lunes, 17 de abril de 2017

55. Ambiente de preguerra

Cuando estaban entrando en Santa Ana, las dos mujeres presenciaron horrorizadas los disturbios y las barricadas que se habían levantado en algunas calles. Varios carros ardían y la gente saqueaba las tiendas y supermercados. Las fuerzas policiales, militares y paramilitares disparaban botes de humo, pelotas de goma y agua a presión. De vez en cuando también se oía algún disparo.
Dos cuerpos yacían en el suelo y nadie podía socorrerlos porque se encontraban en medio de los dos bandos. Uno de ellos se movía y pedía ayuda levantando el brazo. El otro tenía la ropa empapada con su propia sangre, que ya había formado una pequeña charca.
Venezuela se encaminaba al abismo, como una frágil canoa que nada puede hacer contra el aumento de la corriente provocado por la grandiosa cascada que ya está cercana. El ruido del agua cayendo por el abismo es aterrador. Suena a dolor y muerte.
India y Susi habían estado tan concentradas en salir de Pastillana del Mar y regresar a la tranquilidad de Santa Ana que no habían revisado las noticias, y les tomó de sorpresa aquel escenario. La única manera de informarse era a través de Internet, pues los noticieros de los canales televisivos y radiales del país tenían prohibido difundir lo que no beneficiara al gobierno.
El taxista que las trasladó desde la estación del tren les contó de las protestas y disturbios, en tanto tomaba varios atajos. Se vieron en la necesidad de bajarse a dos cuadras antes de la casa porque no había paso. Corrieron entre los escombros, la muchedumbre y el humo de los gases lacrimógenos tapándose la nariz con sus franelas, con la cara ardiendo y los ojos llorosos, hasta que llegaron a la casa y se metieron en la ducha para intentar aliviar los efectos. Posteriormente conectaron con Internet y se enteraron en detalle de las manifestaciones de la gente ante la crisis política, social y económica del país que se había agudizado luego de la anulación de las funciones del Parlamento de mayoría opositora que desenmascaró  ante el mundo la falta de separación de poderes y el carácter dictatorial del gobierno. Esto ya se veía venir.
El saldo de la represión eran varios manifestantes muertos, numerosos heridos, locales comerciales y supermercados saqueados, algunas sedes gubernamentales incendiadas, y el recrudecimiento de la escasez de alimentos y medicinas.
India tenía algunas reservas en la alacena. Prepararon comida suficientente. Luego de cenar rápidamente llenaron unos recipientes con agua fresca y comida, y se lo llevaron a los muchachos que estaban protestando cerca.
Ya había oscurecido y de pronto cortaron la energía eléctrica. Solo se veían las llamas de las barricadas encendidas. India y Susi corrieron hasta la casa donde permanecieron en medio de la oscuridad. Estaban muy cansadas por el largo viaje y enseguida se quedaron dormidas con los celulares encendidos.
Paradójicamente, en medio de aquel caos, India despertó al cabo de un par de horas y presintió que algo bueno le iba a ocurrir a corto plazo, al cabo de unas horas o unos días.
Seguían sin luz y veía por la ventana el resplandor de las hogueras hechas con basura y carros. De vez en cuando se sentía alguna explosión y detonación, probablemente provocadas por los depósitos de combustible de los vehículos y las armas de fuego de los paramilitares, policías y militares.
En esas condiciones sería muy difícil organizar el viaje a Brasil en búsqueda de Almir, pero así lo habían decidido las dos mujeres debido a que India estaba mejorando mucho de su enfermedad.
Algunos de sus sueños se estaban cumpliendo. Había dejado el tabaco, estaba progresando positivamente su salud, y el libro que seguía escribiendo avanzaba a buen ritmo. India solía dedicarle un par de horas todos los días, y cuando no podía hacerlo, le daba vueltas al argumento con la cabeza, por eso Susi le reprochaba a veces que estaba en Babia y que no le prestaba atención.
Para redactar no usaba ningún artefacto electrónico moderno, porque decía que prefería emplear métodos sencillos de trabajo y evitar así las complicaciones, los gastos y las pérdidas de tiempo: una libreta y un lápiz, o un bolígrafo.
India escribía en ella y dibujaba. Susi tuvo a veces la tentación de revisarla sin pedirle permiso, aprovechando que dormía o que realizaba alguna tarea. Sentía curiosidad porque vio de refilón algún boceto erótico, casi pornográfico, y esos dibujos le parecían más provocadores que el realismo de la fotografía o la imagen en movimiento.
India no podía dormir. Encendió una vela, buscó la libreta y el lapicero, y retomó la escritura en el punto en el que la había dejado cuando salieron de Santa Ana.
Se trataba de un cuento corto:
"Un hombre sentado en un sillón verde frente a la ventana en su habitación de la segunda planta lee una historia sobre una pareja de amantes. Ella casada, él soltero, joven y guapo, durante un encuentro furtivo en la cabaña anexa a la gran casona familiar. Repasan el plan para asesinar al esposo de la mujer. Ella saldrá de la casa antes de que su amante, escondido en la cabaña anexa a la casa, entre por la puerta principal que estará abierta, subirá las escaleras, abrirá la segunda puerta de la habitación donde se encuentra la víctima que asesinará con el puñal. Y exactamente así ocurrió. El amante empuja la puerta que efectivamente está abierta, sube los escalones, abre la segunda puerta, y ve al hombre sentado en un sillón verde frente a la ventana..."

miércoles, 12 de abril de 2017

54. Les esperan disturbios en Santa Ana

Susi pagó la cuenta después del desayuno y las dos mujeres salieron de Casa Satanás.
El cielo estaba totalmente despejado y la marea baja. Mientras descendían por el empinado y ancho sendero hasta el aparcamiento de la playa, India le preguntó a Susi por qué razón no habrían asfaltado el camino hasta la entrada de la exótica posada. Susi le contestó que tampoco lo comprendía, ya que eso implicaba cribar a los clientes y tener que transportar en mula o en la espalda todas las viandas y repuestos necesarios en Casa Satanás, incluida la leña del asador.
-Se pierden algunos clientes, pero, mirándolo bien, también se ganan otros, porque este camino que asciende a la posada, visto desde Pastillana del Mar, es encantador; y cuando solamente se intuye en medio de la niebla al verse borroso o discontínuo, la posada se torna verdaderamente misteriosa y cautivadora, mucho más elevada sobre el istmo de lo que realmente está -contestó Susi.
-Tenemos que tomar un autobús que nos lleve a Santa Ana y organizar el viaje a Brasil. En caso contrario, nunca iniciaremos la búsqueda de Almir, y no digamos ya del loro y el tesoro. La verdad es que no sé porqué te has empeñado en encontrar al amor de mi vida antes de partir en búsqueda del pajarito ese. Tengo la sensación de que nunca llegaremos a ninguna parte, como también ocurría en El Castillo de Kafka -dijo India mientras iniciaban las dos mujeres el recorrido que enlaza la villa con la pequeña montaña.
Era temprano. Los primeros bañistas que llegaron comenzaron a tomar posiciones espetando las sombrillas en la arena y desplegando las tumbonas baratas de reluciente aluminio. Los niños, nada más llegar, se ponían a correr y chapotear en el agua al estar
liberados de esos tediosos e improductivos preparativos.
-¿Nos podemos quedar un ratito? -preguntó India cogiendo a Susi de la mano, frenándola e intentando retenerla.
-Ni siquiera tenemos bañador, mujer -respondió Susi.
-Da igual, nos descalzamos y paseamos al lado del agua. Venga, anímate -insistió India.
A Susi no le hacía ninguna gracia tener que quitar la arena de los pies una vez terminado el paseo, pero asintió a la petición de India. Esa era una de las cosas que más odiaba cuando no había duchas en la playa, tener que sacar los diminutos granos de arena de entre los dedos de los pies, con una toalla o las propias manos.
El mar estaba totalmente en calma, y las olas no rompían más de cuatro dedos. Como todos los domingos a esas horas, comenzaron a llegar carros y camionetas. Algunas, con seis o siete chavales y un par de altavoces en la parte trasera abierta, dispuestos a incordiar a la gente mayor con la música o la pelota. Tantos los chicos como las chicas tenían la piel bronceada y los cuerpos para comérselos. Susi se fijó en uno de ellos.
-¿Has visto el de la camiseta blanca?
-Lo he visto, pero no con los mismos ojos que tú. A mí me ha recordado a Almir, y me he entristecido.
Susi no continuó la conversación y se cayó.
Se estaba iniciando el concierto de murmullo playero, ese que tanto le gustaba a Susi para dormir sobre la arena o la tumbona.
Había veces que el ruido la gustaba más que el silencio. El rumor de la gente de los espacios públicos la relajaba y le inspiraba la misma tranquilidad y seguridad que una nana o el balanceo de una cuna.
Luego de caminar por la playa las dos mujeres llegaron al pueblo y tomaron un pequeño y desvencijado bus que las condujo hasta la ciudad donde abordaron un tren que las llevaría hasta Santa Ana.
India se sentó al lado de la ventanilla junto a Susi. Habían pocas personas. Unos dormían en sus asientos o íban con los ojos cerrados, mientras otros, los más jóvenes, miraban sus celulares con los audífonos puestos sin prestar atención a su alrededor.
El tren era antiguo y las butacas forradas en tela ya pedían un cambio, aunque eran cómodas. El aire acondicionado enfriaba bien a pesar del paso del tiempo. Un par de niños correteaban por el pasillo hasta que su madre los llevó hasta sus asientos.
Al fin India se sentía tranquila y segura. Ahora solo debía disfrutar del paisaje sin más tropiezos.
El tren comenzó la marcha muy despacio, salió de la vieja estación y comenzó a subir por la montaña entre la abundante vegetación en tanto se alejaba de la costa. Mientras cruzaban sobre el primero de muchos puentes se veía la hermosa bahía, el islote y el inmenso mar.
-Susi, siento un gran alivio por haber escapado ilesas de esa aventura. Susi? Susi? Te has quedado dormida? -dijo India sin obtener respuesta de su amiga que dormía profundamente en su asiento.
El ferrocarril se movía a poca velocidad mientras subía la cuesta. Pronto entraron en el primero de varios túneles que atravesarían durante el recorrido. Todo se oscureció. Antes de entrar, India había mirado hacia los asientos traseros y creyó ver al misterioso hombre que las siguió en la autopista, pero al volver a mirar luego de salir a la luz, el hombre ya no estaba. Sintió escalofríos, aunque pensó que tal vez estaba paranóica, por lo que se tranquilizó a sí misma. Era casi imposible que las estuvieran siguiendo de nuevo.
India se dispuso a mirar alegremente el imponente paisaje que atravezaban: cascadas, montañas inmensas llenas de ese verdor intenso que caracterizaba el trópico, ríos que serpenteaban entre los valles más abajo... Luego de cinco horas de camino y varias paradas, llegaron sanas y salvas a Santa Ana.

lunes, 3 de abril de 2017

53. Pasado, presente y futuro

India y Susi pasaron abrazadas toda la noche dando gritos, pero ninguna de las dos intentó abandonar la cama cada vez que los drones del Tarántula las atacaban.
La puerta de la habitación permanecería cerrada hasta las ocho de la mañana, y también cortado el suministro eléctrico.
Nada podían hacer para defenderse, y no tenía mucho sentido levantarse y tropezar con El Tarántula, así que no se movieron de la cama, ni siquiera cuando las dos manoarañas peludas comenzaron a pellizcarles los dedos de los pies, las nalgas, las tetas, y las orejas.
En la madrugada escucharon
 que el gabinete que había puesto India sobre la trampilla del suelo se movía. 
-¡India! ¡Están tratando de abrir la compuerta del suelo que lleva al sótano! ¡Aaaaay! ¡Auxilioooo! ¡Noooo! -gritó Susi.
Sin que las mujeres pudieran ver nada, un grueso tentáculo comenzó a empujar lentamente la trampilla hasta que consiguió desplazar totalmente el gabinete. Era un pulpo gigantesco, baboso, con ocho tentáculos enormes y una cabeza descomunal.
Al quedar abierta la portezuela, se formó corriente y las mujeres temblaron aun más, de frío y miedo.
El enorme animal se arrastró por el suelo hasta situarse sobre los pies de la cama, donde seguían abrazadas India y Susi
. En la habitación olía a una mezcla de pescado y sal procedente de la sima que conectaba con el mar.
Durante unos instantes se mantuvo el silencio, justo hasta eI momento en que uno de los tentáculos se introdujo por debajo de la sábana que cubría a las mujeres, y con sus húmedas y frías ventosas se aferró al tobillo de India.
-¡Aaaaay! ¡Aaaaay! ¡Susi, algo se me ha pegado a la pierna! ¡Ayúdame a quitármelo! -gritaba la mujer desesperada mientras se sacudía intentando soltarse sin conseguirlo.
El enorme bicho atacó con el resto de sus extremidades y sujetó las piernas y los brazos de Susi, quien comenzó a luchar para zafarse.
Ambas mujeres quedaron inmovilizadas por la fuerza del animal aunque se retorcían inútilmente.
Una de las ventosas succionaba con fuerza un pezón de India, mientras otro tentáculo estaba pegado a su clítoris. Cuanto más oposición ofrecía, más fuerte la apretaba el pegajoso animal.
-¡Susi, ayúdame, este bicho me quiere violar! -gritaba India.
-¡No puedo moverme, me tiene atrapada! -le contestó Susi.
Por la mañana, al levantarse las dos mujeres, India le contó a Susi el sueño tan fuerte que había tenido, y Susi le contestó que ella también lo había pasado fatal al ver cosas tan horribles. 
Ya en el comedor, mientras desayunaban leche de ballena e insectos fritos, Susi le hizo una pregunta a India.
-¿Aceptas un reto?
-A ver, ¿de qué se trata?
-Busca una imagen o una metáfora muy fuerte del presente. ¿Difícil?
-Sí -contestó India.
-A ver, piensa -insistió Susi.
-Es que el presente casi no existe. Es efímero. Se te escapa.
-Sí, pero siempre es presente.
-Podría ser el instante cuando te bañas en un río.
-¿Por qué?
-Porque nunca te bañas en el mismo. El agua es otra siempre.
-¿Alguna imagen más? -preguntó Susi.
-No -contestó India.
-Te regalaré cuatro: la primera gota del deshielo, un cumpleaños, la noche de fin de año y un despertar.
-¡Qué bien! -exclamó India.
-Y ahora una del futuro -solicitó de nuevo Susi.
-Ya voy... Déjame pensar... Una gallina empollando sus huevos.
-¡Bien! También podría ser una niña o un niño naciendo.
Ahora, una imagen del presente sin futuro -pidió Susi.
-Un niño muriéndose, o muerto -añadió India.
-Muerto no. Tiene que tener presente, pero no futuro. Me refiero a la vida que le queda antes de morir -dijo Susi.
-¡Ah! -exclamó India.
-Ahora una imagen sin futuro, ni pasado, ni presente, que sea muy fuerte -solicitó Susi.
-Una persona con Alzheimer.
-¡Bien! Un niño que viene muerto al mundo. A ver, otra...
-No se me ocurre nada...
-Un amor no correspondido. No hubo, no hay, y no habrá caricias ni besos. 
Dime una del presente, pasado y futuro, todo junto.
-Una persona joven caminando por un sendero.
-Mejor la juventud.
-Sí, queda mejor.
-¿Quieres que te cuente un cuento?
-Sí -dijo India.
-Es muy parecido a la imagen de tu río.
-Cuenta.
-Siempre quise mucho a mi padre porque me enseñó de niña cómo vivir el presente, el pasado y el futuro al mismo tiempo. Me llevaba en el manillar de su bici a una huerta que teníamos cerca de casa. Para llegar a la finca alquilada, había que pasar por un puente que estaba sobre la vía.
Mis padres era felices porque nos veían crecer, igual que dos plantas cuando las riegas.
Sobre el puente descubrí que se podía experimentar al mismo tiempo el presente, el pasado y el futuro. ¿Sabes por qué, India?
-No.
-Piensa...
-No sé.
-Pasaban muchos trenes cargados de carbón. Yo les tenía miedo, pero me gustaba esperarlos escondida y protegida arriba, sobre el puente, detrás de sus muros. Era muy pequeña. Cuando el convoy estaba debajo de mi tembloroso cuerpo, cuando ya había pasado la cabeza echando la humareda blanca, yo tenía bajo mis pies el presente, mirando a un lado el pasado, y al otro lado el futuro. Tres en uno, igual que el agua de tu río, un tren mucho más largo, por cierto, que el mío.
Susi se puso a llorar, y dijo:
-De los tres, solo debe quedar el puente. Mi padre y el tren ya se han ido.

lunes, 13 de marzo de 2017

52. El Tarántula ataca a los clientes de nuevo


Una vez que se abrió del todo la puerta del armario empotrado, Susi se quedó inmóvil y sin respiración.
Temblando de miedo y sin control,  calculó mentalmente, debajo de la sábana, los pasos que la separaban de aquel fantasma, bicho o lo que pudiera ser.
-No más de cuatro metros -pronunció la asustada mujer en voz tan baja que ni siquiera podía oírsele.
India tampoco las tenía todas consigo. Aunque aquello fuera como una atracción de feria, los horribles actores podían propasarse, tomarse demasiado en serio el asunto o, simplemente, no cumplir el contrato y hacer un daño irreparable.
El monstruo alto y corpulento que se encajó y bajó por la estrecha escalera del desván, solo necesitaría dar menos de cuatro pasos para llegar a la cama de las indefensas mujeres.
La oscuridad seguía siendo absoluta, ya que continuaba cerrada la única ventana que tenía la habitación.
Susi tuvo que subir a la superficie para tomar aire de nuevo. Era un sinsentido aguantar el aliento para no hacer ruido cuando su agresor conocía de sobras su ubicación. Tenía la cara pegada a las tetas de India y no se quería separar.
-Pero chica, no ves que te vas a asfixiar -le dijo.
-Ha... Ha... Ha... Ha... ¡Ha abierto la puerta!
-Sabes Susi que tengo muy poca audición, aunque sí me funciona el sentido del olfato. Con el miedo te has tirado otro pedo.
-No lo he podido evitar. Se me ha escapado, y punto.
-Nos tenemos que destapar.
-No por Dios, no. Te lo pido por favor.
-¡Este olor no hay quien la aguante!
-Pues destápate tú. Yo prefiero respirar mi propio pedo antes que notar en mi cara el aliento de ese lo que sea.
India descubrió la cabeza y vió que el gigantón tenía aura alrededor de todo su cuerpo.
Calculó que habría unos dos metros entre sus ojos reflectantes y el suelo. Aunque todo aquello era un aparente juego, India se quedó helada y paralizada al ver aquella mirada sedienta de sangre fresca y caliente al mismo tiempo.
Eran los ojos del demonio, o mucho peor todavía, los globos oculares de un terrorista ciego de ira y fanatismo religioso.
-Se acerca, ¿verdad?
India temblaba ahora tanto o más que Susi y se tapó la cabeza de nuevo.
-No te vuelvas a tirar un pedo -suplicó India.
-Perdona, pero
se me ha escapado otro.
Ahora eran ya tres las que temblaban al unísono: las dos mujeres y la cama. Y hasta las tablas del suelo tiritaban bajo sus cuatro patas.
El grandullón tenía visión termográfica y era capaz de localizar un ratón por muy quieto o escondido que estuviera.
Les veía a las dos cómo bombeaban sus corazones, y babeaba pensando en chuparles la sangre hasta dejarlas sumidas en la más profunda de las anemias, sin llegar a matarlas, con ojeras y demacradas, entregadas al disfrute del placentero narcótico que les inyectaría antes de chuparles su rico y valioso jugo.
Era el Tarántula, un ser capaz de desprenderse de sus manos peludas armadas con seis dedos y de recuperarlas cuando les ordenara unirse de nuevo a su cuerpo. De sus horribles manos y también  de su penescorpión, otro dron vivo sin patas que se arrastra como las culebras y es capaz de trabajar con la cola, la cabeza, o ambas a la vez.
El Tarántula no se movió del lugar donde estaba, pero sí les envió a las mujeres un par de emisarias, sus horribles y peludas manoarañas.
Tenían ganas de actuar y se lanzaron al suelo de madera saltando como dos pulgas hambrientas.
Desde las tablas pegaron otro brinco hasta los pies de la cama, y después se tiraron a la sábana, las dos sobre el cuerpo de Susi.
-¿Qué ha sido eso? -preguntó la mujer.
-No lo sé -respondió India.
-Pero... ¿qué estás haciendo?
-Nada, temblar como tú.
-¡Me estás apalpando el culo!
-Debes estar soñando. Si algún día decido hacerlo, ya te dije que te consultaría previamente... o no, ¡jajaja!
-Te repito, India, que te estás propasando.

jueves, 2 de marzo de 2017

51. Una noche horrible de verdad


Faltaban pocos minutos para que se apagara la vela y las dos mujeres se acostaron juntas porque Susi ya estaba temblando de miedo.
Susi no le quiso contar a India que en el gran armario empotrado de la estancia había unas escaleras estrechas que subían al desván. Las vió antes de acostarse, mientras fisgoneaba, porque, la verdad, no necesitaban el ropero para nada desde que tuvieron que abandonar todo su equipaje en el vehículo alquilado.
El descubrimiento de Susi significaba que estarían toda la noche a merced de cualquier horrible ser que viviera en los bajos y sobre ellas.
Susi pensaba que los fantasmas o los animales del sótano podían tener un origen marino, debido a que el edificio estaba asentado sobre terreno calizo, y en ese tipo de suelo puede haber también cuevas o simas conectadas con el mar. Además, la habitación tenía un pulpo labrado en los cuarterones de la puerta, cosa que le hizo desconfiar mucho más.
La llama de la vela, por fin, se estaba ahogando en su propio vómito mientras se desintegraba el último milímetro de la mecha.
-¿Sabías, India, que hay personas que interpretan la forma en que arde una vela?
-Sí. Extraño sería que no hubiera algún nicho de negocio sin explotar en este mundo -respondió India de forma irónica.
Una vez que la mortecina luz desapareció, ya nada podían hacer las dos mujeres para ver.
Las pilas de la linterna se habían agotado la noche que durmieron en la selva, y las normas del hotel eran muy estrictas: no habría energía eléctrica hasta el amanecer.
La oscuridad era total porque Susi quiso cerrar la única y pequeña ventana de la amplia habitación para no escuchar el rumor de las olas. Exceptuando la música de una fiesta lejana, el murmullo de los pasillos de un hospital, y alguna situación más; a Susi la ponían de los nervios los ronquidos, los tic tac de los relojes, el goteo de los grifos, el romper de las olas y el ruido de las aguas cercanas de un río cuando intentaba dormir.
Al poco de apagarse la vela, Susi buscó una mano de India con la suya, y se arrimó un poquito más. Las dos estaban cara arriba y los primeros segundos se hicieron eternos. El humo desprendido por la vela, fruto de su agonía final, impregnó el ambiente de un olor característico que pronto desapareció diluido en la atmósfera de la habitación.
-¿Quieres vivir el doble, el triple o mucho más aun? -le preguntó Susi a India.
-No entiendo por qué me preguntas eso ahora. -le increpó India.
-Si cuentas segundos vivirás miles de años, pero hay un pequeño problema.
-¿Cuál? -quiso saber India.
-Solo podrás dedicarte a eso; únicamente a contar segundos. En lo que dejes de hacerlo, volverá a volar el tiempo.
-¡Ah! Ya veo.
-No puedes ver. Estamos a oscuras, ¡jajaja!
-Quiero decir que "ya entiendo" -aclaró India dándole un golpecito con un codo a su amiga en el muslo.
-¿El tiempo existe? -preguntó Susi.
-Sí, pero es relativo -contestó India.
-¿Y qué pruebas tienes de ello? Nadie envejece porque pasa el tiempo, sino porque pasan cosas.
-Claro que envejecemos con el paso del tiempo.
-No. Envejecemos porque se gastan las piezas de nuestros cuerpos. De ahí el futuro de los trasplantes y la robótica. Cuando la mente y la consciencia de una persona puedan vivir dentro de una máquina, seremos eternos. No pasará el tiempo. 
¿Tú puedes tocar el tiempo?
-No -contestó India.
-¿Lo puedes meter en una jaula o una botella?
-No -repitió de nuevo.
-¿Entonces? Las manillas de un reloj se mueven, pero no porque exista el tiempo... 
¿Has escuchado? -preguntó Susi.
-¿Qué cosa?
-Alguien está pisando en las tablas del techo. Me ha caído polvo en la cara que se ha colado por las juntas. Ello significa que el ruído no es fruto de mi imaginación.
-No escucho nada. Recuerda que estoy medio sorda y que no existe diferencia alguna entre un sonido o una sensación irreal sobre la piel de tu cara.
-¿Lo escuchas ahora? -insistió Susi.
-No -repitió India de nuevo.
-¿Sabías que hay unas escaleras en la habitación que suben al piso de arriba?
-No sabía. ¿Dónde están? -preguntó India.
-No te lo dije para no asustarte. Arrancan en el interior del armario empotrado. Son muy estrechas pero por ellas pasa bien un bicho grande o una persona muy corpulenta.
India... alguien está caminando encima de nosotras. Me ha caído polvo otra vez en los ojos.  ¿De verdad que tú no escuchas nada?
-Nada de nada -dijo India.
-¡Estás más sorda que una tapia! Alguien camina en el desván, y ahora lo hace sin ningún sigilo.
-No te preocupes, es para asustarnos -le dijo India a Susi.
- Claro que es para intimidarnos. 
¿Nos podemos tapar con la sábana?
-Hace mucho calor, Susi. Contrólate un poco que me pones nerviosa.
-Tengo que taparme para protegerme. ¿Tú no tienes miedo? -preguntó Susi muy asustada.
-No. La sábana no nos protegerá de nada.
-La avestruz se protege escondiendo su cabeza. ¿No es cierto?
-Eso no la protege -argumentó India.
-Sí que la protege del miedo, como a mí la sábana.
-Te irá mejor si te tranquilizas.
-La sábana por lo menos me protegerá la nuca o la espalda de su aliento. Puede ser un violador, un asesino, un vampiro, un okupacerebros...
India aceptó al final taparse con la sábana, pero le advirtió a Susi que no se fuera a tirar un pedo.
-Con el miedo que tengo puedo hacer cualquier cosa sin querer, así que no me lo tomes a mal, eh. Me puedo hacer caca, pis o escapárseme una chufa.
-¡Ay, Susi! Por favor, contrólate. ¿No dices que eres una gran aventurera?
-Recuerda que este hotel es único en el mundo. Por algo tiene fama. Alguien baja por las escaleras. Estoy contando los escalones, uno a uno...
-¿Pero has leído que algún huésped haya muerto? -le preguntó Susi.
-Ya te conté lo que pasó con sus antiguos propietarios.
-Sí, pero esa es otra historia.
-Alguno se ha muerto del susto
. Pero no se responsabilizan de ello, porque todo el mundo sabe que viene a pasar horror y pánico.
-Yo no he venido a pasar miedo.
-¿No tienes miedo? 
Nueve escalones, India, nueve.
-No tengo miedo. No pasa nada, Susi, cálmate de una vez y no te comportes como una niña.
-Lo que haya bajado por las escaleras está dentro del armario empotrado. ¡Me muero, India!
-No tengas miedo, Susi. No va a pasarte nada. Estoy aquí contigo.
-¡Abrázame, por Dios! ¡Ahhhhh! ¡Está abriendo la puerta y saldrá del armario! 

viernes, 17 de febrero de 2017

50. Casa Satanás


India y Susi estaban cansadas de caminar por la empinada cuesta. Al llegar a la fachada del hotel se encontraron tres puertas. Todas iguales y del mismo tamaño con sencillos arcos de piedra.
Solo las diferenciaba que la del medio tenía tallado un pulpo, la de la izquierda una rana y la de la derecha una serpiente. Los tres animales labrados en la madera de cada uno de sus picaportes.
India golpeó en la del medio. Tres toques temerosos que sonaron a hueco grande y profundo, como si nada ni nadie hubiera en el interior de la construcción colonial.
Esperaron un momento. India volvió a golpear. Esta vez un toque más. De pronto, la puerta comenzó a abrirse muy despacio y chirriaron las bisagras. Tanto que parecía que no había girado en mucho tiempo, quizás debido a que la gente prefería la rana o la serpiente antes que al pulpo. 
Estaba anocheciendo. India sintió mucho miedo, aunque disimuló para que Susi no se riera de ella.
Una mujer de aspecto tétrico apareció tras la puerta.
-Buenas noches, pasen adelante. Las estábamos esperando.
India miró a Susi asombrada.
-Perdone, pero no habíamos reservado -le dijo Susi a la mujer.
-Las vimos subir por la cuesta -respondió la mujer. 
Era extremadamente delgada y una sotana roja le marcaba los huesos de las caderas, iguales que los de una vaca lechera mal alimentada. De tez pálida. Más pálida que la cera, y con cierto grado de estrabismo, el suficiente para no saber a qué ojo mirarle. Sin ningún tipo de expresión en la cara. De voz grave, desganada y sin ritmo, igual que la de un cadáver viviente que añora volver a descansar eternamente.
El pelo lo llevaba recogido en un moño, y desprendía un olor extraño, como a humo de leña, seguramente la empleada en el asador o en las calderas del mismísimo infierno.
India y Susi estaban ya sentadas en el comedor dispuestas a pedir la cena.
-Hace años, Casa Satanás era regentada por un matrimonio y la madre del varón, pero de la noche a la mañana, la mujer más joven apareció ahorcada en una viga, la señora con un tiro en la cabeza y su hijo con otro en el pecho y la pistola a su lado -India puso cara de horror.
Nunca se solucionó el caso y nada se supo de las autopsias que se hicieron previamente a la incineración de los cadáveres. Yo creo que pudo intervenir una cuarta persona, o varias -concluyó Susi.
-¿En el lugar de los hechos? -añadió India.
-"In situ" o pagándole a alguien; por envidia, para robar, simplemente por hacer daño, o incluso con la intención de  cobrar un seguro o una herencia. A ella la pudieron "colgar" después de matar a la cocinera y su hijo, y dejarle a este la pistola tirada en el suelo a su lado.
-¿El matrimonio tenía hijos? -preguntó India.
-Cuatro. Dos mujeres y dos varones.
Los tres muertos tenían mucho dinero. Es posible que estuviera implicado alguno de los vástagos, unos ladrones o simplemente el diablo.
Los supuestos suicidios, o suicidio, pudieron ser un montaje criminal.
-¿Y quién te ha contado todo eso? -preguntó India.
-Nadie. Figura en cualquier enciclopedia venezolana. Buscas "Casa Satanás", y punto.
Una vez que ocurrió la fatal desgracia, el hotel quedó sin actividad durante muchos años, y quienes lo visitaban y curioseaban desde el exterior, escuchaban llantos y gritos de terror en su interior.
Después llegaron los actuales propietarios, que han sabido aprovechar bien su mala fama para vender a gente medio averiada miedo y terror a raudales -le explicó Susi.
A India no le daba buena espina el ambiente del hotel ni la mujer que las recibió en la puerta, por más que Susi le dijera que aquello funcionaba como una atracción de feria.
El comedor era lúgubre, sin puntos de iluminación en el techo. Solo la luz de una gruesa vela de iglesia en cada mesa se reflejaba en la cara de los comensales. 
Hablaban todos muy bajito, pero India supo que había entre ellos franceses, alemanes, norteamericanos y japoneses. Susi, en cambio, no entendía ni jota de inglés y, por tanto, era incapaz de diferenciar a un británico de un norteamericano. Todos estaban dispuestos a experimentar emociones fuertes en los platos y en las habitaciones.
Susi pidió criadillas de vampiro y un sorbete de leche de bruja recién parida, es decir, hecho con los calostros.
India se atrevió con un par de globos oculares de macho cabrío y unas rodajas de víbora en escabeche.
Susi miraba de reojo los platos que traía la escuálida camarera en las bandejas. Abundaban las larvas, los insectos, los pequeños reptiles y las culebras, las arañas y las tarántulas, los escorpiones y las salamandras despellejadas.
Susi pidió de postre crepés preparados con sangre de Diablo de Tasmania, e India helado de semen de tiburón, algo que también quiso probar Susi con su cucharilla.
-Está buenísimo -dijo Susi. ¿Quieres probar las tortitas? Saben bien, muy parecido a las filloas gallegas hechas con sangre de cerdo.
India contestó que no.
Después de cenar, las acompañó a la habitación la mujer que las había recibido en la entrada del hotel.
Uno de los paños de la puerta tenía tallado un pulpo, la misma imagen del picaporte que decidió golpear India para acceder al aislado establecimiento.
La habitación tenía dos camas y una ventana pequeña con los barrotes corroídos por el salitre. Estaba abierta y por ella entraba el olor a mar y el rumor de las olas al romper contra el acantilado.
Dentro del cuarto una mezcla de sal, humedad añeja y cera quemada de los candelabros impregnaba el ambiente.
India sintió en su cuerpo un escalofrío al cerrarse la puerta y oír el crujido de las tablas cuando se puso a caminar por la habitación.
En el suelo había una trampilla, sin duda la conexión con lo más profundo de los infiernos o los pasadizos secretos que llevan al interior de los recintos de los cementerios.
-Susi...
-Dime, India.
-Casi mejor que nos acostamos ya juntas, esto tiene muy mala pinta. No sé si has visto que la trampilla está sin cerrojo.
-¡Jajaja! ¿No decías que no tendrías miedo y que no creías en estas tonterías?
-No tengo miedo, es solo desconfianza -dijo India.
-¿Desconfianza? 
-Sí, no sabemos quienes son estas personas. Me refiero a los empleados y huéspedes del hotel -respondió India. 
Las dos amigas se desvistieron, se pusieron sus pijamas nuevos y se acostaron en silencio, a la expectativa. Dejaron encendida la única vela que había en el dormiorio, habida cuenta de que en el hotel desconectaban la luz por la noche para que pudieran trabajar los fantasmas mejor y con mayor libertad.
India se levantó, arrastró un gabinete y lo colocó sobre la trampilla creyendo que así no entraría nadie en la habitación.
Era ingenua. No sabía que para los espíritus no existen barreras, ni gruesos muros. India no creía que el demonio pudiera abrir las puertas con un soplido o colarse por una pequeña rendija de las tablas del techo o del suelo. Tampoco recordaba ya que había elegido la puerta del pulpo, el cefalópodo gigante que empezaría a actuar con sus enormes y potentes tentáculos una vez que se apagara la vela.
De poco serviría el ligero gabinete que había arrastrado India para colocarlo sobre la trampilla que llevaba al sótano.
Además, el gran ropero empotrado en el muro de carga llevaba por una escalera estrecha al enorme desván de la casa.

martes, 7 de febrero de 2017

49. India y Susi conversan sobre la sicología pop


Tras pagar Susi la ropa, ambas mujeres salieron de la tienda.
Estaba comenzando a llover, pero habían tenido mucha suerte porque las jornadas anteriores no cayó ni una sola gota, y gracias a ello pudieron dormir y desplazarse cómodamente las dos noches pasadas.
Mientras caminaban por el pueblo conversaron.
India, la más bajita y rellenita, sacó el tema de su enfermedad.
-Estoy cansada de la psicología pop.
-¿Por eso no debo aplicarla contigo?
-Sí. Es importante que no lo hagas -le recomendó India.
-Hace días que vengo pensando en ello -contestó Susi.
-No volveré a los sicólogos. Son más de lo mismo.
-A mi tampoco me gustan. Me da la sensación de que son comerciantes como cualquier otro.

La ayuda debe ser incondicional. Yo no te puedo exigir ni pedir que dejes de fumar o que no te mates para conseguir mi recompensa emocional.
-Exacto.
-Así dejé yo el tabaco. Sin libros de autoayuda ni otros programas o consultas.
-Ni sicólogos. Yo mejoraré cuando vuelva a tener la esperanza de que mi vida será mejor, incluyendo este país -añadió India.
-En fin, no hay mejor sicólogo que alguien con quien compartir un abrazo, un polvo o una conversación.
-Por eso me gusta tanto conversar contigo -le dijo India a Susi cogiéndola de la mano.
-Relaciones sinceras entre las personas, y que no haya dinero de por medio. Recuerda que yo también estoy enferma y loca. Por eso lloro cada poco de dolor o felicidad.

Susi evitó mirar a India al pronunciar esas palabras, porque sabía que podrían asomar las lágrimas.
-Tú no estás enferma ni loca. Eres una persona sensible -contestó India apretándole la mano a Susi.
-Solo los locos pueden entender a los locos.
-Tú me entiendes porque te pareces a mí -contestó India.

Ahora sí se miraron las dos mujeres, aunque se rieron en vez de llorar como Magdalenas.
-¡Eh! ¡Nos parecemos, pero soy bastante más alta que tú!
-¡Jajá! Lo importante ahora es que seamos conscientes de que la psicología pop es una mierda. Que me sirve más esta conversación que otra en la que me digas que ponga de mi parte o que sonría o que sea feliz.

India hacía tiempo que deseaba decirle eso.
-Cualquier día te enviaré a la mierda. ¡Jajá! -contestó Susi.
-La psicología pop no funciona para mí porque tengo una enfermedad real y a la vez un entorno desfavorable.
-No funciona para ti ni para nadie cuando llega la hora de la verdad.
-Estoy en una situación muy desfavorable. Bueno, no tanto, porque no vivo debajo de un puente -reconoció India.
-Y, además, estás ahora conmigo y pasaremos juntas la noche. Pero, ojo, yo te haré pasar alguna debajo de un puente, aunque solo sea para que sepas qué se experimenta con eso.
-No me hagas eso. Con tu compañía sin juzgarme ni presionarme es suficiente ayuda. No necesito dormir en esas condiciones para nada.
-Te gustará. Dormiremos solo con un saco, una esterilla, nuestra conversación y las estrellas. Quiero que duermas conmigo debajo de un puente para que aprecies lo que tenemos.
-¿Qué tendrémos esa noche?
-El puente, el saco, la esterilla y la palabra. ¿Necesitamos algo más? El puente será una casa sencilla. Si no llueve podremos ver las estrellas. Y si lo hace será mucho mejor porque no nos mojaremos. Ya verás cómo no te deprimirás teniendo tan poco.

-¿Y dónde dormiremos esta noche? -preguntó India. 
-Vamos a ir a un hotel muy especial donde no te venden sueños dulces, sino miedo. Aunque no lo quieras, nos tendremos que abrazar en la cama, ¡Jajá!
-Háblame más de tu filosofía de vida -dijo India.
-No te va a interesar. Ya te he dicho que soy como todas las demás personas. Vulgar, compulsiva, primitiva... A veces cometo alguna locura, y poco más tengo que añadir. Mi filosofía consiste en intentar aprender, porque a mi edad aún me siento inmadura. Aprender a pedir perdón. A escuchar más. Y entender de una vez que las apariencias casi siempre engañan. Te pueden estar fastidiand
o o quererte sinceramente. Deseo buscar gente que me ayude a aprender. Y tú lo has hecho. Por eso mi filosofía está más en ti que en mí... Los libros de autoayuda no pretenden ayudarte, igual que la prensa no tiene como objetivo final informar. Son un negocio. Y nuestra relación también. Pero un negocio bueno. No un buen negocio.
-¿Por qué es un negocio bueno? -preguntó India.
-Porque nos damos cosas y no ganamos con ello ningún dinero. Los buenos negocios aportan mucha plata contante y sonante. Los negocios buenos son ruinosos. Quizás lo apropiado sería no usar esa palabra.
-¿El término "negocio"? -preguntó India.
-Si. Aunque, pensándolo bien, ahora mismo estamos negociando. Estamos juntas porque negociamos sin querer y nos gusta el negocio bueno que estamos haciendo,
-Yo soy fatal con los negocios. Siempre me timan.
-¡Jajá! ¡Pues espabila! Estate tranquila que no te cobraré por dormir debajo del puente -dijo Susi.
-No me cobrarás por enseñarme a apreciar las cosas sencillas de la vida que tengo y eso me parece muy bien. 

No creo en eso de la autoestima porque es más de lo mismo: autoayuda. Tengo que aceptar que la vida es como es y que hay que vivirla lo mejor posible. Lo mejor es un polvo, un abrazo, una palabra o una caricia sinceras, como ya has dicho antes.
-Claro. Y tú no tienes todo eso.
-No. Pero al menos te tengo a ti ahora.
-Yo te puedo dar abrazos, caricias y palabras sinceras, pero nada más -dijo Susi.
-No te pido nada más.
-Así que no intentes tocarme las tetas aunque esté dormida, porque no va a gustarme -dijo Susi.
-No te preocupes que no te haré nada sin tu consentimiento. Además, tú no eres Isabel.
-Eso me parece mucho mejor.Ves cómo sí negociamos. Y sabemos negociar lo que nos traemos entre manos.
-Yo siempre cedo.
-Mal negocio, ¡jajá!
-Por eso soy mala negociando.
-¿Aceptas dormir en Casa Satanás?
-Sí. No hay otro sitio.
-Te advierto que pasarás mucho miedo. Y que tendremos que acostarnos juntas.
-No importa. No creo en los fantasmas.
-Ya veremos -añadió Susi.
-Y acepto que dormiremos juntas, ya es casi una costumbre.
-Pero si tenemos mucho miedo nos tendremos que abrazar muy fuerte. Y notaré demasiado tus tetas... o tu culo. ¿Qué prefieres? Recuerda que este asunto es muy importante negociarlo antes. Contesta: ¿las tetas o el culo?
-Ninguno de los dos.
-¡Pero mujer! ¡Nos abrazaremos fijo! Habrá horribles fantasmas  por todas partes y extraños seres debajo de la cama.
-No creo en esas cosas -advirtió India.
-Bueno, aún no me has respondido a la pregunta: ¿abrazadas de cara o de espalda?
-De espalda -contestó India.
-¡Jajajá! Recuerda que con el miedo se puede una tirar pedos. Seguimos negociando. ¿Quién pone la espalda y quién la naríz?
-Yo pongo la espalda.
-Y los pedos, claro.
-Sí. ¡Jajajá!
-¡Y después dices que siempre cedes y que no sabes negociar!
-¡Primera vez que gano una!
-Yo no acepto. Abrazadas de cara -afirmó Susi.
-Está bien. Como quieras.
-Damos coces y tiramos pedos, y así nos defenderemos del demonio y los fantasmas. La noche en Casa Satanás va a ser muy larga y divertida.
-¡Jajajá! ¡Sí! Yo no tendré miedo.
-Lo tendrás. Tendrás mucho miedo. Y te reirás. Habrá momentos en que no sabrás si reir o llorar. Una vez que nos visiten seres del otro mundo, y no puedan con nosotras, aparecerá el demonio.
-¡Ay, no! -exclamó India.
-Por eso se llama Casa Satanás. ¿Lo habías olvidado? El demonio es malo y sabe cómo hacernos daño.
-¡Ay, no! ¡Cállate!
-¿Sigues aceptando dormir ahí?
-Mejor que dormir debajo de un puente es.
-¡Jajajá! ¡Contesta, India!
-Claro que acepto.
-Me alegro. Sabremos defendernos. En la cena comeremos tú castañas y yo caraotas para aprovisionarmos de munición suficiente.
-¡Lucharemos a pedo limpio! ¡Jajajá!
-Los pedos no son muy limpios que digamos -respondió India al tiempo que las dos mujeres se encaminaban hacia allí.

lunes, 23 de enero de 2017

48. Susi recuerda lo poderosa que puede ser una parrilla


Las mulas burreras eran obedientes de verdad. India y Susi miraron dos veces para atrás para ver si se paraban a pastar o continuaban el camino de regreso, y en ambas ocasiones pudieron comprobar que no hacían ninguna pausa y que iban a buena marcha antes de meterse de nuevo en el túnel. Seguramente esperaban su ración de maíz, aunque en esta ocasión eran las dos mujeres las que debían haber pagado el porte o la pensión alimenticia de la jormada, y de hecho, así lo hizo Susi poniendo algo de dinero en un sobre que introdujo en una de las dos pequeñas alforjas de la montura.
Poco a poco India y Susi se iban acercando al pueblo de pescadores y falsificadores de drogas y medicamentos.
Antilla del Mar se llamaba, aunque todo el mundo lo conocía por Pastillana del Mar, y en cierta manera, a Susi le recordaba el nombre Santillana del Mar, la villa española de las tres mentiras, porque no es santa, llana ni tiene mar.
Antilla del Mar era un lugar muy especial. Constaba de una gran urbanización continental relativamente moderna que había medrado a costa de la actividad ilegal, y una isla despoblada unida al continente por un estrecho istmo en la que solo había un hotel. Nadie quiso construir en ella debido a las habladurías.
-Me gustaría pasar la noche allí -dijo Susi señalando el bello lugar con el índice.
-Primero tendremos que comprar algo de ropa en la primera tienda que encontremos -contestó India.
-Traemos una pinta que mete miedo, y olemos a una mezcla rancia de sudor nuestro y de caballería -dijo Susi riéndose y mirando a India de arriba a abajo.
Las dos mujeres encontraron un comercio de ropa de batalla, y entraron porque no necesitaban moda ni alta costura, aunque si la quisieran, difícilmente la encontrarían en un pueblo tan
 extraño como Antilla del Mar.
Susi sabía que en la isla solo había un hotel, la famosa Casa Satanás, lugar de pernocta y encuentro de investigadores de lo paranormal, tipos excéntricos amantes del morbo, parejas que quieren una noche de boda especial o masocas del miedo que pagan lo que sea por experimentarlo fuera de una sala de cine.
Compraron ropa interior, un par de pantalones y cuatro camisetas holgadas. Y para transportarlo todo, una mochila de colegial que rápidamente se puso Susi en la espalda, porque eso le traía muy buenos recuerdos. Notar dos cintas o correas presionando los hombros le hacía recordar emociones y olores de su niñez, y la primera vez que la llevaron de excursión a la montaña una vez que se trasladó a vivir a una gran ciudad.
Fue al monte con los padres de una amiga suya, y buena la hicieron cuando le pusieron la parrilla de asar la carne en la espalda con unas simples cuerdas de esparto que hicieron de hombreras.
Gracias a la parrilla y al encargo que le dieron, Susi tuvo oportunidad de hacer de porteadora de la misma manera que lo había visto en algún documental o en las páginas de las revistas.
Transportar algo en la espalda por una cuesta arriba le parecía una gran aventura, una proeza y una victoria del hombre sobre la salvaje e inaccesible naturaleza.
Cuando llegaron al lugar donde harían el fuego para asar la carne, se sintió orgullosa de lo que había hecho, y tan fuerte o más que el resto de los adultos, para quienes aquel gran acontecimiento en la vida de Susi pasó desapercibido.
Al bajar de la ladera de la montaña, volvieron a tomar el mismo tren de cercanías que los había traído.
Susi nunca supo por qué, pero el ferrocarril la ponía loca de placer, le parecía extraordinario que una cosa tan grande y pesada pudiera abrirse paso en medio de cualquier tipo de terreno gracias a los raíles que imaginaba en su cabeza, pero que no podía ver cuando iba dentro de él. Le gustaba mecerse con el traqueteo, sentir en todo su cuerpo los cruces y los cambios de vías, entrar y salir de los túneles, quedarse dormida de día y despertar de noche, ver el trajín de gente en las estaciones, los abrazos y las lágrimas, las prisas, las despedidas gestuales desde las ventanillas...
Susi soñó muchos años con el tren, con una locomotora que avanzaba sobre todo tipo de terreno una vez que desaparecían las vías debajo de las ruedas de hierro, sin descarrilar sobre los caminos de tierra o incluso campo a través.
-Despierta, Susi. ¿En qué estás pensando? -le preguntó India al verla tan embobada una vez que se puso en la espalda la mochila de colegial llena de ropa.

viernes, 20 de enero de 2017

47. A oscuras en el túnel helicoidal


-Tengo mucho miedo -dijo India al tiempo que le temblaban las piernas y la mandíbula inferior.
-Agárrate fuerte que estas mulas saben por dónde van -dijo Susi para intentar tranquilizar a India mientras se adentraban en el túnel helicoidal que las llevaría hasta la costa, trescientos metros de altura más abajo.
Efectivamente los animales, a pesar de resbalarse, iban sosegados y seguros. 
Era un antiguo pasadizo en forma de espiral excavado en el interior de la montaña que seguramente se empleaba para transportar oro en los tiempos de la Colonia. Los lugareños lo utilizaban ahora logrando así salvar el desnivel hasta el mar, donde el sendero llegaba hasta un pueblo de pescadores importante ubicado a unos cuantos kilómetros de distancia.
India no solo tenía miedo de caerse de la bestia, sino que le temía a la oscuridad desde pequeña, y en tanto más avanzaban, la claridad de la entrada al túnel se iba desvaneciendo hasta que quedaron completamente a oscuras.
Cuando India era niña debió soportar que su padre la obligara a ella y a sus hermanas a dormir a la misma hora con todas las luces apagadas. En esa época se imaginaba fantasmas que rondaban por la habitación y creía que se le acercaban para hacerle daño. Muchas noches tuvo fuertes pesadillas y se despertaba gritando aterrada en medio de la oscuridad absoluta, sin que nadie se acercara a su lado para tranquilizarla.
-¡Susi! ¡Susi! ¿Estás ahí? -dijo India casi sollozando.
-¡Tranquilízate mujer, que voy justo delante de ti! -respondió Susi.
-¡Es que me da mucho miedo porque esto está muy oscuro y no sé adónde nos lleva!
-No pasa nada. Te hablaré mientras tanto para que te quedes más tranquila.
-¡Sí, por favor! -contestó India agradecida con su amiga.
-Este túnel me recuerda uno de tren construido en Los Pirineos franceses para salvar grandes desniveles. Eso sí, mucho más sofisticado, pero con el mismo principio de ingeniería, y con energía eléctrica; aunque antes existían otros mucho más antiguos sin electricidad en los que los trenes iban alumbrados con lámparas de petróleo.
-No entiendo porqué este no tiene electricidad -dijo India.
-Recuerda que estamos lejos de la ciudad y la zona no debe estar electrificada. Seguro que existen muchos pueblos y caseríos donde todavía no ha llegado la corriente.
-Tienes razón, y además, con las deficiencias del servicio por falta de inversión en el país, dudo mucho que en estas soledades llegue pronto la electricidad. Me imagino que quienes usan el túnel vienen preparados con linternas -comentó India ya más apaciguada.
-¡India, mira, hay una luz! ¿La ves?
-Sí. ¿Será alguien que viene subiendo? -se preguntó Susi asustada temiendo que se trataba de los traficantes de drogas.
Mientras seguían bajando la luz se fue haciendo más intensa, hasta que se dieron cuenta de que se trataba de una vela consumida hasta la mitad en un altar excavado en la pared donde había una imagen de una virgen.
Lo que ellas desconocían era que hacía varios años el techo del túnel había cedido por la humedad mientras pasaban una mujer y su pequeño bebé, falleciendo los dos, y para recordarlos les habían construido ese memorial y colocaron la imagen.
Tardaron dos semanas para poder remover los escombros sacándolos en mulas hasta dar con los cadáveres, y el túnel estuvo intransitable durante casi un mes mientras hacían las reparaciones.
A partir de ese accidente hubo una persona que colocó la imagen de una virgen en el lugar del derumbamiento y se extendió la creencia popular de que la santa protegería a quienes transitaran por allí, por eso encendían una vela cuando llegaban a ese lugar del trayecto.
Era evidente que alguien había pasado hacia abajo antes que Susi e India y había encendido la vela, pues en caso de que hubiera subido se lo habrían cruzado en el sendero.
India le dijo a Susi que tomara la vela para ir alumbrando el túnel mientras llegaban abajo. Susi contestó que eso no se debía hacer, que era un robo y que les daría mala suerte.
Cuando finalmente llegaron a la explanada ya fuera del túnel y miraron hacia atrás, no podían creer lo que veían sus ojos.
Habían bajado desde la cumbre de la montaña luego de atravezar la gran cascada en menos de media hora.
Desde abajo el paisaje era todavía más impresionante. Las montañas, la rugiente cascada, la planicie de la playa, la desembocadura del río y el inmenso mar.
Desmontaron las bestias, les dieron la vuelta, un golpecito en las ancas para que retomaran el camino de regreso, y se dieron un chapuzón desnudas en las cálidas aguas antes de descansar sobre la arena. Luego seguieron a pie por el  sendero que las llevaría al pueblo de pescadores, donde seguramente podrían tomar un autobús.

miércoles, 18 de enero de 2017

46. India y Susi roban dos mulas burreras y se meten en el Sacacorchos


Mientras Susi curioseaba entre los galpones donde fabricaban las drogas ilícitas sin ser escuchada gracias al ruido de la planta eléctrica, ya entrada la noche, se le ocurrió la idea de llevarse dos mulas de una vez y así pasar desapercibida por las mujeres y los niños que estaban trabajando dentro.
Tuvo que ir con mucho cuidado para no asustar a todo el grupo de animales. Las dos bestias estaban todavía ensilladas y Susi las llevó de ramal sigilosa y lentamente hasta el lugar donde se encontraba India escondida en la maleza.
-Ya podemos irnos -dijo Susi.
-Tengo miedo de montar -le respondió India.
-Venga mujer, que esto es más seguro que navegar por el río abajo de noche. Las mulas conocen el camino y resulta más seguro desplazarse con ellas.
-Ve tú adelante que yo te sigo, y muy despacio -le rogó India.
-No tengas miedo, que no va a pasarnos nada -dijo Susi intentando tranquilizar a su compañera.
Las dos mujeres montaron en las bestias y emprendieron la cabalgata. Las mulas encontraron el camino ellas solas en medio del bosque, y comenzaron a bajar lentamente la cuesta, como lo hacían casi todos los días del año.
El sendero era estrecho, pero las ramas de los árboles y la maleza no llegaban a golpearlas o arañarlas, ni siquiera en las piernas o la cabeza, las dos zonas del cuerpo más expuestas cuando se va de a caballo en zonas con mucha vegetación.
Como Susi ya tenía experiencia en eso de cabalgar de noche con el cielo cubierto, o totalmente a oscuras en el medio de un bosque, al poco de iniciarse la marcha supo que los animales no eran espantadizos, pero sí obedientes, mansos y nobles, es decir, las llevarían a buen puerto hasta que amaneciera, momento en que tendrían que desmontar, ponerlas mirando hacia arriba, en sentido contrario al que bajaron, y darles un golpecito en las ancas para que se marcharan por donde vinieron hasta el lugar en el que fueron secuestradas.
Eran dos mulas burreras, o burdéganos, hijas de caballo y burra, muy apreciadas en la zona por ser de menor tamaño y más fáciles de alimentar y de montar. Su altura desde el suelo a la cintura no era mucho mayor que la de un asno, y tenían la piel más peluda y dura que la de los mulos procreados por una yegua y un burro.
En el caso de que hubieran "tomado prestados" dos mulos, tendrían que estar capados, porque así son más dóciles y menos bravos.
Durante el largo trayecto, solo desmontaron en una ocasión para beber agua y proporcionarles algo de descanso a los dos animales, los cuales también bebieron y comieron hiedras que parasitan y acaban matando los árboles.
Por fin, al comenzar a clarear el día, vieron que se estaban acercando a un gran precipicio a través de un sendero que cruzaba un campo despejado y que parecía llevarlas al abismo. Una vez que vieron la pendiente y dónde terminaba, se quedaron heladas, pero no de frío. El estrecho camino serpenteaba unos kilómetros pegado a las paredes verticales y después desaparecía del mapa sin dejar rastro. Abajo de todo, la llanura y el mar Caribe.
Se dieron cuenta entonces que las canoas no hubieran sido una buena opción ya que solo debían emplearse para realizar un tramo del recorrido, o para remar río arriba y bajar la mercancía ilegal.
La situación habría sido realmente peligrosa. Una vez dentro de la embarcaciones, no serían capaces de pararlas debido a la corriente, y se precipitarían por la impresionante cascada que ya se sentía rugir desde lejos.
El ruido comenzó a ser ensordecedor, pero las dos mulas no se inquietaron ni se inmutaron y continuaron igual de tranquilas su camino. Estaban acostumbradas, y no le hicieron caso al ruido del agua ni al imán del precipicio.
Susi padecía vértigo a raíz de un transtorno auditivo, así que cerró los ojos y se encomendó a la experiencia y la sangre fría de las mulas.
Su pierna derecha rozaba a veces contra la pared, y la izquierda iba totalmente sobre el vacío. Susi cayó entonces en la cuenta de que solo era posible transportar dos bidones de mercancía en cada viaje, uno en el lomo del animal y el otro pegado a ambos lados de la barriga, dependiendo del sentido de la marcha.
A India le temblaba una pierna y los dientes como efecto secundario de uno de los medicamentos que tomaba para su enfermedad. El movimiento era involuntario y se le agudizaba cuando se ponía nerviosa.
El espectáculo era impresionante. Enfrente, la gran cascada y abajo, a escasos kilómetros en línea recta, el Mar Caribe de nuevo.
Se veía gran parte de Cuba del Sur y diminutos barracones donde seguramente se envasaban y etiquetan las drogas y medicamentos falsos.
Cada vez se acercaban más a la cascada. Cuando solo estuvieron a unos cincuenta metros, descubrieron que el sendero desaparecía y lo engullía la boca de un agujero negro.
Ninguna de las dos mujeres hicieron ademán de querer parar o bajarse de las mulas. No había suficiente espacio ni valor para desensillar. Igual que si estuvieran sobre las aguas de un río arrastradas por la corriente, se dejaron llevar y volvieron a confiar plenamente en el sano comportamiento de las dos mulas burreras.
El túnel perforado por la mano del hombre era suficientemente alto y ancho, aunque las mujeres bajaron la cabeza al entrar en él
 por precaución.
India no pudo encender la linterna porque la batería se había agotado la noche anterior.
De repente, notaron que el terreno se inclinaba y los animales herrados resbalaban sobre la roca húmeda y lisa.
Las mujeres se asustaron y se agarraron fuerte a las sillas temiendo caerse de bruces hacia adelante. No sabían a dónde conducía el pasadizo y el tiempo que permanecerían en su interior.
La humedad era casi absoluta y, de vez en cuando, les caían gotas de agua en la cabeza.  

También había murciélagos. Susi notó en su piel las corrientes de aire que provocaban al pasar. Seguramente eran vampiros, unos bichos aprovechados con cara de pocos amigos que las pobres mulas conocían muy bien.
-Tranquila, Susi, no se meterán con nosotras aunque, por si acaso, pégales un manotazo si ves que quieren pegarse a la piel.
India también le dijo a Susi que había muchos en Cuba del Sur, principalmente los que tienen las alas blancas.
-Estos deben ser "patas peludas", dijo India mientras intentaba apartarlos como podía de su cara.

lunes, 16 de enero de 2017

45. Sierra Pastilla


Susi insistió en que India entrara a la cueva.
-No te imaginas lo que te encontrarás ahí dentro -le dijo.
-¿Qué hay? -contestó India muy extrañada.
-Es una sorpresa. Entra, yo espero afuera. Toma la linterna. ¿Has encontrado algo para comer? -preguntó Susi sabiendo que la respuesta sería afirmativa, ya que India conocía muy bien todos los frutos y cosas comestibles del bosque.
-Sí. He dejado un par de mangos al lado de la fuente. Tienes que lavarlos antes de comerlos -respondió India.
-Mira la cueva y nos vamos. Te espero abajo. Yo no entro porque me excita demasiado ver lo que hay dentro -le dijo Susi.
-¿Por qué te has incomodado? -interrogó India.
-No preguntes. Tú entra y ya hablaremos. ¿Tienes miedo?
-¿Miedo yo? -contestó India haciéndose la valiente y ocultando su temor al mismo tiempo.
La mujer entró al fin en la cueva y permaneció en ella casi media hora. Mientras tanto, Susi lavó los dos mangos y se los comió. Estaban ricos de verdad, en su punto justo de acidez, y no excesivamente maduros. Al ser de "hilacha", tenían mucha más fibra que otras variedades, y eso le iba muy bien a Susi, que solía padecer estreñimiento.
-¡Susi! -gritó India desde dentro-. ¡Es increíble! 
Susi no la oía desde la fuente y las palabras de India se ahogaron dentro de la cueva. 
La mujer nunca antes había escuchado o leído de este tipo de pinturas primitivas en Venezuela, si es que realmente pertenecían a esa etapa de la historia. Susi, en cambio, conocía muchos casos en Europa y en el resto del mundo, aunque no entendía porqué no había mujeres representadas en las paredes y el techo de la cueva.
India y Susi charlaron un rato sobre el tema mientras caminaban, hasta que India cortó la conversación porque, la verdad, no le interesaba mucho lanzar hipótesis sobre algo que desconocía.
-Bueno Susi, puede que tengas razón, pero ahora debemos concentrarnos en salir de este bosque para evitar tener que pasar otra noche al raso.
-No diremos a nadie lo que hemos visto -dijo Susi.
-Está bien -contestó India.
Susi siguió insistiendo y le preguntó a India si le habían producido excitación las imágenes pornográficas de la cueva, principalmente la de la serpiente.
-No me han excitado. Me han llamado la atención -respondió India.
La persecución las había desviado mucho a la derecha de la autopista, tanto que ya se encontraban en la vertiente norte de la Sierra, de unos dos mil metros de altitud. Cualquier río que tomaran las llevaría al mar, aunque no disponían de embarcación.
Esa zona tenía fama por albergar entre la vegetación pequeños laboratorios clandestinos de falsas drogas de diseño y medicamentos en general, de ahí que la llamaran Sierra Pastilla.
De los galpones con techos de chapa oxidada salían millones de aspirinas o cápsulas de antibióticos fabricados con harina o azúcar coloreados.
En el negocio trabajaban familias enteras. Las que no disponían de troqueladoras para las pastillas, les compraban cápsulas vacías a los chinos y las rellenaban con toda clase de contenidos, la mayoría de ellos harinas fruto de la molienda.
Del resto se encargaban los envasadores y falsificadores de prospectos, quienes compraban los "medicamentos" a precios irrisorios. La escasez de bienes y la inoperancia de la instituciones existentes en Venezuela les facilitaba el trabajo a ellos y a quienes finalmente comercializaban los productos en la red, siendo esta última fase del negocio la más lucrativa.
Cuando bajaban la montaña siguiendo un río que los llevaría al mar, India y Susi se encontraron con uno de los laboratorios clandestinos donde vieron también varias canoas amarradas. 
Estaba anocheciendo.
Las dos mujeres permanecieron ocultas entre la vegetación porque se dieron cuenta de que algo extraño se cocinaba en el interior de los galpones de chapa. Era la oportunidad de salir de allí usando una de la embarcaciones. Pero Susi quiso curiosear antes.
-Quédate aquí escondida, India. Como puedes comprobar, esto no es un pueblo. Me da que aquí se realiza alguna actividad ilícita. No hay huertos, cosechas, ni animales domésticos. Solo bidones de plástico y demasiadas mulas de carga.
Susi estaba en lo cierto. En las tres cabañas se estaban rellenando cápsulas con una mezcla de harinas comestibles y colorantes naturales. Los "medicamentos" en cuestión se venderían en la red a mitad de precio, y aunque solo tendrían un efecto placebo, por lo menos no causarían efectos secundarios adversos en el organismo.
Susi se acercó con mucho sigilo a una ventana y estiró el cuello para ver lo que había dentro. En el exterior, un generador de gasolina transformaba en corriente eléctrica la gasolina. Ese ruido impedía que nadie se percatase de los movimientos de Susi.
En el interior del galpón trabajaban sentados tres mujeres y seis menores formando una cadena sobre una larga mesa.
Los niños colocaban las cápsulas en diminutas "hueveras" de madera perforadas con un taladro y las mujeres las rellenaban usando mangas pasteleras hechas con papel de periódico. Una vez rellenas con las harinas, pasaban de nuevo por las manos de los niños, quienes las tapaban con el capuchón y las metían en bolsas transparentes, y estas, a su vez, en contenedores herméticos de plástico.
Susi regresó de su incursión y habló con India sobre qué tomar prestado, si sería mejor bajar en una canoa o a lomos de dos mulas.
A Susi no le hacían gracia los rápidos que pudiera haber en el río ni que se espantaran los animales por culpa de una rana o una serpiente. 


jueves, 12 de enero de 2017

44. Sexo en la cueva


India y Susi pasaron la noche bien porque no había llovido.
Lo primero que hicieron después de levantarse, fue ir de nuevo a la fuente para beber.
El caudal del manantial había aumentado un poco, pero esta vez ya no se estiraron boca abajo en el suelo.
India conocía bastante todas las plantas, y buscó rápido un tallo hueco para convertirlo en una caña y poder chupar.
La mayoría de los animales están diseñados para elevar el agua a través de sus largos esófagos. Una muestra de ello es la jirafa. En otros casos, la evolución les ha dotado de eficientes herramientas para sorber, como la  trompa de un elefante.
Pero los humanos se están acostumbrando a beber de pie, y eso provoca cierta atrofia de los músculos implicados en dicha función mecánica. Por eso les resultaba incómodo beber a las dos mujeres en la pequeña fuente que manaba del suelo, a menos que se echaran cuerpo a tierra, como ya lo hicieron la noche anterior, manchándose toda la ropa en la tierra y el barro.
Mientras India buscaba algún fruto en el bosque, Susi volvió a visitar la oquedad en la que se escondieron.
Estaba situada en un alto y solo se podía entrar en ella subiendo por un pequeño terraplén que no era peligroso, pero sí muy fácil de bloquear desde la entrada de la cueva.
Esto le hizo pensar a Susi que el refugio pudo ser aprovechado para vivir en él en otro tiempo. Y así le pareció de nuevo al ver el tipo de entrada que tenía la cueva, escondida entre la vegetación y las lianas que caían de más arriba.
La gruta comenzaba al principio con dos metros de alto y uno de ancho aproximadamente. Pero, después de entrar, Susi apreció que la sala era muy grande y que, incluso, pudo haber sido excavada por la mano del hombre, ya que el terreno parecía compacto y firme, pero de poca densidad.
El suelo era prácticamente plano, y varios esqueletos de animales estaban diseminados por toda la sala, animales enfermos que seguramente vinieron a morir en ella para estar más tranquilos.
La cavidad no tenía otras entradas, pasillos o galerías a diferentes niveles, por eso Susi descartó que fuera una cavidad geológica excavada por el agua.
La linterna que llevaba Susi era poco potente, de ahí que al entrar y realizar la primera inspección, la mujer fuera incapaz de ver las maravillas que habían pintadas en el techo y las paredes de la cueva. Pero cuando se acercó un poco más, se quedó con la boca abierta, estupefacta.
-¡Ohhhhhh! -exclamó Susi-. No me lo puedo creer. Esto que estoy viendo no puede ser real. ¡Qué maravilla! -dijo Susi acercándose más a las imágenes y enfocándolas de muy cerca con la linterna.
Susi tocó las pinturas para poder demostrarse a sí misma que aquello no era una alucinación, y que las coloridas formas estaban pegadas a un soporte físico.
No había imágenes de caza ni de mujeres, pero su cantidad era tan grande que no supo por dónde comenzar.
Aquella caverna -ahora sí podía Susi llamarla así- era una especie de escuela, una gran pizarra con un claro objetivo pedagógico.
Las figuras representadas parecían ser varones jóvenes adoptando diferentes posturas contorsionistas. En todas ellas lograban practicar la autofelación: sentados en el suelo con las piernas estiradas o cruzadas, de espalda sobre cojines vegetales, y en postura fetal.
Otras imágenes correspondían a hombres más adultos que adoptaban las mismas posturas, y en alguna de ellas se podía apreciar el momento en que se producía la eyaculación.
Susi se quedó perpleja cuando fue descubriendo más imágenes que representaban, todas ellas, diferentes maneras de practicar la masturbación, incluida la anal.
En las paredes de la cueva había también figuras claramente zoofílicas, pero en la caverna no aparecía ni una sola mujer representada. Esto le hizo pensar mucho a Susi. ¿Acaso la sociedad de aquellos pintores tenía un porcentaje bajísimo de hembras en su población? ¿Eran las pinturas una expresión del culto al onanismo masculino y las relaciones sexuales con animales mitológicos?
Al fondo de la cueva, enfrente mismo de la entrada, había representada una serpiente multicolor, mucho mayor que cualquier otra figura.
Susi creía que presidía toda la sala, de ahí su papel e importancia.
El reptil era de un tamaño menor al de Ikala, y en lugar de una afilada cuchilla ósea en la punta de la cola, tenía en el mismo lugar un falo.
En la boca no se le veían dientes, aunque sí una lengua que terminada en un anillo cerrado.
Susi comprendió rápidamente qué le podía hacer la serpiente a los hombres con aquella cola, aquella boca y aquella forma de la lengua.
De hecho, lo vio representado en las paredes de la cueva varias veces, y llegó incluso a pensar que la extraña serpiente se alimentaba del semen de los hombres, y los hombres del semen de los reptiles, absorbido por el recto.
-¡Susiiiiiiiiiii! -gritó India desde el exterior.
-Ya voy -contestó Susi.
India no podía imaginar que Susi había encontrado el "Jardín de las Delicias", pintado miles de años antes de que lo hiciera El Bosco.

miércoles, 11 de enero de 2017

43. La persecución


Luego de dos semanas, la fiebre y el dolor abdominal habían cedido y ya Susi estaba casi completamente recuperada del Zika. El reposo y los cuidados de India surtieron sus efectos, aunque también había influido en el rápido restablecimiento, la salud general de Susi antes de que los mosquitos le transmitieran el virus.
India siempre insistió en que guardara suficiente reposo hasta que sanara para evitar complicaciones que podrían ser mortales. Un amigo suyo había fallecido hacía poco de esa enfermedad.
Las dos amigas decidieron el día anterior que India hiciera las gestiones en el hotel para alquilar un carro y regresar a Santa Ana. De esa forma podrían preparar el viaje a Mato Grosso en Brasil, para ir tras la pista de Almir.
India y Susi se levantaron temprano, recogieron todo el equipaje, desayunaron en el restaurante del hotel y salieron en el carro que la recepcionista había conseguido a través de una empresa de alquiler.
Les tomó casi una hora salir de Caracas por las colas. Cuando entraron en la autopista había poco tráfico. Las dos amigas conversaban animadamente hasta que India le dijo a Susi que un vehículo las venía siguiendo desde hacía un rato.
-¿Estás segura de que nos persiguen? -preguntó Susi un poco nerviosa.
-Sí, es ese carro azul y esos dos tipos. Diría que uno de ellos se parece al que me siguió en Caracas y habló conmigo en la cola de la farmacia, pero no estoy completamente segura.
India aceleró la marcha, pasó a varios camiones y se colocó entre dos gandolas en la vía lenta. El chofer del vehículo perseguidor hizo lo mismo, pero se quedó más atrás.
-¿Viste que sí nos están siguiendo? -le dijo India a Susi-. Intentaré tomar la vía alterna a la autopista para tratar de perderlos.
India tomó la vía rápida, aumentó la velocidad antes de llegar a la rampa de salida de la autopista y la tomó velozmente, tanto que estuvieron a punto de volcar en la curva.
El conductor del carro azul hizo lo mismo, aunque menejaba mucho mejor que India, y no tuvo problemas para repetir la maniobra de la mujer.
El vehículo alquilado por India y Susi quedó situado tres camiones por delante de los perseguidores. Y así se mantuvieron varios minutos, hasta que Susi vió por el retrovisor exterior que estaban avanzando una posición. India nada pudo hacer para evitarlo, ya que seguía viniendo mucho tráfico de frente.
De repente, India le dijo a Susi que se agarrara bien y después dió un volantazo para  tomar un camino de tierra lleno de baches y de piedra suelta. El carro daba cada vez más saltos, y al golpear en el suelo parecía que se iba a romper por el medio en cualquier momento, igual que una tiza. India perdía a veces el control  por tratarse de un carro de solo tracción delantera, no apto para ese tipo  de caminos.
De pronto, sintieron que les disparaban a las ruedas desde una ventanilla, así que India aceleró aun más y se agarró con fuerza al volante, al tiempo que las dos bajaban todo lo que podían las cabezas.
El conductor del vehículo azul también apretó más el pedal, pero en una curva perdió el control y se salieron de la vía.
India pudo adelantar un largo trecho del camino, hasta encontrar un descampado donde poder estacionarse. Le dijo a Susi que agarrara las carteras, los teléfonos y una linterna que había en la guantera. Tan pronto lo hicieron,  salieran rápido del carro y corrieron hacia el monte, dejando las puertas abiertas.
India y Susi se internaron en el frondoso bosque corriendo todo lo  que podían sin mirar atrás. Las afiladas hojas de algunas plantas les arañaban y cortaban la piel al  apartarlas para seguir avanzando.
Susi corría más rápido que India y tenía que aminorar la marcha para no perderla de vista.
Habían caminado y corrido tanto tiempo, que ya India no daba más. Fue entonces cuando Susi descubrió entre la maleza la entrada de una cueva. Se introdujeron en ella y guardaron silencio, aunque no pudieron evitar seguir jadeando en medio de la oscuridad.
Los dos hombres se estaban acercando. Lo supieron porque hacían ruido al apartar las ramas bajas de los árboles con los brazos y al pisar la vegetación rastrera del suelo.
Afortunadamente, aquellos malintencionados no vieron la entrada de la cueva y se fueron alejando en medio de la espesura del bosque. India y Susi se quedaron escondidas en la cueva hasta que anocheció. Estaban sedientas y salieron a buscar agua con la ayuda de la linterna. Una vez que la encontraron, saciaron la sed tirándose boca abajo en el suelo, ya que la fuente era muy poco abundante.
Después regresaron a la cueva, pero prefirieron dormir fuera, sobre un colchón de hojas y restos de vegetación que juntaron entre las dos.
Susi vivaqueaba por primera vez en un bosque húmedo de Sudamérica, aunque ya lo había hecho muchas veces en el altiplano.