que no me lo tomes a mal, eh. Me puedo hacer caca, pis o escapárseme una chufa.
-¡Ay, Susi! Por favor, contrólate. ¿No dices que eres una gran aventurera?
-Recuerda que este hotel es único en el mundo. Por algo tiene fama. Alguien baja por las escaleras. Estoy contando los escalones, uno a uno...
-¿Pero has leído que algún huésped haya muerto? -le preguntó Susi.
-Ya te conté lo que pasó con sus antiguos propietarios.
-Sí, pero esa es otra historia.
-Alguno se ha muerto del susto
. Pero no se responsabilizan de ello, porque todo el mundo sabe que viene a pasar horror y pánico.
-Yo no he venido a pasar miedo.
-¿No tienes miedo? 
Nueve escalones, India, nueve.
-No tengo miedo. No pasa nada, Susi, cálmate de una vez y no te comportes como una niña.
-Lo que haya bajado por las escaleras está dentro del armario empotrado. ¡Me muero, India!
-No tengas miedo, Susi. No va a pasarte nada. Estoy aquí contigo.
-¡Abrázame, por Dios! ¡Ahhhhh! ¡Está abriendo la puerta y saldrá del armario! 

viernes, 17 de febrero de 2017

50. Casa Satanás


India y Susi estaban cansadas de caminar por la empinada cuesta. Al llegar a la fachada del hotel se encontraron tres puertas. Todas iguales y del mismo tamaño con sencillos arcos de piedra.
Solo las diferenciaba que la del medio tenía tallado un pulpo, la de la izquierda una rana y la de la derecha una serpiente. Los tres animales labrados en la madera de cada uno de sus picaportes.
India golpeó en la del medio. Tres toques temerosos que sonaron a hueco grande y profundo, como si nada ni nadie hubiera en el interior de la construcción colonial.
Esperaron un momento. India volvió a golpear. Esta vez un toque más. De pronto, la puerta comenzó a abrirse muy despacio y chirriaron las bisagras. Tanto que parecía que no había girado en mucho tiempo, quizás debido a que la gente prefería la rana o la serpiente antes que al pulpo. 
Estaba anocheciendo. India sintió mucho miedo, aunque disimuló para que Susi no se riera de ella.
Una mujer de aspecto tétrico apareció tras la puerta.
-Buenas noches, pasen adelante. Las estábamos esperando.
India miró a Susi asombrada.
-Perdone, pero no habíamos reservado -le dijo Susi a la mujer.
-Las vimos subir por la cuesta -respondió la mujer. 
Era extremadamente delgada y una sotana roja le marcaba los huesos de las caderas, iguales que los de una vaca lechera mal alimentada. De tez pálida. Más pálida que la cera, y con cierto grado de estrabismo, el suficiente para no saber a qué ojo mirarle. Sin ningún tipo de expresión en la cara. De voz grave, desganada y sin ritmo, igual que la de un cadáver viviente que añora volver a descansar eternamente.
El pelo lo llevaba recogido en un moño, y desprendía un olor extraño, como a humo de leña, seguramente la empleada en el asador o en las calderas del mismísimo infierno.
India y Susi estaban ya sentadas en el comedor dispuestas a pedir la cena.
-Hace años, Casa Satanás era regentada por un matrimonio y la madre del varón, pero de la noche a la mañana, la mujer más joven apareció ahorcada en una viga, la señora con un tiro en la cabeza y su hijo con otro en el pecho y la pistola a su lado -India puso cara de horror.
Nunca se solucionó el caso y nada se supo de las autopsias que se hicieron previamente a la incineración de los cadáveres. Yo creo que pudo intervenir una cuarta persona, o varias -concluyó Susi.
-¿En el lugar de los hechos? -añadió India.
-"In situ" o pagándole a alguien; por envidia, para robar, simplemente por hacer daño, o incluso con la intención de  cobrar un seguro o una herencia. A ella la pudieron "colgar" después de matar a la cocinera y su hijo, y dejarle a este la pistola tirada en el suelo a su lado.
-¿El matrimonio tenía hijos? -preguntó India.
-Cuatro. Dos mujeres y dos varones.
Los tres muertos tenían mucho dinero. Es posible que estuviera implicado alguno de los vástagos, unos ladrones o simplemente el diablo.
Los supuestos suicidios, o suicidio, pudieron ser un montaje criminal.
-¿Y quién te ha contado todo eso? -preguntó India.
-Nadie. Figura en cualquier enciclopedia venezolana. Buscas "Casa Satanás", y punto.
Una vez que ocurrió la fatal desgracia, el hotel quedó sin actividad durante muchos años, y quienes lo visitaban y curioseaban desde el exterior, escuchaban llantos y gritos de terror en su interior.
Después llegaron los actuales propietarios, que han sabido aprovechar bien su mala fama para vender a gente medio averiada miedo y terror a raudales -le explicó Susi.
A India no le daba buena espina el ambiente del hotel ni la mujer que las recibió en la puerta, por más que Susi le dijera que aquello funcionaba como una atracción de feria.
El comedor era lúgubre, sin puntos de iluminación en el techo. Solo la luz de una gruesa vela de iglesia en cada mesa se reflejaba en la cara de los comensales. 
Hablaban todos muy bajito, pero India supo que había entre ellos franceses, alemanes, norteamericanos y japoneses. Susi, en cambio, no entendía ni jota de inglés y, por tanto, era incapaz de diferenciar a un británico de un norteamericano. Todos estaban dispuestos a experimentar emociones fuertes en los platos y en las habitaciones.
Susi pidió criadillas de vampiro y un sorbete de leche de bruja recién parida, es decir, hecho con los calostros.
India se atrevió con un par de globos oculares de macho cabrío y unas rodajas de víbora en escabeche.
Susi miraba de reojo los platos que traía la escuálida camarera en las bandejas. Abundaban las larvas, los insectos, los pequeños reptiles y las culebras, las arañas y las tarántulas, los escorpiones y las salamandras despellejadas.
Susi pidió de postre crepés preparados con sangre de Diablo de Tasmania, e India helado de semen de tiburón, algo que también quiso probar Susi con su cucharilla.
-Está buenísimo -dijo Susi. ¿Quieres probar las tortitas? Saben bien, muy parecido a las filloas gallegas hechas con sangre de cerdo.
India contestó que no.
Después de cenar, las acompañó a la habitación la mujer que las había recibido en la entrada del hotel.
Uno de los paños de la puerta tenía tallado un pulpo, la misma imagen del picaporte que decidió golpear India para acceder al aislado establecimiento.
La habitación tenía dos camas y una ventana pequeña con los barrotes corroídos por el salitre. Estaba abierta y por ella entraba el olor a mar y el rumor de las olas al romper contra el acantilado.
Dentro del cuarto una mezcla de sal, humedad añeja y cera quemada de los candelabros impregnaba el ambiente.
India sintió en su cuerpo un escalofrío al cerrarse la puerta y oír el crujido de las tablas cuando se puso a caminar por la habitación.
En el suelo había una trampilla, sin duda la conexión con lo más profundo de los infiernos o los pasadizos secretos que llevan al interior de los recintos de los cementerios.
-Susi...
-Dime, India.
-Casi mejor que nos acostamos ya juntas, esto tiene muy mala pinta. No sé si has visto que la trampilla está sin cerrojo.
-¡Jajaja! ¿No decías que no tendrías miedo y que no creías en estas tonterías?
-No tengo miedo, es solo desconfianza -dijo India.
-¿Desconfianza? 
-Sí, no sabemos quienes son estas personas. Me refiero a los empleados y huéspedes del hotel -respondió India. 
Las dos amigas se desvistieron, se pusieron sus pijamas nuevos y se acostaron en silencio, a la expectativa. Dejaron encendida la única vela que había en el dormiorio, habida cuenta de que en el hotel desconectaban la luz por la noche para que pudieran trabajar los fantasmas mejor y con mayor libertad.
India se levantó, arrastró un gabinete y lo colocó sobre la trampilla creyendo que así no entraría nadie en la habitación.
Era ingenua. No sabía que para los espíritus no existen barreras, ni gruesos muros. India no creía que el demonio pudiera abrir las puertas con un soplido o colarse por una pequeña rendija de las tablas del techo o del suelo. Tampoco recordaba ya que había elegido la puerta del pulpo, el cefalópodo gigante que empezaría a actuar con sus enormes y potentes tentáculos una vez que se apagara la vela.
De poco serviría el ligero gabinete que había arrastrado India para colocarlo sobre la trampilla que llevaba al sótano.
Además, el gran ropero empotrado en el muro de carga llevaba por una escalera estrecha al enorme desván de la casa.

martes, 7 de febrero de 2017

49. India y Susi conversan sobre la sicología pop


Tras pagar Susi la ropa, ambas mujeres salieron de la tienda.
Estaba comenzando a llover, pero habían tenido mucha suerte porque las jornadas anteriores no cayó ni una sola gota, y gracias a ello pudieron dormir y desplazarse cómodamente las dos noches pasadas.
Mientras caminaban por el pueblo conversaron.
India, la más bajita y rellenita, sacó el tema de su enfermedad.
-Estoy cansada de la psicología pop.
-¿Por eso no debo aplicarla contigo?
-Sí. Es importante que no lo hagas -le recomendó India.
-Hace días que vengo pensando en ello -contestó Susi.
-No volveré a los sicólogos. Son más de lo mismo.
-A mi tampoco me gustan. Me da la sensación de que son comerciantes como cualquier otro.

La ayuda debe ser incondicional. Yo no te puedo exigir ni pedir que dejes de fumar o que no te mates para conseguir mi recompensa emocional.
-Exacto.
-Así dejé yo el tabaco. Sin libros de autoayuda ni otros programas o consultas.
-Ni sicólogos. Yo mejoraré cuando vuelva a tener la esperanza de que mi vida será mejor, incluyendo este país -añadió India.
-En fin, no hay mejor sicólogo que alguien con quien compartir un abrazo, un polvo o una conversación.
-Por eso me gusta tanto conversar contigo -le dijo India a Susi cogiéndola de la mano.
-Relaciones sinceras entre las personas, y que no haya dinero de por medio. Recuerda que yo también estoy enferma y loca. Por eso lloro cada poco de dolor o felicidad.

Susi evitó mirar a India al pronunciar esas palabras, porque sabía que podrían asomar las lágrimas.
-Tú no estás enferma ni loca. Eres una persona sensible -contestó India apretándole la mano a Susi.
-Solo los locos pueden entender a los locos.
-Tú me entiendes porque te pareces a mí -contestó India.

Ahora sí se miraron las dos mujeres, aunque se rieron en vez de llorar como Magdalenas.
-¡Eh! ¡Nos parecemos, pero soy bastante más alta que tú!
-¡Jajá! Lo importante ahora es que seamos conscientes de que la psicología pop es una mierda. Que me sirve más esta conversación que otra en la que me digas que ponga de mi parte o que sonría o que sea feliz.

India hacía tiempo que deseaba decirle eso.
-Cualquier día te enviaré a la mierda. ¡Jajá! -contestó Susi.
-La psicología pop no funciona para mí porque tengo una enfermedad real y a la vez un entorno desfavorable.
-No funciona para ti ni para nadie cuando llega la hora de la verdad.
-Estoy en una situación muy desfavorable. Bueno, no tanto, porque no vivo debajo de un puente -reconoció India.
-Y, además, estás ahora conmigo y pasaremos juntas la noche. Pero, ojo, yo te haré pasar alguna debajo de un puente, aunque solo sea para que sepas qué se experimenta con eso.
-No me hagas eso. Con tu compañía sin juzgarme ni presionarme es suficiente ayuda. No necesito dormir en esas condiciones para nada.
-Te gustará. Dormiremos solo con un saco, una esterilla, nuestra conversación y las estrellas. Quiero que duermas conmigo debajo de un puente para que aprecies lo que tenemos.
-¿Qué tendrémos esa noche?
-El puente, el saco, la esterilla y la palabra. ¿Necesitamos algo más? El puente será una casa sencilla. Si no llueve podremos ver las estrellas. Y si lo hace será mucho mejor porque no nos mojaremos. Ya verás cómo no te deprimirás teniendo tan poco.

-¿Y dónde dormiremos esta noche? -preguntó India. 
-Vamos a ir a un hotel muy especial donde no te venden sueños dulces, sino miedo. Aunque no lo quieras, nos tendremos que abrazar en la cama, ¡Jajá!
-Háblame más de tu filosofía de vida -dijo India.
-No te va a interesar. Ya te he dicho que soy como todas las demás personas. Vulgar, compulsiva, primitiva... A veces cometo alguna locura, y poco más tengo que añadir. Mi filosofía consiste en intentar aprender, porque a mi edad aún me siento inmadura. Aprender a pedir perdón. A escuchar más. Y entender de una vez que las apariencias casi siempre engañan. Te pueden estar fastidiand
o o quererte sinceramente. Deseo buscar gente que me ayude a aprender. Y tú lo has hecho. Por eso mi filosofía está más en ti que en mí... Los libros de autoayuda no pretenden ayudarte, igual que la prensa no tiene como objetivo final informar. Son un negocio. Y nuestra relación también. Pero un negocio bueno. No un buen negocio.
-¿Por qué es un negocio bueno? -preguntó India.
-Porque nos damos cosas y no ganamos con ello ningún dinero. Los buenos negocios aportan mucha plata contante y sonante. Los negocios buenos son ruinosos. Quizás lo apropiado sería no usar esa palabra.
-¿El término "negocio"? -preguntó India.
-Si. Aunque, pensándolo bien, ahora mismo estamos negociando. Estamos juntas porque negociamos sin querer y nos gusta el negocio bueno que estamos haciendo,
-Yo soy fatal con los negocios. Siempre me timan.
-¡Jajá! ¡Pues espabila! Estate tranquila que no te cobraré por dormir debajo del puente -dijo Susi.
-No me cobrarás por enseñarme a apreciar las cosas sencillas de la vida que tengo y eso me parece muy bien. 

No creo en eso de la autoestima porque es más de lo mismo: autoayuda. Tengo que aceptar que la vida es como es y que hay que vivirla lo mejor posible. Lo mejor es un polvo, un abrazo, una palabra o una caricia sinceras, como ya has dicho antes.
-Claro. Y tú no tienes todo eso.
-No. Pero al menos te tengo a ti ahora.
-Yo te puedo dar abrazos, caricias y palabras sinceras, pero nada más -dijo Susi.
-No te pido nada más.
-Así que no intentes tocarme las tetas aunque esté dormida, porque no va a gustarme -dijo Susi.
-No te preocupes que no te haré nada sin tu consentimiento. Además, tú no eres Isabel.
-Eso me parece mucho mejor.Ves cómo sí negociamos. Y sabemos negociar lo que nos traemos entre manos.
-Yo siempre cedo.
-Mal negocio, ¡jajá!
-Por eso soy mala negociando.
-¿Aceptas dormir en Casa Satanás?
-Sí. No hay otro sitio.
-Te advierto que pasarás mucho miedo. Y que tendremos que acostarnos juntas.
-No importa. No creo en los fantasmas.
-Ya veremos -añadió Susi.
-Y acepto que dormiremos juntas, ya es casi una costumbre.
-Pero si tenemos mucho miedo nos tendremos que abrazar muy fuerte. Y notaré demasiado tus tetas... o tu culo. ¿Qué prefieres? Recuerda que este asunto es muy importante negociarlo antes. Contesta: ¿las tetas o el culo?
-Ninguno de los dos.
-¡Pero mujer! ¡Nos abrazaremos fijo! Habrá horribles fantasmas  por todas partes y extraños seres debajo de la cama.
-No creo en esas cosas -advirtió India.
-Bueno, aún no me has respondido a la pregunta: ¿abrazadas de cara o de espalda?
-De espalda -contestó India.
-¡Jajajá! Recuerda que con el miedo se puede una tirar pedos. Seguimos negociando. ¿Quién pone la espalda y quién la naríz?
-Yo pongo la espalda.
-Y los pedos, claro.
-Sí. ¡Jajajá!
-¡Y después dices que siempre cedes y que no sabes negociar!
-¡Primera vez que gano una!
-Yo no acepto. Abrazadas de cara -afirmó Susi.
-Está bien. Como quieras.
-Damos coces y tiramos pedos, y así nos defenderemos del demonio y los fantasmas. La noche en Casa Satanás va a ser muy larga y divertida.
-¡Jajajá! ¡Sí! Yo no tendré miedo.
-Lo tendrás. Tendrás mucho miedo. Y te reirás. Habrá momentos en que no sabrás si reir o llorar. Una vez que nos visiten seres del otro mundo, y no puedan con nosotras, aparecerá el demonio.
-¡Ay, no! -exclamó India.
-Por eso se llama Casa Satanás. ¿Lo habías olvidado? El demonio es malo y sabe cómo hacernos daño.
-¡Ay, no! ¡Cállate!
-¿Sigues aceptando dormir ahí?
-Mejor que dormir debajo de un puente es.
-¡Jajajá! ¡Contesta, India!
-Claro que acepto.
-Me alegro. Sabremos defendernos. En la cena comeremos tú castañas y yo caraotas para aprovisionarmos de munición suficiente.
-¡Lucharemos a pedo limpio! ¡Jajajá!
-Los pedos no son muy limpios que digamos -respondió India al tiempo que las dos mujeres se encaminaban hacia allí.

lunes, 23 de enero de 2017

48. Susi recuerda lo poderosa que puede ser una parrilla


Las mulas burreras eran obedientes de verdad. India y Susi miraron dos veces para atrás para ver si se paraban a pastar o continuaban el camino de regreso, y en ambas ocasiones pudieron comprobar que no hacían ninguna pausa y que iban a buena marcha antes de meterse de nuevo en el túnel. Seguramente esperaban su ración de maíz, aunque en esta ocasión eran las dos mujeres las que debían haber pagado el porte o la pensión alimenticia de la jormada, y de hecho, así lo hizo Susi poniendo algo de dinero en un sobre que introdujo en una de las dos pequeñas alforjas de la montura.
Poco a poco India y Susi se iban acercando al pueblo de pescadores y falsificadores de drogas y medicamentos.
Antilla del Mar se llamaba, aunque todo el mundo lo conocía por Pastillana del Mar, y en cierta manera, a Susi le recordaba el nombre Santillana del Mar, la villa española de las tres mentiras, porque no es santa, llana ni tiene mar.
Antilla del Mar era un lugar muy especial. Constaba de una gran urbanización continental relativamente moderna que había medrado a costa de la actividad ilegal, y una isla despoblada unida al continente por un estrecho istmo en la que solo había un hotel. Nadie quiso construir en ella debido a las habladurías.
-Me gustaría pasar la noche allí -dijo Susi señalando el bello lugar con el índice.
-Primero tendremos que comprar algo de ropa en la primera tienda que encontremos -contestó India.
-Traemos una pinta que mete miedo, y olemos a una mezcla rancia de sudor nuestro y de caballería -dijo Susi riéndose y mirando a India de arriba a abajo.
Las dos mujeres encontraron un comercio de ropa de batalla, y entraron porque no necesitaban moda ni alta costura, aunque si la quisieran, difícilmente la encontrarían en un pueblo tan
 extraño como Antilla del Mar.
Susi sabía que en la isla solo había un hotel, la famosa Casa Satanás, lugar de pernocta y encuentro de investigadores de lo paranormal, tipos excéntricos amantes del morbo, parejas que quieren una noche de boda especial o masocas del miedo que pagan lo que sea por experimentarlo fuera de una sala de cine.
Compraron ropa interior, un par de pantalones y cuatro camisetas holgadas. Y para transportarlo todo, una mochila de colegial que rápidamente se puso Susi en la espalda, porque eso le traía muy buenos recuerdos. Notar dos cintas o correas presionando los hombros le hacía recordar emociones y olores de su niñez, y la primera vez que la llevaron de excursión a la montaña una vez que se trasladó a vivir a una gran ciudad.
Fue al monte con los padres de una amiga suya, y buena la hicieron cuando le pusieron la parrilla de asar la carne en la espalda con unas simples cuerdas de esparto que hicieron de hombreras.
Gracias a la parrilla y al encargo que le dieron, Susi tuvo oportunidad de hacer de porteadora de la misma manera que lo había visto en algún documental o en las páginas de las revistas.
Transportar algo en la espalda por una cuesta arriba le parecía una gran aventura, una proeza y una victoria del hombre sobre la salvaje e inaccesible naturaleza.
Cuando llegaron al lugar donde harían el fuego para asar la carne, se sintió orgullosa de lo que había hecho, y tan fuerte o más que el resto de los adultos, para quienes aquel gran acontecimiento en la vida de Susi pasó desapercibido.
Al bajar de la ladera de la montaña, volvieron a tomar el mismo tren de cercanías que los había traído.
Susi nunca supo por qué, pero el ferrocarril la ponía loca de placer, le parecía extraordinario que una cosa tan grande y pesada pudiera abrirse paso en medio de cualquier tipo de terreno gracias a los raíles que imaginaba en su cabeza, pero que no podía ver cuando iba dentro de él. Le gustaba mecerse con el traqueteo, sentir en todo su cuerpo los cruces y los cambios de vías, entrar y salir de los túneles, quedarse dormida de día y despertar de noche, ver el trajín de gente en las estaciones, los abrazos y las lágrimas, las prisas, las despedidas gestuales desde las ventanillas...
Susi soñó muchos años con el tren, con una locomotora que avanzaba sobre todo tipo de terreno una vez que desaparecían las vías debajo de las ruedas de hierro, sin descarrilar sobre los caminos de tierra o incluso campo a través.
-Despierta, Susi. ¿En qué estás pensando? -le preguntó India al verla tan embobada una vez que se puso en la espalda la mochila de colegial llena de ropa.

viernes, 20 de enero de 2017

47. A oscuras en el túnel helicoidal


-Tengo mucho miedo -dijo India al tiempo que le temblaban las piernas y la mandíbula inferior.
-Agárrate fuerte que estas mulas saben por dónde van -dijo Susi para intentar tranquilizar a India mientras se adentraban en el túnel helicoidal que las llevaría hasta la costa, trescientos metros de altura más abajo.
Efectivamente los animales, a pesar de resbalarse, iban sosegados y seguros. 
Era un antiguo pasadizo en forma de espiral excavado en el interior de la montaña que seguramente se empleaba para transportar oro en los tiempos de la Colonia. Los lugareños lo utilizaban ahora logrando así salvar el desnivel hasta el mar, donde el sendero llegaba hasta un pueblo de pescadores importante ubicado a unos cuantos kilómetros de distancia.
India no solo tenía miedo de caerse de la bestia, sino que le temía a la oscuridad desde pequeña, y en tanto más avanzaban, la claridad de la entrada al túnel se iba desvaneciendo hasta que quedaron completamente a oscuras.
Cuando India era niña debió soportar que su padre la obligara a ella y a sus hermanas a dormir a la misma hora con todas las luces apagadas. En esa época se imaginaba fantasmas que rondaban por la habitación y creía que se le acercaban para hacerle daño. Muchas noches tuvo fuertes pesadillas y se despertaba gritando aterrada en medio de la oscuridad absoluta, sin que nadie se acercara a su lado para tranquilizarla.
-¡Susi! ¡Susi! ¿Estás ahí? -dijo India casi sollozando.
-¡Tranquilízate mujer, que voy justo delante de ti! -respondió Susi.
-¡Es que me da mucho miedo porque esto está muy oscuro y no sé adónde nos lleva!
-No pasa nada. Te hablaré mientras tanto para que te quedes más tranquila.
-¡Sí, por favor! -contestó India agradecida con su amiga.
-Este túnel me recuerda uno de tren construido en Los Pirineos franceses para salvar grandes desniveles. Eso sí, mucho más sofisticado, pero con el mismo principio de ingeniería, y con energía eléctrica; aunque antes existían otros mucho más antiguos sin electricidad en los que los trenes iban alumbrados con lámparas de petróleo.
-No entiendo porqué este no tiene electricidad -dijo India.
-Recuerda que estamos lejos de la ciudad y la zona no debe estar electrificada. Seguro que existen muchos pueblos y caseríos donde todavía no ha llegado la corriente.
-Tienes razón, y además, con las deficiencias del servicio por falta de inversión en el país, dudo mucho que en estas soledades llegue pronto la electricidad. Me imagino que quienes usan el túnel vienen preparados con linternas -comentó India ya más apaciguada.
-¡India, mira, hay una luz! ¿La ves?
-Sí. ¿Será alguien que viene subiendo? -se preguntó Susi asustada temiendo que se trataba de los traficantes de drogas.
Mientras seguían bajando la luz se fue haciendo más intensa, hasta que se dieron cuenta de que se trataba de una vela consumida hasta la mitad en un altar excavado en la pared donde había una imagen de una virgen.
Lo que ellas desconocían era que hacía varios años el techo del túnel había cedido por la humedad mientras pasaban una mujer y su pequeño bebé, falleciendo los dos, y para recordarlos les habían construido ese memorial y colocaron la imagen.
Tardaron dos semanas para poder remover los escombros sacándolos en mulas hasta dar con los cadáveres, y el túnel estuvo intransitable durante casi un mes mientras hacían las reparaciones.
A partir de ese accidente hubo una persona que colocó la imagen de una virgen en el lugar del derumbamiento y se extendió la creencia popular de que la santa protegería a quienes transitaran por allí, por eso encendían una vela cuando llegaban a ese lugar del trayecto.
Era evidente que alguien había pasado hacia abajo antes que Susi e India y había encendido la vela, pues en caso de que hubiera subido se lo habrían cruzado en el sendero.
India le dijo a Susi que tomara la vela para ir alumbrando el túnel mientras llegaban abajo. Susi contestó que eso no se debía hacer, que era un robo y que les daría mala suerte.
Cuando finalmente llegaron a la explanada ya fuera del túnel y miraron hacia atrás, no podían creer lo que veían sus ojos.
Habían bajado desde la cumbre de la montaña luego de atravezar la gran cascada en menos de media hora.
Desde abajo el paisaje era todavía más impresionante. Las montañas, la rugiente cascada, la planicie de la playa, la desembocadura del río y el inmenso mar.
Desmontaron las bestias, les dieron la vuelta, un golpecito en las ancas para que retomaran el camino de regreso, y se dieron un chapuzón desnudas en las cálidas aguas antes de descansar sobre la arena. Luego seguieron a pie por el  sendero que las llevaría al pueblo de pescadores, donde seguramente podrían tomar un autobús.

miércoles, 18 de enero de 2017

46. India y Susi roban dos mulas burreras y se meten en el Sacacorchos


Mientras Susi curioseaba entre los galpones donde fabricaban las drogas ilícitas sin ser escuchada gracias al ruido de la planta eléctrica, ya entrada la noche, se le ocurrió la idea de llevarse dos mulas de una vez y así pasar desapercibida por las mujeres y los niños que estaban trabajando dentro.
Tuvo que ir con mucho cuidado para no asustar a todo el grupo de animales. Las dos bestias estaban todavía ensilladas y Susi las llevó de ramal sigilosa y lentamente hasta el lugar donde se encontraba India escondida en la maleza.
-Ya podemos irnos -dijo Susi.
-Tengo miedo de montar -le respondió India.
-Venga mujer, que esto es más seguro que navegar por el río abajo de noche. Las mulas conocen el camino y resulta más seguro desplazarse con ellas.
-Ve tú adelante que yo te sigo, y muy despacio -le rogó India.
-No tengas miedo, que no va a pasarnos nada -dijo Susi intentando tranquilizar a su compañera.
Las dos mujeres montaron en las bestias y emprendieron la cabalgata. Las mulas encontraron el camino ellas solas en medio del bosque, y comenzaron a bajar lentamente la cuesta, como lo hacían casi todos los días del año.
El sendero era estrecho, pero las ramas de los árboles y la maleza no llegaban a golpearlas o arañarlas, ni siquiera en las piernas o la cabeza, las dos zonas del cuerpo más expuestas cuando se va de a caballo en zonas con mucha vegetación.
Como Susi ya tenía experiencia en eso de cabalgar de noche con el cielo cubierto, o totalmente a oscuras en el medio de un bosque, al poco de iniciarse la marcha supo que los animales no eran espantadizos, pero sí obedientes, mansos y nobles, es decir, las llevarían a buen puerto hasta que amaneciera, momento en que tendrían que desmontar, ponerlas mirando hacia arriba, en sentido contrario al que bajaron, y darles un golpecito en las ancas para que se marcharan por donde vinieron hasta el lugar en el que fueron secuestradas.
Eran dos mulas burreras, o burdéganos, hijas de caballo y burra, muy apreciadas en la zona por ser de menor tamaño y más fáciles de alimentar y de montar. Su altura desde el suelo a la cintura no era mucho mayor que la de un asno, y tenían la piel más peluda y dura que la de los mulos procreados por una yegua y un burro.
En el caso de que hubieran "tomado prestados" dos mulos, tendrían que estar capados, porque así son más dóciles y menos bravos.
Durante el largo trayecto, solo desmontaron en una ocasión para beber agua y proporcionarles algo de descanso a los dos animales, los cuales también bebieron y comieron hiedras que parasitan y acaban matando los árboles.
Por fin, al comenzar a clarear el día, vieron que se estaban acercando a un gran precipicio a través de un sendero que cruzaba un campo despejado y que parecía llevarlas al abismo. Una vez que vieron la pendiente y dónde terminaba, se quedaron heladas, pero no de frío. El estrecho camino serpenteaba unos kilómetros pegado a las paredes verticales y después desaparecía del mapa sin dejar rastro. Abajo de todo, la llanura y el mar Caribe.
Se dieron cuenta entonces que las canoas no hubieran sido una buena opción ya que solo debían emplearse para realizar un tramo del recorrido, o para remar río arriba y bajar la mercancía ilegal.
La situación habría sido realmente peligrosa. Una vez dentro de la embarcaciones, no serían capaces de pararlas debido a la corriente, y se precipitarían por la impresionante cascada que ya se sentía rugir desde lejos.
El ruido comenzó a ser ensordecedor, pero las dos mulas no se inquietaron ni se inmutaron y continuaron igual de tranquilas su camino. Estaban acostumbradas, y no le hicieron caso al ruido del agua ni al imán del precipicio.
Susi padecía vértigo a raíz de un transtorno auditivo, así que cerró los ojos y se encomendó a la experiencia y la sangre fría de las mulas.
Su pierna derecha rozaba a veces contra la pared, y la izquierda iba totalmente sobre el vacío. Susi cayó entonces en la cuenta de que solo era posible transportar dos bidones de mercancía en cada viaje, uno en el lomo del animal y el otro pegado a ambos lados de la barriga, dependiendo del sentido de la marcha.
A India le temblaba una pierna y los dientes como efecto secundario de uno de los medicamentos que tomaba para su enfermedad. El movimiento era involuntario y se le agudizaba cuando se ponía nerviosa.
El espectáculo era impresionante. Enfrente, la gran cascada y abajo, a escasos kilómetros en línea recta, el Mar Caribe de nuevo.
Se veía gran parte de Cuba del Sur y diminutos barracones donde seguramente se envasaban y etiquetan las drogas y medicamentos falsos.
Cada vez se acercaban más a la cascada. Cuando solo estuvieron a unos cincuenta metros, descubrieron que el sendero desaparecía y lo engullía la boca de un agujero negro.
Ninguna de las dos mujeres hicieron ademán de querer parar o bajarse de las mulas. No había suficiente espacio ni valor para desensillar. Igual que si estuvieran sobre las aguas de un río arrastradas por la corriente, se dejaron llevar y volvieron a confiar plenamente en el sano comportamiento de las dos mulas burreras.
El túnel perforado por la mano del hombre era suficientemente alto y ancho, aunque las mujeres bajaron la cabeza al entrar en él
 por precaución.
India no pudo encender la linterna porque la batería se había agotado la noche anterior.
De repente, notaron que el terreno se inclinaba y los animales herrados resbalaban sobre la roca húmeda y lisa.
Las mujeres se asustaron y se agarraron fuerte a las sillas temiendo caerse de bruces hacia adelante. No sabían a dónde conducía el pasadizo y el tiempo que permanecerían en su interior.
La humedad era casi absoluta y, de vez en cuando, les caían gotas de agua en la cabeza.  

También había murciélagos. Susi notó en su piel las corrientes de aire que provocaban al pasar. Seguramente eran vampiros, unos bichos aprovechados con cara de pocos amigos que las pobres mulas conocían muy bien.
-Tranquila, Susi, no se meterán con nosotras aunque, por si acaso, pégales un manotazo si ves que quieren pegarse a la piel.
India también le dijo a Susi que había muchos en Cuba del Sur, principalmente los que tienen las alas blancas.
-Estos deben ser "patas peludas", dijo India mientras intentaba apartarlos como podía de su cara.

lunes, 16 de enero de 2017

45. Sierra Pastilla


Susi insistió en que India entrara a la cueva.
-No te imaginas lo que te encontrarás ahí dentro -le dijo.
-¿Qué hay? -contestó India muy extrañada.
-Es una sorpresa. Entra, yo espero afuera. Toma la linterna. ¿Has encontrado algo para comer? -preguntó Susi sabiendo que la respuesta sería afirmativa, ya que India conocía muy bien todos los frutos y cosas comestibles del bosque.
-Sí. He dejado un par de mangos al lado de la fuente. Tienes que lavarlos antes de comerlos -respondió India.
-Mira la cueva y nos vamos. Te espero abajo. Yo no entro porque me excita demasiado ver lo que hay dentro -le dijo Susi.
-¿Por qué te has incomodado? -interrogó India.
-No preguntes. Tú entra y ya hablaremos. ¿Tienes miedo?
-¿Miedo yo? -contestó India haciéndose la valiente y ocultando su temor al mismo tiempo.
La mujer entró al fin en la cueva y permaneció en ella casi media hora. Mientras tanto, Susi lavó los dos mangos y se los comió. Estaban ricos de verdad, en su punto justo de acidez, y no excesivamente maduros. Al ser de "hilacha", tenían mucha más fibra que otras variedades, y eso le iba muy bien a Susi, que solía padecer estreñimiento.
-¡Susi! -gritó India desde dentro-. ¡Es increíble! 
Susi no la oía desde la fuente y las palabras de India se ahogaron dentro de la cueva. 
La mujer nunca antes había escuchado o leído de este tipo de pinturas primitivas en Venezuela, si es que realmente pertenecían a esa etapa de la historia. Susi, en cambio, conocía muchos casos en Europa y en el resto del mundo, aunque no entendía porqué no había mujeres representadas en las paredes y el techo de la cueva.
India y Susi charlaron un rato sobre el tema mientras caminaban, hasta que India cortó la conversación porque, la verdad, no le interesaba mucho lanzar hipótesis sobre algo que desconocía.
-Bueno Susi, puede que tengas razón, pero ahora debemos concentrarnos en salir de este bosque para evitar tener que pasar otra noche al raso.
-No diremos a nadie lo que hemos visto -dijo Susi.
-Está bien -contestó India.
Susi siguió insistiendo y le preguntó a India si le habían producido excitación las imágenes pornográficas de la cueva, principalmente la de la serpiente.
-No me han excitado. Me han llamado la atención -respondió India.
La persecución las había desviado mucho a la derecha de la autopista, tanto que ya se encontraban en la vertiente norte de la Sierra, de unos dos mil metros de altitud. Cualquier río que tomaran las llevaría al mar, aunque no disponían de embarcación.
Esa zona tenía fama por albergar entre la vegetación pequeños laboratorios clandestinos de falsas drogas de diseño y medicamentos en general, de ahí que la llamaran Sierra Pastilla.
De los galpones con techos de chapa oxidada salían millones de aspirinas o cápsulas de antibióticos fabricados con harina o azúcar coloreados.
En el negocio trabajaban familias enteras. Las que no disponían de troqueladoras para las pastillas, les compraban cápsulas vacías a los chinos y las rellenaban con toda clase de contenidos, la mayoría de ellos harinas fruto de la molienda.
Del resto se encargaban los envasadores y falsificadores de prospectos, quienes compraban los "medicamentos" a precios irrisorios. La escasez de bienes y la inoperancia de la instituciones existentes en Venezuela les facilitaba el trabajo a ellos y a quienes finalmente comercializaban los productos en la red, siendo esta última fase del negocio la más lucrativa.
Cuando bajaban la montaña siguiendo un río que los llevaría al mar, India y Susi se encontraron con uno de los laboratorios clandestinos donde vieron también varias canoas amarradas. 
Estaba anocheciendo.
Las dos mujeres permanecieron ocultas entre la vegetación porque se dieron cuenta de que algo extraño se cocinaba en el interior de los galpones de chapa. Era la oportunidad de salir de allí usando una de la embarcaciones. Pero Susi quiso curiosear antes.
-Quédate aquí escondida, India. Como puedes comprobar, esto no es un pueblo. Me da que aquí se realiza alguna actividad ilícita. No hay huertos, cosechas, ni animales domésticos. Solo bidones de plástico y demasiadas mulas de carga.
Susi estaba en lo cierto. En las tres cabañas se estaban rellenando cápsulas con una mezcla de harinas comestibles y colorantes naturales. Los "medicamentos" en cuestión se venderían en la red a mitad de precio, y aunque solo tendrían un efecto placebo, por lo menos no causarían efectos secundarios adversos en el organismo.
Susi se acercó con mucho sigilo a una ventana y estiró el cuello para ver lo que había dentro. En el exterior, un generador de gasolina transformaba en corriente eléctrica la gasolina. Ese ruido impedía que nadie se percatase de los movimientos de Susi.
En el interior del galpón trabajaban sentados tres mujeres y seis menores formando una cadena sobre una larga mesa.
Los niños colocaban las cápsulas en diminutas "hueveras" de madera perforadas con un taladro y las mujeres las rellenaban usando mangas pasteleras hechas con papel de periódico. Una vez rellenas con las harinas, pasaban de nuevo por las manos de los niños, quienes las tapaban con el capuchón y las metían en bolsas transparentes, y estas, a su vez, en contenedores herméticos de plástico.
Susi regresó de su incursión y habló con India sobre qué tomar prestado, si sería mejor bajar en una canoa o a lomos de dos mulas.
A Susi no le hacían gracia los rápidos que pudiera haber en el río ni que se espantaran los animales por culpa de una rana o una serpiente. 


jueves, 12 de enero de 2017

44. Sexo en la cueva


India y Susi pasaron la noche bien porque no había llovido.
Lo primero que hicieron después de levantarse, fue ir de nuevo a la fuente para beber.
El caudal del manantial había aumentado un poco, pero esta vez ya no se estiraron boca abajo en el suelo.
India conocía bastante todas las plantas, y buscó rápido un tallo hueco para convertirlo en una caña y poder chupar.
La mayoría de los animales están diseñados para elevar el agua a través de sus largos esófagos. Una muestra de ello es la jirafa. En otros casos, la evolución les ha dotado de eficientes herramientas para sorber, como la  trompa de un elefante.
Pero los humanos se están acostumbrando a beber de pie, y eso provoca cierta atrofia de los músculos implicados en dicha función mecánica. Por eso les resultaba incómodo beber a las dos mujeres en la pequeña fuente que manaba del suelo, a menos que se echaran cuerpo a tierra, como ya lo hicieron la noche anterior, manchándose toda la ropa en la tierra y el barro.
Mientras India buscaba algún fruto en el bosque, Susi volvió a visitar la oquedad en la que se escondieron.
Estaba situada en un alto y solo se podía entrar en ella subiendo por un pequeño terraplén que no era peligroso, pero sí muy fácil de bloquear desde la entrada de la cueva.
Esto le hizo pensar a Susi que el refugio pudo ser aprovechado para vivir en él en otro tiempo. Y así le pareció de nuevo al ver el tipo de entrada que tenía la cueva, escondida entre la vegetación y las lianas que caían de más arriba.
La gruta comenzaba al principio con dos metros de alto y uno de ancho aproximadamente. Pero, después de entrar, Susi apreció que la sala era muy grande y que, incluso, pudo haber sido excavada por la mano del hombre, ya que el terreno parecía compacto y firme, pero de poca densidad.
El suelo era prácticamente plano, y varios esqueletos de animales estaban diseminados por toda la sala, animales enfermos que seguramente vinieron a morir en ella para estar más tranquilos.
La cavidad no tenía otras entradas, pasillos o galerías a diferentes niveles, por eso Susi descartó que fuera una cavidad geológica excavada por el agua.
La linterna que llevaba Susi era poco potente, de ahí que al entrar y realizar la primera inspección, la mujer fuera incapaz de ver las maravillas que habían pintadas en el techo y las paredes de la cueva. Pero cuando se acercó un poco más, se quedó con la boca abierta, estupefacta.
-¡Ohhhhhh! -exclamó Susi-. No me lo puedo creer. Esto que estoy viendo no puede ser real. ¡Qué maravilla! -dijo Susi acercándose más a las imágenes y enfocándolas de muy cerca con la linterna.
Susi tocó las pinturas para poder demostrarse a sí misma que aquello no era una alucinación, y que las coloridas formas estaban pegadas a un soporte físico.
No había imágenes de caza ni de mujeres, pero su cantidad era tan grande que no supo por dónde comenzar.
Aquella caverna -ahora sí podía Susi llamarla así- era una especie de escuela, una gran pizarra con un claro objetivo pedagógico.
Las figuras representadas parecían ser varones jóvenes adoptando diferentes posturas contorsionistas. En todas ellas lograban practicar la autofelación: sentados en el suelo con las piernas estiradas o cruzadas, de espalda sobre cojines vegetales, y en postura fetal.
Otras imágenes correspondían a hombres más adultos que adoptaban las mismas posturas, y en alguna de ellas se podía apreciar el momento en que se producía la eyaculación.
Susi se quedó perpleja cuando fue descubriendo más imágenes que representaban, todas ellas, diferentes maneras de practicar la masturbación, incluida la anal.
En las paredes de la cueva había también figuras claramente zoofílicas, pero en la caverna no aparecía ni una sola mujer representada. Esto le hizo pensar mucho a Susi. ¿Acaso la sociedad de aquellos pintores tenía un porcentaje bajísimo de hembras en su población? ¿Eran las pinturas una expresión del culto al onanismo masculino y las relaciones sexuales con animales mitológicos?
Al fondo de la cueva, enfrente mismo de la entrada, había representada una serpiente multicolor, mucho mayor que cualquier otra figura.
Susi creía que presidía toda la sala, de ahí su papel e importancia.
El reptil era de un tamaño menor al de Ikala, y en lugar de una afilada cuchilla ósea en la punta de la cola, tenía en el mismo lugar un falo.
En la boca no se le veían dientes, aunque sí una lengua que terminada en un anillo cerrado.
Susi comprendió rápidamente qué le podía hacer la serpiente a los hombres con aquella cola, aquella boca y aquella forma de la lengua.
De hecho, lo vio representado en las paredes de la cueva varias veces, y llegó incluso a pensar que la extraña serpiente se alimentaba del semen de los hombres, y los hombres del semen de los reptiles, absorbido por el recto.
-¡Susiiiiiiiiiii! -gritó India desde el exterior.
-Ya voy -contestó Susi.
India no podía imaginar que Susi había encontrado el "Jardín de las Delicias", pintado miles de años antes de que lo hiciera El Bosco.

miércoles, 11 de enero de 2017

43. La persecución


Luego de dos semanas, la fiebre y el dolor abdominal habían cedido y ya Susi estaba casi completamente recuperada del Zika. El reposo y los cuidados de India surtieron sus efectos, aunque también había influido en el rápido restablecimiento, la salud general de Susi antes de que los mosquitos le transmitieran el virus.
India siempre insistió en que guardara suficiente reposo hasta que sanara para evitar complicaciones que podrían ser mortales. Un amigo suyo había fallecido hacía poco de esa enfermedad.
Las dos amigas decidieron el día anterior que India hiciera las gestiones en el hotel para alquilar un carro y regresar a Santa Ana. De esa forma podrían preparar el viaje a Mato Grosso en Brasil, para ir tras la pista de Almir.
India y Susi se levantaron temprano, recogieron todo el equipaje, desayunaron en el restaurante del hotel y salieron en el carro que la recepcionista había conseguido a través de una empresa de alquiler.
Les tomó casi una hora salir de Caracas por las colas. Cuando entraron en la autopista había poco tráfico. Las dos amigas conversaban animadamente hasta que India le dijo a Susi que un vehículo las venía siguiendo desde hacía un rato.
-¿Estás segura de que nos persiguen? -preguntó Susi un poco nerviosa.
-Sí, es ese carro azul y esos dos tipos. Diría que uno de ellos se parece al que me siguió en Caracas y habló conmigo en la cola de la farmacia, pero no estoy completamente segura.
India aceleró la marcha, pasó a varios camiones y se colocó entre dos gandolas en la vía lenta. El chofer del vehículo perseguidor hizo lo mismo, pero se quedó más atrás.
-¿Viste que sí nos están siguiendo? -le dijo India a Susi-. Intentaré tomar la vía alterna a la autopista para tratar de perderlos.
India tomó la vía rápida, aumentó la velocidad antes de llegar a la rampa de salida de la autopista y la tomó velozmente, tanto que estuvieron a punto de volcar en la curva.
El conductor del carro azul hizo lo mismo, aunque menejaba mucho mejor que India, y no tuvo problemas para repetir la maniobra de la mujer.
El vehículo alquilado por India y Susi quedó situado tres camiones por delante de los perseguidores. Y así se mantuvieron varios minutos, hasta que Susi vió por el retrovisor exterior que estaban avanzando una posición. India nada pudo hacer para evitarlo, ya que seguía viniendo mucho tráfico de frente.
De repente, India le dijo a Susi que se agarrara bien y después dió un volantazo para  tomar un camino de tierra lleno de baches y de piedra suelta. El carro daba cada vez más saltos, y al golpear en el suelo parecía que se iba a romper por el medio en cualquier momento, igual que una tiza. India perdía a veces el control  por tratarse de un carro de solo tracción delantera, no apto para ese tipo  de caminos.
De pronto, sintieron que les disparaban a las ruedas desde una ventanilla, así que India aceleró aun más y se agarró con fuerza al volante, al tiempo que las dos bajaban todo lo que podían las cabezas.
El conductor del vehículo azul también apretó más el pedal, pero en una curva perdió el control y se salieron de la vía.
India pudo adelantar un largo trecho del camino, hasta encontrar un descampado donde poder estacionarse. Le dijo a Susi que agarrara las carteras, los teléfonos y una linterna que había en la guantera. Tan pronto lo hicieron,  salieran rápido del carro y corrieron hacia el monte, dejando las puertas abiertas.
India y Susi se internaron en el frondoso bosque corriendo todo lo  que podían sin mirar atrás. Las afiladas hojas de algunas plantas les arañaban y cortaban la piel al  apartarlas para seguir avanzando.
Susi corría más rápido que India y tenía que aminorar la marcha para no perderla de vista.
Habían caminado y corrido tanto tiempo, que ya India no daba más. Fue entonces cuando Susi descubrió entre la maleza la entrada de una cueva. Se introdujeron en ella y guardaron silencio, aunque no pudieron evitar seguir jadeando en medio de la oscuridad.
Los dos hombres se estaban acercando. Lo supieron porque hacían ruido al apartar las ramas bajas de los árboles con los brazos y al pisar la vegetación rastrera del suelo.
Afortunadamente, aquellos malintencionados no vieron la entrada de la cueva y se fueron alejando en medio de la espesura del bosque. India y Susi se quedaron escondidas en la cueva hasta que anocheció. Estaban sedientas y salieron a buscar agua con la ayuda de la linterna. Una vez que la encontraron, saciaron la sed tirándose boca abajo en el suelo, ya que la fuente era muy poco abundante.
Después regresaron a la cueva, pero prefirieron dormir fuera, sobre un colchón de hojas y restos de vegetación que juntaron entre las dos.
Susi vivaqueaba por primera vez en un bosque húmedo de Sudamérica, aunque ya lo había hecho muchas veces en el altiplano.

martes, 10 de enero de 2017

42. Sábanas con olor a campo


Susi ya no tenía fiebre y ningún órgano interno inflamado.
Se levantó de la cama a las nueve de la mañana y se acercó a la pared donde estaban los tres cuadros, dos ligeramente desnivelados. Los colocó perfectamente paralelos al suelo, y después los examinó atentamente a una distancia de dos cuartas.
Eran unos acrílicos pintados de manera fresca y sincera. Tres escenas nocturnas muy parecidas de una playa solitaria.
Todas con un cielo estrellado centelleante.
Las tres firmadas por Marisol.
Susi tocó los cuadros con las yemas de los dedos y leyó con su piel las arrugas de la espuma de las olas, y la arena moldeada por el vaivén del agua.
Después Susi palpó una estrella, girando circularmente, en el sentido de las agujas del reloj, suavemente, sin prisa, igual que le acariciaron una vez a ella su sensible clítoris, mientras la miraban fijamente a los ojos. Una sola vez le hicieron eso al mismo tiempo que se sentía amada de verdad. Ocurrió con el hombre que la seguía esperando en España, un caballero que tenía solo estudios primarios, muy sencillo, de comportamiento instintivo, fiel, carente de celos, sensible, natural, desinteresado por los pensamientos transcendentales y existenciales que tanto preocupaban a India, e incapaz de engendrar hijos debido a una enfermedad.
Manuel era un tipo único y excepcional, alguien a quien resultaba totalmente imposible hacerle daño o engañarlo.
Susi no se había enamorado de él cuando lo conoció. Pero lo quería cada vez más porque, a medida que pasaba el tiempo, iba descubriendo que sus grandes virtudes se mantenían y nunca se desinflaban, y compensaban ampliamente sus defectos, los cuales no engordaban ni aumentaban en número, o incluso se corregían.
Manuel esperaba pacientemente a Susi cuando ella se marchaba a escalar una montaña o remar sola en alta mar.
Susi se había hecho famosa por ser la primera persona que le había dado la vuelta al mundo en kayak-trimarán propulsado mediante pedales y hélice. Además, empleó en esa gran travesía un equipaje muy limitado. No había usado teléfono satelital ni desaladora, aunque sí un sistema de geolocalización que le permitía emitir una señal de emergencia para poder ser rescatada.
En la vuelta al mundo había decidido voluntariamente no transmitir ni recibir ningún tipo de información mientras navegaba, para poder experimentar así cómo fueron las travesías marítimas de los exploradores pioneros. Con Manuel sí se comunicaba cuando tocaba tierra, pero siempre lo hacía con cartas manuscritas que redactaba sobre papel de calco en alta mar, y formaban parte de su cuarderno de bitácora. 
Susi quería enfrentarse a la verdadera soledad, una situación en la que nadie hay a tu lado para que te escuche, y con nadie puedes hablar, exceptuando los animales, Dios, el mar, el cielo, las estrellas, contigo mismo...
Los dos flotadores laterales del trimarán tenían un total de diez depósitos independientes con los que se podían transportar hasta doscientos litros de agua dulce. Entre el cuerpo central de la embarcación y los laterales, dos plataformas acanaladas se encargaban de recoger el agua de lluvia cuando las reservas bajaban de los sesenta litros, cantidad con la que Susi podía aguantar un mes de travesía. Los primeros litros caídos no se aprovechaban, ya que su concentración salina era muy alta al lavar el agua las superficies acanaladas de las plataformas de recogida.
Esa vuelta al mundo fue una dura prueba para Susi y Manuel. Aunque no tenían hijos ni otras responsabilidades familiares en ese momento, a Manuel le costaba entender que Susi renunciara a su compañía para estar durmiendo en alta mar tantos meses seguidos, con la piel llena de heridas provocadas por el sol, la sal, y una higiene deficiente. 
Manuel no entendía que a Susi le gustara descansar o dormir solo un par de horas cada cuatro de navegación, mientras la mujer soñaba con las caricias, los besos y el sexo de Manuel, algo a lo que había renunciado sabiendo que lo echaría de menos. 
Y, la verdad, tampoco Susi entendía porqué ella se podía separar tanto tiempo de él. Al mismo tiempo que pedaleaba cuando el mar estaba tranquilo y el cielo estrellado, Susi sentía el olor a sábanas recién recogidas de los alambres del prado. El sol y el viento se encargaban de secarlas; y las esencias del bosque, las plantas y flores, o la hierba recién cortada; de perfumarlas.
Susi y Manuel nunca usaban suavizante porque así sentían en el lecho esas fragancias naturales. Les gustaban las sábanas un poco ásperas, para notar el placentero masaje del tejido embravecido los dos primeros días una vez hecha la cama con ellas.
Susi quería alejarse de vez en cuando para estar cerca de Manuel. Quería no verlo durante un tiempo para después apreciarlo y disfrutarlo tal cual es. Soñar con él. Poder convertir ese sueño en una bella y palpable historia real. 
Susi quería despedirse de él en el puerto, en la estación de tren o autobús, en los aeropuertos... porque así se puede amar y abrazar con mayor intensidad, pasado un tiempo, al regresar.     

sábado, 7 de enero de 2017

41. A vueltas con la existencia


Con lo ocupada que estaba India entre cuidar de Susi y tratar de comunicarse infructuosamente con su abogado, había olvidado comentarle lo del misterioso sujeto que anduvo detrás de ella el día anterior.
-Ayer, cuando salí a la farmacia y a comprar comida, vi a un hombre que me seguía. Luego se colocó en la cola justo detrás de mí, y me abordó. Yo me asusté porque me dio mala espina. Me perseguía, y creo que no traía buenas intenciones -le dijo India a Susi.
-¡Pero mujer! ¿No será que estás nerviosa por andar caminando sola por las calles de Caracas? -le respondió Susi.
-No. Te he dicho que vi a ese hombre siguiéndome por el boulevard. Había algo extraño en él, no era un simple ladrón que vigila a una mujer sola. Creo que se trata de alguien que sabe bien quién soy. Es mi percepción.
-A ver, India, en esta ciudad viven casi seis millones de personas y todas van caminando unas detrás de otras -argumentó Susi, tratando de calmarla-. Si fuera de noche, en una calle solitaria, no habría lugar a dudas; pero a mediodía, en medio de tanta gente, es difícil observar si alguien te sigue o no.
-Bueno, ojalá sea así. Espero que no nos estén siguiendo debido a la fortuna que dejó enterrada mi bisabuelo Isisoro.
-Quédate tranquila, mujer -le dijo Susi-. Por cierto, hoy no te veo muy bien, India.
-No me siento como otros días. Estoy nerviosa. Pero tú ya tienes bastante con tu enfermedad.
-¿Qué te preocupa?
-La existencia, Susi, mi existencia.
-¿Por qué? India.
-Si Dios era la Nada y se transformó en el universo, atravesándose el pecho con la espada del tiempo; como tú me has dicho alguna vez; Dios se ha convertido, entonces, en una mierda de mundo.
-Así es. Ese fue su gran error, construir un universo imperfecto que dio lugar a este mundo tan injusto y feroz.
-Y sin esperanzas de que mejore. Vamos cada vez peor, teniendo en cuenta que la tecnología permite producir a cada punto mucho mejor.
-Quizás existan otras civilizaciones no tan torpes como la nuestra -añadió Susi-. Menos egoístas e insolidarias.
-Nunca lo sabremos.
-Por supuesto que no, India.
-Nos autodestruiremos.
-Ya lo estamos haciendo -añadió Susi.
-Si -afirmó India.
-Dios sabía que en la Tierra habría más pobres que ricos. Y que todos no cabríamos en las tierras de clima benigno, porque hay desiertos abrasadores, estepas frías, hielos estériles...
La aparición del ser humano ha sido un tropiezo de la naturaleza, un callejón sin salida cada vez más pendiente y resbaladizo que nos lleva al precipicio. Nos comemos a los animales, pero también matamos a nuestros iguales. Una de cal y una de arena. Investigamos en el laboratorio, al mismo tiempo, una vacuna y una bomba -comentó Susi.
-¡Qué imperfectos y débiles somos! -dijo India suspirando.
-Tenemos miedo a morir de hambre y por eso acaparamos.
-Si, no pensamos en el otro. Y, además, los que creemos que somos buenos, también estamos en el bando de los malos -destacó India.
-Todos somos insolidarios, unos más que otros. Yo sueño con viajar en vez de ayudar, por ejemplo, en un comedor social. Soy mala por omisión -dijo Susi.
-Yo también. No ayudo a nadie -se autoculpó India.
-¡Pero si a veces apenas puedes ayudarte a ti misma! -dijo Susi-. Por lo menos mientras no sanes del todo.
-Siempre me preocupa la existencia y mi situación.
-Yo tengo solucionada mi situación, pero no encuentro una respuesta a la existencia -dijo Susi.
-Yo tampoco.
-No entiendo por qué hemos evolucionado para ser más conscientes de nuestro dolor. Dios se ha convertido en algo imperfecto, y después se ha lavado las manos.
-Sí. ¡Qué desgracia!
-Yo le llamo Dios, pero no es el mismo que el tuyo.
-Yo creo que sí es el mismo.
-Para mí es lo que explica lo inexplicable. El que hizo el injusto milagro de convertirse en algo bello y feo a la vez, fiero y tierno, casi perfecto y grotesco al mismo tiempo..
A veces tengo miedo de desequilibrarte porque yo soy un perfecto desastre, siempre indagando, interrogando, preocupándome por lo que no tiene cura ni solución -dijo Susi.
-No puedes desequilibrarme porque ya lo estoy -respondió India. 

-Y, tú, ¿logras entender la existencia en este mundo? Si el tiempo es ahora infinito, y casi incontable el número de personas que nacerán y morirán ¿cómo me ha tocado a mí?
-Te ha tocado porque eras nada y te convertiste en algo, respondió India. Apareciste como parte del milagro de la existencia, de ese algo, y volverás a la nada.
-Te seré sincera. Me gusta la vida. Nunca he pensado en quitármela, aunque un día al mediodía me tropecé con esa opción al entrar en un cuarto poco iluminado por la luz exterior. A veces estoy triste. A veces siento cosas bellas. Pero hubiera preferido no haber pasado por aquí... solo para no tener que estar hurgando en búsqueda de una respuesta que no tengo a la existencia. 
-¿Compensa no tener que pasar por aquí para esquivar esa pregunta?
-Sí.
-Y qué me dices de la música, la poesía, las montañas, las caricias, los senderos de los bosques, los amaneceres, la playa, el primer beso... ¿te los perderías?
Pues yo ahora dudo. ¿Cambiarías no venir, por estar ahora con Almir y ser feliz?
-Me haces dudar.
-¿No vendrías aunque supieras que tendrías una vida normal mejor?
-No, porque no se trata de mí sino de la humanidad. La imperfección es de la humanidad. El mundo es demasiado malo. Involucionamos.
-Pero podrías aceptar venir para intentar cambiarlo, o para ayudar a quien sí desea vivir sin tanto dolor o hambre.
-No se puede.
-¿Aceptarías venir solo para ayudar a los demás y despreocuparte de tu yo, de tu estómago, y de tu sexo?  Me olvidaba de que precisamente eso intentaste en esta vida antes de quererle ponerle tú el punto final.
-Sí.
-Y por eso estás como estás...
-Sí.
-¿Cómo ves mis manchas? ¿Crees que estoy curando?
-Ya están desapareciendo. Has mejorado, Susi.
-¿Nos podemos ir mañana?
-Creo que sí. Haré las gestiones para alquilar un carro -concluyó India al tiempo que apagaba la luz de la habitación.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

40. Almir se escapa del hospital


Almir tenía todo preparado para escapar del hospital aquella noche y no arriesgarse durante más tiempo a ser detenido y encarcelado. Le daba igual que tuviera la cabeza abierta como una sandía madura, y todas las ideas y los recuerdos revueltos; algunos extraviados para siempre después del fatal golpe que llevó en el cráneo y el raspazo que le cercenó de cuajo una de sus pequeñas orejas. Incluidos en el conjunto de esos recuerdos perdidos, estaban la bella cara de India, su voz melosita, sus caricias, sus advertencias sobre los peligros que le acecharían en Brasil, y sus repetidos, a veces llorando, "no te vayas, te lo suplico", "presiento que no volverás", "regresa pronto, mi amorcito."
La raja del cráneo seguro que cerraría pronto porque sus bordes, a punto de soldarse, estaban regados por sangre joven, vigorosa, y restañadora.
Pero Almir se preocupaba mucho por haber perdido el pabellón auditivo de su lado izquierdo. La falta casi absoluta  del cartílago sería un handicap cuando intentara pasar desapercibido en los pasos fronterizos, las tiendas, las posadas y los bares de carretera. En el hospital figuraba escrito el diagnóstico: "Traumatismo  craneal y amputación accidental de la oreja izquierda." Y la policía tendría acceso al historial, aunque fuera ilegal.
Almir debía dejarse el cabello largo antes de partir, para así eludir mejor los controles que no pudiera esquivar. Ello no era tarea rápida, ya que lo tenía rizo, y el pelo, cuanto más enroscado y encaracolado, más tarda en tapar las orejas, a diferencia de aquellos que son lacios y distendidos, y están siempre haciendo cosquillas o dándole calor al hélix de los pabellones auditivos en zonas de clima
 benigno.
Brasil es un país muy grande, casi tan enorme como los Estados Unidos o cuarenta países europeos diferentes juntos. Y eso constituiría una ventaja para él. Cuanto más extensa es una nación, más complicado y difícil es el control de sus fronteras o la búsqueda de un fugitivo. Si a ello se le agrega la exuberante vegetación, Brasil constituye el país idóneo para que uno no sea encontrado nunca si se lleva una vida exenta de actividad social.
Pero el objetivo de Almir no era convertirse en un ermitaño, o vivir como un indígena, escapando u ocultándose siempre.
Almir quería llegar a Norteamérica e iniciar una vida nueva. Tenía mucho tiempo por delante e ilusión suficiente para poner en marcha un gran proyecto.
Deseaba buscar oro, sí, pero de una manera diferente a la minera, tal como lo había hecho durante los últimos cinco años. Quería descubrir dónde estaba oculto el metal precioso, pero un oro con mayor valor añadido: monedas, joyas, objetos antiguos, imágenes religiosas, sarcófagos, y hasta construcciones
 ocultas bajo tierra, todos ajenos a la luz y el paso del tiempo, al ataque de los elementos y los saqueadores, a la podredumbre y la oxidación que padecen otros metales y aleaciones no tan nobles como el bronce o el cobre.
Almir quería escapar porque, en un intento de arrebatarle las pepitas de oro que tenía escondidas en su cabaña, pensó que había dejado casi heridos de muerte a dos peruanos con su machete. Aunque no quiso matarlos, esquivando con la reluciente y afilada hoja la cabeza y el tronco de los dos ladrones, las heridas en las extremidades fueron graves, y mucha la sangre que iban derramando en el suelo al escapar.
Almir pensó que podrían denunciarlo, y casi seguro, que intentarían algo mucho peor, vengarse pagándoles a otros con más experiencia para que le dieran una buena paliza y, después, muerte.
Si no fuera por el accidente que tuvo, cuando lo pilló desprevenido el árbol, dos días después del intento de robo, seguramente hubieran dado con él en la cabaña, y esa vez no sería solo para llevarse el oro, sino para dejarlo muerto de verdad sobre la hamaca, o en el suelo, con un par de tiros bien metidos en el corazón o en el cráneo.
No le quedaba más remedio que marchar. Si no lo hacía tendría que rendir cuentas ante la justicia, o mucho peor, delante de los cañones de un par de matones. Esos que no se andan nunca con miramientos ni con rodeos. Los sicarios van directos al grano. Preguntan por la plata o por el oro, y si la respuesta no los conduce hasta ellos en pocos minutos, o simplemente no les parece muy convincente, vuelven a dar otra oportunidad; pero ya con la pistola pegada a la sien, y el dedo en el gatillo, presionándolo ligeramente, igual que se le hace al pedal del embrague cuando descansa el pie sobre él; aplicando nada más la fuerza justa para que el reo vea, de reojo, que la maniobra no es solo intimidatoria, y que el peligro de muerte es tan real como la imagen amenazante del verdugo. Los sicarios apretan el gatillo, pero sin pasarse, no vaya a ser que el pájaro se marche sin cantar al otro barrio.

jueves, 22 de diciembre de 2016

39. Susi sigue enferma en Caracas


India  y Susi llevaban ya más de dos días en el hotel.
La habitación, que al entrar parecía un escenario sin estrenar pulcro e inmaculado, se fue convirtiendo, poco a poco, en un espacio cotidiano y familiar, en una estancia con signos de haber sido usada por otros, e incluso, pasada de moda, con algunos detalles de la decoración desfasados, aunque no vulgares, chabacanos o de mal gusto estético.
Susi, desde la cama, tuvo tiempo suficiente para buscarle muchos defectos a una habitación de cien euros que no debería tenerlos justamente por su precio, o al menos, que debían ser corregidos; no todos, pero sí aquellos que estaban relacionados con la falta de limpieza profunda o el correcto mantenimiento de las instalaciones y el mobiliario.
Dos de los tres cuadros que había colgados enfrente, suspendidos con alcayatas atornilladas en la pared blanca, estaban ligeramente desnivelados, uno vertiendo a la derecha, y el otro hacia el lado contrario. Al estar mal colocados, de forma simétrica, el efecto visual provocaba mucha más desazón en Susi, quien no tenía ganas de levantarse para corregir aquel desaguisado.
Los tres estaban situados a la misma altura del suelo y también eran del mismo tamaño, unos veinte por treinta centímetros. Tenían los marcos muy sencillos y todos de color marrón. Representaban tres playas de forma divina. Arena, agua y cielo superpuestos. Escenas nocturnas con las olas perfectamente pintadas para que pudieran convertirse en un significante comodín: nieve sobre las montañas lejanas, alumbrado de pequeños pueblos diseminados por toda la sierra, o espuma blanca haciendo equilibrios sobre las olas.
Los tres óleos apaisados eran evocadores y bellos, y los firmaba la misma pintora, una tal Marisol, alguien que seguro trabajó a destajo poco antes de inaugurarse el hotel vendiendo su obra a peso. Nada menos que doscientos cuadros originales repartidos en las cuarenta habitaciones y los pasillos de la tercera planta.
Algunos ya los habían robado. Sus medidas eran idóneas para meterlos en la maleta o debajo de la chaqueta. En su lugar, colocaban otros, siempre del mismo tamaño, pero ya eran simples fotos de obras pictóricas famosas, o cuadros de autores anónimos como Marisol, aunque de escasa calidad pictórica y carentes de toda emoción o sentimiento.
Resultaba mucho más económico sustituir un cuadro que pintar toda la habitación para borrar las marcas blancas que dejaban en la pared los cuadros que se habían llevado.
En el hotel había una persona encargada exclusivamente de limpiar las "manchas" que quedaban una vez sustraídas las obras; espacios protegidos, casi siempre con forma rectangular, que no habían sufrido los efectos de los agentes "externos" como la suciedad en general, el humo del tabaco, la iluminación interior, las micropartículas del aire acondicionado, o el vapor de las comidas que se servían calientes.
Le llamaban "Tapablancos", y no daba abasto. Dieciséis plantas, multiplicado por una media de cincuenta, resultaba la friolera de unos ochocientos cuadros, y no había día que no robaran dos o tres, de diferente temática, técnicas variadas, tamaños desiguales y marcos con todo tipo de molduras: muy sencillas hechas con listones de madera, barrocas, metálicas...
El trabajo resultaba engorroso porque no se podían eliminar de cualquier manera aquellas marcas rectangulares blancas que descubrían diariamente los empleados de la limpieza. Si todas las obras de una habitación eran óleos realistas de paisajes, no pegaba una acuarela abstracta, ni tampoco una fotografía de un Picasso cubista. Y lo mismo ocurría con el tamaño, que solía ser el mismo en cada habitación o pasillo. Un cuadro pequeño no tapaba una marca grande, ni pegaba en medio de los cuadros de mayor tamaño. Y algo similiar pasaba cuando faltaba uno pequeño.
Susi también se fijó en más defectos de la habitación. 

Las rejillas de la ventilación tenían mucho polvo y carbonilla acumulados. Ello indicaba que nunca se habían limpiado los conductos que transportaban el aire acondicionado.
La mesita de noche ocultaba unas rayas, aunque había que levantar la lámpara y el tapete para poder verlas. El garabato parecía ser obra de niños. Estaba realizado con poco acierto formal, quizás con una llave, u otro utensilio puntiagudo.
La moqueta del suelo tenía diminutos cráteres ocasionados por las brasas desprendidas de los cigarrillos en un descuido. Eran huellas de otros tiempos, cuando se podía fumar casi en cualquier lugar, incluidos los colegios y los hospitales.
El tabaco también había dejado sus huellas en el cuarto de baño sobre las superficies que estaban fabricadas con algún tipo de plástico, aunque las habían pulido convenientemente para quitarles, por lo menos, el color torrado.
Las paredes alicatadas del baño tenían un azulejo roto, aunque solo una pequeña esquina, detrás del bidé, bastante difícil de ver. 
El moho comenzaba a adueñarse de las juntas que estaban más expuestas al agua y la humedad, principalmente alrededor de la bañera y el lavamanos. Era evidente que necesitaban un poco de Baldosín desde hacía ya tiempo.
El techo de escayola del baño parecía recién pintado, pero comenzaba a escascarillar, aunque aún no habían reventado las pequeñas ampollas que se habían formado. Seguramente los operarios no rasparon la superficie correctamente, o emplearon una pintura demasiado barata para ahorrar, o quizás no era debido a ninguna de las dos cosas. Aquello estaba así porque había una pequeña fuga de agua oculta, o incluso, detectada por el encargado de mantenimiento, anotada en la lista de pendientes, y olvidada para siempre.
Susi se dió cuenta de lo que le había ocurrido al entrar en la habitación: deslumbrada  por la primera impresión de las cosas, no fue capaz de fijarse en el resto, porque así funciona el cerebro: siempre quiere emitir un juicio o una conclusión de manera inmediata, para no moverse en el pantanoso terreno de la duda, en la tupida selva de los tonos grises, y en la insoportable y molesta espera. Atacar o escapar, entrar o salir, reír o llorar, amar u odiar...