viernes, 23 de septiembre de 2016

9. Cáscara de plátano y otros platos para combatir la hambruna venezolana


-En Venezuela la crisis y la escasez de alimentos son muy fuertes, por lo que algunos recurren a la concha o cáscara de plátano.  Normalmente se tiraba a la basura, pero ahora se aprovecha para preparar diversos platos -dijo India al interesarse Susi por las cosas que comía su amiga todos los días.
-¿Y qué más aprovecháis? -insistió Susi desde España.
-Pienso para gatos, o gatarina cocida espolvoreada con harina de cáscara de huevo, que tiene mucho calcio y minerales.
Aire estofado.
Agua cocida desnatada.
Revuelto de sobras en las cenas.
Como ya he dicho, cáscara de plátano en juliana. O enteras, de primer plato,  asadas a la plancha por un lado. De segundo, también enteras a la plancha, pero asadas por la otra cara.
Pan duro con aceite de palma.
Arepa untada con grasa añeja extraída con una cucharilla  de los rincones y las juntas del lavaplatos, pendiente de reparar desde hace muchos meses.
Dibujos cocidos de jamón serrano.
Menestra de foto de verduras.
Pompas de aire rellenas de olor a rico pastel.
Plastilina comestible con la que juegan los niños.
Caviar de bolitas de cera de los oídos o de la nariz.
Sueños de marisco.
Pesadillas de jamón.
Espejismos de entrecot.
Alucinaciones de lomo ibérico.
Sopa de agua oxigenada con aceite de la máquina de coser.
Pechuga de zancudo. 
Cucaracha en escabeche.
Tuqueque (lagartija) asada con gelatina de la más barata.
Fotocopia al horno de lomo de salmón.
Pastel impreso en 3D con arcilla roja muy fina.
Sopa de letras.
Rollitos de papel tierno de servilleta rellenos con valvulina de motor para quienes no tengan problemas de estómago.
Aroma de queso embotellado.
Calamares fritos dibujados con su tinta. 
Pájaros hambrientos o despistados en los alambres de tender la ropa o en los bordes de los techos, atrapados con redes, o lanzándoles trapos mojados desde escondites construidos con estructura ligera de madera y papel reciclado de embalar.
Ratas confiadas en que nunca les ha pasado nada a altas horas de la madrugada,  asesinadas con los cauchos de los carros.
Gatos y canarios.
Loros y serpientes.
Los curíes de siempre.
Perros  desahuciados tras la muerte de sus amos.
Toda clase de anfibios que se muevan en las aguas de los pantanos, de las lagunas y de los charcos, principalmente ranas y sapos muy repugnantes.
Conejos de los parques, cazados con disparos o refinadas trampas.
Lombrices.
En general, aves que se esconden en los árboles y también sus huevos batidos, o fritos.
Peces salvajes. 
Carne de rumiantes robados en las granjas.
Verduras de las huertas ajenas.
Alimentos sustraídos en los pipotes de la basura de los supermercados.
Monos asados.
Toda clase  de insectos y gusanos.
Pastel de morrocoy mascota.
Helados de agua destilada.
Murciélagos de las casas en ruinas.
Aguardiente destilado de restos de verduras y semillas de las frutas.
Aroma embotellado de churrasco hecho con fuego auténtico de leña. Infusiones realizadas con  toda clase de trapos: coges la tela, la dejas toda la noche en remojo, en la mañana la exprimes y listo. Todo va a depender de lo que haya limpiado o absorvido el trapo. 
Infusión de calcetín. 
Mate de braga.
Cocido de números.
Estofado de signos.
Revuelto de notas cazadas al vuelo con flechas envenenadas.
Ensalada de puntos y comas.
Anca o jamón de sirena. Es una mezcla de carne y pescado, y se llama carpez. Por afuera tiene escama y cuero a la vez. 
El carpez es una carne apreciada en el mundo entero. Se puede comer cruda, ahumada o curada. Pero solo se permite el consumo de la sirena de piscifactoría, más insípida y con la carne menos prieta.
-Una pregunta -dijo Susi.
-Dime -contestó India.
-¿Las sirenas tienen estructuras cartilaginosas, espinas o huesos? -preguntó Susi.
-Las tres cosas. En los brazos, la columna, la cadera y la cabeza tienen huesos. En el resto del cuerpo tienen espinas como los peces. Es que los peces tienen huesos, ¿sabes?
-Sí, es verdad. Tienen vértebras. Se les ven muy bien a las sardinas enlatadas.
¿Y cuál es el macho de la sirena?
-El sireno -contestó India.
-Sir Eno, jajaja, me meo.
-¿La sirena es un mamífero? -preguntó India.
-Sí -contestó Susi.
¿Dónde tiene Sir Eno el aparato reproductor?
-En la aleta anal -afirmó India.
-Yo pensé que los sirenos llevaban  todo colgando como los humanos, pero después me quedé pensando y me dije: "Peligroso y doloroso si se los pilla una nécora con las pinzas".
¡Me meo de la risa!
-¿Qué es una nécora? -dijo India.
-Un cangrejo de mar que tiene tenazas potentes y muy grandes. ¡Unas pinzas capaces de romper un coco!
A sir Eno no le queda más remedio que llevarlos protegidos dentro del cuerpo. ¡Ah!, y otra cosa, llevarlos colgando no sería tampoco muy aerodinámico en el agua.
Imagínate que se los retuerce un pulpito. 
-¿Qué es es un púlpito marino? -preguntó India.
-Un pulpito, no un púlpito. 
Es muy peligroso andar con los huevos al agua. Los pulpos desde que aprietan las cosas con sus tentáculos ya no las  sueltan.
-¡Jajaja! Pobre Sir Eno -dijo India.
¿Cómo se llama la cooperacion entre dos animales para beneficiarse recíprocamente?
-Simbiosis.
-El pulpo y Sir Eno practican entonces una relación de simbiosis.
-¿Cómo es éso? -preguntó India.
-Cuando la sirena no está en celo, ellos dos se benefician mutuamente. Pero no te diré cómo.

jueves, 22 de septiembre de 2016

8. Dos muertes en el mismo día


India estaba muy triste cuando Susi contactó con ella. Su pena y decaimiento tenían dos motivos. Había fallecido inesperadamente una amiga muy querida, y se había  oficializado la dictadura en Venezuela, es decir, la democracia no estaba ya moribunda, sino definitiva e irreversiblemente difunta.
La desaparicion de su amiga podía tolerarla con resignación. Todos vamos a morir algún día,  y solo necesitamos estar vivos. Duele y es triste, pero hay que aceptarlo como parte inherente de este mundo al que nos han traído. Pero, lo otro, la muerte de la democracia y la legalización de la dictadura en Venezuela, no se puede aceptar como si del destino se tratase, porque proviene de la decisión arbitraria del gobierno antidemocrático que impera en el país.
A mitad del período del cargo de Presidente de la República existe un derecho a solicitar y realizar referendo revocatorio. Si se efectúa en ese período y se revoca al Presidente, se llevan a cabo elecciones para un nuevo período de gobierno. Con la situación de crisis humanitaria que está atravesando Venezuela, los chavistas que están en el poder,  con Maduro a la cabeza, saben que van a perder.
Si el referendo se realiza después de cumplirse la mitad del período y se revoca al Presidente, no hay elecciones,  sino que lo sustituye el Vicepresidente (nombrado por el Presidente) hasta que termine el período presidencial en 2019.
Y todo eso lo han venido planificando y llevando a cabo al demorar durante ocho meses la solicitud de referendo con artimañas. La más descarada ha sido decretar una supuesta emergencia energética que se paliaría ahorrando energía si solo se trabajaban dos días a la semana.
Así lo hicieron. Los funcionarios solo fueron a las oficinas los lunes y martes durante meses, con lo que los días laborables se redujeron también para el organismo encargado de tramitar la solicitud del referendo. Alargaron los lapsos cada vez que les vino en gana, con total impunidad y arbitrariedad. Porque ejercen el poder autocráticamente.
Mientras tanto, el mal gobierno y la corrupcción han acabado con la poca producción nacional de alimentos, y ahora que ha bajado el precio y la extraccion de petróleo,  ya no alcanza para comprar en el exterior lo que antes se producía aquí, ni siquiera lo que necesita la población para subsistir, como las medicinas y los alimentos, entre otros rubros.
Aparte de esto,  tampoco se celebrarán las  elecciones de gobernadores que corresponde realizar en diciembre, porque coincide con el proceso del referendo revocatorio. Quién sabe qué artimaña usarán para que también los gobernadores se perpetúen en sus cargos.
Mientras muere la democracia en Venezuela, el mundo mira hacia otro lado, y la tristeza invade a India y a la mayoría de los venezolanos.
Que ondee, pues, la bandera de la libertad y la justicia, a partir de ahora, a media asta.

7. India tiene que dejar su casa de Acarigua


India había recogido lo más esencial para la mudanza a la casa familiar.
Tuvo que sacar todo para acomodarlo en la maletera y el asiento trasero del carro de su hermana Ángela. También se llevaba a su perrito Leo.
El carro iba lleno hasta el techo. No cabía nada más.
Mientras recorrían el camino,  India se sentía triste por dejar su casa, el hogar donde había vivido los últimos ocho años, donde había sido independiente y feliz. Y, por otro lado, también tenía muchas expectativas de lograr concretar proyectos con su hermana en la casa familiar,  luego de vender la suya.
La vivienda de las cinco hermanas en Santa Ana estaba muy bien ubicada y querían aprovechar el hermoso jardín para instalar un restaurant.
Además, tenían otros proyectos que nunca se pudieron concretar porque la situación del país comenzó a deteriorarse. La escasez y la hiperinflación habían comenzado.
Fue entonces cuando, sin pensarlo mucho, decidió llamar de nuevo a Susi, que vivía tranquila en España sin muchos problemas.
Chateaban todos los días porque India necesitaba atención y cariño debido a las penas que la aquejaban. La ansiedad se le había convertido en un trastorno.
Susi era buena, y por eso nunca se cansaba de apoyarla.
En el fondo la quería, y pronto formó parte de la familia.
Pero llegó un momento en que Susi se convirtió en una sumisa terapeuta a distancia. Y todo porque no soportaba que India sufriera.
Las sesiones de relajación de India las dirigía Susi desde España.
Las dos se echaban en sus respectivas camas a siete mil kilómetros de distancia, con los brazos y las piernas abiertas.
Susi le decía a India que cerrara los ojos, e India obedecía. Y ya no podía volver a abrirlos aunque quisiera, sino hasta que Susi se lo permitiera de nuevo.
Estas sesiones conseguían su objetivo. Rebajar la ansiedad de India de nueve a tres, de siete a dos, de cuatro a uno... en una escala de cero a diez.
Pero India no tenía con qué pagarlas, así que Susi  decidió que debía dibujar, escribir o caminar para saldar las deudas.
Se puede pensar que pagar con esa moneda es muy fácil, pero no; no es cierto. Cuando se está realmente enferma, resulta muy difícil existir, porque existir significa sentir que no se tienen ganas de vivir, y no tener ganas de nada es... estar siempre harta, a punto de vomitar.
Cuando se está llena de todo, lo único que apetece es saciarse con la muerte, y hacerlo bien, no de una forma chapucera, como lo intenta mucha gente que no tiene ni la más mínima idea.
-El suicidio está ahí y hay que hablar de él para que no se quede enquistado y se  convierta en un tumor malo - le decía Susi a India algunas veces.
Hay, incluso, que tratarlo con humor e ironía. Reírse de él, si llega el caso. Porque mientras te ríes, te alejas del peligro.
Susi le contó a India que, en cierta ocasión, escribió un artículo para un periódico sobre el suicidio. Susi pasó tres noches sin dormir hasta que, por fin, le salió algo con cierto sentido.
No quería escribir un supositorio de moralina. Ni disparar con la pistola de la compasión. Ni mostrar estadísticas. Ni desatar pena hacia esas personas. Ni convencerlas, porque, en el fondo, tienen razón.
Y, por fin, Susi se puso a escribir. Era un artículo cargado de humor negro, ironía y vida, ya que también provocaba risa.
En él, no le reclamaba nada a los políticos ni a la Administración, que siempre andan más pendientes de su salud que de la de los otros.
Se titulaba así: "Cómo evitar un suicidio chapucero".
El artículo iba dirigido a todo tipo de usuarios.
Recomendaba, por ejemplo, que era mejor una buena sobredosis de sexo loco y ron, que una lenta y aburrida cirrosis.
También recomendaba la escalada en roca sin cuerda, antes que el puenting.
El puenting no solía dar buen resultado. Principalmente cuando el río baja con demasiado caudal.
Para que el puenting sea un método efectivo tiene que estar el lecho casi seco, y las piedras no deben ser cantos rodados, sino angulosa roca caliza.
De esa manera se consigue un buen hostiazo.
Había que ser comprensible con la Administración, y no provocar más gasto sanitario que pagarían todos los ciudadanos.
El suicidio debía ser económico y limpio y no ocasionar gastos de hospitalización ni complejas operaciones de búsqueda.
Los perros, mejor emplearlos en los terremotos, en los sepultados bajo la nieve o el lodo, o en la búsqueda de excursionistas atontados que no saben ni siquiera donde está el norte.
En el artículo también se recomendaba usar el horno crematorio en vez de la playa, pues era mejor también para las arcas del Estado.
Usando el horno solo se gastaba un poco de gasoil, aunque el sistema fuera algo doloroso al principio. Pero compensaba. Compensaba porque el melanoma, a la larga,  era mucho más terrible y doloroso.
En el artículo tampoco se recomendaba el lento suicidio provocado por intoxicación alimentaria. Mucho mejor un empacho mortal a base de mariscadas reogadas con un buen vino blanco. O tinto, con una pota entera de cocido gallego. Y, al terminar, otra, y otra... hasta que  saltan los ojos igual que los tapones de champán en Navidad.
Todo eso mejor que un goteo lento del veneno que va en las bebidas azucaradas o las grasas saturadas, el aceite de palma... 
Susi recomendó también morir tras un largo ayuno en la tienda de campaña, en el bosque,  con una buena fuente al lado; antes que mendigar un puesto de trabajo de un par de horas diarias, con flexibilidad horaria, sin dietas, y coche propio para los desplazamientos.
En el bosque, por lo menos, conservas tu dignidad, mientras bebes agua fresca y escuchas gratuitamente el trino alegre de los pájaros.
Susi afirmaba en el artículo que no hay chapuza más grande que llegar al hospital a pie, y con mucho más dolor que antes. El del alma sumado al que produce un buen leñazo en los riñones, después de caer en el río sobre los cantos rodados, allá abajo, al lado del primer arco del puente.
Todo esto fue lo que escribió Susi en el artículo de prensa.
Susi siempre fue partidaria de la eutanasia.  
Y, con respecto al suicidio, nunca quiso convencer a nadie de que era mejor comer cuando está subiendo el vómito. Si lo hizo, fue con argumentos vacíos.

martes, 20 de septiembre de 2016

6. Javier de la Cruz Pérez, el Cid Puyador o Perico Metralleta.


Tras dos años de comunicación, Susi dejó de hablar con India. Al llegar a casa; su padre, su marido y su suegra le requerían todo el tiempo libre, y cuando se daba cuenta, era ya muy tarde.
India no se lo tomó mal ni le reprochó nada a Susi. Sabía que, tarde o temprano, ello ocurriría.
Susi guardaba un grato recuerdo de India, persona que estuvo muy necesitada afectivamente desde que intentó suicidarse. Pero de lo que más disfrutó fue de las historias que India le contaba, especialmente de la noche de los once polvos.
Susi la conservaba aún en el chat. En ella, ambas mujeres hablaron así:

-Perdona, pero es casi la onceava vez que te pregunto si las contaste -dijo Susi.
-¿Acaso dudas de mí? -contestó India.
-No, pero me parece un cosa fuera de serie, algo que no es de este mundo terrenal y que no se lo creerá nadie.
-No te engaño, ni conté mal. Fueron once,  o diez y la propina, y todos con ella igual de dura, de principio a final.
-¡Menuda fiesta! -dijo Susi-. Podía satisfacer a once mujeres, más de una vez a media docena, o... 
-Le salen muchos tipos de cuentas. No dudo que haya hecho alguna vez lo que dices -respondió India.
-¿Durante tu matrimonio?
-No. Después de que la mujer lo dejó -agregó India.
-¡Hagan cola y agarren su número! ¡Jajaja! ¡Y las últimas no se quejen si faltan unos milímetros de su tamaño reglamentario.  Sean comprensivas, por favor.
-No te creas que perdía dureza -aclaró India.
-¡Qué bárbaro! ¡Qué fenómeno! Ni que tuviera una prótesis interna accionada con bombín ¡Jajaja! ¡Eso debía ser tan potente como el basculante de un camión! -dijo Susi ensalzando la función del miembro de Javier.
-Yo no sé si lo habré idealizado con los años, pero así lo recuerdo -agregó India.
-¡A ver si en realidad era un pepino que traía siempre escondido!
-¡Jajaja! Te gusta el tema, ¿no? -preguntó India.
-Sí. ¡Menudo fenómeno!
-¿Y nunca has tenido una experiencia parecida? -preguntó India.
-Difícil encontrar a un hombre como ése en el mundo terreno. Con un novio lo hice seis veces. Pero al día siguiente bajó mucho la cosa.
-Pues mi marido podía hacerlo a diario. Después de la primera noche, cuatro meses seguidos de cinco a seis todos los días. ¡Era una máquina! Yo me imagino que eso tiene sus ventajas y desventajas -agregó India.
-¡Tu Javier se confundió de oficio!
Si en vez de producir tomates, alquila el pepino, ahora estaría forrado de dólares.
-¡Jajaja! -rió India-. Pero, como te decía, tiene sus desventajas. Es como una enfermedad.
-¿Desventajas para quién? -preguntó Susi.
-Para él, porque si no tiene mujer debe buscarla obligatoriamente como sea y donde sea.
-O matarse a pajas escondido detrás de unos matorrales o unos cañaverales -aportó Susi.
-¡Jajaja! Pobre. Cuántas no se habrá hecho en su vida.
-Pues multiplica, a diez por día... suficiente para una buena quesería. 
Un honor para el pueblo de San Vicente tener un semental tan valeroso, potente y valiente.
-¡Jajaja!Le deberían dedicar una calle. Capaz si tú fueras el alcalde lo condecorarías -dijo India.
-No, porque seguro que también se habría tirado a mi mujer.
-¡Jajaja! -rió India.
-Aún así, le dedicaría una calle, una plaza o, mejor aún, un monolito o una fuente, muy apropiados para la ocasión, los últimos dos.
-¡Jajaja!Me meo de la risa. Bueno, entonces que se sepa la verdad de una vez por todas y se le reconozcan sus méritos -dijo India.
-Sus méritos son dignos de figurar en la enciclopedia venezolana al lado de otras grandes pero mucho menores y valerosas gestas.
Ya quisisera Camilo José Cela ser testigo de tu confesión y vivir para hacerte un exaustivo interrogatorio, igual que  cuando investigó el caso del Cipote de Archidona ¿Lo conoces?
-No, no lo conozco -contestó India.
-Aquello también fue memorable, pero nada comparable con la magnitud y la funcionalidad del muy servicial órgano de tu marido.
Lo de Archidona fue solo un disparo y un récord balístico, aunque de muy buenos parámetros y peores consecuencias.
Pero esto que me cuentas es diferente. Es un combate a once asaltos sin descansos. ¿Te imaginas que hubiéramos estado esa noche las dos con él y que hubiéramos colaborado para mantenerlo erecto mucho más tiempo? 
¿Tú que opinas? ¿12? ¿14?...
En fin. Yo propongo que la calle se llame Perico Metralleta, porque también los carneros abastecen a unas doce o más ovejas -concluyó Susi.
-Y yo, Javier de la Cruz Pérez, el Cid Puyador, nombre singular y sufrido al mismo tiempo, épico y valeroso, reconquistador de todos los coños, el gran eyaculador, el noble guerrero de los once polvos, el poderoso libertador, el barrenador, el gran surtidor...
-Menuda pareja nos hemos juntado, jajaja. Me meo de tanto reirme. Menos mal que tenías sueño, Susi, ya van a ser las dos y media de la madrugada.
¿Lo llevamos a pleno y así deciden todos los miembros?
-Esto reanima a los muertos, ¡jajaja!
-¡Jajaja! -rió India a carcajada limpia.
-La verdad es que resulta muy difícil topar con alguien que lo tenga todo al mismo tiempo: un miembro de tamaño generoso y una función poderosa, propia de las armas de repeticion.
Imagínate un miembro de lo mejor con eyaculación precoz.
-La de mi marido no era precoz. Era normal. Aquella noche lo inundó todo. Y manaba muy caliente.
-No me entiendes. Digo que lo tiene todo. Miembro y función. El miembro sin la función solo sirve de adorno, para recibir caricias y falsos elogios.
-¿Y al revés? ¿Y la función sin el miembro?
-Tampoco sirve, o si no, prueba meterte el dedo once veces.
-Exacto. La naturaleza floreció en ese ser para que él, a su vez, repartiera el polen de su miel a tutiplen.
-Y dejó a otros en la más absoluta y ridícula  miseria. ¡Qué mal! ¡Qué injusticia! Que él pueda hacer gozar a una docena y que a otros ni siquiera se les ponga la picha dura, firme o tiesa, como el monolito de granito que yo solicito a estos concejales.

martes, 13 de septiembre de 2016

5. Sin rumbo fijo

India salió  del hospital con su pequeña maleta en la mano y se detuvo un momento en el rellano de las escaleras.
Casi no sabía caminar en el exterior y el sol de la mañana le molestaba en los ojos, como si hubiera estado largo tiempo recluida en una cueva.
Mientras India bajaba los cuatro escalones, Miriam también descendió de su carro y se acercó a ella.
-Hola amiga, ¿cómo te sientes? -le dijo-. Te he estado esperando más de media hora. ¿Por qué no salías? Ven, móntate, que nos vamos.
-Cosas burocráticas del hospital, ya sabes -respondió la mujer.
Al recorrer el camino,  India fue pensando que  no tenía ni idea de cómo orientar su vida de ese momento en adelante. Solo quería volver a la normalidad, a disfrutar de su cuarto, su cama, su TV, su jardín, su intimidad e independencia.
Cuando llegaron a la casa, India notó que todo seguía tal como lo había dejado al marcharse, aunque las plantas estaban un poco mustias y hacía falta recoger las hojas secas del jardín.
Lo primero que hizo fue dejar la maleta sobre su cama. Y, antes de ir a darse un baño, se estiró sobre ella y se quedó pasmada unos minutos con los ojos abiertos, casi sin parpadear ni  respirar profundamente, mirando a las telarañas   que habían tejido aprovechando su ausencia.
India hizo un recuento de cómo se sentía cuando la hospitalizaron hacía dos semanas y su estado emocional y mental de ahora, y se dio cuenta de que había mejorado mucho. Ya no lloraba ni tenía pensamientos suicidas. Le había hecho bien estar ahí, a pesar de todo, aunque no cambiaba la comodidad de su hogar por otro sitio.
La semana siguiente estuvo ocupada limpiando y poniendo en orden sus cosas, a la vez que intentaba hacerse una idea de qué podía hacer para ganar un dinero extra que la ayudara a cubrir los gastos. Desde que tomaba tanta medicación, buena parte de la plata que todavía recibía de su sueldo al estar de reposo médico, la tenía que gastar en medicinas. Y gracias que, al menos, todavía podía percibirlo.
La medicación le mantenía equilibradas las emociones y pasó varios meses haciendo ponquesitos y tortas que vendía en la tiendita de su vecina. Además, se dedicó a asesorar estudiantes universitarios en sus trabajos de investigación.
Mientras tanto, seguía de reposo médico, pues no podía someterse a situaciones de estrés que la desequilibraran nuevamente, pero eso no lo entendían los empleados de recursos humanos de su oficina. La acosaban laboralmente presionándola para que renunciara, hasta que finalmente la botaron.
India se sentía muy sola. Alejada físicamente de la familia y aislada socialmente. Solo contaba con tres amigas que la visitaban regularmente, y con su vecina. Recordaba con nostalgia las conversaciones que mantuvo con Susi durante su hospitalización, pero que poco a poco se fueron espaciando en el tiempo hasta que no volvieron a llamarse. India tenía mucho de qué ocuparse para poder subsistir, y Susi estaba inmersa en su rutina diaria y sus extravagantes aventuras.
India, con el apoyo de una de sus hermanas, logró construir una pequeña vivienda anexa para alquilar y tener un ingreso económico más, pero se hacía difícil su situación  porque comenzaron a escasear los alimentos y los artículos básicos necesarios, y ya no le alcanzaba el dinero.
A veces pasaba una semana entera comiendo solo caraotas con arroz.
Le faltaba plata para pagar los servicios públicos de la vivienda, y las cuentas se iban acumulando hasta que no tuvo otra opción que mudarse de ciudad a la casa familiar a vivir con una de sus cuatro hermanas.
Lo estuvo pensando mucho tiempo antes de tomar la decisión, porque había vivido sola desde que tenía 18 años, excepto cuando estuvo un año de casada, y no iba a ser fácil acostumbrarse a volver con la familia.
India vivía en una casa muy bonita con techo de madera a dos aguas, pisos blancos de cerámica, ventanas panorámicas, un patio con huerto, y un jardín pequeño pero con muchas plantas que la deleitaban en las mañanas con el frescor y el canto de las aves, y en el que pasaba horas enteras dedicada a su cuidado.
Disfrutar de su casa le daba mucha paz y tranquilidad. Además, tenía a disponibilidad, a escasos metros, un parque de 600 hectáreas en el que caminaba por las tardes.
Disponía de una enorme biblioteca con cientos de sus libros preferidos, muchos de los cuales aún no había leído. Cada detalle, cada cuadro y cada adorno que decoraba su casa, tenían una historia que contar que le daba un sentimiento de pertenencia a lugares y personas queridos.
No quería desprenderse de su hogar. Antes de tener su propia casa, India se había mudado veintiocho veces, cambiando siempre de lugar de residencia. Y esa era la primera  que disponía de una vivienda propia, por eso no la quería dejar. Pero ya se avisoraban tiempos difíciles en el país por la inflación y la escasez, y ella no tenía manera de afrontarlos sola esta vez. Siempre se había sentido orgullosa de su capacidad de trabajo y de superación en la vida, pero ahora las circunstancias adversas la estaban venciendo. Tendría que mudarse de su casa y buscar refugio con su familia.
Tomó la decisión una noche luego de conversar por teléfono con su hermana Ángela, y al día siguiente comenzó a recoger en cajas de cartón lo que se llevaría en la mudanza. Regaló a una biblioteca pública más de quinientos libros, se deshizo de  mucha ropa y zapatos que no usaba y dejó lo esencial, aunque se dio cuenta de que necesitaría un camión para trasladar todas sus cosas.
Pero no pensó en que no tenía suficiente dinero para pagarlo y finalmente tuvo que meter todo en un cuarto para llevarse solamente lo que cupiera en el carro de su hermana. Así, India dejó atrás casi todo lo que había construído en su vida, para comenzar de nuevo, muy ligera de equipaje.

viernes, 9 de septiembre de 2016

4. ¡Menudo fenómeno!


-Me impactó mucho la imagen de tu primera vivienda de casada, y aún sigo explorando con mi linterna vuestra habitación, sin que os deis cuenta. Seguro que tiene pocos muebles; como mucho, una silla roída por la carcoma y un armario destartalado, con sus marcos descuadrados debido a los bultos y el desnivel del terreno. 
La luz del exterior entra por un ventanuco, también de geometría rectangular perdida, con la masilla de los cristales cuarteada, igual que el barro reseco de un antiguo lecho de agua -dijo Susi intentando describir la primera casa en la que vivió India en el campo.
-Las paredes eran de barro, pero solo había una cama. La ropa colgaba de un carrizo que hice poner entre las vigas bajas del techo -añadió India.
-Un carrizo es aquí un pájaro muy pequeño que cabe, asustado, en el espacio ahuecado que se forma entre tus dos manos.
-Pues aquí es un palo que hace de percha, hueco por dentro; como un bambú
Yo traje una mesita y un banco para sentarnos que apenas cabían. Y fui feliz en esa habitación. Me sentí amada como nunca. Y amé mucho, también.
-Además, eras más joven y estabas cargada de energía e ilusión. Antaño la gente amañaba con bien poco. Tenía esperanza, paciencia y unas ganas imperturbables de trabajar.
-Yo no necesitaba nada más para ser feliz. Cultivábamos todo el maíz que comía la familia en el año, y nos juntábamos en las tardes después de la cosecha a desgranarlo. Y charlábamos viejos y jóvenes: abuelos, tíos, sobrinos, hijos y nietos. Reíamos todos sentados sobre un gran encerado desgranando el maíz. Ellos, al principio, se burlaban de mí porque no sabía desgranar.
-¿Encerado?
-Una tela gruesa muy grande como de saco donde caían los granos del maíz. Era tan grande que cabíamos todos.
-En casa solo vivías con tus suegros y tu marido.
-Sí, pero en la finca de seis hectáreas estaban todos los hijos con sus familias en sus casas. Era como una tribu. Solo dos de las hijas vivían aparte y lo compartíamos todo; los huevos de las gallinas, las caraotas que recolectábamos de los rastrojos, el maíz que sembrábamos entre todos, lo que se compraba con la venta del café... Todo compartido a partes iguales. ¡Ah! y garbanzos.
-¿Caraotas?
-Caraotas negras, unos granos que son la comida tradicional venezolana. Por cierto, ya no hay, y si las consigues, cuestan un ojo de la cara. Ahora son comida de ricos.
-¿Granos parecidos a qué? -preguntó de nuevo Susi.
-Similares a las caraotas rojas de ustedes, pero más pequeñas.
-¿Granos rojos nuestros?
-Sí. ¿Sabes cuáles son?
-No.
-Ustedes hacen un plato muy rico con unos granos rojos
o blancos.
-Sigo sin caer.
-Una sopa que ustedes hacen que le ponen chorizo y unos granos blancos como habas.
-Jajaja.
-¿De qué te ríes?
-Habas, jaja, ¡habas!
-Sí, blancas, negras, pintas... Esas mismas son.
-La fabada y la sidra asturianas son famosas en el mundo entero.
-¿Y la fabada es con qué tipo de habas?
-Blancas.
-Nosotros a eso no le ponemos solo los granos; a veces, también la piel del cochino frita. 
¿La fabada no es una sopa? -preguntó India.
-Jajaja -rió Susi.
-Disculpa mi ignorancia culinaria.Y, entonces, ¿qué es?
-La sopa solo lleva caldo de pescado o de carne y fideos. No le llames "granos" a las habas. Los granos son cosas más pequeñas: maíz, trigo, arroz...
-¡Ah!, entiendo.
-Las habas son legunbres, como los guisantes, los garbanzos,  las lentejas...
-¡Guau!, para nosotros todos son granos y las caraotas también.
-Las caraotas son habas, y las habas, legumbres.
-¡Ah!, ahora entiendo.
-Te ha costado, jajaja -rió Susi satisfecha ya.
-Entonces, mi suegra hacía todos los días un cocido de caraotas en un fogón de barro con leña.
-Unos días blancas, otros negras; y, los más, pintas -tarareó Susi.
-No -interrumpió India-. Todos los días comíamos caraotas negras, pero los domingos eran especiales, comíamos garbanzos.
-Muchos pedos... Unos blancos,  otros negros; y, los pintos, los más mortíferos.
-Jajaja. Hay unos horrorosamente olorosos.
Las caraotas se acompañaban con arepa de maíz pilado en el almuerzo y, en la tarde, casi noche , caraotas, arepa y un huevo frito.
-¿Maíz pilado?
-Pilado es cuando le quitas la cáscara al maíz en un pilón a golpes.
-¿A qué hora se reunía la gente para contar historias?
-En la tarde. Recuerdo cómo sonaba cuando frotaba una mazorca con otra. Mientras desgranábamos, contábamos historias.
-¿Recuerdas alguna? -preguntó Susi.
-No. Solo que daban mucha risa las historias cómicas que les habían pasado a algunos de ellos.
-Pensé que había tomate en el  desayuno, la comida y la cena.
-No, jajaja. Los tomates no eran para comer, sino para vender. Además, solo se cultivaban en invierno, en época de lluvias.
-Nada de pescado.
-Nada de nada -repitió India-. Leche, sí. Teníamos una vaca. ¡Ah!...y huevos de las gallinas. 
-¿La vaca era comunitaria? -preguntó Susi.
-Si, pero no hacíamos queso porque daba muy poca leche.
-¿Cuántos tirabais de las ubres?
-Muchos, unas veinte personas.
-Jajaja, pobre vaca.
-Nunca pude aprender a ordeñar -se lamentó India.
-¿Era pinta o de raza cárnica?
-Mestiza y marrón. Vaca Carora, que es una raza muy famosa aquí.
-Carora, caraotas... Jajaja.
-Jajaja -sí, pero es solo una coincidencia.
Entonces, yo revolucioné la alimentación. Compré cien pollitos y nos comimos 97.
-¿Y los terneros de la vaca?
-Los terneros los criaba mi suegro para yuntas de bueyes que vendía ya amansados. Además, también civilizaba caballos para faenar la tierra y criaba perros de caza.
Era increíble lo autosuficientes que podían ser. 
Al llegar yo, "revolucioné" la alimentación. Como no me había criado así, me cansé de comer lo mismo todo el tiempo. Entonces cometí el error, bueno, digo yo que fue un error, de traer cosas de otro tipo compradas afueraqueso, carne, arroz, yuca...
-¿Error? -dijo Susi.
-Claro, porque los hice depender de la comida comprada. Traje harina precocida de maíz y así ya no había que pilar ni sembrar.
Entonces, el dinero que ellos tenían ya no les alcanzaba, porque vendían café y animales a mediano plazo. Y, a partir de ahí, mis cuñados y cuñadas tuvieron que ir a trabajar para otros como jornaleros. Eso fue un error, ¿no te parece?
-Hasta cierto punto -contestó Susi-. No entiendo lo de criar los animales a mediano plazo.
-Bueno, que mi suegro demoraba unos cuantos años en criar y amansar los bueyes y los caballos para poderlos vender, y no era entonces inmediato el dinero que se obtenía. Yo los llevé a esa vida más dependiente de lo externo, aunque mejoraron su alimentación y su salud. Ahora, hasta tienen baño, y una casa con piso de cemento, y paredes de bloques, y techo de acerolit, y ya no pasan frío.
-Pero,  ¿hace frío en Venezuela?
-En esa zona montañosa de estado Trujillo hace frío. Recuerda que tenemos de todos los tipos de clima, hasta nieve.
-¿A qué altitud vivíais?
-A unos 1.500 metros sobre el nivel del mar, o tal vez más, no recuerdo. Era un lugar hermoso. Yo quería hacer una posada, pero no tuve tiempo. Una posada con cabañas, y que la gente viera cómo se funciona en el campo, aunque mi idea era ponerlos  a trabajar como experiencia. Eso era revolucionario en aquellas fechas.
-¿De qué año estamos hablando?
-Finales de los 90. Pero enfermó mi madre, y mi marido embarazó a otra mujer y se esfumaron todos los planes.
-Y, además, tu suegra no te quería porque gastabas más de la cuenta.
-No le convenía que yo cambiara las cosas, y en parte tenía razón.
-Y encima no empreñabas.
-No le daba nietos para que trabajasen la tierra, aunque era realmente Javier quien tenía el mayor problema. 
-¿Como lo conociste? -preguntó Susi.
- Lo conocí porque yo investigaba la cultura de ellos. Estuve cuatro años estudiándolos. Su padre era cantor de velorio y tamunangue, un tipo de baile.
-Pero él no te investigó bien a ti, jajaja.
-¿Por qué lo dices? ¡Ah! ya sé. Te recuerdo que yo no tenía demasiados problemas de infertilidad. Javier, en cambio, estaba tocado por el veneno que usaba en las siembras sin protección. Pero vamos a la historia.
-Sí -contestó Susi.
-Javier era cantor, como su padre. Yo conocí primero a este último.
-¿Qué más?
-Yo iba a cantar con ellos en pueblos y caseríos. Su padre tenía un estatus dentro de los cantores, era maestro.
-Bien.
-El maestro guarda unos cuadernos con las letras de las canciones escritas en castellano antiguo aunque se las sabe de memoria.
Yo me hice muy amiga de su padre y me confió los cuadernos.
-De acuerdo.
-Desde que mi marido me conoció cantando la primera vez, me propuso matrimonio.
-Sigue.
-Estuvo cuatro años recordándomelo cada vez que nos conseguíamos en los velorios y tamunangues.
-Te tiraba los tejos.
-Me echaba los perros. 
Yo investigué a su familia.  Provenían de una etnia indígena desplazada de otro sitio, por eso se comportaban como una tribu. Pero tenían valores que no los tenía la gente de la ciudad: honestidad, hospitalidad, meritocracia, trabajo duro,
respeto... Lo que olvidé investigar fue su comportamiento hacia las mujeres. Eran promiscuos, por decirlo de alguna manera.
Lo digo porque en ese tiempo yo también había tenido un novio en la ciudad. Era un intelectual que yo adoraba. Un historiador muy culto; un escritor que había migrado desde Caracas a la ciudad donde yo vivía.
-Sigue contando.
-Llevábamos un año saliendo y me había dicho que estaba divorciado. De repente, le llegó la mujer y los dos hijos
a vivir con él. Yo no entendía nada. Me dijo que no los podía echar a la calle. Yo le dije que se viniera a vivir conmigo y le di un plazo de un mes para que decidiera.  En ese mes no le hablé del asunto. Al cumplirse ese periodo, le pregunté qué decisión había tomado. Me dijo que necesitaba más tiempo, que no podía romper con ella. Me había engañado y yo, sin decirle nada, fui al pueblo donde vivía Javier y le dije que aceptaba casarme con él.
-Por despecho -dijo Susi.
-Sí. A los diez días me mudé con él, y a los dos meses nos casamos.
El historiador me invitó después a almorzar, y en pleno almuerzo le dije: "Me casé". Se puso a llorar y se fue. No nos volvimos a ver en muchos años.
- Qué triste. No te acostaste con él.
-Sí y no.
-O sí, o no.
-Él tenía problemas. Disfunción eréctil. Nos acostamos y nos amamos. Para amar no es necesario penetrar. A veces, Susi, es mejor incluso no penetrar para poder querer y amar de verdad. A mí no me importaba eso. Yo lo quería y le había dicho que iríamos con un médico. Hay muchas maneras de hacer el amor. Además, no es el sexo lo más importante de una relación.
-Javier, en cambio, tenía la herramienta bien.
-Jajaja, muy bien, demasiado bien para una sola mujer.
-¿Te puedo contar una confidencia?
-Cuenta, sí.
-La primera vez que estuvimos juntos en la cama lo hicimos once veces... sin sacarla. Un prodigio de la naturaleza, jajaja.
-¡Qué fenómeno! ¿Las contaste bien?
-Sí. Las conté todas. Pero no fue así siempre, ni tampoco todo eso para mí sola. Fue prorrateado, dividido entre varias mujeres. Y eso no lo pude soportar.
-Yo pensaba que no había máquinas de montar como esas.
-Yo tampoco. Era increíble -dijo India.
-Y, encima, lo alimentabas a base de bien con comida rica de afuera.
-Sí, para otras. 
Le compré ropa nueva, un teléfono celular de esos grandotes que había en esa época, le hice un tratamiento en la piel de la cara, lo puse lindo...
-¿Conducía? -preguntó Susi.
-Sí. Yo le prestaba mi carro. Las mujeres se enamoraban de él porque creían que tenía dinero.
-Con esa palanca de cambio lo merecía todo.
-Jajaja -rió India a carcajada limpia.
-Era grande...
-Sí,  jajaja.
Pero no me quería. No solo porque embarazó a otra muchacha, sino porque varias veces que salí de viaje, no me llamó ni siquiera para verificar que había llegado bien, y cuando estuve hospitalizada, pasó una semana sin llamarme.

miércoles, 24 de agosto de 2016

3. Supervivientes




-Cuánto siento que haya muerto tu marido, Susi. Debió ser terrible para ti.
-Lo he superado. Y no han quedado heridas. De ningún tipo. Solamente recuerdos y una imagen imborrable durante el resto de mi vida.
-Me alegro, porque no es lo que generalmente ocurre. El duelo suele ser largo y difícil.
-La primera fase de ese proceso es de un año, pero ahora no quiero hablar de ello. Prefiero interrogarte.
Tú eres una superviviente. Y yo también. ¿En qué nos diferenciamos?
-No entiendo tu pregunta. ¿Querrías explicármela mejor?
-Tú has sobrevivido a un intento de suicidio. Si no hubiera sido así, tu marido o familiares más allegados serían supervivientes, los que quedan vivos después de un naufragio, culpables, irresponsables por no haberlo evitado, apestados...
-¡Ah!, entiendo.
-Te voy a hacer una pregunta, India.
-Dime.
-No la respondas si no quieres -aconsejó Susi.
-De acuerdo.
-Al abrir de nuevo los ojos y recuperar la consciencia, ¿qué pensabas, qué sentías, o qué deseabas?
-Fueron como flashes. La consciencia volvía y se iba de nuevo. No recordaba nada de lo que había sucedido. Todavía hoy no recuerdo algunos instantes de cuando desperté definitivamente.
-¿Que ocurrió en ese momento?
-Recuerdo que quería no volverme a dormir porque cada vez que perdía la consciencia en el baño, me caía y no podía levantarme. No quería estar así. Quería despertar, pero no podía.
-Quizás no planteo bien las cosas. ¿Te sentías culpable o avergonzada? ¿Querías seguir viviendo o querías seguir muerta, es decir, sobremorir? ¿Después de sobrevivir, te apetecía más sobremorir? 
¿Qué ha pasado? ¿Por qué no contestas? -pregunta Susi de repente.
-Es la batería -respondió India al otro lado del inmenso océano-.
Cambié la batería y ésta que puse está baja de carga. Seguiremos hasta que te diga -avisó India por si se interrumpía la comunicación.
-Tienes que comprar un cargador o una batería nuevos.
-Déjame que haga el intento de responderte con la batería que me queda. 
No me sentía ni culpable ni avergonzada. Quería seguir viviendo. De hecho, fui al siquiatra para que me ayudara. Quería seguir viviendo después de querer morir. Acepté que Dios no quiso que muriera.
-Batería muy baja -avisó nuevamente India-. Esto puede cortarse.
-¿Pusiste en manos de Dios tu vida?
-No, yo no quería vivir más. Lo que Dios decidió fue asunto suyo.
-¿Quizás fui yo la que no te dejó morir?
-¿Por qué dices eso? -contestó India con una nueva pregunta.
-No sé... la capacidad de la mente es a veces extraordinaria.
-Creo que eso no estaba en tus manos. Más bien fui yo quien lo planificó mal. Tal vez, en el fondo, no quería morir.
-¿Lo planificaste mal inconscientemente para no morir?
-Exacto -respondió India. Hasta se lo dije a una amiga, y ella alertó a mi hermana, que no sabía por qué dormía tanto.
-¿Anunciaste la hora a tu amiga?
-¿Sí. Justo antes se lo dije por teléfono?
-¿Cuántas pastillas tomaste?
-Treinta, dijo India sin titubear ni un momento.
-Las contaste -dijo Susi.
-Sí, una a una. Se puede tomar una dosis de 2 mg al día, y yo tomé 60 -volvió a confesar India-. Hay una dosis letal, pero no la preparé.
-Sobreviviste de milagro.
-Sí -respondió India.
-¿No se te pasó por la cabeza pedir ayuda antes de hacerlo? -preguntó Susi.
-No.
-Pero tenías a quién pedirla.
-Sí -afirmó India.
-¿Por qué no lo hiciste? insistió Susi.
-Porque quería olvidarme de todo -dijo India. 
Después de sobrevivir quería vivir y busqué ayuda. Por eso estoy aquí hospitalizada.
Pero no sé cómo voy a resolver todos los problemas que tengo para mantener mi calidad de vida dentro de límites razonables, sobre todo lo que se refiere a tener un motivo por el cual luchar.
Siempre he sido servidora pública, es mi vocación, servir a los demás, pero siento que ya no tengo fuerzas ni medios para seguir haciéndolo. La vida ha perdido mucho del sentido que antes tenía, que era ayudar a la gente. Ya no me puedo ayudar ni a mí misma.
-Ayudarte a ti misma es como ayudar a los demás. Si te ayudas, no lo tendrá que hacer otra persona por ti. España será pronto un país anciano, con mucha gente que no podrá ayudar ni ayudarse. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los gaseamos en las cámaras? La vida es así.
-Sí, claro. Pero yo todavía soy joven.
-Mejor me lo pones -dijo Susi.
-Tal vez se trate de aceptar que la vida es así y que debo buscar las oportunidades de seguir sirviendo a los demás.
-Yo no quiero convencerte de que vivimos en un paraíso. Todo lo contrario. Esto es a veces un calvario. Pero no tenemos muchas más opciones.
-Sí, tienes razón.
-Ya que la vida se trata de un segundo nada más, ¿por qué agotarlo antes de tiempo?
-No es tan sencillo tener más ganas de estar muerta que viva. Todo se va juntando.
Yo opino que llega un momento en que es más el agotamiento y el cansancio que las ganas de vivir frente a un panorama desalentador. 
¿Y por qué crees tú que tu marido "logró" suicidarse? ¿Qué lo llevó a eso?
-Digo "logró" porque no sobrevivió. Las causas no me preocupan, pues tampoco nadie indaga por qué el cáncer acaba con la vida de una persona, el cáncer o un accidente de tráfico, como tú misma has dicho hace tan solo un rato.  
Solo sé que estaba enfermo, muy enfermo. Mira si estaría pachucho de la cabeza que, con tan solo veinte años, ya estaba cansado de respirar y no quería vivir más.
Hizo todo lo contrario a una pequeña flor del campo. Esta, aun sabiendo que va a ser muy efímera, lucha como puede entre las otras hierbas, o incluso en medio de mucha más maleza.
Obró al revés de como lo hace un pequeño riachuelo abastecido por el deshielo al entrar la primavera. 
No copió del cervatillo que lucha por mantenerse con vida después de haberse perdido...
Lo quería mucho...


domingo, 21 de agosto de 2016

2. India ha vuelto a reir



Son las cuatro de la madrugada en España, las diez de la noche en Venezuela. 
En el siquiátrico reina un silencio sepulcral. La mujer que acostumbra a gritar cada vez que se le cruzan los cables, hace por lo menos un par de horas que está callada, probablemente durmiendo bajo los efectos del último ansiolítico administrado por la enfermera.
-Veo que viajas con bastante frecuencia a Sudamérica -le dijo India a Susi una vez que esta le contó algunas de las aventuras vividas en Bolivia, Chile y Argentina.
-No se me da muy bien el inglés. En el bachillerato estudié francés, y ahora estoy pagando las consecuencias. Lo he intentado aprender muchas veces, pero no logro avanzar. Seguramente se debe a que no dependo de él para comer.
-Es decir, prefieres viajar a países donde se habla español para que sea todo más fácil -concluyó India.
-Sí, lo prefiero, aunque he viajado a Finlandia y Noruega en cuatro ocasiones, y también a otros países donde no se emplea nuestro idioma.
-Y, por qué a esos dos en concreto -interrogó India.
-Me vuelve loca el invierno, el frío, la nieve, los lagos y el mar helados... 
¿Te cuento una anécdota relacionada con mi nulo nivel de inglés? -preguntó Susi.
-Sí, cuenta, a ver si eres capaz de provocarme la risa. Desde que he entrado en el hospital nadie ni nada lo han logrado.
-Fijo que lo consigo, ¡jajaja!
-A ver si es verdad -dijo India sin pintas de alegrarse por el momento ni lo más mínimo. 
-Pues resulta que acababa de aterrizar en el aeropuerto de Helsinki, instalaciones en las que hice pis antes de tomar el autobús que  me trasladaría a la capital del país. Una vez en la estación de esa pequeña ciudad, me entraron muchas ganas de hacer otro tipo de necesidades. A duras penas fui capaz de llegar a los servicios arrastrando todo el equipaje, entre el que se encontraba una bicicleta embalada en una caja de cartón.
-Es fastidiado viajar sola. Nunca te puedes separar de tus pertenencias, incluso cuando vas a los baños -agregó India.
-Sí, pero Finlandia es un país seguro que casi no tiene delincuencia ni robos, así que eso no era lo que me preocupaba.
-¿Entonces?
-Como en otras muchas ciudades europeas, había que meter moneda suelta para poder acceder al retrete.
-Y no la tenías... ¡jajaja!
-Te has reído, condenada, te has reído, ¡jajaja!
No tenía ni un solo euro suelto, pero sí cada vez más ganas de hacer caca, ¡jajaja!
-¿Y cómo solucionaste, mujer?
-Apretando las piernas y buscando cambio, ¡jajaja!
-¿Conseguir monedas sueltas manejando cuatro palabras de inglés? -preguntó India mientras se moría de risa.
-No quedaba otro remedio. Eso o hacer todo por los pantalones, ¡jajaja!
-¿Te dió tiempo?
-¿A qué? -respondió Susi.
-A llegar a una tienda de la estación, o, incluso, parar a alguien y pedirle cambio.
-¿Parar a alguien retorciéndome, mostrándole un billete y balbuceando palabras ininteligibles?
-¡Jajajaja! me estoy meando de risa. Si no fuera por el billete, hasta podrían pedir una ambulancia y llevarte a las urgencias de un hospital, ¡jajaja!
-Afortunadamente, la cosa acabó bien -concluyó Susi-. Me presenté en el mostrador de una tienda y lograron entenderme, casi sin decir nada. 
-Pero, aun así, tenías que llegar todavía a los baños, jajaja.
-¡Qué mala eres, India! Si te interesa saberlo, llegué, entré y... logré encestar dentro, pero con escaso margen, con el tiempo justo para desabrochar el botón y bajar la cremallera, el pantalón y las bragas. -Me muero de risa -dijo India-. ¡Menudo euro más bien invertido!
-No te rías de mí. Soy bastante torpe con el inglés y aun más con los instrumentos musicales.
Hace bastante compré un acordeón barato (por si acaso, ¡jajaja!) y no he sido capaz de mover los dedos de las dos manos a la vez por el momento.
-No es fácil -dijo India-. La disciplina siempre vence a la inteligencia, según los japoneses,  y eso tú lo sabes bien. Poco a poco lo lograrás.
-¿Tocas algo? -preguntó Susi.
-Sí, pero solo un poco de cuatro, es un instrumento venezolano.
-¿De cuerda?
-Si, de cuatro cuerdas. También canté ópera en un coro de una orquesta cuando era joven.
-Para mi gusto, la ópera es el género que más emociones provoca -comentó Susi.
-Si, es pura pasión y belleza- afirmó India.
-¿Te puedo hacer una pregunta?
-Dime, Susi.
-¿Has sufrido alguna agresión física o sexual de niña? 
-Prefiero no contestarte a eso. Espero que no te parezca mal, eh.
-No me parece mal. 
-A ver, Susi, ¿por qué me has hecho esa pregunta?
-No lo sé. Si estás en un siquiátrico después de un intento de suicidio seguro que es por algo, fijo que has ido comprando muchas rifas en la vida.
-No debemos juzgar nunca al suicida, y mucho menos buscar las razones de su decisión. Si llega a consumarlo, se ha muerto, y punto. Igual que te mueres de un cáncer, de un trompazo en un coche o una cirrosis. Además, ya te he comentado el montón de desgracias que se produjeron juntas poco antes de intentar quitarme la vida. No sé por qué razón has ido a hurgar en mi infancia.
-No era mi intención irritarte -dijo Susi intentando capear el temporal que había provocado con sus palabras.
Te voy a confesar una cosa, India. Bueno, confesar, no, porque no he pecado, ni debo realizar penitencia alguna y lo que quiero decirte es algo conocido ya por todo el mundo.
-Dime, Susi.
-Mi marido sí logró suicidarse.

sábado, 20 de agosto de 2016

1.India intentó suicidarse


-Hola Susi, soy India, de Venezuela. Nos conocimos en el Pico Espejo, en Mérida, al pie de los Andes. Te acuerdas, ¿verdad? La del sombrero rojo y las botas de andar en moto.
-¡India! ¡Cuánto tiempo! Claro que me acuerdo. Cómo me iba a olvidar de India, la mujer vivaracha y morenita que me encontré en la cabina del teleférico. Pasamos muy buenos momentos aquel día. Aunque pueda parecer extraño, no hacía mucho frío ni viento en el lugar donde paramos a charlar, muy cerca de la cima del Espejo.
-No sé qué ha sido de ti ni por dónde andas ahora. Pensé que te habías olvidado definitivamente al no haberte puesto en contacto nunca conmigo desde el día que nos conocimos -   contestó India reprochando a Susi sin razón. 
-Estuve pasando una temporada bastante larga en Argentina con unos amigos. Un año sabático que me regalé tras pedir una excedencia sin empleo ni sueldo gracias a que tenía unos ahorrillos. La mayor parte del tiempo lo pasé en Patagonia y disfruté mucho. ¡Ah!, y  también he aprovechado para subir al norte y ascender al Aconcagua. Y a ti, ¿cómo te ha ido? -dijo Susi temiendo que la llamaba por algo especial, quizás nada bueno. 
-A mí, no tan bien.
-¿Te ha ocurrido algo malo? -contestó Susi preocupada.
-Estoy hospitalizada en el área de psiquiatría del hospital de mi ciudad debido a una fuerte depresión. Pero lo peor es que... -hubo un pequeño silencio.
-A ver, cuéntame -dijo Susi para ayudarle a continuar. 
-Tuve un intento de suicidio. Afortunadamente solo quedó en eso, en un intento, tras ingerir una caja entera de pastillas.
-¿Cómo has dicho? 
-Así fue. Aconteció hace tan solo un mes, cuando estaba con mi hermana María. Luego me vine a mi casa; pero como seguía deprimida decidí que me hospitalizaran de nuevo. No quería vivir ni un minuto más. Ahora mi situación laboral es muy complicada. Me quieren botar del trabajo. Estoy diagnosticada con trastorno bipolar. Aislada socialmente. Quedaré en la ignominia si pierdo mi trabajo. Son veintidós años de servicio que pueden ir directamente al cubo de la basura, todo mi esfuerzo de la noche a la mañana perdido. Estoy llorando. 
Susi dejó que India sollozase unos segundos sin interrumpirla para que se aliviase un poco.
-Me dejas de piedra. Tranquilízate, por favor. Y no llores.
-No puedo parar -contestó India.
-Cálmate ya. Te lo pido de nuevo. Te lo ruego, haz un esfuerzo y cálmate, por favor. A ver, relájate y cuéntame cómo ha sido todo. Tengo toda la noche para ti.
¿Estás sola en la habitación?
-Sí, estoy sola y no me molestará nadie.
-Por el amor de Dios, India, ¿cómo has podido hacer una cosa así? En el Pico Espejo estabas radiante de felicidad, tu rostro y tu forma de hablar rebosaban vida, estabas alegre y al mismo tiempo relajada y tranquila, creo que sin preocupaciones.
-De aquella, sí, pero ahora, no. Este año han pasado muchas cosas. Y, después de que ocurrieran todas juntas, me encontré muy desesperada, no encontraba salida, ni veía luz alguna en el largo y oscuro túnel.
-Me dejas de piedra, India. Esa era la peor solución. Cuéntame más cosas, por favor, y ponte cómoda.
-Espera un momento que hago pipí.
India se levantó, dejó el móvil sobre la cama, se puso una bata y salió de su habitación. 
Una de las pacientes gritaba, insultaba y maldecía.
-Desgraciados. Malparidos. Sáquenme de aquí. Yo no he sido, malditos...
-¿Estás ahí? -preguntó India a Susi una vez que dobló la almohada para ponerse más cómoda-. Ya estoy de nuevo aquí. Debes perdonar, los baños quedan muy lejos, casi al fondo del pasillo.
Volviendo al tema, sé que tienes razón en todo, me doy cuenta ahora que estoy mejor, pero en ese momento no veía alternativa alguna. Mi vida ha cambiado mucho este último año. Primero murió mi mami, y yo llevaba una estrecha relación con ella. Después murió mi perra que me acompañó once años. A los tres días apareció mi gato muerto en la puerta de mi casa, entraron los ladrones y se llevaron todo lo que pudieron, me quieren botar injusta e ilegalmente del trabajo y perderé más de veinte años de carrera en el servicio público, mi derecho a jubilación, y pasaré a las estadísticas de la pobreza crítica de mi país.
-Demasiadas cosas en una sola semana, India. ¿Quién estuvo a tu lado en esos momentos tan difíciles?
-Mi hermana María, pero desde que me vine a mi casa he vivido sola.
Somos cinco hermanas. Mis padres no tuvieron ningún hijo varón, si no contamos el último embarazo, que trajo un precioso niño muerto y con él una tormenta de lágrimas. Fue la única vez que vi llorar a mi padre, no lo quiero ni recordar. ¡Quién nos vería jugar a todas las niñas con él, y preguntarle a mi mamá por qué tenía el niño aquel gusanito entre las piernas!
Ahora solo tengo  una amiga. Se llama Miriam y me trae ropa limpia de la casa.
-¿Llevas ya muchos días hospitalizada?
-Ayer se cumplió la primera semana y no sé por ahora cuándo me darán el alta -dijo India.
-¿Podéis recibir visitas? -preguntó Susi.
-No. Aquí no están permitidas las visitas. 
La vida en este centro es muy fuerte. Hace dos días una paciente me mordió el brazo y ni siquiera me curaron. Me lavé la herida con agua y jabón y punto. Aún me duele. Pero he tenido suerte que no se ha infectado. Ten en cuenta que aquí las medicinas son bastante escasas. Hay otra paciente que también es muy agresiva y me insulta cuando se cruza conmigo, e, incluso, a veces, da gritos desde su habitación. Se ve que la ha debido coger conmigo, sin ninguna razón, porque yo nada le digo y nunca me he metido con ella.
A las pacientes más violentas y bravas las amarran a sus camas. Ellas gritan y gritan. Si no se callan, vienen los celadores y las someten atándolas con correas a la cama.
-¿Qué enfermedad padece la que te mordió?
-No lo sé. A mí me parece que tiene esquizofrenia.
Hay también un hombre hospitalizado, el único. Las demás somos mujeres. Pero a él lo tienen encerrado en otra habitación con reja. No somos muchas, unas veinte en total. Yo me quiero ir cuanto antes porque todo esto es muy fuerte para mí y tengo la absoluta certeza de que me está haciendo más mal que bien.
-¿Es un hospital público o tienes que pagar por estar ahí?
-Es el área psiquiátrica de un hospital del Estado.
-Todo ese panorama y ese ambiente no pueden ser muy buenos para tu ansiedad y tu depresión. 
¿Sentiste miedo al entrar? 
¿Te trajo tu familia a la fuerza o ingresaste por tu propia voluntad?
-No me trajeron a la fuerza, fui yo quien quise venir porque me sentía demasiado mal. Es muy fuerte estar aquí. Hay que luchar mucho para cuidarse. Si no lo haces y no estás pendiente, cuando sirven la comida, te la quitan y quedas a dos velas, aunque tampoco es mucho el hambre que tengo. Además, no quiero morir.
-¿Qué quieres decir con eso, India?
-Quiero decir que si no ingresaba iba terminar intentando suicidarme de nuevo.
-Me causa mucha y profunda pena lo que me acabas de decir -contestó Susi.
-A mí también. De verdad Susi, de verdad, no quiero morir.
-No vas a morir, India. Tenlo bien seguro. Por lo menos mientras yo exista.
-¡Ay gracias! Tus palabras me llenan de esperanzas y alegría, pero creo que no has meditado bien lo que acabas de decir, o, por lo menos, no has pensado lo suficiente cuáles son las consecuencias  de tu compromiso.
-Algún día volveremos al Pico Espejo y compartiremos de nuevo un bocadillo. 
-O al Orinoco en canoa, Susi, que lo conozco.
-¿Me puedes decir qué ropa lleváis? ¿Usáis uniforme? -preguntó Susi.
-No. Cada una se pone la que quiere, pero yo no tengo, y mi amiga no me la trae limpia desde hace un par de días, por eso he tenido que usar la que me regala la gente y la que traen las Damas Voluntarias. Parezco una pordiosera.
-No pareces ninguna pordiosera. 
 ¿Qué edad tienes?
-He cumplido en julio los 50.
-Como yo, y también en el mes de julio. Qué casualidad, ¿no?
-Si, por ahora, cuatro casualidades: hemos nacido las dos, estamos vivas las dos, coincidimos en el Pico Espejo las dos, y nacimos las dos en julio de 1960. 
-Cambiando de tema, India, ¿por qué les has llamado “damas” a las voluntarias? Aquí eso suena a antiguo y noble.
-Porque así se hacen llamar ellas, Comité de Damas Voluntarias.
-¿Son una ONG?
-Efectivamente, Susi.
-Al llegar no sé si os cortan el pelo a lo militar por cuestiones de higiene.
-No, no nos lo cortan. La gente no anda sucia en el centro. 
En la habitación no tenemos servicio con baño. Nos lavamos y aseamos en duchas comunitarias sin tabiques, cortinas, ni puertas. Te diré que casi no tenemos privacidad. Yo me baño de noche, casi siempre la última. Pero la mujer más agresiva, va a mirarme cada vez que me estoy duchando. Le tengo mucho miedo. A veces, ni siquiera sé que está mirando a mi espalda porque solo me queda un sesenta por ciento de audición en uno de los oídos y, en el otro prácticamente nada, debido a un accidente en el agua.
-¿Es la persona que tiene esquizofrenia?
-Sí.
-Y tú, India, ¿qué diagnóstico oficial tienes?
-Los médicos dicen que soy bipolar.
-¿Desde cuándo?
-Desde que me lo diagnosticaron el año pasado.
-Explicado sencillamente, ¿qué es la bipolaridad?
-Es una fluctuación del estado de ánimo que va de la depresión a la manía. Pero no es esa manía de los maniáticos que se obsesionan con algo, no, es un estado de euforia en el que haces cosas que no harías estando sano, como gastar más del dinero que tienes en compras innecesarias, salir desnudo a la calle, cosas así.
-¡Jajaja¡ Yo subí casi desnuda al Kilimanjaro y también lo intenté una vez en el Aconcagua, mucho después de la ascensión “normal” que hice durante mi año sabático. ¿Eso es también una locura o una manía? Perdona si el tema no te hace gracia.
-Pero tú lo hiciste por un motivo, supongo.
-Sí. Básicamente quería saber si una persona entra en hipotermia o no en unas condiciones de altitud y temperatura extremas. 
-Bueno, las manías de los que padecen trastorno bipolar no tienen una razón que las sustente, a diferencia de tus maniáticas locuras.
-India, ¿tú tienes las dos cosas, manía y depresión?
-Tengo más que manía, depresión.
-Y si no tienes manías, ¿por qué te han puesto el cartel de bipolar -preguntó extrañada Susi.
-No lo sé. Yo no termino de aceptar ese diagnóstico. Soy un poco obsesiva, pero no maníaca, dijo India.
-¿Quién te ha puesto concretamente eso en el carnet?
-Dos siquiatras, el de Maracay y el que me ha hospitalizado aquí.
-Pues creo que te han marcado al rojo vivo con ese estigma. ¿Les dijiste alguna vez que tú pensabas que no eras bipolar?
-Sí, claro, pero no me escuchaban ni me hacían caso. Se consideran que están en lo cierto. Un paciente con enfermedad mental no está capacitado para hablar de  diagnósticos. Ellos sí, para eso han estudiado y ejercen su profesión.
-¿Nadie más puso en duda aparte de ti ese diagnóstico erróneo?
-La única que no lo acepta es mi hermana siquiatra.
-¡Ah! -exclamó Susi.
-Sí. Tengo una hermana siquiatra que vive en España -comentó India.
-Yo he estudiado fisiología humana. Pero también me gusta mucho la biología y la nutrología. Bueno, en realidad, lo que me gusta es la investigación, de lo que sea. Tengo gran curiosidad por todo. Quizás por ello no paro de hacerte preguntas.
¿Cómo es tu habitación? -volvió a interrogar Susi. 
-Solo tiene una ventana enrejada que mira al norte y no se puede abrir. La pintura gris que cubre sus marcos de hierro se comienza a abultar porque ya no es capaz de resistir ante el empuje que produce la humedad, la oxidación y el paso de los años. El gobierno lleva mucho tiempo sin realizar mantenimiento alguno de las deterioradas instalaciones del edificio, que es de principios de siglo. Un antiguo convento reformado donde los dormitorios de las monjas de clausura se habían reconvertido con cuatro brochazos de cal mal dados en celdas  para la locura.
En la habitación de seis metros cuadrados, bastante escasos, una cama de hierro con las patas oxidadas, una mesita y un armario empotrado en el grueso muro. Los catres vinieron del antiguo hospital general, cuando lo reformaron a fondo tras la llegada al poder de Chávez. Son camas estrechas y demasiado altas, fabricadas con tubo redondo  pintado de blanco, sin ángulos pronunciados para evitar, supongo, autolesiones o traumatismos y accidentes involuntarios.
-¿Y tienen cintos u otros sistemas de sujeción?
-Todas tienen cuatro correas con sus respectivas hebillas fijadas fuertemente a los barrotes de la cama -contestó India con un tono de voz triste que denotaba miedo.
India no lo dijo nunca a nadie, pero en el informe médico figura una crisis de ansiedad muy fuerte la segunda noche, después de su ingreso. Fue la única vez que la sometieron y la ataron con esas correas a los barrotes de su cama. 
Hacía calor sofocante dentro de aquellas cuatro paredes sin ventilación cuando aumentó la comezón interior. Esa especie de desazón que va en aumento y se expande hasta contagiar todos los órganos sin excepción. Se inicia con una explosión imparable de miedo que se origina en lo más profundo de la aturdida cabeza. Es muy frecuente a veces el mareo y el vómito, quizás para que así se pueda liberar esa presión que procede del interior. 
Después viene un sofoco y la gruesa culebra retorciéndose en el intersticio donde se juntan el hígado, el estómago y la base del esternón. 
Desatado el terremoto, ya no hay nada qué hacer. Ni siquiera puede a veces con él la medicación. Y más si escasea en la habitación que siempre está cerrada las 24 horas con llave, enfrente mismo de la sala de enfermería. Tras los primeros gritos y los espasmos incontrolados, llegaron los celadores.
-¡No por favor, no! Las correas no, por favor- dijo India al verlos entrar en la habitación. Pero nada pudo hacer mientras lloraba y pataleaba sobre la recia cama revolcada. Como un efecto llamada, varias enfermas también se pusieron a gritar.
Todo fue bastante rápido. Primero sudor a borbotones. Después relajación de los esfínteres. Y, finalmente, la orina caliente mojando el culo, las piernas y la cama. Y así hasta que los primeros rayos de luz de la húmeda mañana venezolana comenzaron a iluminar poco a poco el interior de la habitación. Al llegar una de las damas voluntarias con la medicación, un poco de jabón y la toalla, la liberó. 
-Por Dios India, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo estás así? -preguntó la voluntaria.   
India no dijo nada. La noche y las correas le habían robado hasta la última gota de su dignidad y de sus fuerzas.
India miraba sin casi parpadear las manchas de humedad del techo, pasmada y ya relajada tras la horrible batalla que le había tocado perder, como casi siempre. 
La mujer aceptó de buena gana que la liberaran y también las caricias en su cara. Se levantó con la ropa mojada, cogió otra limpia y agradeció el brazo de la dama hasta los baños.
-¡En qué te has quedado India! ¡En qué te has quedado tras ser injustamente robada por esta mísera vida! -decía en sus adentros.  
¡Cuánto había cambiado desde que se encontró con Susi en el Espejo! ¡Cuánto! ¡Cuánto en tan poco tiempo! Se había precipitado todo igual que cuando cae el inestable castillo de naipes debido a un fuerte golpe en la mesa o a una imprevista corriente de aire. Y lloró de nuevo. 
Después se desnudó y se metió en la ducha. El agua la liberó de la suciedad y la vergüenza. No tenía casi a nadie que la quisiera a su lado en aquellos difíciles momentos. No quedaría más remedio que atravesar a nado, sola. Fuera cual fuera el estado de la mar y el tamaño de las olas. Tendría que nadar igual hubiese calma o tormenta. Y tener mucha esperanza mientras no despejara; mucha, mucha tranquilidad y calma. No quedaba más remedio. Había que luchar y bracear sin parar para no sucumbir y ahogar. O eso, o pararse antes de hundirse en la fría y oscura profundidad para que el agua salada inunde por completo toda la cavidad pulmonar, y ya no haya lugar para la tos ni para el vómito. 
-Tienes que luchar- se decía a sí misma India mientras el agua, ahora dulce, le caía encima. 
-Tienes que luchar. ¿Seguro que lo harás? Sí lo haré -se preguntaba y se contestaba ella misma.
La conversación de India y Susi iba a ser muy larga. Ambas lo querían así. Parece que las dos se necesitaban. 
Susi necesitaba ayudar a alguien para justificar su vacía vida. Y, de paso, para aumentar su autoestima. 
India nunca había estado tan receptiva, tan necesitada de verdadero amor y de sinceras caricias. Eran pues la pareja ideal. El imán y el metal. El llanto y la risa. La luz y la oscuridad. El frío y el calor. Lo que le faltaba a una, lo tenía la otra. Es decir, entre las dos, lo poseían casi todo. Solo había que comenzar la donación. Una lenta transfusión de vida de las venas de Susi a las de India, venciendo la resistencia ofrecida por las paredes de aquel tubo de plástico de más de 7.000 km. 
En realidad, la cosa era más sencilla de lo que parecía. Solo había que hacer eso. Abrir generosamente la espita y dejar que fluyera la vida. Voluntariamente. Sin fielatos ni peajes y sin los inservibles contratos. Abrir la espita y dejar que fluya el agua para regar los resecos campos que llevan tanto tiempo esperando y suplicando unas gotas de vida. 
Susi lo tenía casi todo. Era una persona fuerte, valiente, cariñosa, comprensible, muy sensible... 
A todo esto, se dieron las dos de la madrugada mientras chateaban. No tenían prisa alguna. Una esperaría la luz del nuevo día y la otra bucearía en la oscuridad de la húmeda noche venezolana. Aquello parecía un sueño que acaba de comenzar. Un filón de felicidad en medio de una gran meseta de minas agotadas excavadas a cielo abierto. 
Un secreto. Un tesoro inagotable que deseaban solo fuera para ellas dos. 
Había comenzado la transfusión. Algo parecido a un cordón umbilical, pero a través del satélite. 
-No hay más remedio que adaptarse a los tiempos modernos -decía India, quien chateaba sobre la cama con un pequeño teléfono móvil que le habían regalado. 
De vez en cuando se interrumpía la transfusión. Había que cambiar la batería.
-Debes acostarte, Susi, son casi las tres de la madrugada -le dijo India, aunque, en realidad, quería que siguiese haciéndole compañía.
-Sí. Ayer no dormí casi nada porque mi padre me despertó a altas horas. Al bajar a su habitación, me lo encontré fuera de ella, en el pasillo. Estaba desorientado y preocupado. Decía que se había acabado el mundo, quizás por no decir que se había muerto. 
Tuve que acostarme con él. Es la segunda vez que lo hago. De pequeña estuve muchas veces en su cama, sola con él. O entre los dos, protegida, calentita mientras afuera helaba. Ahora es él quien necesita protección, y no yo.
Por eso me da igual que se babe en la toalla que le pongo todas las noches sobre la almohada. Que haga ruido al respirar debido a la mucosidad que tiene pegada en la cavidad pulmonar. O que huela a veces un poquito a orina. Me da todo igual. Necesita mucha compañía en los últimos años de su vida, para no enfrentarse solo a los primeros golpes que da la muerte en su puerta.
 -¿Qué edad tiene tu padre, Susi?
-Cumple ahora los 81.
-¿Se vale por sí mismo? -preguntó India.
-No, India. Hace bastante tiempo que depende de nosotros para hacer muchas cosas. Tiene Párkinson, insuficiencia respiratoria causada por el tabaco, el humo de la soldadura y el polvillo del taller de zapatería. Pero aún así, disfruta de bastante calidad de vida. Duerme sus horas reglamentarias, toma una alimentación variada y sana: pescado, verduras, fruta...
-¿No pensaste alguna vez en ingresarlo en una residencia?
-Sería lo último que haría -contestó Susi de forma rotunda-. Creo que una persona mayor que lo ha dado todo, no se merece eso. Para mí, él es un objetivo y un proyecto, quizás como lo estás comenzando a ser para mí tú también.
-¿No te estarás comprometiendo más de la cuenta conmigo? -interrogó India queriendo decir que las palabras a veces se las lleva el viento.
-Comprometerse no es ninguna decisión. Es algo inevitable, creo. Otra cosa es que, después, seamos capaces de cumplir nuestra palabra.
- Mira, Susi, hay que tener mucho cuidado con lo que se hace y se dice. 
-¿Piensas, India, que este día y esta larga noche pueden ser solo el comienzo de un dulce sueño? ¿Solo una  alucinación? 
-Por supuesto que esto tendrá un final, aunque yo espero que no llegue pronto -afirmó India.
Me conformo con estar ahora bien.