lunes, 14 de noviembre de 2016

22. Almir tiene un accidente en la mina


India esperaba en el sofá a que Susi llegara desde Maiquetía, y se quedó medio dormida. Imaginó que los zancudos, la humedad y el calor sofocante de la selva no dejaban dormir al pobre Almir.
Y, efectivamente, así era. Su piel estaba llena de picaduras que le causaban escozor. En la noche se escuchaban los ruidos de los animales que pululaban alrededor de las barracas de los garimpeiros, y también sus ronquidos, lamentos o pesadillas. Muchos estaban enfermos porque la empresa no realizaba revisiones ni controles sanitarios periódicos, y la mayoría, cuando tocaba uno obligatorio del gobierno, no acudía a la consulta por temor a ser despedido tras detectársele alguna enfermedad.
Almir pensaba en India noche y día, y nunca la había extrañado tanto.
Cuando estuvieron juntos en Perlas, ella era tan cariñosa que a veces él prefería apartarla porque lo invadía con su insistencia. Siempre quería besarlo, acariciarlo, hacerlo reir con sus ocurrencias, y, ahora que estaban tan lejos, deseaba estar con ella y abrazarla.
¡Qué no daría por uno de sus apasionados besos!
Almir ya se estaba acostumbrando a dormir en malas condiciones, soportando el calor, la humedad y los pesados e incansables mosquitos que siemopre lograban pincharlo tras dar con un pequeño roto de la mosquitera. La hamaca le parecía un lujo debido a lo cansado que se sentía al final del día. Cuando se dormía finalmente, soñaba con India y su mirada ingenua. Escuchaba su risa intempestiva, podía sentir su olor excitante
, percibir su piel suave de las manos recorriendo todo el cuerpo y buscando los lugares exactos del mapa donde más placer producen las caricias.
Muchas veces Almir despertaba en mitad de la noche entristecido por extrañarla tanto.
Ya había transcurrido un año desde que salió de la isla y pensó que más temprano que tarde estaría de nuevo con ella. Había reunido una cantidad importante de dinero.
Almir despertaba y volvía a quedarse dormido de nuevo debido al cansancio. Tenía que reponer fuerzas para la dura jornada que le esperaba.
Un día se levantó al amanecer, se bañó, se vistió y se fue a la barraca donde estaba la cocina.
Desayunó abundantemente y se dirigió a su puesto asignado en la mina, a tan solo 300 metros de la explotación.
Era buzo minero. Un trabajo por el que le pagaban más pero que entrañaba mucho peligro.
Ese día, mientras destapaba la boca de una manguera obstruída con palos y piedras, de pronto escuchó un fuerte crujir y sintió un golpe. Había caído un árbol por el reblandecimiento de la tierra, y una de las ramas lo había golpeado. En principio no era nada grave, aunque quedó inconciente y sus compañeros tuvieron que sacarlo del agua antes de que se ahogara.
Otro compañero no había tenido tanta suerte. El enorme tronco del árbol lo había aplastado y había muerto.

A Almir se lo llevaron al hospital y quedó ingresado. A raíz del accidente perdió parte de la memoria y fue India una de las cosas que dejaron espacio a otras en esa habitación donde se guardan los recuerdos. 
¡Cuántas penurias había tenido que soportar Almir por su fiebre de oro! 
Ella se conformaría si lo tuviera a su lado, aunque vivieran en la más absoluta pobreza. Dormirían tranquilos abrazados el uno al otro, y Almir jugaría con sus senos como solía hacerlo cada vez que, al despertar en el lecho, notaba que había a su lado una mujer a la que amaba y algún día amamantaría a sus hijos.
Cuando el sol asomara sus primeros rayos, harían el amor como nunca antes lo habían hecho. 
Una vez lograra la visa de residente, Almir comenzaría a buscar trabajo enseguida. Conseguiría que Pedro, un amigo de India, le diera un puesto como vendedor exclusivo de ropa que importaba directamente de una famosa marca brasileña, algo de lo que ya hablaron antes de separase.
El negocio sería
 muy rentable y Almir pronto podría alquilar una modesta casa amueblada cerca de la playa a la que se mudarían los dos.
India se imaginaba  el primer día que guisaría para él en la pequeña pero cómoda cocina, con una ventana llena de flores.  Sería feliz. Siempre quiso tener una ventana con flores desde donde mirar el mar. 
En fin, India lo tendría todo para sentirse tranquila y bien. Almir la amaba y ella a él. Se encontrarían cada atardecer al regresar de la ciudad y saldrían a la playa a pasear hasta que anocheciera.
Regularmente se reunirían con el grupo de amigos brasileños para compartir paseos, cenas en casa de algunos de ellos y viajes a tierra firme o a las islas cercanas. De repente sonó el timbre e India recordó que ya Susi estaba detrás de la puerta. 
Deseaba ver a la amiga que tanto la había acompañado y ayudado en momentos difíciles.
La quería y ansiaba su llegada para abrazarla y conversar con ella en persona. Tenían muchos planes juntas. Uno de ellos, buscar a Almir, su príncipe amado, para dignificar su memoria. Otro, hallar a su bisabuelo Isidoro en la selva del Orinoco reencarnado en loro catarú, y encontrar la manera de llegar al tesoro que estaba enterrado en algún lugar de la hacienda de sus ancestros.
¡Menuda tarea les esperaba!

sábado, 12 de noviembre de 2016

21. La venganza de Ikala, la serpiente más temible del Orinoco


Mientras viajó de Caracas a Santa Ana, Susi pensó mucho en los bichos y las pestes que la acecharían en el Alto Orinoco. Zika, casi seguro; dengue, chikungunya, malaria, hepatitis, mal de Chagas, leishmaniasis, sarna, parásitos intestinales...
Pero lo que más la asustaba eran los diablos, los animales mitológicos, las bestias sagradas o las bichas de las leyendas; en general, todos los monstruos imaginarios de la selva. Susi creía que contra ellos no se podía luchar de ninguna manera aunque se usaran las armas más sofisticadas. Esos seres la impresionaban tanto como las arañas ponzoñosas, las víboras venenosas o las aguas paradas del río infectadas de caimanes asesinos o pirañas que devoran como limas. Susi tenía tantos temores a todos esos indeseables e irreales animales porque eran verdaderamente mortíferos cuando los humanos se encuentran afectados por los delirios y las fiebres propias de las enfermedades de la selva.
Una de esas bichas, quizás la más temible y sanguinaria, es la serpiente Ikala.
No se trata de un reptil de mucho tamaño, pero despliega una fuerza extraordinaria cuando oprime  con su cuerpo en forma de espiral.
Las tribus le tienen pánico.
Dicen sobre ella que no es una serpiente, sino la bella yanomami que sufrió desprecio por parte de un explorador europeo.
Tras yacer juntos y engendrar un precioso niño, Ikala fue abandonada sin previo aviso de la noche a la mañana.
Ese mismo día, la joven mujer
se marchó a la selva, y no se volvió a saber nada de ella; hasta que cayó preso el primer varón mientras pescaba envenenando con timbó las aguas poco profundas de una charca, en la que estaba oculta y totalmente sumergida Ikala. Un indígena inocente que ningún daño había hecho a la mujer abandonada, pero, al fin y al cabo, también varón, fue el primero que pagó las culpas de la ofensa.
El procedimiento y ritual que Ikala empleaba, y aún emplea con la presa, resulta muy refinado, ya que la tortura no es propia de los animales irracionales, sino de la retorcida y vengativa  mente humana que llevaba la serpiente en su cabeza.
Ikala nunca apretaba en exceso a sus víctimas para que respiraran y no se ahogaran.
Lo primero que hacía era colgarlas con su cuerpo de una fuerte rama para que quedaran boca abajo, a solo un palmo del agua. De esta forma los ojos de los condenados veían  todo el suplicio reflejado.
A continuación,  los excitaba mentalmente con una pequeña dosis de su propio veneno, la suficiente para que estuvieran siempre conscientes y no sobreviniera el desmayo debido al dolor. La sustancia inyectada era al mismo tiempo un potente relajante muscular, de tal forma que el suplicio resultaba perfecto. Locura brutal en la cabeza e inmovilidad de la pieza mientras permanecía colgada de una pierna como un conejo.
Una vez que todo el cuerpo se había relajado y destensado, procedía a levantarle con sumo cuidado la tapa de los sesos, sin verter ni una sola gota de sangre ni llevarse pegada tampoco en el hueso ninguna neurona del cerebro.
El reo, totalmente desnudo, veía todo reflejado sobre las aguas.
El siguiente paso consistía en extirparle los testículos, uno a uno, porque del interior de esa glándula humana salió el humor viscoso causante del embarazo y la ofensa. Y ello casi sin dejarle incisión y sin derramar una sola gota de sangre para que no se tiñiera el espejo y no muriera pronto la piltrafa humana colgante. Aunque la superficie del agua se tintaba finalmente de rojo, aún quedaban las pupilas de la serpiente para servirle de espejo al reo.
Tras enseñarle los testículos a la pobre víctima, Ikala los engullía, cosa que también hacía con los globos oculares una vez extirpados de sus órbitas.
A partir de ese momento, el indígena ya solo sentía con su descapotado cerebro lo que Ikala le hacía, y el suplicio era, quizás, mucho más horrible.
Ikala es la única serpiente de la selva que tiene un apéndice en la cola con la forma de una afilada navaja. Con ese bisturí Ikala continuó haciendo justicia en la masa abdominal, y por todo el resto del cuerpo hasta que, pasadas unas horas, el reo murió tras una pérdida muy lenta de sangre, similar al goteo del aguardiente cuando lo están haciendo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

20. La impresionate y peligrosa travesía hasta Santa Ana


Susi tomó al fin un taxi en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, a 30 km de Caracas, pero por las colas que se forman subiendo, se demora una hora o más en llegar.
Enseguida que entró en la autopista dejó atrás el mar, ese Mar Caribe tropical que la impresionó por su belleza.
Otra cosa que le llamó la atención fue la luz de la tarde, una luz fuerte que daba más color a las montañas que circundaban la autopista.
De pronto, desapareció el verdor y comenzó a ver los ranchos; casas sin frisar de distintos materiales, latas de zinc, latón, vallas con parte de los anuncios, bloques, cartón, troncos, palos; todo lo que sirviera para levantar paredes, pero, sobre todo, esos bloques rojos desnudos, sin pintar, roídos por el tiempo, sucios de hollín, ennegrecidos por el humo de los carros y autobuses de la autopista. Y mientras más lejos miraba, más ranchos se veían; miles, millones de ranchos cubrían las laderas de las montañas surcadas por intrincadas carreteras de tierra.
Los más cercanos se percibían construidos unos encima de otros en contra de toda lógica arquitectónica, los de abajo más pequeños que los de arriba, sujetos por el azar y a punto de desplomarse y caer. Susi se imaginó el desastre que ocurriría si se repetía un terremoto como el de 1957, pero esta vez habría muchísimas más víctimas de los ranchos mal construidos que no lo resistirían. 
Desde la autopista se distinguían las escaleras interminables de miles de peldaños que llevaban hasta lo más alto en la cumbre del cerro. También se divisaban los chorrerones por donde bajaban las aguas servidas, las aguas negras que llegaban hasta el espumoso y contaminado río Guaire, muy abajo.
A Susi le llamó la atención cómo gran cantidad de autobuses pequeños descargaban personas del otro lado de la autopista, los trabajadores que volvían de Caracas a sus casas. Algunas mujeres con varios niños, hombres de distintas edades con la pena en el rostro, carcomidos por el cansancio y la ignominia.
Mucho ruido de vehículos y buses, mucha contaminación que comenzaba a pintar arreboles en el cielo, todo eso lo observaba Susi mientras esperaba pacientemente en la cola de los carros que subían a Caracas y aguardaban para acceder al túnel.
Una vez entraron en él, la cola se paró de nuevo, justo en medio de ese oscuro y contaminado agujero apenas alumbrado por las luces de los vehículos y autobuses. Susi sintió muchas ganas de vomitar, pues ya estaba mareada con el tufillo de los gases que olían distinto a los de España y, de imprevisto, tuvo que abrir la puerta, sacar la cabeza y arrojar varias veces. Estaba intoxicada con ese humo desagradable. Pero el chofer la conminó a cerrar con seguro la puerta para evitar ser asaltados por los motorizados.
Al fin salieron de los túneles y lograron cruzar la ciudad de Caracas sin contratiempos, hasta alcanzar la salida hacia la autopista que va hacia Maracay.
Se observaba por todos lados la dicotomía de los rascacielos en el valle contra los ranchos con sus escaleras infinitas, aguas negras, basura que se acumula desde la cumbre hasta la base de los cerros, perros callejeros junto a gente hurgando en la basura, escenas dantescas de suciedad, todo en ruinas y destruido.
Al mismo tiempo se veían por todas partes deslumbrantes anuncios gigantescos con fotos de Chávez, de Bolívar y del presidente Maduro junto a frases rimbombantes que contradecían lo que se observaba en la calle: “Chávez vive, la revolución sigue”, “Haremos de Venezuela una potencia mundial”, “Hemos logrado derrotar la pobreza”, “Pobreza cero”, “Estamos ganando la guerra económica”, “Más alimentos para el pueblo”.
Ya anocheciendo, comenzaron a encenderse las luces de los miles de ranchos de los cerros que parecían un pesebre viviente, hermosas lucecitas que escondían una penosa realidad.
El viaje por la autopista estuvo lleno de colas de incluso hasta tres horas. El chofer explicó a Susi que es la principal vía para salir hacia el oeste del país, y no hay sino otra carretera alterna en malas condiciones, por lo que debían permanecer en ésa, exponiéndose a ser asaltados por los atracadores mientras se encontraban parados.
Al fin tomaron la Autopista Regional del Centro hasta Morón, no sin antes tener que detenerse varias veces largo tiempo en las colas de los peajes y alcabalas de la Guardia Nacional.
En una de ellas les hicieron bajar todo el equipaje y los Guardias Nacionales hurgaron entre las cosas de Susi hasta que el chofer les sugirió que “le dieran algo para comprar refrescos”, es decir, un soborno para que los dejaran ir sin quitarles nada.
Ya entrada la madrugada, lograron entrar a Santa Ana, la ciudad donde los esperaba India. Se comunicaron por teléfono para que India le indicara al chofer el camino hasta su casa.
Y, por fin, se encontraron de nuevo las dos amigas después de compartir tantas historias a siete mil kilómetros de distancia.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

19. Susi aterriza en Caracas


El vuelo procedente de Santiago de Compostela (España) tomó tierra a las 16 horas en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, Caracas, tan solo 15 minutos más tarde del horario previsto.
Aunque aún no se habían abierto las compuertas para poder acceder por el túnel a la zona de recogida de las maletas, Susi ya notó desde el interior el ambiente pegajoso de un país tropical.
Eso, mezclado con las llamadas de la oposición a la desobediencia, le provocaron una extraña e incómoda sensacion.
Susi sabía qué día entraba en el convulso país, pero no cuando regresaría al suyo.
Incluso temía por su vida en el caso de que las manifestaciones de protesta se convirtieran en revuelta general, y los disturbios fueran cebados desde el extranjero con armamento.
Si la cosa empeoraba, se podían levantar barricadas en las entradas de las ciudades, o intentar cortar las comunicaciones terrestres mediante sistemas empleados por la guerra de guerrillas.
Pero Susi temía mucho más por la vida y el destino de India.
Susi, al fin y al cabo, podía correr cerca de 100 km al día y ayunar al tiempo que realizadaba ejercicio.
Pero ella, la desamparada India, tendría que conformarse con abandonar la ciudad caminando, quizás integrada en una larga columna de gente desplazada. O, incluso, deportada, pisando barro y cargando un pesado fardo en la espalda, en cuyo interior no suele llevarse comida, sino ropa que solo sirve para pasar la noche y proteger algún frágil recuerdo de los golpes en el camino.
Al levantarse del asiento para salir del avión,  cuyas turbinas aún seguian girando, Susi comprendíó que afrontaba una gran aventura.
Debía buscar el único loro que quedaba de una especie ya extinta,  en un país al borde del caos y la extrema miseria. Al mismo tiempo también tenía que  ayudar a India a superar su enfermedad. Y, previamente al viaje por el Orinoco, ambas tendrían que volar a Brasil para dejar cicatrizada la herida de Almir, su príncipe desaparecido y dado por muerto.
Todo ello era lo que le esperaba a Susi afuera del avión, en un país al que viajaba por primera vez y al que habían cancelado los vuelos casi todas las compañías aéreas internacionales más importantes.
Además, debía correr el riesgo de que le abrieran la maleta y le requisaran toda la comida liofilizada que llevaba para la expedición por el Alto Orinoco.
Los sobres de alimento deshidratado y unos chorizos de la matanza que llevaba para que los comiera India, solo ella.
Afortunadamente, a Susi no le abrieron la descomunal y abultada maleta.
Ahora tocaba cambiar los euros en el mercado negro y llamar un taxi para el largo viaje. Y con mucho tiento.
No quería que le pasara lo mismo que hacía años en Bolivia cuando se encargó de buscar el vehículo que la llevaría a ella y a unos amigos hasta la falda del Illimani para escalarlo.
De aquella quiso ahorrar unas monedas y cometió el error de contratar un trasto viejo al mando de un tipo que no tenía ni un centavo en los bolsillos. Y así les fue a todos.
Al final fueron tres paradas en los talleres del camino, 10 o 12 atascos del carburador, solucionados sobre la marcha en el trayecto. Un mínimo de seis repostajes de un máximo de unos tres litros cada uno.
Y, lo que es peor, todo con la cara y la ropa llena de polvo que entraba por las puertas y la zona del cristal trasero, donde el coche solo llevaba un plástico precintado con cinta americana.
Parecían negritos con los ojos y los dientes blancos destacando sobre el fondo de las caras maquilladas con una mezcla de sudor y polvo marrón del altiplano.
Gerardo se meaba de risa cada vez que Javier le recriminaba a Susi su actitud ahorrativa. Y cuánto más se mofaba, más le relucía su envidiable y ordenada dentadura en medio de aquella tiniebla de polvillo y fuerte olor a gasolina procedente del motor.

martes, 8 de noviembre de 2016

18. La vida de Almir vale más que todo el oro del mundo


-India, ¿y por qué Almir no se quedó en la isla?
-Porque tuve un problema con su hermana y todo se complicó.
-Cuéntame -le pidió Susi.
-Mi hermana Leticia estaba de vacaciones en Perlas con una amiga y decidieron vender a consignación trajes de baño de la tienda de Isaura en la playa. Yo serví de intermediaria en el negocio.
Les iba muy bien y pronto Isaura se puso envidiosa y quiso que su hermana las sustituyera en la venta para que se ganara ese dinero.
Comenzó a tratarme mal poniéndome condiciones casi imposibles de cumplir, como por ejemplo que tenía que rendirle cuentas a diario, y después ya no era a consignación, sino que le pagara la mercancía aunque no la vendiera.
Almir se molestó con Isaura porque a su hermana Triny no le ponía esas condiciones, y vendía en la misma playa haciéndonos la competencia.
Fue todo un problema. Ya no me dejaba entrar al depósito, insinuando que yo robaba la mercancía, y además no podía ir a ver a Almir a la tienda.
A eso se añadía que yo había hablado mucho con Almir acerca de las condiciones injustas de trabajo. Solo los esclavos trabajan sin paga. Ella debía pagarle a Almir todos los salarios que le debía desde hacía meses que trabajaba sin cobrar nada.
Almir estaba molesto por eso también. Hasta que llegó un día en que Isaura decidió arbitrariamente quitarme la mercancía. Almir se fue de su casa y le exigió el pago de todo lo que le debía.
-Eso debió haber sido muy fuerte.
-Si. Isaura hasta me sacó a empujones del negocio mientras Almir le reclamaba que no me maltratara. Nos fuimos juntos de ahí. Y Almir decidió que no quería que su familia supiera nada de él. Ya estaba harto de que Isaura lo hubiera envuelto en un trabajo ilegal en el que no podía reclamar en ningún organismo público, y encima que lo explotara como lo hacía. Solo la vio el día que le entregó el dinero que le debía y el monto del boleto aéreo a Brasil. Él se molestó con toda la familia porque no lo apoyaron.
-¿Y adónde se fue a vivir? -quiso saber Susi.
-Alquiló una habitación en una residencia para turistas en la isla, pero era caro.
Su situación era difícil, solo tenía una visa de turista que le había vencido hacía meses, sin posibilidades de encontrar otro trabajo por estar ilegal, y teniendo que hacer rendir el dinero.
-¿Y tú no podías casarte con él para que obtuviera la visa de residente?
-Yo se lo planteé, pero él dijo que no podía casarse conmigo solo para obtener la visa. Ya te he dicho que él era muy honesto y correcto en su manera de comportarse. No pude convencerlo.
Creo que ambos nacimos en lugares equivocados. Hemos debido nacer en países donde sí se respetan las leyes y donde la gente es más consciente de su ciudadanía. Ambos estábamos cansados de luchar para que se respetaran nuestros derechos y la lucha era infructuosa.
-¿Y cómo fue que se le metió en la cabeza esa idea de irse a buscar oro? -preguntó Susi sin entender.
-En Brasil en esa época había esa fiebre y él pensó que podría irse a hacer fortuna allá.
El día que se fue lloramos juntos. Yo presentía que nunca lo volvería a ver. Le dí las direcciones del apartamento donde yo vivía alquilada y la de la casa de mi familia en Santa Ana por si acaso me mudaba. Fue muy triste la despedida. Éramos dos personas que no cuadrábamos en la idiosincracia latinoamericana.
Nos queríamos mucho, pero las circunstancias nos llevaron por caminos diferentes.
Muchas veces he pensado que si no me hubiera separado de él y estuviéramos juntos, la vida sería distinta.
Viviríamos una vida sin lujos, integrados en la naturaleza, sin tantos adelantos tecnológicos y sin ese afán de lucro que desvirtúa lo que en realidad vale la pena, una vida sencilla, con lo básico, pero con lo más importante que es el amor verdadero. Si tienes eso, no necesitas mucho más para ser feliz.
Por eso es que el mundo está como está. Una locura. La gente antepone el dinero a otros valores más importantes, e incluso el planeta ya no da para más.
Y las personas no terminan de entender que ese sistema de vida está acabando con los recursos. Cada vez hay más miseria y pobreza, y se agotan los recursos. Unos cuantos disfrutan de mucho y muchos no tienen nada qué llevarse a la boca.
Yo no necesitaba el oro que Almir quería darme. Me habría conformado con que estuviera conmigo aquí ahora, y no haber dado su vida por ofrecerme una fortuna.
Aunque a fin de cuentas es posible que siga con vida, porque no tengo pruebas fehacientes de que haya muerto.
Que estuviera con vida vale más que todo el oro del mundo.

17. El príncipe Almir nunca regresó con la visa ni el oro


Almir había llegado desde Río de Janeiro a la Isla Perlas unos meses antes de conocer a India. Nunca se imaginó que encontraría al amor de su vida en ese lugar. Solo vino a trabajar con su hermana Isaura en la tienda de trajes de baño brasileños que ella había establecido ilegalmente en la isla. En el mismo local, el propietario de una tienda de ropa para caballeros -representante legal del permiso de importación- le había alquilado a Isaura un espacio del negocio que regentaba.
En Venezuela se puede comerciar sin permiso del Estado si se sabe a quién sobornar.
Almir pasó de vivir en la granja de su tío Mario, donde se sentía libre e integrado en la naturaleza, a trabajar doce horas encerrado en el depósito del negocio sin poder ver siquiera la luz del sol.
Su hermana no le pagaba ningún salario, solo le daba la casa y la comida, con la promesa de que algún día compartiría una parte de las ganancias con él.
En la tienda también trabajaba ilegalmente otra de sus hermanas y el esposo de Isaura. Ninguno tenía visa de residente para poder trabajar. Solo permisos de turistas. La mercancía la traían de contrabando desde Brasil. Todo eso lo supo India tiempo después.
Cuando India conoció a Almir, en una reunión de brasileños emigrados a la isla, supo enseguida que había conocido al amor de su vida. Nunca la habían flechado de esa manera. Almir también lo supo, por eso al separase
 lo vivió en carne propia. Una vez le escribió a India que de haber sabido que nunca se volverían a ver, habría valorado aun más cada minuto que pasaron juntos.
Almir era el menor de sus diez hermanos. Delgado, moreno, con cabello oscuro muy corto y de contextura atlética. Le gustaba mucho estar en contacto con la naturaleza. Por eso se sentía muy feliz los domingos cuando podían ir a caminar por la playa.
Almir era de carácter apacible y tenía muy claro lo que le gustaba
y lo que no. Su vida giraba en torno a valores altruistas muy distintos a los de su familia, para quienes les valía todo con tal de conseguir dinero y una vida de lujos, de ahí que siempre tuviera incompatibilidades con ellos.
Esos mismos valores los compartía con India. Por eso había tanta afinidad entre los dos.

-Tuve un novio brasileiro. El amor de mi vida -le dijo India a Susi.
-No me has dicho nada de él hasta ahora, India.
-No te he dicho nada porque la cosa acabó mal, y no quiero recordarlo para no sufrir. Fue una persona muy importante para mí, quizás la más importante.
-El amor de tu vida.
-Y yo el de su desgraciada existencia.
-¿Por qué nunca me hablaste de ello, India? Y perdona que lo repita.
-Porque es un capítulo muy doloroso.
-¿Más dolor del que has tenido?
-Sí, al final de nuestra historia.
-Suele ocurrir, India, por desgracia, suele ser así.
-Durante el tiempo que estuvimos juntos fue maravilloso.
-¿Maravilloso?
-Fui la mujer más feliz de este mundo.
-Esa es una frase muy manida.
-Pero es que fue verdad, Susi. Empleo si quieres otras palabras. Me quiso, nunca me engañó...
-¿Por qué fuiste feliz?
-Porque encontré a una buena persona con grandes valores, honesto, fiel, sincero, íntegro... Y me amaba. Pero esas mismas cualidades provocaron nuestra separación, aunque parezca paradójico.
Yo ya iba a graduarme en la universidad, y él no tenía mucho que ofrecerme; no había estudiado, era pobre, dependía de su hermana y, lo peor, lo que lo mató, es que  no disponía de permisos ni papeles.
Estaba trabajando ilegal aquí, en Venezuela. Pero se peleó con su hermana y se marchó a Brasil para tratar de conseguir la visa y buscar oro en las minas. Intentó traerme algo qué ofrecerme. Dijo que volvería en dos años... pero nunca regresó.
Lo esperé tres años. Me enviaba cartas de diferentes sitios de Brasil. Sé gracias a eso que estuvo en unas minas muy famosas donde murieron muchos hombres a cielo abierto. En el Mato Grosso.
Finalmente dejó de enviarme cartas y su otra hermana lo buscó, y supo que lo habían matado en la toma de una explotación. Bueno, eso fue lo que me dijo.
-¡Dios! -exclamó Susi.
-Mi madre era diputada en el Congreso y cuando le conté me dijo que por qué no se lo dije antes de que se fuera, que ella le conseguía la visa. Pero fue tarde. Yo no quería que se fuera, pero él insistía en que no tenía nada que ofrecerme.
Si no se hubiera ido, no estaría aquí conversando contigo, ni me hubiera intentado suicidar... Se me salen las lágrimas.
-¿Qué edad tenías, India?
-Unos 24 años.
-¿Y él?
-Igual que yo. Pero Almir era distinto a su familia, tenía otros valores.
-Otra vez el oro de por medio. El maldito oro que llevan Isidoro, el loro y el tesoro -dijo Susi-. ¿Alguna vez le dijiste que no querías el metal precioso, sino a él? ¿Conservas alguna carta suya?
-Yo no le podía contestar porque no me daba la dirección para que su familia no lo encontrara. Solo echaba las cartas, y yo veía los sellos, y sabía dónde había estado. Conservo algunas en mi biblioteca de la casa de Acarigua. Y unas fotos.
-Lo esperaste y le fuiste fiel.
-Si. Nunca he conocido a alguien igual a él. Tú te pareces, aunque seas mujer.
-¿Y por qué no pensaste en tu madre? -preguntó Susi.
-Porque yo era muy jodida con eso de la honestidad y hubiera sido tráfico de influencias. Además yo poco veía a mi madre. Vivía lejos.
Como ves la vida no ha sido de color de rosas. He derramado ríos de lágrimas y he comprado todos los tickets para el suicidio.
-Has cometido errores que ahora ya no se pueden enmendar. Todos lo hacemos.
-Si, malas decisiones.
-Te tenías que haber marchado con él a Europa, o a donde fuera.
-El problema era que me faltaba muy poco para graduarme.
-Se trataba de una decisión difícil, aunque no para mí - dijo Susi.
-Por esa razón no me fui. Pero ahora soy consciente de que debía haberme marchado con él hasta el fin del mundo.
-Si era una persona buena, a la mierda la graduación. Mira ahora de qué te sirve la carrera.
-Sí, tienes razón -dijo India.
-Eres inteligente y trabajadora. Te hubieras ganado muy bien el pan en Europa, o en cualquier parte.
-Con su apoyo creo que sí, Susi.
-Pero no debes darle vueltas. "Agua pasada no mueve molinos".
-Así es y así lo decía también Almir, nombre que, en varios idiomas, significa "príncipe famoso", o "heredero de un reino".
Dios lo tenga en el cielo -dijo finalmente India.

viernes, 4 de noviembre de 2016

16. Si hubiera despertado Isabel aquella noche en la cama...




-¿Qué edad tenía tu amiga? -preguntó Susi a India desde el otro lado del inmenso océano.
-Unos 19 o 20. Teníamos casi los mismos años.
-Y, ¿cómo sabías que a ella le gustaban las chicas?
-Porque me lo dijo.
-¿Cómo era? Su cuerpo por afuera y su cabeza por dentro.
-Era muy delgada, cabello castaño claro, blanca, ojos grandes, muy inteligente y con un oído absoluto.
-¿Un oído absoluto?
-Sí. Es un don con el que no todas nacemos. Identificas las notas musicales solo con escucharlas. 

Era honesta y trabajadora. También muy pobre y, además, huérfana.
-Aún sabiendo que era lesbiana, ¿dormías con ella?
-Sí. Era mi mejor amiga en aquellos momentos. La quería mucho.
-Inteligente, huérfana, pobre y con extraordinario oído. Casi nada. ¿Porqué la querías? -preguntó Susi.
-Porque ella era incondicional conmigo. Una persona íntegra.
-Pero no la quisiste probar. Igual que a mí, te gustan más los nabos.
-¿Cuáles nabos? -interrogó India.
-La polla de los hombres. No te vayas a reir. Hablo en serio.
-Está bien, no me reiré... ¡jajaja!
-¿Cómo se llamaba?
-Isabel.
-¿Por dónde anda ahora?
-Regresó a Chile con su novia. Las dos eran de allá.
-¿Conociste a su amiga?
-Sí.

-Le perdiste la pista.
-No. Aunque Isabel se había ido de la isla donde estudiábamos, siempre nos mantuvimos en contacto.
-Se fueron porque en Venezuela la sociedad no veía bien esas cosas, y menos de aquella, ¿verdad, India?
-Así fue, Susi.
-Cometiste un gran error esa noche cuando te atreviste a acariciar uno de sus senos.
-Eso nadie lo puede decir. ¿Cuál error?
-No seguir acariciándola hasta que despertara. Descubrirías cómo es el amor de una mujer.
-Me dio mucho miedo, pero tal vez tengas razón. 

Yo tenía la regla. Fue tan fuerte la reacción a esa caricia que me dio un derrame y al día siguiente tuve que ir al médico. Por eso creo que sentí repulsión, rechazo, una sensación agridulce y muy extraña.
-¿De qué tenías miedo?
-No lo sé. Debía ser la camisa de fuerza que todos tenemos apretándonos las ideas en la cabeza.
-Ibas a descubrir cómo ama una mujer pobre, huérfana, inteligente y con el oído absoluto que has dicho.
¿Hablaste con ella?
-No, Susi, nunca le dije nada. Ni se enteró de lo sucedido.
-¿Le gustabas a Isabel?
-¿Yo? No. Nunca me dijo nada. Ni siquiera lo sospeché. Menudas cosas tienes.
-¿Por qué dormíais juntas en la isla?
-Susi, esto parece un interrogatorio. Porque ella se quedaba a estudiar conmigo donde yo vivía. No podía pagar el alquiler.
-Dijiste en una isla.
-Claro, mujer, en Perlas. Yo vivía en una habitación del apartamento de otra amiga.
-¿Y solo había una cama?
-Solo.
-¿Te hubiera amado si se hubiera despertado aquella noche?
-¡Y yo qué sé! Tal vez. Yo estaba probando a ver qué pasaba.
-El sentir es cosa de dos. Y tenías que hacerlo mirándole a los ojos, India.
-Pero sentí eso que te conté. Se me aceleró el corazón, me dio miedo.
-¡Qué bueno!
-¿Bueno por qué?
-Porque estabas viva, como un animal en el medio de la selva o la sabana, llena de vida. Descargaste adrenalina.
-Si, seguramente. Y mucha hormona. Debió ser muy fuerte porque tuve un descontrol que me provocó un gran derrame.
-Adrenalina para poder enfrentarte a lo que te ocurriría si ella hubiera abierto los ojos. 
Yo siempre he tenido miedo a tener un orgasmo con una mujer en la cama.
-¿Tú, Susi?
-Sí. Pero tú fuiste mucho más allá. Te atreviste a explorar. Quizás porque eras más inconformista, rebelde y brava que todas tus hermanas.
-Si tú lo dices...
-Yo nunca he tenido la oportunidad de rozarle a una mujer un pecho con los labios o los dedos. Y mucho menos a una mujer que sé a ciencia cierta que le gustan los senos.
-Recuerda que fue pura casualidad, Isabel dormía desnuda.
-¿Casualidad que durmiera desnuda?
-Hacía calor en la isla, no había aire acondicionado, ella era muy dada a desnudarse delante de sus amigas. Nos teníamos confianza.
-¿Sus senos eran bellos?
-Eran muy pequeños. Pero podría decirse que sí -contestó India.
-Pequeños y bellos -repitió Susi.
-Si, duros y muy tiesos. Parecidos a dos limones de piel poco rugosa y muy fina.
-¿Y sus caderas?
-Angostas, era muy delgada. Siempre vestía con ropa de hombre.
-¿Y no te daba cosa verla desnuda sabiendo que era lesbiana y que dormía en tu cama?
-No, Susi, no.
-¿Tú también andabas despelotada por la casa?
-No. Yo era más moderada y cristiana, ¡jajaja! Nunca andaba a escape libre por mucho calor y humedad que hubiera.
-¿Piensas que Isabel te estaba provocando?
-No lo creo. Ella me respetaba.
-Yo nunca he dormido con otra mujer en una cama, exceptuando a mi mamá y a mi hermana. Y por supuesto que me moriría de miedo sabiendo que ella fuera lesbiana. 

En fin, fue una pena que no despertara Isabel y que te coincidiera la regla. ¡Qué pena!
-Si.
-Eso desvirtuó en parte los hechos.
-Es posible. Pero no me sentía "sucia" como muchas mujeres. Todo lo contrario. Para mí la regla es algo muy femenino, lo mismo que para un hombre sería una muestra de virilidad, una "roja eyaculación" sin la cual no hay gestación, afortunadamente, en mi caso, nada dolorosa.
-Pero estabas incómoda. ¿Ella sabía que la tenías?
-Si. Sabía que tenía la regla.
-¿Cómo la controlabas aquella noche? ¿Con un tampón, un paño o una compresa?
-Con una compresa. Aquí, toalla sanitaria.
-Para mí fue un gran misterio el período de mi madre cuando yo era pequeña y, posteriormente, mi primera menstruación. Nunca me dijeron nada sobre la cuestión hasta que llegó el momento. Hoy sigue siendo un tema tabú.
-¿Un gran misterio?
-No lo entendía. Me parecía que mamá estaba herida y no curaba de aquello nunca porque periódicamente se repetía. Y eso que intentaba ocultar los paños.
-Cuando yo tuve mi primera regla me encerré a llorar en el baño porque creía que me estaba muriendo.
-¡Jajaja! ¿Tampoco te lo explicó antes tu mamá?
-No.
-Te seguiré contando, que me estoy escapando por las ramas. Siempre he tenido miedo a que me gustara estar con otra mujer. El mismo miedo que tú sentiste aquella noche. ¿Sabes por qué sentimos ese miedo?
-¿Por qué?
-Porque tenemos pánico a que nos guste lo prohibido y, después, tener que llevarlo a la práctica, y tener que ocultarlo, u ondearlo abiertamente en la sociedad.
-¡Ah! Ya entiendo.
-Si hubiera despertado Isabel cuando, explorando, le tocaste un seno, es muy probable que no estuvieras ahora hablando conmigo. Ni que hubieras intentado suicidarte.
-¡Ah! Eso eso sí es cierto.
-Si hubiera despertado Isabel, te hubiera calmado y tranquilizado, y no te hubiera hecho daño. Todo lo contrario. Te hubiera hablado y preguntado cosas, respetándote, igual que una hermana o una madre. Si era inteligente y te quería, como bien dices, tendría mucho tacto. Antepondría las palabras a los besos y las caricias.
-Seguramente hubiera sido así. Pero quién sabe si habría aceptado mi propuesta tal como la planteé.
-No hiciste ninguna propuesta.
-Estaba implícita, Susi.
-Sí. Tienes razón. Por eso, India, me da pena que Isabel no despertara.
-Así es la vida.
-A mí me hubiera gustado que despertara... si estuviera en tu lugar.
-¿Por qué?
-Porque tendría la oportunidad de experimentar algo nuevo e, incluso, superior al amor que me puede dar un hombre. Podrían haberse dado dos situaciones. Que abriera los ojos, o que no. En este último caso, me abrazaría muy fuerte. Abrir los ojos es, quizás, mucho más bello habiendo suficiente luz en la habitación.
-La había, Susi, la había.
-Entonces fijo que os miraríais sin parpadear. Y eso te relajaría, teniendo en cuenta tu estado fisiológico. 
Tu vida hubiera cambiado a partir de aquel momento. Eso tenlo por seguro. Y creo que para bien.
-Sí, de eso no me cabe la menor duda. En la vida solo me han ocurrido cosas malas, por lo menos en los últimos años.
-Hace mucho le pregunté a una lesbiana si ella se corría cuando estaba con otra mujer.
-¿Y qué te dijo?
-Le hizo mucha gracia. Vino a decirme que yo tenía un concepto del sexo demasiado cuadriculado, producto de la presión de la sociedad. Me contestó que le resultaba mucho más fácil que con un hombre.
-Lógico. Era lesbiana, ¡jajaja!
-¡Jajaja! Buena respuesta. Pero a mí, como mujer, me extrañó mucho. Me extrañó mucho que una mujer pasara de algo tan innato y natural como lo es ser penetrada por el macho.
-Claro, yo también puedo verlo de esa manera porque nunca he estado con otra mujer. Pero el amor de pareja es muy complejo, bueno, todas las relaciones entre las personas, y por tanto no se trata solo de penetrar y ser penetrada.
-Tú lo has dicho, el amor de pareja. Pareja no tiene porqué significar hombre-mujer, o mujer-hombre.
-¿Algún día podremos simular, tú y yo, qué habría pasado si Isabel hubiera despertado?
-Menudas cosas tienes, Susi. Eso es del todo imposible. Creo que no me gustan las mujeres y debo reconocer que no hay nada como la metralleta de Perico, ¡jajaja!, la de mi ex, de quien ya hablamos en otro interrogatorio sexual que me hiciste atada a una silla, ¡jajaja!


martes, 1 de noviembre de 2016

15. India consigue que Franco se implique en la aventura


India había conocido a Franco hacía muchos años cuando estuvo hospedada en una de las habitaciones para miembros del Centro Universitario de Investigaciones Científicas de la Isla Perlas, en Venezuela.
Franco estaba coordinando a un grupo de ornitólogos que pretendían determinar el grado de extinción en que se encontraba el loro cabeza amarilla, endémico de la isla.
Enseguida se hicieron buenos amigos por su afición a la ciencia, y Franco le regaló una guía para identificar aves venezolanas. Fue así como India le dio uso a los binoculares que también su padre le había regalado años antes. Con ellos y la preciosa guía recorrió en sus ratos libres todos los rincones de Perlas junto a Franco y aprendió a identificar muchas aves. Y se enamoraron.

Finalizados los trabajos de investigación, India y Franco se separaron y tomaron diferentes caminos, aunque siempre se mantuvieron en contacto.
El día que Susi soñó con la reencarnación de Isidoro en loro catarú, India llamó por teléfono al prestigioso ornitólogo y concertaron una reunión para hablar sobre el asunto.
-¡Hola Franco! ¿Estás dispuesto a emprender un nuevo proyecto? - le preguntó India al encontrarse con él.
-¡Hola India! Un gran placer volver a verte de nuevo después de tanto tiempo. La verdad es que ahora que estoy jubilado tengo más tiempo libre. Tú me dirás de qué se trata.
-Ya te he hablado de Catarú y de la posibilidad de que mi bisabuelo Isidoro se haya reencarnado en él. ¿Tú crees que eso puede ser posible? -le preguntó India.
-Yo, como científico, no debería creer en esas cosas, pero hay ocasiones en las que la ciencia no tiene explicación para ciertos fenómenos, por lo que sí lo veo posible.
-Entonces, en dado caso de que el espíritu de mi bisabuelo Isidoro haya reencarnado en loro catarú, ¿tú crees que toda su memoria, sus vivencias o intenciones estarán en su cerebro? -quiso saber India.
-Lo más probable es que así sea. Catarú es un ave muy especial. Entre los loros que existen y existieron en el mundo es el más inteligente y con más capacidades de aprendizaje -le respondió Franco-. Pero, al estar extinto,  solo tenemos posibilidades de avistarlo donde fue endémico, específicamente en las riberas del Alto Orinoco, selva adentro. Eso si  no lo han matado o apresado para entretenerse con él en las fiestas, las ferias o los circos.
-¿Pero quiénes lo llevaron a la extinción? -India quería que Franco le explicara.
-Primero que nada estaban los traficantes ilegales o cazadores furtivos de animales que los buscaban vivos para venderlos a dueños de circos por sus dotes parlanchinas y su gran inteligencia. Y luego estaban los taxidermistas que los atrapaban para negociarlos a grandes y acaudalados coleccionistas, quienes pagaban una fortuna por tan rara especie de loro de aquella ya casi extinta -le explicó el ornitólogo.
Franco también le dijo a India que llevaba muchos años estudiando todos los documentos e imágenes existentes en los archivos que se referían al loro catarú y que había logrado ubicar el lugar exacto donde existió la única colonia del mundo. Además, Franco tenía muy buena mano con los baquianos indígenas yanomami, ya que el ornitólogo siempre fue respetuoso con sus costumbres y los espacios naturales en los que se movían.
-¿Será posible que Catarú haya volado desde las cercanías del río Mastranto donde murió Isidoro hasta esconderse en el Alto Orinoco, donde vivieron sus congéneres? -preguntó India muy acuciosa.
-Sí -le señaló Franco-. Pueden volar muchos kilómetros sin casi pararse a consumir alimentos usando la energía que acumulan en su cuerpo en forma de grasa. Y, lo más importante, localizar con mucha exactitud el lugar exacto del nido donde salieron de los huevos. Algo parecido al comportamiento que tienen los salmones, aunque de eso tú sabes más que yo -dijo Franco.
-Y de ser así, que encontremos a Catarú, ¿podré hacer que hable conmigo?
-Claro que sí. ¿Me quieres contar cuál es tu afán por encontrar a ese loro?
-Buena pregunta, Franco. Resulta que mientras investigaba mi árbol genealógico en Sinare, en los llanos venezolanos, mi abuela María Aurora, la mamá de mi madre, me contó sobre la existencia de un tesoro de morocotas que mi bisabuelo Isidoro enterró en un lugar de la Hacienda Los Naranjos, de su propiedad. Mi abuela tuvo una revelación en sueños en la que su papá le contaba el lugar del entierro, y queremos -mi amiga Susi y yo- desenterrar el tesoro, previa confirmación de la información por parte de Catarú. Con tu ayuda, por supuesto. Y con la condición de que repartamos el tesoro entre los tres a partes iguales -le confesó India a Franco.
-¿Pero qué tiene que ver Catarú en toda esta historia? -quiso saber Franco.
-Pues que resulta más fácil ubicar y hablar con Isidoro reencarnado en loro catarú para que nos confirme la información sobre la ubicación exacta del tesoro, que entrar a hurtadillas a la hacienda que le fue usurpada a mi abuela y adonde no seremos bien recibidos.
-¡Ah!, ya entiendo -dijo Franco más tranquilo-. Está bien, las acompañaré, solo por ayudarlas, no me interesa lo del tesoro.
-¿Cómo que no? Debes aceptar tu parte como condición para que los espíritus nos permitan desenterrarlo. -le explicó India.
-De acuerdo. Pero lo haré solo porque existe esa condición.
Finalmente quedaron en que el viaje lo realizarían una vez Susi llegara de España. Franco contactaría a los baquianos e India se encargaría del transporte, el alojamiento y la comida. Partirían desde Santa Ana en una camioneta hasta Puerto Ayacucho, donde abordarían una avioneta hasta La Esperanza, y de allí seguirían en lancha hasta el sitio donde existió la colonia catarú.
India estaba muy emocionada de que Franco hubiera aceptado el trato y, en cuanto pudo, se lo confirmó a Susi para que hiciera los preparativos del viaje e iniciar la búsqueda.

jueves, 20 de octubre de 2016

14. Isidoro se reencarnó en un loro

-Ayer tuve un sueño -le contó Susi a India muy entusiasmada.
-¿Con qué soñaste? -le inquirió India.
-No vayas a creer que soñé dónde estaba el tesoro, no; ya quisiera yo. Lo que vi fue una cosa verdaderamente extraña. Observé de forma muy clara y nítida cómo tu bisabuelo se reencarnaba en un loro.
¿Hace cuánto murió tu bisabuelo? -preguntó Susi.
-Teniendo en cuenta que mi abuela María Aurora tendría hoy 102 años si viviera, y que mi bisabuela emigró cuando mi mamá contaba con siete años, calculo que hace unos 75 años aproximadamente.
-¿Los loros viven mucho tiempo? -preguntó Susi.
-Depende de la especie. En general son muy longevos. El loro gris africano (Psittacus erithacus), también llamado yaco, puede llegar incluso a los 100 años. Pero tú no viste un ave perteneciente a esa familia volando y escapando con el alma de Isidoro, ¿verdad? El yaco tiene el pico negro y la cola roja.

-Lo recuerdo perfectamente, y no era gris, sino multicolor, de tamaño mediano, no tan grande como un guacamayo, aunque sí tan hermoso -dijo Susi.
-Dentro de unas horas, todo mi cuerpo estará frío, menos el centro del cogollo, allí justamente donde a veces sentimos que anida el alma. Loro catarú, llévatela con tus alas antes de que campe a sus anchas el crudo inverno por todo mi cuerpo -así le habló Isidoro al ave, en clave, momentos antes de morir, sin que nadie de los presentes se diera cuenta.
-¿Viste cómo mi bisabuelo Isidoro pasaba de ser humano a loro catarú transfiriendo su alma en la cabecera de la cama? ¡Menudo pájaro! ¡Quería vivir otros 85 años, como mínimo -dijo India.
-Los loros no son pájaros -contestó Susi.
-Lo sé. ¿Puedes asesugurar que mi bisabuelo le llamó "loro catarú" al ave en tu sueño? -preguntó India.
-Esas palabras pronunció antes de donarle el alma. ¿Conoces la especie? -interrogó Susi.
-No, pero tengo un amigo que sí -respondió India-. Se llama Franco y es ornitólogo. Por cierto, ¿para qué queremos saber tantas cosas de esa cotorra?
-No le llames así. El loro Catarú no es una cotorra, ni  un guacamayo, ni una cacatúa, ni un lori, o una amazona; aunque todas esas aves pertenecen a la misma familia.
El loro catarú puede sernos de gran utilidad. Yo creo que resultará más fácil y menos peligroso buscar a Catarú para averiguar dónde está el tesoro. Te lo digo por los perdigones que podemos recibir en el trasero si nos pescan hurgando en la tierra del usurpador para encontrar las morocotas de oro.
-¿Tú crees sinceramente que es mejor buscar a Catarú que escarbar en  las raíces de los limoneros de la hacienda? -preguntó India. ¿Y qué hacemos cuando encontremos a Catarú?
-Si tu abuelo se ha reencarnado en él, ese fue mi sueño, querrá hablar contigo y te dirá cómo encontrar el tesoro.
-Pues entonces manos a la obra -dijo India entusiasmada-.Ya te he dicho que tengo un amigo muy cercano que me enseñó a identificar aves.
-¿También especies raras de humanos reencarnados en loros? -le preguntó Susi.
-No, pero loros sí. Cuando lo conocí justamente estaba trabajando con ese tipo de aves. Podemos invitarlo a buscar a Catarú.
-Pero no le podemos decir para qué lo buscamos -agregó Susi.
-Es necesario que le contemos toda la historia porque ya te he dicho que debemos repartir las morocotas entre todos. Recuerda que esa es una de las condiciones para que los espíritus nos dejen desenterrarlas.
-¡Déjate de pamplinas! ¡ La pasta es la pasta! -le refunfuñó Susi a India algo molesta-. ¿No te das cuenta que así seremos tres a repartir? ¿No es más económico consultar la wikipedia?
-Espera. Deja que revise a ver qué consigo -le dijo India. 

Tras media hora de consulta, India volvió a hablar con Susi.
-Necesitamos llamar a Franco, mi amigo ornitólogo, porque no hay información sobre el loro catarú en la web, y nosotras no sabemos nada de aves. Él es el experto -insistió India.
-Yo no he encontrado nada. Google es muy deficiente. Lo único que he visto es que el loro catarina, también un ave perteneciente a la familia de las psitácidas, tiene la misma raíz que el nuestro -dijo Susi.
-El único que puede saber si el loro catarú existe es Franco -insistió India.

-¿Puedes llamarlo ahora? -preguntó Susi.
-Sí. Lo llamaré. Espera.
-No le des muchas explicaciones  a Franco sobre Catarú.
-Está bien -contestó India.
Luego de unos quince minutos de espera, ya Susi se estaba impacientando cuando le escribió de nuevo India.
-Dijo que sí existe -comentó India.

El loro Catarú que estamos buscando es un macho más grande que el  loro catarina y, probablemente, poco parecido a esa especie endémica de México. Más grande, inteligente y capaz de asociar fácilmente las cosas con su nombre. Solo vivió en una zona del Alto Orinoco. Pero acabaron pronto con él, ya que generaba mucho beneficio en las fiestas, las ferias y los circos. Era capaz de pedir alimentos, contar objetos, reconocer formas y colores... todo ello con muy poco adiestramiento. Y eso fue lo que lo llevó a la extinción en aquel momento. Si es cierto que Isidoro se ha reencarnado en ese tipo de loro, me dijo Franco que no tardarían mucho en dar con él los traficantes de animales o los taxidermistas.
-Dile, pues, que mantenga todo esto en secreto -recomendó Susi por el bien del loro y del tesoro.

jueves, 13 de octubre de 2016

13. Lluvia, zancudos y cortes de luz


Aquella tarde, como otras muchas, se volvió a cortar la energía eléctrica en la casa de India. O se debería decir que alguien la había secuestrado. Alguien de la empresa estatal. Porque el suministro es un monopolio del Estado, como ya casi todo. O tal vez se debía la avería a alguna eventualidad por la lluvia que estaba cayendo. O igual era por omisión. Se debería hacer mantenimiento de las líneas del tendido eléctrico y podar los árboles que crecen enredados en él, pero no se hace, y con cualquier viento fuerte hay fallas.
Todo eso sin contar que en verano, cuando hay sequía, también hay racionamiento eléctrico en todo el país. Este año han sido cuatro horas diarias. A India, como vive cerca del hospital y de la residencia del gobernador, no se la cortan. Tiene suerte.
No se sabe cuánto durará la interrupción. Paciencia. Mucha paciencia con el calor y los zancudos.
Hace unos cuatro meses le dio a India la virosis del zika, que la transmite un mosquito, y si se complica puede ser letal. La mujer fue llevando la enfermedad como pudo, pero un amigo suyo murió de eso hace poco.
Venezuela está en ruinas. La han dejado así las corruptelas del gobierno y su ineficacia. No hay químicos para los planes de fumigación que se hacían antes, ni de prevención de proliferación de los transmisores de chikungunya, zika y dengue; los zancudos. Se ha retrocedido en materia epidemiológica. Ni siquiera hay vacunas para los bebés recién nacidos. Han reaparecido enfermedades ya erradicadas como la malaria o la difteria. Y las instituciones públicas no emiten sus informes para tratar de esconder la realidad.
Ya paró de llover. Es posible que repongan el servicio pronto.
Poco se puede hacer sin electricidad y con lluvia. Muy poco. Sentarse bajo techo en el balcón a fresquear y a matar zancudos. La ciudad se paraliza, y si el apagón es general, el país completo queda casi muerto. Todo queda obstaculizado, desde el tránsito, hasta las tiendas, los bancos, los hospitales, todo. E incluso causa muertes.
El gobierno le echa la culpa al fenómeno metereológico de La Niña o El Niño que causa sequías y merman la capacidad de generación eléctrica del principal embalse del país, el Gury. Con tanto dinero que ha entrado a las arcas del tesoro nacional no han sido capaces de buscar alternativas. Difícil de creer. Es demasiada la corrupción y la ineptitud. Antes hasta se exportaba electricidad a países vecinos.
Durante los cortes de energía, hay que desconectar todos los aparatos eléctricos porque cuando reponen el suministro a veces llega con alto voltaje y se quema todo. Y no hay a quién reclamar.
También se producen cortes programados. Son de cuatro horas, van por zonas y varían de horario, pudiendo tocar desde las doce de la medianoche hasta las cuatro de la madrugada. La pobre gente tiene que desconectar y conectar los aparatos a esa hora sin poder dormir tranquila.
Así se vive en Venezuela. La población está agobiada, cansada y desmoralizada.
Hace unos dos o tres años,  cuando la gente salió a las calles a protestar, el gobierno reprimió fuertemente las manifestaciones, violaron los derechos humanos de personas inocentes, hubo muertos, detenciones ilegales, y para no ser inculpados por delitos de lesa humanidad, crearon bandas con civiles, los llamados "colectivos armados", que hicieron y todavía hacen el trabajo sucio de represión. Si estás tranquilamente en una calle con miles de personas manifestando, llegan los colectivos disparando a mansalva y los órganos de seguridad del Estado no hacen nada para evitarlo. Actúan con total impunidad. Todavía hay muchos jóvenes detenidos ilegalmente sin  haber cometido ningún delito, con procesos judiciales amañados, que llevan años encarcelados.
Y, así y todo, la gente ha salido a manifestarse hace poco a la calle en Caracas, pero las protestas han mermado mucho.
Visto desde afuera, pareciera que el venezolano es conformista; no hay comida y no protesta, no hay medicinas y se conforma, hay problemas por todas partes y la gente no se moviliza por sus derechos; pero no es tan sencillo. La represión es muy fuerte, la violación de los derechos humanos se ha institucionalizado y se han perfeccionado sus mecanismos. Es una lucha muy desigual. Quienes están gobernando actúan al margen de la ley y se apoyan en la delincuencia común.
En Venezuela se tiene tanto miedo a los policías como a los ladrones y asesinos. Son los mismos.
En esta sociedad se ha roto el contrato social. Está deshecha y pasarán años para que la situación mejore después de sacar a los malandros del poder.
Es una lástima el pobre país. Cada día más y más venezolanos huyen al extranjero. Quienes se quedan lo hacen porque no tienen cómo emigrar. Aunque también hay gente que, por más increíble que parezca, apoyan al gobierno. Son ingenuos o enchufados.
-Una hora ya sin energía eléctrica -dijo India en sus adentros. 

martes, 11 de octubre de 2016

12. Susi se queda a veces sin argumentos


Susi siempre quiso ayudar a India para que pudiera vencer de una vez por todas su enfermedad. Pero, a veces, se quedaba sin argumentos y se veía obligada a decirle cosas en las que ella no creía.
La angustia y la tristeza que padecía Susi en ocasiones, procedían de un problema que estaba aún sin solucionar, aunque, al paso que iba, tendría que cargar con él el resto de la vida.
El peso de su mochila era proporcional a su incapacidad para comprender una doble coincidencia o casualidad: que existieran este mundo y ella al mismo tiempo.
Susi pensaba que la Tierra era totalmente irrelevante en medio del universo. Y también ella y su amiga. 
Susi no podía llegar a comprender que el milagro de la vida hubiera surgido de la materia inorgánica; no porque ello no fuera posible, sino porque se necesitaban tomar millones y millones de desvíos para acertar el camino correcto que nos lleva a ser lo que somos.
No entendía esta complicada ingeniería universal que al final no serviría para nada, ya que la eternidad acabaría borrando para siempre las huellas de la humanidad, o de cualquier forma de vida parecida.
Tampoco comprendía porqué había sido invitada como un ser vivo provisto de un alto nivel de consciencia sin ser consultada. Obligada a muchas cosas en un mundo en el que no pueden nacer todos en el mismo sitio o en la misma época, allí donde el clima, las creencias o las condiciones de vida son las óptimas.
A Susi la desazonaba el gran complot de la vida: que un ensamblaje colosal se hubiera montado para acabar siendo tod imperfecto. Prefería no ser un ente consciente antes que pasar por este mundo sintiéndose cada vez más ignorante e impotente.
La mujer no comprendía a veces por qué caminar, si nunca se llega a ninguna parte, igual que ocurre en la cinta estática del gimnasio. No entendía que quisiéramos saber o acumular, en un mundo indescifrable e inabarcable por cualquier ser imaginado por los humanos.
Susi no podía digerir que la vida fuera bella y cruel al mismo tiempo, entre otras muchas razones porque todos viven en una esfera redonda, una forma, de entrada, inadecuada para que la totalidad de la gente disfrute el sol que más calienta en invierno.
Susi le ocultaba algunas cosas a India para no hacerle daño, aunque bien sabía que resultaba difícil engañar a una persona tan sensible y culta.
Lo que más le costaba a Susi era convencer a India para que comiera sabiendo que su compañera tenía ganas de vomitar en ese momento. Difícilmente se puede alimentar a una persona cuando no puede ni quiere tragar, a menos que la ates y la obligues igual que se hace con un pato, un capón, o un enfermo en su fase terminal.
Susi la animaba a vivir porque existir es lo  más lógico y normal después de haber nacido. Hay que dejarse llevar y punto. Hemos sido programados para ello y así lo hacemos hasta ahora estadísticamente.
Susi le decía a India que se debía vivir porque no quedaba más remedio. Y que compensaba luchar para intentar encontrar la justicia, la felicidad... o algo más de igualdad. 
La animaba reconociendo que este mundo era imperfecto, pero también, a veces, muy bello, tanto que no debíamos desaprovechar la ocasión que nos han ofrecido para experimentarlo.
No les quedaba más remedio que vivir si querían buscar el tesoro y no hacerle daño al otro ejerciendo la incuestionable y legítima libertad personal.
India debía buscar algo que justificara su existencia, un para qué, un propósito que la convenciera. Desde hacía unos ocho años, había perdido las esperanzas de transformar la realidad y cambiarla por otra mejor para la gente de su país. 
India siempre luchó afanosamente, desde que tuvo uso de razón, por servir a los demás ayudándolos a mejorar su calidad de vida, a erradicar la pobreza y a quitarse el yugo. Pero veía que todos sus esfuerzos eran inútiles, porque ni en su país ni en ningún lugar de este mundo existe la voluntad política de construir una sociedad justa, que nos beneficie a todos por igual, donde prime el amor al prójimo. Eso es una utopía, y siempre lo será.
Buscar el tesoro era una distracción que hacía que India se olvidase momentáneamente de tantas dificultades que axfisiaban su vida cotidiana. Aparte de eso, nada parecía tener sentido para la atormentada mujer. India entendía que Susi se quedara sin argumentos porque ambas compartían la misma manera de ver la realidad.  Seguía dejándose llevar y tratando de no hacerle daño a los que la querían. Por eso, y solo por eso, seguía viviendo.
Los esfuerzos de Susi por invitarla a perseguir sus sueños la ayudaban a mantenerse a flote. Sus conversaciones y su empeño en que dibujara, pintara y escribiera, surtían efecto en la desperanzada India, que veía cómo se deterioraba cada vez más su situación personal en un país totalmente desbocado hacia el precipicio.


lunes, 3 de octubre de 2016

11. Desenterrar un tesoro es más peligroso de lo que parece

-Tenemos que preparar el equipaje, el detector de metales, las palas y los picos... Y hablar primero con un brujo, o un desenterrador de morocotas, o un vidente- le dijo Susi a India apresurándola.
-Ya me entrevisté con un shamán yerbatero que es mi amigo, Rafael Quintero, de El Tocuyo. Me explicó cómo tenemos que prepararnos y lo que tenemos que hacer para desenterrar el oro -respondió India tranquilizando a Susi.
Hay muchas leyendas sobre los entierros de morocotas, como, por ejemplo, que el difunto que lo escondió solo comunica el lugar exacto a la persona escogida por él a través de un sueño. En este caso, mi abuela María Aurora recibió la información para que me la transmitiera a mí al día siguiente, cuando fui a entrevistarla a su casa en Maracay.
También hay otras leyendas que hablan de pactos con el diablo de entregarle un alma o dos a cambio del tesoro. Las hay que dicen que si se apodera del entierro alguien que no es el escogido, muere, o que el oro se vuelve polvo en sus manos. Todas esas historias han sido inventadas, según me contó Rafael, el shamán, para beneficio de los brujos que se adjudican el poder de desenterrar botijas, garantizar así su negocio, y evitar que las personas vayan en su búsqueda sin contratarlos.
Las únicas condiciones para encontrar el tesoro que me dijo Rafael fueron que la persona escogida podía ir acompañada por quienes ella eligiera como ayudantes, y que debían ser personas de buen corazón que no se dejaran llevar por la avaricia. Asimismo, dicha persona tenía que compartir el tesoro con sus ayudantes a partes iguales, y todos debían hacer antes una limpieza espiritual.
-¿Qué tipo de higiene? -preguntó Susi.
-Hay que darse dos baños con infusiones de yerbas que ya me dio Rafael y, el tercero, con siete limones en remojo, que deben arrancarse del árbol sin que nadie te vea diciendo un conjuro.
-¿Y estás segura de que con esa limpieza espiritual quedaremos protegidas de todo mal?
-Susi, tienes demasiados miedos y dudas. Créeme. Será más difícil superar los obstáculos de los vivos que los de los muertos.
-¿Por qué dices eso?
-Bueno, Susi, porque esa hacienda tiene su historia.
-Todas las grandes haciendas la tienen. A ver, cuenta.
-Sí, pero esta es especial. Las escrituras de esta hacienda estaban a nombre de mi abuela María Aurora, pero al emigrar la dejó bajo el cuidado de su medio hermano Pedro Luis, casado con María Aurora de Montalbán, quien se hizo pasar por mi abuela y le firmó una venta ficticia de las cinco mil hectáreas a su hijo José Federico Montalbán, un cantor de música llanera muy famoso. Él es el usurpador y no nos dejará entrar tan fácilmente a la hacienda - dijo India.
-Ahí está lo bueno, que la lucha sea peligrosa, casi a muerte, ya que, en caso contrario, no habría aventura, en fin... sería muy fácil hacernos con el oro. Además, sería una lucha justa, y la recompensa, merecida legalmente.
-Ese señor tiene plata y poder- dijo India con preocupación.
-¡Más problemas! Tendremos que ocultarnos por el día y regresar a trabajar por la noche.
-No es tan sencillo porque el entierro está debajo de tres árboles de naranjo que forman un triángulo equilátero.
-¿Y tú cómo sabes todo eso? -preguntó Susi.
-Porque me lo dijo mi abuela.

-Me parecen demasiado precisas esas señales. Ten en cuenta que los sueños suelen ser bastante difuminados y etéreos.
-El sueño de mi abuela fue exacto y concreto - dijo India muy segura.
-No creo que tu abuela y tú estéis en lo cierto, pero no nos queda más remedio que aceptar los únicos indicios que tenemos. ¿Qué otras referencias hay? -preguntó Susi.
-Solamente los tres naranjos.
-¿Formando un triángulo equilátero perfecto?
-Sí -respondió India.
-¿Cerca de la casa?
-No muy cerca.
-¿A qué distancia exactamente?
-No lo sé.
-¿Cuándo estuviste allí la última vez?
-No he llegado nunca hasta la casa de la hacienda, no me dejaron entrar.
-¿Existen todavía los naranjos? -preguntó Susi.
-¡Qué sé yo! En esas haciendas hay cientos de árboles y mucha rotación en las plantaciones y los cultivos.

martes, 27 de septiembre de 2016

10. India cuenta que hay un gran tesoro enterrado


María Ignacia, la tatarabuela de India, era una indígena yaruro que emigró de las riberas del río Mastranto arriba para establecerse en la localidad de San Carlos de Simare, en los llanos venezolanos.
Su pareja era Francisco (Pancho) Contreras, un español emigrado que vivía en la misma ciudad.
María Ignacia era indomable.
Según las historias que recopiló India en el llano hace algunos años cuando investigaba sus propias raíces, se dice que María Ignacia orinaba parada, iba en canoa a todas partes, y era buena con el arco y la flecha. Muy buena. Tanto que  cazaba garzas para quitarles las plumas y venderlas.
En lo referente a mear de pie, tenía mucha práctica y experiencia. Simplemente abría las piernas y levantaba las faldas con una mano. Con la otra separaba los labios menores de la vagina para poder orientar el chorro hacia donde quisiera. Y tenía gran precisión, incluso  más que los varones.
Los que la conocían decían que era capaz de acertarle en uno de los ojos a un sapo, un ratón o una peligrosa serpiente. Y que cualquiera de ellos se retiraba al notar el calor y el escozor proyectados a tanta presión y con tan mala intención, mientras a ella no le corría ni una sola gota de orina por las piernas.
María Ignacia tuvo doce hijos, entre los que se contaban Isidoro, el bisabuelo de India, y el famoso arpista conocido en toda Venezuela, Ignacio "Indio Figueredo". Ambos hermanos eran inseparables y además compartían amistad con un llanero de los esteros de Pariaguán, Dionisio González, quien los acompañaba cada vez que se armaba una fiesta llanera en alguno de los pueblos de la región. Pancho Contreras, Dionisio y los músicos que acompañaban al Indio Figueredo, se hicieron grandes compañeros de parrandas.
Estas fiestas solían durar tres días seguidos con sus noches, por lo que María Ignacia Figueredo salía en su bongo a buscar a su marido por los pueblos de las riberas del río Simare y, cuando lo encontraba, lo traía a rastras hasta la casa una vez que lo sacaba de la canoa con todo su cuerpo convertido en peso muerto.
Dionisio González conoció a María Aurora Montalbán, porque era hija de Isidoro y de Eduarda Montalbán. Al ser nacida fuera del matrimonio, no llevaba el apellido Figueredo. Se enamoró perdidamente de ella, y años después se casaron.
Por su parte, Isidoro amaba entrañablemente a Eduarda, la madre de María Aurora y bisabuela de India, y vivía con ella en la hacienda de 5.000 hectáreas y 3.000 cabezas de ganado que le legó al morir. Eduarda, por cosas del destino, no la pudo disfrutar. Como tampoco disfrutó las monedas de oro que se acuñaban antiguamente llamadas morocotas, y que dejó Isidoro al morir. Como no existían bancos en los campos, la gente acostumbraba enterrarlas bajo tierra en las haciendas. Isidoro había reunido una gran cantidad de morocotas, producto de su trabajo duro en la hacienda y de la venta del ganado.
En el lecho de muerte, Isidoro estaba en el fundo Los Merecures con Eduarda. Quería contarle antes de morir dónde había enterrado las morocotas, pero en la casa de la hacienda estaban también los hijos y sobrinos de Isidoro, esperando noticias sobre las morocotas, y no dejaron ni un momento a solas a la pareja, hasta que Isidoro dio su último respiro.
Eduarda preparó todo para el viaje de varios días con el fin de trasladar el cadáver hasta la capital para ser enterrado.
Al regresar al fundo Los Merecures, se encontró con que todos se habían marchado, no sin antes derrumbar las paredes de la casa de adobes buscando el tesoro, pero no lo consiguieron. Nunca se encontraron esas morocotas.
Muchos años después, India, al hacer un trabajo de investigación cultural sobre sus ancestros, entrevistó a su abuela María Aurora Montalbán de González, quien ya había emigrado hacía muchos años al centro del país. María le contó la historia, y le dijo: 
-Hija (nieta) yo justamente anoche soñé con mi papá Isidoro y me contó dónde estaba enterrada la botija... Y si usted es la única de la descendencia de nosotros que anda detrás de esas historias, es porque esas morocotas son para usted. Vaya y búsquelas. 
Y así fue como India supo dónde buscar las morocotas. Ella es la única de la familia a quien su abuela le confió el lugar.
Varios meses después, India planificó un viaje para ir a buscar las morocotas, y contrató a un chofer que la ayudaría a desentetrarlas, pero no pudo llegar al sitio del entierro. El carro se dañó misteriosamente.
Ya ella había escuchado que no es fácil desenterrar una botija con monedas de oro. Se te presentan muchas dificultades que debes superar hasta lograrlo, porque esos entierros, según le había contado su abuela María Aurora, eran custodiados por seres del más allá.
-¿Por el diablo?- le preguntó Susi a India.
-No, por espíritus.
-Me gustaría ir a por ellas- dijo Susi.
-¡Seríamos multimillonarias! -agregó India.
-¿Te dejaron algún mapa?
-No - respondió India.
-¿Solo tienes las coordenadas de un sueño?- le inquirió Susi.
-Sí, solo señales- dijo India.